Fragmentos del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, obra de Montaner, Plinio y el hijo de Vargas Llosa “Las venas abiertas…” de Galeano: pintoresca obra ayuna de orden y sentido común; Marcos: un intelectual de clase media, adorador del fax; Fuentes: un viejito verde de la revolución

MADRID.- Desde Fidel Castro, pasando por el Che Guevara, el subcomandante Marcos, Gustavo Gutiérrez, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano, Armand Mattelart, Herbert Marcuse, Marta Harnecker, Fernando Henrique Cardoso, actual presidente de Brasil, y hasta Pancho Villa, son algunos de los muchos personajes incluidos en el libro Manual del perfecto idiota latinoamericano, que consiste en una dura crítica a los intelectuales de izquierda y a los movimientos revolucionarios latinoamericanos, que será puesto a la venta en México por Plaza y Janés Editores dentro de dos semanas.
Los autores son el escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, el ensayista cubano Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa, escritor y actual corresponsal del diario ABC en Londres.
Consta de quince capítulos; el último es un “index expurgatorius”, que reproduce las frases (“idioteces”) de intelectuales de izquierda.
El primer capítulo fue escrito por Mario Vargas Llosa, quien reconoce que el libro es “beligerante y polémico”, “carga las tintas y busca la confrontación intelectual”.

Según él, la idiotez que documentan las páginas del libro “no es sólo latinoamericana, corre como el azogue y echa raíces en cualquier parte. Postiza, deliberada y elegida, se adopta conscientemente, por pereza intelectual, modorra ética y oportunismo civil”.
Explica que se trata de una idiotez “ideológica y política, pero por encima de todo, frívola, pues revela una abdicación de la facultad de pensar por cuenta propia, de cotejar las palabras con los hechos que ellas pueden describir, de cuestionar la retórica que hace las veces de pensamiento”.
Luego dice que hay idiotas que se pueden “perdonar con facilidad por ser breves y el aire risueño que despiden; los asfixiantes son los que se enroscan en barrocos tratados teológicos, explicando que la ‘opción por la pobreza del genuino cristianismo’ pasa por la lucha de clases, el centralismo democrático, la guerrilla o el marxismo o en bodrios económicos que, a cañonazos estadísticos o con tablas comparativas de ciencia ficción, demuestran que cada dólar contabilizado como beneficio por una empresa estadunidense o europea consagra el triunfo del modelo Shylock en el intercambio comercial, pues fue amasado con sangre, sudor y lágrimas tercermundistas”.
Uno de los capítulos que despertará más controversias será el titulado “La biblia del idiota”, dedicado a cuestionar el libro Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.
“Los diez libros que conmovieron al idiota latinoamericano” es el título del capítulo catorce, en el que se incluyen los libros que lee “el legendario idiota”, que suele ser un buen lector, pero generalmente de “malos libros”.
Según los autores, esta es “la biblioteca favorita del idiota”: La historia me absolverá, de Fidel Castro; Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon; La guerra de guerrillas, de Ernesto Che Guevara; ¿Revolución dentro de la revolución?, de Régis Debray; Los conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harnecker; El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse; Para leer al pato Donald, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart; Dependencia y desarrollo en América Latina, de Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto; Hacia una teología de la liberación, de Gustavo Gutiérrez, y Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.
El capítulo nueve, titulado “El fusil y la sotana”, está dedicado a la teología de la liberación, un “espejo cristiano del fundamentalismo musulmán” y “los extraños pastores de Marx” que han creado un “evangelio rojo”. Critican la actividad de los jesuitas en diferentes países (Karl Rahner, Johannes Baptist Metz) y al arzobispo Oscar Arnulfo Romero, “el hombre que inspiró las jeremiadas más lacrimosas alrededor del mundo”.
Está incluido Pancho Villa, el “macho latinoamericano perfecto que nació pesando siete kilos (de los cuales buena parte provenían, sin duda alguna, de la región situada al sur del ombligo)”.
Con autorización de Plaza y Janés Editores de México, a continuación se reproducen, en exclusiva para Proceso, extractos de los capítulos cuatro y trece.

CAPITULO IV:
La Biblia del idiota

En el último cuarto de siglo el idiota latinoamericano ha contado con la notable ventaja de tener a su disposición una especie de texto sagrado, una Biblia en la que se recogen casi todas las tonterías que circulan en la atmósfera cultural de eso a lo que los brasileños llaman “la izquierda festiva”.
Naturalmente, nos referimos a Las venas abiertas de América Latina, libro escrito por el uruguayo Eduardo Galeano a finales de 1970, cuya primera edición en castellano apareció en 1971. Veintitrés años más tarde –octubre de 1994– la editorial Siglo XXI de España publicaba la sexagésima séptima edición, éxito que demuestra fehacientemente tanto la impresionante densidad de las tribus latinoamericanas calificables como idiotas, como la extensión de este fenómeno fuera de las fronteras de esta cultura.
En efecto: de esas 67 ediciones, una buena parte son traducciones a otras lenguas, y hay bastantes posibilidades de que la idea de América Latina grabada en las cabecitas de muchos jóvenes latinoamericanos formados en Estados Unidos, Francia o Italia (no digamos Rusia o Cuba) haya sido modelada por la lectura de esta pintoresca obra ayuna de orden, concierto y sentido común.
¿Por qué? ¿Qué hay en este libro que miles de personas compran, muchas leen y un buen por ciento adopta como diagnóstico y modelo de análisis? Muy sencillo: Galeano –quien en lo personal nos merece todo el respeto del mundo–, en una prosa rápida, lírica a veces, casi siempre efectiva, sintetiza, digiere, amalgama y mezcla a André Gunder Frank, Ernest Mandel, Marx, Paul Baran, Jorge Abelardo Ramos, al Raúl Prebisch anterior al arrepentimiento y mea culpa, a Guevara, Castro y algún otro insigne “pensador” de inteligencia áspera y razonamiento delirante. Por eso su obra se ha convertido en la biblia de la izquierda. Ahí esta todo, vehementemente escrito, y si se le da una interpretación lineal, fundamentalista, si se cree y suscribe lo que ahí se dice, hay que salir a empuñar el fusil o –los más pesimistas– la soga para ahorcarse inmediatamente.
Pero ¿qué dice, a fin de cuentas el señor Galeano en los papeles tremendos que ha escrito? Acerquémonos a la Introducción, dramáticamente subtitulada “ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta”, y aclaremos, de paso, que todas las citas que siguen son extraídas de la mencionada edición sexagésima séptima, impresa en España en 1994 por Siglo XXI para uso y disfrute de los peninsulares. Gente –por cierto– que sale bastante mal parada en la obra. Cosas del hitorimasoquismo, como le gusta decir a Jiménez Losantos.
Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en capital europeo, o más tarde norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. (p.2)
Aunque la introducción no comienza con esa frase, sino con otra que luego citaremos, vale la pena acercarnos primero a ese párrafo porque en esta metáfora homofílica que le da título al libro hay una sólida pista que nos conduce exactamente al sitio donde se origina la distorsión analítica del señor Galeano: se trata de un caso de antropomorfismo histórico-económico. El autor se imagina que la América Latina es un cuerpo inerte, desmayado entre el Atlántico y el Pacífico, cuyas vísceras y órganos vitales son sus sierras feraces y sus reservas mineras, mientras Europa (primero) y Estados Unidos (después) son unos vampiros que le chupan la sangre. Naturalmente, a partir de esta espeluznante premisa antropomórfica no es difícil deducir el destino zoológico que nos espera a lo largo del libro: rapaces águilas americanas ferozmente carroñeras, pulpos multinaciones que acaparan nuestras riquezas, o ratas imperialistas cómplices de cualquier inmundicia.
Esa arcaica visión mitológica –Europa, una doncella raptada a lomo de un toro, los Titanes sosteniendo al mundo, Rómulo y Remo alimentados por una loba maternal y pacífica– realmente pertenece al universo de la poesía o de la fábula, pero nada tiene que ver con el fenómeno del subdesarrollo, aunque es justo aclarar que Galeano no es el primer escritor contemporáneo que se ha permitido esas licencias poéticas. Un notable ensayista estadunidense, que bastante hizo a mediados de siglo para sostener vivos y coleando a los idiotas latinoamericanos de entonces, alguna vez escribió que Cuba –la de Castro– era como un gran falo a punto de penetrar en la vulva norteamericana. La vulva, claro, era el Golfo de México, y no faltó quien opinara que en ese lenguaje más freudiano que obsceno yacía una valiente denuncia antiimperialista. Algo de esta índole ocurre con Las venas abiertas de América Latina. La incontenible hemorragia del título comienza por arrastrar la sobriedad que el tema requiere. Veremos cómo se coagula este desafortunado espasmo literario.
La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. (p.1)
Así, con esa frase rotunda, comienza el libro. Para su autor, como para los corsarios de los siglos XVI y XVII, la riqueza es un cofre que navega bajo una bandera extraña, y todo lo que hay que hacer es abordar la nave enemiga y arrebatárselo. La idea tan elemental y simple, tan evidente, de que la riqueza moderna sólo se crea en la buena gestión de las actividades empresariales, no le ha pasado por la mente.
Lamentablemente, son muchos los idiotas latinoamericanos que comparten esta visión de suma-cero. Lo que unos tienen –suponen–, siempre se lo han quitado a otros. No importa que la experiencia demuestre que lo que a todos conviene no es tener un vecino pobre y desesperanzado, sino todo lo contrario, porque del volumen de las transacciones comerciales y de la armonía internacional van a depender, no sólo nuestra propia salud económica, sino de la de nuestro vecino.
Es curioso que Galeano no haya observado el caso norteamericano con menos prejuicios ideológicos. ¿Con qué vecino son mejores las relaciones, con el Canadá rico y estable o con México? ¿Cuál es la frontera conflictiva para Estados Unidos, la que tiene al sur o la que tiene al norte? Y si el vil designio norteamericano es mantener a los otros países especializados en “perder”, ¿por qué se une a México y Canadá en el Tratado de Libre Comercio con el declarado propósito de que las tres naciones se beneficien?
La región (América Latina) sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos, que ganan consumiéndolos mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos. (p.1)
Este delicioso párrafo contiene dos de los disparates preferidos por el paladar del idiota latinoamericano, aunque hay que reconocer que el primero –”nos roban nuestras riquezas naturales”– es mucho más popular que el segundo: los países ricos “ganan” más consumiendo que América Latina vendiendo. Y como la segunda parte de la proposición luego se reitera y explica, concretémonos ahora en la primera.
Vamos a ver: supongamos que los evangelios del señor Galeano se convierten en política oficial de América Latina y se cierran las exportaciones del petróleo mexicano o venezolano, los argentinos dejan de vender en el exterior carnes y trigo, los chilenos atesoran celosamente su cobre, los bolivianos su estaño, y colombianos, brasileños y ticos se niegan a negociar su café, mientras Ecuador y Honduras hacen lo mismo con el banano. ¿Qué sucede? Al resto del mundo, desde luego, muy poco, porque toda América Latina apenas realiza el ocho por ciento de las transacciones internacionales, pero para los países al sur del Río Grande la situación se tornaría gravísima. Millones de personas quedarían sin empleo, desaparecería casi totalmente la capacidad de importación de esas naciones y, al margen de la parálisis de los sistemas de salud por falta de medicinas, se produciría una terrible hambruna por la escasez de alimentos para los animales, fertilizantes para la tierra o repuestos para las máquinas de labranza.
Incluso, si el señor Galeano o los idiotas que comparten su análisis fueran consecuentes con el antropomorfismo que sustentan, bien pudieran llegar a la conclusión inversa: dado que América Latina importa más de lo que exporta, es el resto del planeta el que tiene su sistema circulatorio a merced del aguijón sanguinolento de los hispanoamericanos. De manera que sería posible montar un libro contravenoso en el que apasionadamente se acusan a los latinoamericanos de robarles las computadoras y los aviones a los gringos, los televisores y los automóviles a los japoneses, los productos químicos y las maquinarias a los alemanes y así hasta el infinito. Sólo que ese libro sería tan absolutamente necio como el que contradice.
La lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes –dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera– es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestia de carga. (p.4)
Quienes opinan una atrocidad de este calibre no son capaces de entender que el concepto clase no existe, y que una sociedad se compone de millones de personas cuyo acceso a los bienes y servicios disponibles no se escalona en compartimientos estancos, sino en gradaciones casi imperceptibles y móviles que hacen imposible trazar la raya de esa supuesta justicia ideal que persiguen nuestros incansables idiotas.
¿Se ha puesto a pensar el señor Galeano a quién le roba él su relativa comodidad de intelectual bien situado, frecuente pasajero trasatlántico? Porque si ese nivel de vida muelle y agradable es más alto que el promedio del de sus compatriotas, su propia lógica debería llevarlo a pensar que está hurtándole a alguien lo que disfruta y no le pertenece, actitud impropia de un honrado revolucionario permanentemente insurgido contra los abusos de este crudelísimo mundo nuestro.
El ingreso promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces mayor que el de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces más intenso. Y los promedios engañan (…) seis millones de latinoamericanos acaparan, según Naciones Unidas, el mismo ingreso que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la pirámide social. (p.4)
Lo que Galeano no es capaz de comprender –y demos sus cifras por ciertas– es que ese norteamericano promedio también crea siete veces más riqueza que su vecino del sur, pues –de lo contrario– no podría gastar lo que no tiene.
El consumo (querido idiota) es una consecuencia de la producción. Y la razón por la que un pobre indio del altiplano andino consume cincuenta veces menos que un capataz de Detroit está relacionada con los bienes o servicios que uno y otro crean en sus respectivos mundos. Y por la misma regla, esos supuestos seis millones de latinoamericanos –entre los que seguramente se incluye el propio ensayista uruguayo– que acaparan el ingreso de ciento cuarenta millones de coterráneos, en gran medida han conseguido sus ingresos a base de producir tanto y tan bien como se produce en otras latitudes más desarrolladas.

CAPITULO XIII:
El idiota tiene amigos

Como todas las experiencias políticas e ideológicas pasadas no habían obtenido resultados permanentes y significativos, hemos sostenido que el único que podría ayudar a América Latina a dar un paso significativo hacia un mundo distinto, más equitativo, más honesto y humano, sería el indígena porque él era el origen de esta tierra. Monseñor Samuel Ruiz, obispo de Chiapas, México.
¿Se dan ustedes cuenta? Nuestros amigos protagonistas de este libro no tienen remedio. Giran en círculo; sus utopías, en acero inoxidable, se resisten a las evidencias meridianas que las contradicen. Desaparecido el comunismo en la antigua URSS y en Europa, averiada la ortodoxia castrista por la necesidad de dar un poco de oxígeno capitalista a la agónica economía de Cuba, naufragado el sandinismo bajo el peso de sus monumentales errores, herida de muerte la ilusión maoísta en la plaza de Tianamen, el propio Vietnam comunista convertido a la fe de la economía de mercado, el levantamiento de Chiapas vino providencialmente en su ayuda. “Es la primera guerrilla del siglo XXI”, pronosticó con temeraria alegría nuestro amigo Carlos Fuentes, réplica autóctona de la gauche divine de que hablan los franceses o de la “izquierda caviar” como se le define en español. En todo caso él comparte sus refinamientos y sus coqueterías ideológicas; todo eso suministra, en el mundo sofisticado de la intelligentsia europea, un elegante salvoconducto. Haciéndole eco, (Gianni) Miná, los periodistas de Il Manifesto y otros huérfanos de las quimeras revolucionarias de América Latina, saltan en un solo pie de alegría. La lucha armada no está concluida y derrotada, ya lo decíamos, escriben. El gran Emiliano Zapata ha resucitado.
De nuevo, sobre una realidad innegable –la pobreza y abandono de los indígenas de las selvas Lacandona y Chiapaneca de México, la explotación de que han sido víctimas por parte de caciques políticos del PRI– se alza una fábula acreditada por el perfecto idiota y sus amigos de Europa, eternos fabricantes de mitos en nuestro continente. En Chiapas no hubo, como se han apresurado a decirlo, un levantamiento espontáneo y desesperado de indígenas sin tierra, a la manera de las grandes revueltas agrarias del pasado, sino una operación político-publicitaria minuciosamente preparada con gran antelación por miembros de grupúsculos de izquierda que, como el llamado Comandante Marcos, un profesor de la Universidad de Xochimilco, de indios o de campesinos no tienen un solo pelo, y que, con ayuda del fax y valiéndose sobre todo de la fatiga producida en el país por la larga dictadura política del PRI, han buscado engañosamente presentar su aventura como una revuelta popular contra la supuesta “política neoliberal” de los dos últimos gobiernos mexicanos.
Se trata, desde luego, de una burda deformación de la realidad. En primer término, porque si hay algo contrario al liberalismo es la estructura política del PRI y sus prácticas venales. En segundo lugar, porque la miseria de los indios lacandones no es debida a ninguna política liberal o neoliberal, sino al corrupto estatismo que por más de cincuenta años ha imperado en México, una de cuyas secuelas, en el caso de la región de Chiapas, es el de haber dejado que gobernadores y caciques o empresarios madereros ligados al partido oficial se enriquecieran impunemente explotando a los indígenas y deforestando su ámbito natural. Pero en este caso, como en ningún otro, los promotores de la aventura, los perfectos idiotas mexicanos y sus homólogos en el mundo, han podido no sólo dar nuevo aire al viejo estereotipo de la revuelta armada de los campesinos sin tierra, sino, de paso, satanizar al modelo liberal presentándolo como una fuente de injusticias sociales. Así también, gracias a este episodio providencial, un Carlos Fuentes puede presentarse en los centros académicos de Estados Unidos como el sofisticado defensor de los indios desposeídos y el detractor del capitalismo salvaje. Y, haciéndole eco, un Régis Debray, que no ha acabado de pagar la cuenta de sus continuos errores a propósito de América Latina y de la revolución cubana, o el escritor inglés John Berger, vuelven a ocupar espacios privilegiados en la prensa europea señalando a Marcos como un nuevo Robin Hood y descubriendo, maravillados, en su pobre retórica tercermundista, a un nuevo talento literario del continente. Nada que hacer: es un regreso senil a sus mitos de juventud.
Son los viejitos verdes de la revolución latinoamericana encaprichados con sus polvorientas pasiones. Si en vez de perseguir tales mitos, estudiaran de cerca lo que está ocurriendo en México, se darían cuenta de que Marcos se sirve de los indios lacandones para hacer llegar al mundo sus mensajes políticos, sin hacer nada concreto por resolver sus problemas y aspiraciones más inmediatos, cosa que sería factible si la suerte de tales indígenas fuera su real preocupación. A fin de cuentas, poco peso deben tener para él acueductos, escuelas o puestos de salud en una selva apartada, si el proyecto que persigue está impregnado, como el que tenía Abimael Guzmán o el del cura Pérez en Colombia, de delirios ideológicos y sueños estrambóticos de liberación. Todos ellos, ya lo hemos visto de sobra, sólo dejan en el continente estrépito, sangre y la pobreza de siempre.
La ensoñación de monseñor Ruiz es de otro orden: seráfica. Como el mito del “buen revolucionario” está fracasado –parece decirnos, cuando habla de “experiencias políticas e ideológicas” que no han obtenido “resultados permanentes y significativos”–, regresemos atrás, al mito del “buen salvaje”. El que pregonaban en Francia, sucesivamente, Montaigne y Rousseau. “Allí (entre los indios) –decía el primero– no hay ricos ni pobres, ni contratos, ni sucesiones, ni participaciones. Las palabras mismas que significan la mentira, el disimulo y la avaricia son desconocidas”. Monseñor debe haberse creído esta fábula y nos propone volver, de mano de los indios lacandones, a esta sociedad ideal, más sana, más justa y humana, a ver cómo nos va. Tratándose de un clérigo de la teología de la liberación, es paradójicamente un avance este regreso que nos propone a la Edad de Oro (o más bien a la Edad de Piedra), saludado con júbilo por el señor Miná, pues supone, al menos, que dejó de creer en el marxismo como medio de llegar a un mundo sin opresores ni oprimidos. (Fray Betto y el propio Marcos no deben de estar de acuerdo.)
Será difícil, sin duda, llevar a la realidad esta ahora nueva y a la vez viejísima utopía. Los mexicanos comunes y corrientes, mucho lo tememos, no van a estar muy de acuerdo con monseñor Ruiz en sustituir a los economistas de Harvard por los aborígenes de la selva chiapaneca, poniendo en manos de estos últimos y del señor Marcos la economía nacional. Es posible que esta idea, en cambio, seduzca a algunos intelectuales mexicanos, a sus amigos europeos de la “izquierda caviar” y a los periodistas como Miná, para quienes, más que exportadores de café, de azúcar o bananos, somos exportadores de sueños. ¿Cómo habría sido su vida, qué alimento le habrían dado a su imaginación ya sin alicientes desde que Castro se puso una corbata para visitar el Palacio del Elíseo, si aquel 1º. de enero de 1994 no se hubiese producido lo de Chiapas?

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