Encrucijada geopolítica

Ante la impotencia de la comunidad internacional, el régimen de Bashar al Assad escala la represión contra el pueblo sirio y atiza el conflicto, que podría derivar en una guerra étnica. Tras el veto de China y Rusia a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que apoyaba un plan de transición en ese país, las posibilidades de encontrar una salida a la crisis se reducen. Según expertos, no hay soluciones rápidas sino a mediano plazo y ellas no impedirán el derramamiento de sangre.

EL CAIRO.- Después de que el sábado 4 Rusia y China vetaron el proyecto de resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Siria –que pedía poner fin a la violencia y apoyaba un plan de transición propuesto por la Liga Árabe–, Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, China y los países árabes debaten cómo enfrentar la situación de ese país que se desliza hacia una guerra civil entre las distintas sectas religiosas y grupos étnicos, similar a la que destruyó Líbano entre 1975 y 1990.

Algunas de las propuestas son: una invasión extranjera sin aprobación legal del Consejo de Seguridad de la ONU; armar y entrenar un ejército rebelde, como lo hacen ya algunos gobiernos árabes; crear zonas de exclusión aérea y corredores humanitarios, como proponen el gobierno francés y otros, o insistir en el diálogo entre los opositores y el gobierno de Bashar al Assad, que los extermina, como insisten Rusia y China.

Para los expertos, ninguna de esas opciones –algunas de las cuales se aplicaron en Libia– parece capaz de detener la creciente violencia ni generar estabilidad en el corto plazo.

“La situación en Siria se está convirtiendo en el escenario más pesimista de todos; uno donde nadie gana y todos pierden, tanto dentro como fuera de ese país”, dice a Proceso Robert Grenier, quien de 2004 a 2006 fue director del Centro de Contraterrorismo de la Agencia de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) y quien ahora realiza labores de análisis político sobre Medio Oriente.

El señalamiento de Grenier parte de un hecho: por su estratégica ubicación geográfica, Siria se ha convertido en un espacio de confrontación de las potencias rivales: Estados Unidos, Irán (incluidos sus aliados de Hezbolá y Hamas), Turquía, las monarquías del Golfo Pérsico e Israel. Incluso Al Qaeda trata de subirse al conflicto para recuperar su presencia entre la opinión pública árabe.

 

“Faltan ataúdes”

 

El jueves 16 la Asamblea General de la ONU emitió una condena al régimen de Al Assad y exigió su reemplazo. Lo hizo a partir de los informes sobre la represión que éste ha desatado contra los sirios: más de 7 mil muertos en 11 meses, según cálculos del organismo mundial.

Más allá de poner en evidencia el aislamiento internacional del régimen de Damasco, los efectos de esta declaración son limitados debido a que sus resoluciones no implican un cumplimiento obligatorio. Se trató de un recurso alternativo ante el veto que el 4 de febrero impusieron Rusia y China a la resolución en el Consejo de Seguridad contra el régimen de Assad.

Distinta fue la situación que enfrentó Libia el 19 de marzo de 2011, cuando rusos y chinos se abstuvieron de votar y el Consejo de Seguridad aprobó la imposición de una zona de exclusión aérea y ataques sobre las fuerzas de Gadafi.

Y sobre el terreno las cosas también son muy distintas: Libia es un país sin cordilleras, con 6 millones de habitantes, donde las acciones militares se llevaron a cabo en ciudades pegadas a la línea costera. Siria, en cambio, tiene una población casi cuatro veces superior (23 millones de habitantes) distribuida irregularmente en un ancho espacio formado por zonas montañosas y desiertos.

La oposición libia, además, estaba unificada en el Consejo Nacional de Transición y controlaba territorios, entre ellos importantes ciudades.

En Siria la oposición está dividida. Dos organizaciones –que aglutinan a una serie de grupos disímbolos– se disputan la representación: el Consejo Nacional Sirio y el Buró Nacional de Coordinación. Ambas tienen poca autoridad sobre una multitud de comités de coordinación local, así como sobre varias milicias que tampoco se ven entre ellas con buenos ojos ni aceptan integrarse al Ejército Sirio Libre, formado en su mayor parte por desertores de las tropas de Assad.

Damasco no ha podido sofocar las protestas ni controlar totalmente algunas ciudades, lo que ha permitido que los opositores tengan una relativa libertad de movimiento. Ello se ha hecho evidente desde principios de este mes, cuando los opositores empezaron a introducir clandestinamente a periodistas para llevarlos desde la frontera de Líbano hasta la ciudad de Homs, a 40 kilómetros.

Sin embargo la oposición dista de controlar territorios completos, y las zonas urbanas y rurales donde tiene presencia son objeto de incursiones del ejército sirio, que usa en sus ataques artillería pesada y vehículos blindados.

Existe además el riesgo de una guerra de sectas.

Grenier expone: “El juego cínico de Assad ha funcionado bien: la minoría alauí (10% de la población, a la que pertenece el presidente) no encuentra más alternativa que seguir apoyando al régimen ante el temor de la venganza de una oposición dominada por los sunitas (75% de la población)”.

La alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Navi Pillay, declaró el lunes 13 que “el fracaso del Consejo de Seguridad para consensuar una acción firme y colectiva alentó al gobierno sirio a lanzar un asalto sin cuartel con el objetivo de aplastar a la disidencia con una fuerza sobrecogedora”.

Desde el viernes 3 –vigésimo aniversario de la represión contra un alzamiento en la ciudad de Hama, que dejó 20 mil muertos–, el ejército sirio ha escalado la violencia. Ahora bombardea los barrios. El promedio de las víctimas mortales pasó de 20 a 50 diarias, según datos de los comités de coordinación local.

Como complemento a la ofensiva armada, el gobierno lanzó otra de carácter político: redactó una Constitución y el miércoles 15 convocó a un referéndum para que el pueblo la valide. Es un intento de demostrar su voluntad de llevar a cabo una reforma política.

Según el gobierno, el referéndum tendrá lugar el próximo domingo 26. Es decir, los sirios tienen sólo 11 días para estudiar el articulado y decidir si lo aprueban.

En el periódico digital gulfnews.com, el analista sirio Sami Moubayed señaló que de todas las constituciones que el país ha tenido desde 1920, sólo la que propuso en 1973 Hafez al Assad, padre de Bashar al Assad, y la que ahora éste quiere imponer, no fueron escritas por asambleas electas “sino por comités nombrados a dedo”.

En todo caso los cambios “son muy pocos y llegan muy tarde. En marzo de 2011 una nueva Constitución podría haber calmado la ira popular. Pero el ánimo es muy distinto ahora”, afirmó Moubayed.

Muchos están dispuestos a pagar los costos de desconocer esa convocatoria y continuar con la sublevación. “No pedimos del mundo nada más que ataúdes, porque no tenemos suficientes para todos nosotros”, tuiteó el usuario opositor Browser, desde Homs, el domingo 5.

 

Jugadores

 

Las razones del interés internacional en Siria son claras: su ubicación en el cruce de tres continentes le otorga un papel estratégico; está en el centro de una zona que involucra al Mediterráneo oriental, al Golfo Pérsico y al canal de Suez; y en el cual se juegan los intereses de Irán, Turquía, Egipto, Israel y, detrás de ellos, Estados Unidos, Europa, Rusia y China.

Además está Al Qaeda, que busca la manera de recuperar su relevancia después de que el carácter moderado de las revoluciones de Egipto, Libia y Túnez la marginaron políticamente y de que los aviones no tripulados de Estados Unidos diezmaron su liderazgo. Ayman al Zawahiri, sucesor de Osama bin Laden al frente del grupo terrorista, pidió a los musulmanes unirse a la lucha contra “el carnicero Al Assad”, pero oponiéndose también a los gobiernos árabes y a las potencias occidentales.

Para Irán, que hasta ahora se había visto beneficiado por las desastrosas intervenciones estadunidenses en Afganistán y, sobre todo, en Irak, Siria es un aliado clave para sostener su influencia en el llamado arco chiita, que se extiende a través de tierras iraquíes y hasta Líbano, donde opera su aliado, Hezbolá.

La caída del régimen sirio favorecería las intenciones estadunidenses e israelíes de presionar y –de ser posible– hacer caer la república islámica iraní o por lo menos detener su programa nuclear.

La principal base política de la familia Al Assad es la etnia a la que pertenecen: la minoría alauí, formalmente adscrita a los chiitas. Frente a ellos, Turquía, Arabia Saudita y Qatar se presentan como defensores de la mayoría sunita. Egipto por su parte intenta conservar su primacía histórica en el mundo árabe, frecuentemente disputada por Damasco.

Siria también es el único aliado que le queda a Rusia en Medio Oriente. Tal alianza es herencia de Hafez al Assad, quien en 1970 tomó el poder con apoyo soviético. De hecho en Siria está la única base militar que Rusia tiene fuera de su territorio y Moscú es el único que aún le vende armas a Damasco. En enero pasado, por ejemplo, le vendió aviones de combate por 550 millones de dólares.

Los enemigos del régimen de Al Assad dan por hecho que éste va a caer debido a la oposición interna y a las presiones internacionales que lo han aislado en lo político y debilitado en lo económico.

En este último punto los efectos son reales: las reservas del banco central, que eran de 20 mil millones de dólares a principios de 2011, cayeron en dos terceras partes, según estimó el diario The Economist. Su moneda, la libra siria, se devaluó 50%, la industria turística ha desaparecido y las exportaciones de petróleo se han detenido casi por completo.

“El régimen de Al Assad va a pelear hasta el fin, pero la naturaleza de tal fin no está en duda”, dice Grenier. “Las últimas imágenes de Bashar serán como las de Gadafi”, pronostica.

Pero mientras ello ocurre, la violencia, al parecer, continuará.

Cinco expertos que participaron el sábado 11 en el foro en línea Siria: ¿qué puede hacerse?, organizado por el diario británico The Guardian, coincidieron: las soluciones no serán rápidas sino a mediano plazo y no impedirán el derramamiento de sangre. Incluso, ninguno de los expertos descartó el riesgo de una guerra civil étnica.

“Una invasión de Siria sería otro desastre tipo Irak o Afganistán que llevará a una catastrófica pérdida de vidas, desatará una guerra de guerrillas de larga duración y atraerá grupos armados de países vecinos para combatir otra ocupación militar occidental en un estado musulmán”, afirmó en ese foro Seumas Milne, columnista de The Guardian.

La creación de una zona de exclusión vendría seguida por una escalada militar, según advirtieron dos de los ponentes: Abdel Bari Atwan, director del periódico panárabe Al Quds Al Arabi, y Shashank Josh, investigador de la Universidad de Harvard.

Atwan señaló que Siria interpretaría dicha zona de exclusión “como una declaración de guerra y atacaría”.

Josh consideró que esa zona tendría que crecer hasta convertirse en “una intervención total en áreas densamente pobladas, o no sería para nada segura”.

Los participantes señalaron que ya existe apoyo militar extranjero: Rusia vende armas al régimen e Irán le presta asesores, mientras que Qatar y Arabia Saudita transfieren armas a los rebeldes. Coincidieron en que esto último dista de ser suficiente para que los 15 mil hombres del Ejército Sirio Libre derroten a los 200 mil soldados de Al Assad.

Otro de los participantes en el foro, Mehdi Hasan, editor de la revista The New Stateman, advirtió que se corre el riesgo de que las milicias opositoras hagan algo parecido a lo realizado por los rebeldes libios: después de entregarles armas cometieron “asesinatos, saqueos y torturas”.

Para estos expertos un eventual diálogo entre el gobierno y la oposición es una quimera después de un año de matanzas. “Dada la naturaleza sádica del régimen, cualquier acuerdo que deje a Assad en el poder es peor que una pérdida de tiempo y un insulto al pueblo sirio”, dijo Michael Weiss, director del Centro de Investigación Just Journalism.

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