Béatrice vive por una mirada

KIGALI, RUANDA.– Confia Béatrice Niwebuliza: “Nunca me imaginé que un día mi vida dependería de una mirada. Fue una mirada larga y fulminante, pero sólo una mirada… Marea sentir que tu existencia depende de un parpadeo.”

Antes del genocidio Béatrice era maestra de primaria, y su esposo, funcionario del Ministerio de Asuntos Sociales. Era un caso excepcional ya que pocos tutsis podían acceder a puestos de responsabilidad. Tenían dos hijos y radicaban en Nyamirambo, un barrio popular de Kigali.

“Nos llevábamos bien con nuestros vecinos. Es cierto, había manifestaciones políticas y brotes esporádicos de violencia. Pero no pasaban a mayores.

“Todo cambió la madrugada del 7 de abril de 1994 cuando nos enteramos del atentado contra el avión del presidente Habyarimana. Oímos gritos y disparos. Mi marido pensó que se trataba de una revuelta pasajera. Salió en busca de información.

“Después de su salida, los interahamwe (las milicias extremistas hutus) empezaron a arrojar granadas en las calles y a las casas de los tutsis. Me había quedado con mis dos hijos chiquitos y mi hermana menor. Cerré las puertas con llave y nos escondimos en una habitación. Pasamos todo el día sin movernos, sin hacer ruido. Los vecinos hutus y los interahamwe pensaron que nos habíamos ido y que no quedaba nadie en la casa. Mi marido volvió bien entrada la noche. Dijo que nos podían matar en cualquier momento.”

Béatrice y su familia se refugiaron en casa de un vecino hutu.

“Mi marido le había hecho un gran favor en el pasado y ese hombre no era ingrato. Nos acogió el 8 de abril pero en la noche del 13 nos dijo: ‘Ya no corren peligro, pueden regresar a su casa’.

“Entendimos que no quería o no podía seguir escondiéndonos. Los hutus tenían prohibido ayudar a los tutsis so pena de muerte. Regresamos a nuestro hogar. Mi marido quería huir del barrio, pero era imposible porque los interahamwe estaban por todas partes. Había retenes en cada esquina.

“La mañana del 14 de abril unos hombres irrumpieron en la casa. Agarraron a mi marido, lo sacaron a la calle, caminaron unos pasos y lo fusilaron. Mis hijos y yo oímos los disparos.”

Béatrice mira por la ventana de su oficina.

“Otro vecino hutu, que considerábamos nuestro gran amigo, vino a visitarme después de que se hubieran ido los interahamwe. Se torcía las manos y gemía: ‘¡Dios mío! No sabía que iban a venir por tu marido…’ No le contesté porque sabía que era mentira. Su mujer, en cambio, se portó bien con nosotros. Nos trajo agua y comida. Nos quedamos en casa paralizados por el miedo, pero nos aterraba aún más salir a la calle.”

Vuelve a mirar a la reportera y dice:

“En realidad mi casa se convirtió en antesala de la muerte. Los milicianos podían llegar en cualquier instante para masacrarnos. ¡Era una situación tan extrema! Día y noche estábamos al alcance de sus fusiles y machetes y cada minuto más de vida era una victoria.”

De mujer a mujer

Una semana después del asesinato del esposo de Béatrice llegó otro grupo de interahamwe a su casa. Lo encabezaba una mujer tremenda.

“El mismo vecino ‘compasivo’ nos había delatado. El hombre quería saquear nuestra casa pero no se atrevía a hacerlo sin compartir el botín con esa miliciana.

“La mujer venía acompañada por su hijo y su sobrino. Los tres estaban armados con fusiles, lo mismo que el grupo de interahamwe que los seguía. La líder me acusaba de esconder armas.”

Béatrice esboza una extraña sonrisa:

“No sé lo que me pasó. De repente creció en mí una fuerza increíble. Me sentí transportada más allá del terror. Grité: ‘¡No tengo armas! ¡Nunca ha habido armas en esta casa! !Catéenla! No encontrarán nada.’”

“Me vi de pie, firme, indoblegable… Sabía que así tenía que ser… En ningún momento tomé la decisión de actuar de esa manera… Pero así me porté.”

Se ríe de sí misma.

“La líder aulló: ‘¡Ustedes los tutsis mataron al jefe de Estado!’. La miré a los ojos y le dije: ‘Si quieres matarme, mátame. Desde que fusilaron a mi marido estoy muerta por dentro. Sólo vivo por estos dos’. Tenía a mis dos hijos a mi lado. No dejé de mirarla a los ojos. Fue un enfrentamiento de mujer a mujer. Luego tomé a mis hijos en brazos sin dejar de mirarla. ‘Sólo vivo por estos dos’, le repetí. Ella bajó la mirada, se quedó viendo a mis chiquitos. Y me volvió a mirar a los ojos. Supe que algo había cambiado.”

Se vuelve a reír. Se nota un poco turbada. Se disculpa:

“Puede parecer algo fantasioso y novelesco, pero fue lo que viví. Después la líder empezó a dar vueltas por la casa. Tocó los sillones, abrió el refrigerador, se paró ante el televisor. Con una voz algo solemne declaró: ‘Si otros interahamwe ven todo esto, se lo llevarán y además los van a matar. Es mejor que se queden en una casa vacía. Sólo así podrán sobrevivir’. Le contesté: ‘Llévate todo lo que quieras’. Se llevaron todo a casa del vecino. Nos quedamos casi sin nada, pero vivos.”

Mira de nuevo por la ventana:

“Ese día y los siguientes, los interahamwe saquearon el barrio. Se metían a las casas de los tutsis que habían huído o de los que exterminaban. Luego robaban y amontonaban todo en la casa de mi vecino. Yo los observaba. Llegó el momento en que no cupo ni un alfiler ahí.”

Se levanta y le pregunta a la reportera:

“¿Sabes lo que se les ocurrió?”

No espera respuesta.

“¡Vinieron a pedirme permiso para almacenar su botín en mi casa…!”

Se ríe.

“¡Mi vida, la de mis hijos y la de mi hermana estaban en sus manos y me pedían un favor! ¡Todo esto carecía de sentido! En realidad desde los primeros días del genocidio todo dejó de tener sentido…

“Les contesté: ‘Hagan lo que quieran’. Llenaron casi toda la casa con su tesoro de guerra. Cerraron las puertas con candados. Se fueron. La líder ordenó que todos los grupos de interahamwe se mantuvieran alejados de nuestra casa. De vez en cuando nos venía a saludar.

—Y a vigilar su botín…

—Por supuesto. Un día encontré una caja con tazas nuevas y muy bonitas olvidadas en un armario. Se las mandé con una nota que decía simplemente: “Gracias por habernos salvado”. Después de eso nos visitó más a menudo.

—¿De qué hablaban?

—De nada en particular.

—¿Les traía comida?

—Nunca. Teníamos mucha hambre.

Una noche la líder tocó violentamente la puerta de la casa de Béatrice. La seguían dos hombres que jalaban a un tercero. También estaban presentes su hijo y su sobrino. La miliciana estaba convencida de que “su preso” interahamwe había intentado robar parte de su botín. Preguntó a Béatrice si lo reconocía. Pero ella nunca lo había visto. La líder miró al hombre y le dijo: “Esta tutsi te salvó la vida”.

Se fueron todos. Pero Béatrice presintió nuevos peligros. Sabía que el botín de guerra agudizaba discrepancias entre los interahamwe.

Salvada otra vez

Al día siguiente llegó un grupo de milicianos hutus que nunca había visto. La amenazaron. Pidieron su cédula de identidad. No la pudo encontrar. Se pusieron violentos. Le ordenaron que los siguiera. Béatrice agarró a sus hijos. Quisieron llevarla sola pero ella no los soltó. Capitularon y jalaron al grupito hasta un retén bajo control de la líder.

“Nunca sabré por qué esa mujer decidió seguir protegiéndome”, confía perpleja. “Dejó pasar a los milicianos que nos detuvieron, pero ordenó a su hijo, a su sobrino y al supuesto ladrón que yo ‘había salvado’ que nos siguieran. Caminamos un rato. Los interahamwe dijeron que nos llevaban a ‘la brigada’. Entendí que nos íbamos a morir porque nadie salía vivo de ‘la brigada’.

“Pero de repente nos obligaron a sentarnos en el suelo. Pensé que nos iban a matar enseguida para ahorrarse el camino. El sobrino, el hijo de la líder y el supuesto ladrón se acercaron. Empezaron a discutir con nuestros captores. Formaban un círculo. Se veían muy animados. Hablaron mucho. Luego parecieron llegar a un acuerdo. El hijo de la líder me dijo: ‘Váyanse rápido.’”

Béatrice y sus hijos se esfumaron. Nunca más volvieron a ver a la miliciana, a su hijo ni a su sobrino.

“Todo esto ocurrió en la segunda quincena de junio de 1994. El Frente Patriótico de Ruanda estaba reconquistando el país. Los hutus se asustaron. Muchos huyeron, entre ellos esa mujer y sus hombres.

“Los que se quedaron se desataron. Nadie controlaba a nadie. Era la anarquía total. Mataban. Violaban. Estaban enloquecidos. Nos volvimos a encerrar más aterrados que nunca. Pero un día unos hombres se metieron a la casa y secuestraron a mi hermanita. Tenía 22 años. A mí no me tocaron, por flaca. Dijeron que tenía sida.”

Suspira.

—¿Supo quién secuestró a su hermana?

—Fue otro vecino. Tenía a muchas mujeres robadas en su casa. Les daba de comer pero abusaba de ellas y las compartía con sus compinches… Un día vino a verme con mi hermana para convencerme de que seguía viva. Ella sólo alcanzó a decirme que estaba bien de salud.

—¿La volvió a ver?

—Nunca. La noche del 3 de julio, cuando ya el Frente Patriótico de Ruanda estaba en Kigali, el pánico se apoderó de los hutus que se habían quedado. Huyeron masivamente. Busqué al hombre que había secuestrado a mi hermanita. En vano. Más tarde supe que había huído a la RDC (República Democrática del Congo).

“La busqué durante años. Contacté a la Cruz Roja Internacional. Hablé con testigos. Algunas personas la vieron antes de cruzar la frontera con la RDC, pero después nadie la volvió a ver en los campos de refugiados del Congo. Al parecer se deshi-cieron de ella justo en la frontera . La mataron. Hubo muchos casos así.”

También, por increíble que parezca, se dieron bastante casos de mujeres genocidas. Y al igual que los hombres, fueron juzgadas en cortes penales ruandesas y en las gachachas, instancias precoloniales en las que los aldeanos resuelven sus conflictos.

La gran genocida

El caso más famoso de una genocida es el de Pauline Nyiramasuhuko, a quien el Tribunal Penal Internacional para Ruanda condenó a cadena perpetua el pasado 24 de junio por delitos de genocidio y lesa humanidad. Es la primera vez en la historia de la justicia internacional que se acusa y condena a una mujer por crímenes de esa naturaleza.

Personaje político muy influyente y amiga íntima de la esposa del presidente Juvenal Habyarimana, Nyiramasuhuko era ministra de la Condición Feminina y de la Familia en el gobierno interino responsable de la tragedia de los tutsis.

Oriunda de una aldea de los alrededores de Butare, principal ciudad del sur de Ruanda, a mediados de abril de 1994 llegó a esa región con la orden de acelerar y supervisar el exterminio de los tutsis. Cumplió su misión con una crueldad que los sobrevivientes y sus excómplices arrepentidos describieron a lo largo de los cuatro años que duró su proceso, conocido como “el juicio de Butare”. Otros cinco acusados comparecieron junto con ella ante el TPIR. Entre ellos su hijo, Arsene Shalom Ntahobali, condenado también a cadena perpetua.

Entre las atrocidades cometidas por Pauline Nyiramasuhuko numerosos testigos recordaron el ardor con el que incitaba a los interahamwe a violar y mutilar a las tutsis antes de matarlas. También dieron detalles sobre la matanza que supervisó el 25 de abril de 1994 en un estadio de la ciudad donde los interahamwe retuvieron a miles de tutsis antes de ametrallarlos, arrojarles granadas y luego rematarlos con armas blancas.

“Es difícil entender cómo una mujer, una madre, puede encabezar hordas de criminales”, manifiesta. “Sé que la miliciana que me salvó, ordenó y perpetró muchos crímenes…”

Después de la victoria del Frente Patriótico de Ruanda, Béatrice salió en busca de su familia en la región oriental de Bugesera, también duramente golpeada por el genocidio.

Descubrió que sus padres habían sido exterminados en los pantanos del valle de Nyamirombo y que sus tías, tíos y primos habían perecido en la iglesia de Nyamata, donde se habían refugiado.

Junto con el templo de Ntarama, el de Nyamata es ahora uno de los terribles memoriales del genocidio. Los miles de tutsis que se habían albergado en ella fueron aniquilados de la misma forma bárbara que quienes estaban en el estadio de Butare.

Revela Béatrice: “Perdí a casi toda mi familia. Sólo sobrevivió mi hermanito de 12 años, que fue recogido por una familia bondadosa. Se salvó también una hermana nuestra que vivía en Burundi en los tiempos del genocidio. Quedamos tres…”

Recuerda todos los meses que siguieron al genocidio como una época muy dolorosa física y psicológicamente.

“Estaba tan mal… la cabeza me dolía horriblemente, no dormía, estaba agotada y flaquísima. Me tocaba trabajar para dar de comer a mis hijos y a mi hermano. Vivíamos en Kigali. Enseñaba en una primaria, pero lo hacía muy mal. Al final de cada día sentía vergüenza. Pensaba: ‘No les doy nada a estos niños…’ Un día me salí de la escuela y fui a hablar con mi responsable administrativo. Le dije: ‘Ya no soy buena maestra. Renuncio’. El hombre se quedó estupefacto pero luego me comprendió.”

Se queda callada. Luego reconoce:

“En realidad estaba totalmente traumada pero no lo sabía. Muy poca gente sabía lo que era un trauma en Ruanda en ese entonces. Fui a ver a unos parientes de una prima lejana que tenían una tienda de abarrotes. Su almacén había sido saqueado pero no destruido. Compraron un poco de mercancía, volvieron a echar a andar su negocio. Me contrataron como vendedora. No tenían mucho dinero. Nadie tenía. Lo que me pagaban alcanzaba para darles de comer a mis hijos y mi hermano.”

Trabajo social

Siguió trabajando en la tienda de abarrotes hasta 2004. Pero el negocio declinó y sus empleadores ya no le pudieron pagar. Vendió crema de belleza en un mercado. Fue un fracaso. Se quedó sin empleo ni recursos. Entonces se enteró de que Avega, la organización de viudas del genocido, buscaba a una trabajadora social.

“No tenía experiencia en ese campo pero me urgía tener el trabajo. Fui convincente y me contrataron. Aprendí muy rápido observando lo que hacían mis colegas. Me tocaba recibir y atender a las pacientes que consultaban con los consejeros del trauma. Son terapeutas especializados en estrés postraumático.

“Trabajé dos años en ese departamento, de 2004 a 2006. Fue duro porque las mujeres que llegaban allí sufrían muchísimo. Lloraban y gritaban durante las primeras sesiones de terapia de grupo. Doce años después del genocidio seguían muy heridas porque nadie antes las había ayudado o porque habían recaído en la depresión.

“Esa experiencia me permitió medir la amplitud de los estragos del genocidio. No sospechaba que fueran tan profundos. Pero estos dos años afectaron también mi salud. En realidad no estaba preparada para volver a convivir con tanto sufrimiento. Mi jefe se dio cuenta de mi estado y me propuso seguir una capacitación como consejera del trauma. Los cursos duraron un año. Empezamos por aprender a conocernos y protegernos. Fue una experiencia capital.”

Sonríe casi con timidez:

“¿Cómo decirte? Me vi a mí misma. Me conocí. Identifiqué mis heridas. Volví a tener fuerza vital. No digo que desaparecieron los síntomas de mis traumas. Pero los incorporé. Ya son parte de mi identidad, de lo que soy.”
Desde 2008 Béatrice trabaja como consejera del trauma para Avega y para el Fondo de Asistencia para los Sobrevivientes del Genocidio. Atiende a jóvenes.

“Hay miles y miles de jóvenes cuyos primeros recuerdos son escenas de genocidio. Siguen siendo muy vulnerables. Detectamos bastantes crisis traumáticas en la juventud. Muchos factores pueden actuar como detonantes: un entierro, un programa de televisión, una ceremonia de conmemoración, una voz, un ruido, una pregunta… De repente el joven vuelve a vivir lo que vivió, tiene alucinaciones, ve machetes por doquier, se esconde… Son crisis terribles.”

—¿Qué se hace en esos casos?

—Si la crisis es violenta hay que llevarlo al centro médico más cercano. Ahora en Ruanda hay psiquiatras en todos los hospitales. Cuando el joven se encuentra más tranquilo, un consejero lo puede atender.

—¿Acepta?

—Muchos jóvenes en nuestro país quieren salir adelante. No les asusta trabajar sobre sus traumas. Las mujeres también son muy receptivas. Los más renuentes son los hombres adultos. Y eso es un problema grave para ellos mismos y para la sociedad.

—¿Los pacientes salen realmente adelante?

—Mírame a mí… ¿No salí adelante? —contesta burlona.

Más seria agrega: “75% de nuestros pacientes aprenden a reconstruirse. Fracasamos sobre todo cuando la persona no viene a consultarnos por voluntad propia. Hay también casos que conciernen exclusivamente a la psiquiatría.”

Después de un momento de reflexión precisa:

“Nuestra terapia se basa en la escucha activa. Tenemos que ser holísticos, es decir, escuchar al otro con todo nuestro ser. El paciente debe sentir que es el centro absoluto y exclusivo de nuestra atención. Sólo así encontrará fuerza para abrirse y acercarse a lo que lo lastima. Luego poco a poco cicatrizarán sus heridas. La escucha activa implica una inmensa empatía con el paciente y es gracias a esa empatía que se llega a lo esencial.”

Béatrice acaba de iniciar una labor de consejería con dos grupos de ancianas muy necesitadas que viven en zonas apartadas de la capital. Todas son viudas y la mayoría sufre gran soledad.

“Me toca ir a visitarlas. Empecé hace dos meses. Me junto con un grupo una vez a la semana y con el otro cada dos semanas. El trabajo con ellas es extraordinario. Nunca en su vida tuvieron la oportunidad de abrir su corazón… Aguantaron décadas y décadas de silencio… Me honra guiarlas hacia sus propias palabras.”

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