En Trust, su nuevo libro, Francis Fukuyama desdeña a países con ética católica Sólo las sociedades con alto grado de confianza social triunfarán en la lucha por la preponderancia económica

En su polémico libro El fin de la historia y el último hombre, publicado en 1992, Francis Fukuyama, uno de los más sobresalientes científicos sociales de la Rand Corporation, expuso que el proceso histórico humano había culminado en un orden universal capitalista y democrático. El fin de la guerra fría marcó el fin de la política ideológica y el principio de la lucha por alcanzar una posición en el orden capitalista del siglo XXI. Sin embargo, a pesar de la convergencia histórica de las instituciones económicas y políticas en todo el mundo, todavía vemos gran cantidad de turbulencia social y cultural, no sólo en Occidente, sino en los Estados liberales emergentes de Asia y de América Latina, y Fukuyama se pregunta –ahora que ya cayó la estructura económica y social del marxismo– cuál debe ser el principio que nos guíe para hacer que nuestra propia sociedad sea más productiva y más segura.
Los economistas neoliberales le apuestan al libre mercado como única posibilidad de liberar la iniciativa individual y de promover la prosperidad. Promueven un individualismo radical que descuida la base moral de la comunidad e ignoran los muchos factores “irracionales” que influyen en la conducta económica. Fukuyama defiende que la cultura pervade la vida económica y depende de los lazos morales, de la confianza social, es decir, de los lazos no formulados, no escritos, entre los ciudadanos, que facilitan las transacciones, que fortalecen la creatividad individual y que justifican la acción colectiva.
Francis Fukuyama explica por qué escribió su nuevo libro Confianza: las virtudes sociales y la creación de prosperidad (Trust: The social virtues and the creation of prosperity), publicado por Free Press en 1995 y promovido en México por Manuel Arango. Dice que, cuando Alexander Kojève, el prominente intérprete hegeliano del siglo XX, concluyó que Hegel estaba esencialmente en lo cierto cuando declaró que la historia había terminado, decidió que filósofos como él ya no tenían ningún trabajo útil que hacer y se dedicó a la Comisión de la Comunidad Económica Europea, recién creada a mediados de este siglo. En la misma tesitura, le pareció a Fukuyama que él también debía continuar el pensamiento de su libro anterior, El fin de la historia, con un libro sobre economía.
La preocupación central de Fukuyama es la sobrevivencia de la democracia y el éxito del capitalismo en Estados Unidos. “El argumento no es económico, sino que se relaciona con el carácter de la democracia estadunidense”. El individualismo de la sociedad norteamericana se ha exacerbado. “La tendencia inherente del liberalismo basado en los derechos, que expande y multiplica esos derechos en contra de la autoridad, ha sido llevado hasta su conclusión lógica. El deterioro de la confianza y de la sociabilidad en Estados Unidos es evidente en un buen número de cambios en la sociedad: el aumento del crimen violento y del litigio civil, el rompimiento de la estructura matrimonial, la decadencia de una amplia gama de estructuras sociales intermedias que constituyen la sociedad civil –como la organización vecinal, las Iglesias, los sindicatos, los clubes, las caridades– y el sentido general de una falta de comunidad y de valores compartidos con los otros”.
Hay que volver a los valores “premodernos”, basados en hábitos culturales de tipo más bien “irracional”, como la confianza, la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad comunitaria, cuyos efectos económicos son claramente perceptibles. La religión es económicamente productiva, porque promueve los valores que hacen funcionar bien la vida económica. Pero sólo la religión protestante, que propugna el individualismo; no la religión católica, que lo combate, que es autoritaria y que, por lo mismo, impide la iniciativa, la decisión personal, la libertad del interés propio y la responsabilidad; que no promueve la producción industrial, sino sólo el buen reparto de lo producido, y que no propicia el crecimiento.
El ejemplo que Fukuyama repite una y otra vez es el continente católico latinoamericano, subdesarrollado, incapaz de prosperar y de producir su propio bienestar, porque depende –entre cosas, pero en buena medida– de la ética católica.
A eso se añade en México –la única vez que lo menciona– el estatismo, que destruye las estructuras sociales intermedias, que son las que constituyen la sociedad civil y en las que enraiza la democracia, y que produce la corrupción de los funcionarios públicos. México tiene una sociedad civil sin vigor y sin iniciativa, porque sus estructuras medias están destruidas o debilitadas, y un alto grado de corrupción, porque el Estado controla la vida económica y la vida política.
Fukuyama cita a Emile Durkheim: “Una sociedad compuesta por un número infinito de individuos desorganizados, a los que un Estado hipertrofiado se ve compelido a reprimir y a contener, constituye una verdadera monstruosidad sociológica. Una nación puede mantenerse sólo si entre el Estado y los individuos se interpone toda una serie de grupos secundarios suficientemente cercanos a los individuos para atraerlos con fuerza a su esfera de acción y arrastrarlos de este modo hasta el torrente general de la vida social”.
El énfasis en la economía es inevitable, porque prácticamente todas las cuestiones políticas actuales se resuelven alrededor de las económicas; inclusive los problemas de seguridad se derivan de sociedades civiles frágiles, en el Este y en el Oeste. Pero la economía se engasta en la vida social y no se puede entender separada de la cuestión más general de cómo se organizan las sociedades modernas. De ahí que el libro de Fukuyama “es la historia de cómo la vida económica refleja, da forma y sostiene la vida moderna misma”.
En la actual lucha global por la preponderancia económica, cuyo determinante fundamental serán las diferencias culturales, el capital social representado por la confianza será tan importante como el capital físico. Pero la confianza varía grandemente de una sociedad a otra, y sólo aquellas sociedades que tengan un alto grado de confianza social serán capaces de crear el tipo de organizaciones de negocios flexibles y a gran escala que son necesarios para una competencia exitosa en la economía global emergente.
Fukuyama sostiene que la grandeza de Estados Unidos no fue construida sobre el empuje de su individualismo, sino sobre el poder aglutinador de sus asociaciones civiles y sobre la fuerza de sus comunidades. En consecuencia, el viraje hacia un individualismo cada vez mayor, centrado en la extrema derecha y alejado radicalmente de la pasada tradición comunitaria, será más peligroso para Estados Unidos que la competencia económica exterior. A continuación, algunas de las ideas centrales de Fukuyama.

CONFIANZA

Conforme se desarrolla, la tecnología moderna va modelando las economías nacionales de una manera coherente y las va trabando en una vasta economía global. La creciente complejidad y la intensidad informativa de la vida moderna hacen extremadamente difícil la planificación económica centralizada. Ya no existe ninguna esperanza realista de poder crear una sociedad próspera mediante grandes programas gubernamentales. Las dificultades del presidente Clinton, en 1994, para lograr su programa de reformas a los servicios de salud, muestran el escepticismo de los estadunidenses con respecto a la administración gubernamental de sectores importantes de la economía.
Ya no funciona el Estado benefactor que planifica y controla la vida económica nacional. La reforma europea consiste en desmantelar el Estado benefactor para que la industria sea más competitiva mundialmente. La vitalidad de las políticas liberales, tanto políticas como económicas, depende de una sociedad civil saludable y dinámica.
La sociedad civil –un complejo conjunto de instituciones intermedias, que incluyen negocios, asociaciones voluntarias, instituciones educativas, clubes, sindicatos, medios de comunicación, organizaciones y grupos de caridad, Iglesias, asociaciones profesionales y muchas otras– se construye sobre la familia, que es el instrumento primario de socialización, de introducción a la cultura y de capacitación para vivir en la sociedad amplia. A través de ella se transmiten los valores y los conocimientos de esa sociedad.
Una sociedad civil emprendedora depende de los hábitos, de las costumbres y de la ética de la gente. Estos atributos deben alimentarse por medio de una creciente toma de conciencia y de un respeto por la cultura, y sólo pueden formarse de una manera indirecta por la acción política.
Los pueblos son más conscientes ahora de las diferencias culturales que los separan. Por ejemplo, a muchos asiáticos les causa problema la peleadera de los estadunidenses y su prontitud para insistir en sus derechos individuales a expensas de un bien mayor. Los asiáticos insisten en los aspectos superiores de su herencia cultural, como la deferencia hacia la autoridad, el énfasis en la educación y en los valores familiares, como fuentes de vitalidad social.
Después de la guerra fría, la identificación primaria de la gente no será la ideológica, sino la cultural. De ahí la posibilidad de choques entre los grupos culturales más importantes: occidental, islámico, confuciano, japonés, hindú y otros. En adelante, las sociedades tendrán que prestar más atención a la cultura en el tratamiento de los problemas internos y en sus relaciones con el mundo. La confrontación de culturas puede llevar al conflicto o a la adaptación y al progreso. Por eso es vital la comprensión de lo que hace a las culturas diferentes y funcionales, porque los grandes temas que envolverán la competencia internacional política y económica se expresarán en términos culturales.
Fukuyama expone así su tesis. La actividad económica representa una parte crucial de la vida social, y se teje y se une por medio de una variedad de normas, reglas, obligaciones morales y otros hábitos que, juntos, le dan forma a la sociedad. El análisis de la vida económica enseña que el bienestar de la nación y su habilidad para competir están condicionados a una sola característica cultural que lo impregna todo: el nivel de confianza inherente en la sociedad. Los actores económicos se apoyan uno a otro porque tienen fe en que forman una comunidad basada en la confianza mutua, que nace de un conjunto de hábitos éticos y de obligaciones morales recíprocas, interiorizadas por cada uno de los miembros de la comunidad, que dan pie para confiar unos en los otros. En todas las sociedades económicamente exitosas, las comunidades están unidas por la confianza.
La habilidad de la gente para asociarse, para trabajar junta en grupos y organizaciones por objetivos comunes es lo que se llama “capital social”, y depende del grado en que las comunidades comparten valores y normas, y en que son capaces de subordinar los intereses individuales a los de grupo. De estos valores compartidos nace la confianza, y la confianza tiene un inmenso valor económico.
La disminución de la confianza y de la sociabilidad –la falta de capital social– en una sociedad determinada, se evidencia en el crecimiento de la violencia, en la degradación de la familia, en una ausencia general de valores compartidos y de sentido comunitario, y en el deterioro o en la falta de una amplia gama de las estructuras sociales intermedias que componen la sociedad civil.
De la otra parte, la acumulación de capital social es un proceso cultural complicado y de muchas maneras misterioso. Los gobiernos pueden adoptar políticas que vacíen el capital social, pero enfrentan grandes dificultades para construirlo de nuevo. Si las instituciones del capitalismo y de la democracia han de trabajar con propiedad, deben coexistir con ciertos hábitos culturales premodernos que aseguren su buen funcionamiento. Es decir, deben impregnarse de reciprocidad, obligación moral, deber comunitario y confianza, cualidades que se fundamentan en el hábito más que el cálculo racional. No son anacronismos en la sociedad moderna, sino condiciones indispensables de su éxito.
A algunos pensadores les pasa por alto la dimensión cultural de la vida económica, que está profundamente enraizada en la vida social y que no puede entenderse al margen de las costumbres, de la moral y de los hábitos de la sociedad a la que pertenece. La vida económica no se puede divorciar de la cultura. Pero los neomercantilistas olvidan el papel de la cultura al diseñar la política industrial misma.
Fukuyama se detiene en este punto. Le importa destacar las diferencias en las capacidades relativas de los Estados para planear y llevar a cabo sus políticas industriales, aunque todas estén a cargo de los tecnócratas. Es la cultura la que da forma a estas diferencias, lo mismo que la naturaleza de las instituciones políticas y las circunstancias históricas de las distintas naciones. Hay un mundo de diferencia en la capacitación y en la calidad general de los seres humanos que ingresan a las respectivas burocracias nacionales. Igual que hay un mundo de diferencia en la calidad de las políticas y de la administración resultante. No basta con ser tecnócrata en abstracto.
Hay diferencias culturales mayores en cuanto a la naturaleza y a la prevalencia de la corrupción. Un problema importante de cualquier política industrial es que invita a la corrupción de los funcionarios públicos, lo que, a su vez, vicia cualquier posible beneficio de esa política. Es claro que las políticas industriales funcionan mejor en sociedades que tienen tradición de honestidad y de servicio civil competente, “lo que difícilmente es el caso de los burócratas latinoamericanos”. Cuando hay un déficit de capital social, el Estado puede suplir; pero la intervención estatal depende de la cultura y de la estructura social sobre las que preside.
La economía neoclásica es mucho más seria y mucho más pensada que el neomercantilismo que todo lo juega al libre mercado. La experiencia confirma que los mercados son eficientes distribuidores de recursos y que dar libertad al interés personal promueve el crecimiento. Los neoliberales argumentan que las leyes de la economía se aplican dondequiera, lo mismo en Estados Unidos que en Rusia, en Japón que en Burundi, en Alemania que en las altiplanicies de Papúa Nueva Guinea, y no admiten en su aplicación las profundas variantes culturales. Y creen que, a través de su metodología económica, han descubierto una verdad fundamental sobre la naturaleza humana, que les permite explicar prácticamente todos los aspectos de la conducta del hombre.
El problema es que han olvidado ciertos fundamentos centrales de la economía clásica, que no se puede reducir a la maximización de la utilidad racional. La motivación económica es extremadamente compleja y se engasta en hábitos y costumbres sociales de mayor amplitud; pero los neoliberales no toman en cuenta el modo como la cultura conforma todos los aspectos de la conducta humana, inclusive de la económica.
La perspectiva neoliberal no sólo es insuficiente para explicar la vida política, con sus emociones dominantes de poder, indignación, soberbia, vergüenza, sino que lo es también para explicar todos los aspectos de la vida económica. El ser humano no se reduce al individuo que racionaliza la maximización de la ganancia y que sólo persigue la estrechez de su interés personal y únicamente a través del mercado. Se puede confiar en que también tiene otras motivaciones y en que es posible que pretenda cosas como el bien común.
La confianza, dentro de una comunidad, es la expectación que se deriva de una conducta regular, honesta y cooperativa por parte de los otros miembros de esa comunidad, basada en normas comunes que se comparten. Esas normas pueden referirse a valores profundos, como Dios y justicia, o a normas seculares, como pautas de comportamiento profesional y códigos de conducta. El capital social es la capacidad que produce la confianza en una sociedad o en partes de ella. Difiere de otras formas de capital humano, porque la crean mecanismos culturales, como la religión, la tradición o el hábito histórico. Por eso, un consenso moral previo les da a los miembros del grupo las bases para la confianza mutua.
Por su parte, la adquisición de capital social, dado que se fundamenta en virtudes sociales más que en virtudes individuales, requiere habituarse a las normas morales de una comunidad y adquirir, en ese contexto, virtudes como lealtad, honestidad y confiabilidad. Cuando las personas, en su trabajo, confían unas en otras, los negocios tienen costos más bajos, porque todos operan bajo normas éticas comunes y no tienen que recurrir a sistemas formales de reglas, a negociaciones adicionales, a litigios legales, al aparato jurídico y a medios coercitivos. El aparato legal sólo es un sustituto de la confianza, que añade al negocio los costos de la transacción. Aunque suene paradójico, la cultura está ligada a la eficiencia económica.
Fukuyama no hace distinciones entre cultura y estructura social. Entiende la cultura como “hábito ético heredado”. Puede ser una idea o un valor. Los hábitos más importantes que conforman las culturas tienen que ver con los códigos éticos con que las sociedades regulan las conductas. Todas las culturas buscan constreñir de alguna manera el egoísmo crudo de la naturaleza humana estableciendo reglas morales no escritas. Hábitos éticos, como la habilidad para asociarse espontáneamente, son cruciales para la innovación organizativa y, por tanto, para la creación de la riqueza. Diferentes tipos de hábitos éticos conducen a muy variadas formas alternativas de organización y de estructuras económicas.
En consecuencia, no se pueden importar ni imponer estructuras y modelos económicos que no responden a la cultura particular, porque no existen ahí los hábitos ético-culturales que los puedan sostener y llevar adelante. Los neomercantilistas, que defienden la maximización de las ganancias, no son racionales; hay pueblos que practican otras formas de moral tradicional y de virtudes sociales que con frecuencia apuntan a objetivos no económicos.
De ahí el debate sobre los pobres, que Fukuyama reduce a saber si son pobres porque no tienen oportunidades económicas o porque pertenecen a la cultura de la pobreza, que mantiene hábitos económicamente disfuncionales, como la preñez adolescente y la drogadicción. Por ejemplo –vuelve Fukuyama–, el catolicismo ha sido contrario al capitalismo y a la democracia. Por eso, la Reforma protestante fue, en cierto sentido, la condición previa para la revolución industrial. Inclusive después de realizada, la Iglesia católica frecuentemente criticó el mundo económico creado por el capitalismo, y las naciones católicas se industrializaron hasta más tarde, después de las protestantes.
La reconciliación posterior del catolicismo con el capitalismo y con la democracia no se ha completado aún, aunque ya ha habido una “protestantización” de la cultura católica, gracias a la cual se han disminuido las diferencias de desarrollo y de crecimiento entre los países protestantes y los países católicos.
En las batallas que se dieron, durante la primera mitad de este siglo, entre la dictadura y la democracia, como la guerra civil española, el trono y el altar cerraron filas. Una de las más devastadoras consecuencias de los regímenes autoritarios, como fueron los socialistas y muchos Estados latinoamericanos, entre ellos México, y de organizaciones altamente centralizadas, como la Iglesia católica, es la destrucción de la sociedad civil, que contrasta, como en Japón y Estados Unidos, con la habilidad de generar espontáneamente grupos sociales fuertes entre la familia y el Estado.

Comentarios

Load More