Moscú: Putin se dispone a ocupar otra vez su silla en el Kremlin

Vladimir Putin, presidente de Rusia durante dos periodos.Foto: AP / Vladimir Putin, presidente de Rusia durante dos periodos.Foto: AP /

MOSCÚ (apro).- Como en Hollywood, una larga limusina azul recorre la Avenida Tverskaya frente al hotel Ritz Carlton, construido donde antes se elevaba un desapacible hotel Inturist. En la otra esquina, a la entrada de la Plaza Roja, el Hotel Moskva, esa enorme mole que fuera símbolo de los viejos tiempos soviéticos, también fue tirado abajo y vuelto a reconstruir, ladrillo por ladrillo, igual que el original.

A pocas cuadras de allí reluce otra vez la Catedral de Cristo Redentor, demolida por Stalin para construir un monumento al poder soviético, que nunca se levantó porque los cimientos metálicos fueron fundidos para hacer armas durante la Segunda Guerra Mundial. En el enorme agujero se construyó una gigantesca piscina para que los moscovitas nadaran al aire libre en pleno centro y en pleno invierno.

Tuvo que desaparecer la Unión Soviética, para restablecer la Catedral con todo el oro y el lujo de la vieja usanza.
Demoler y reconstruir. Cambio violento y continuidad. Las edificaciones reducidas a polvo y hechas de nuevo son una metáfora de la política rusa: la destrucción de la Unión Soviética y los intentos de recuperar su viejo esplendor.

Vladimir Putin, presidente durante dos periodos –desde el año 2000 hasta el 2008– y primer ministro desde entonces, ha realizado un enroque de ajedrez y se dispone reemplazar a Dmitri Medvedev para volver a ocupar su silla en el Kremlin, en las elecciones del próximo domingo 4.

Si cumple sus objetivos, Putin podría gobernar dos periodos más de seis años cada uno, lo cual haría un total de casi un cuarto de siglo, algo menos que Stalin. Pero si bien su triunfo, el próximo domingo, se da por descontado, la atmósfera ha cambiado en Moscú, y nada indica que pueda reconstruir, como la catedral, el poder que los gobernantes rusos perdieron desde los años noventa.

La primavera llegó temprano

En Barnaul, una ciudad siberiana, las autoridades no concedieron permiso para una manifestación de muñecos, organizada por el movimiento “Por elecciones limpias”. De todas maneras, los muñecos rebeldes aparecieron en la avenida central de la ciudad, desobedeciendo la orden. Un policía se acercó y elaboró un acta, pero no los detuvo.

La protesta de los muñecos habla claramente que la sociedad rusa no es la excepción y que, a su ritmo, se incorpora al mundo de la protesta y la movilización. En diciembre pasado, dos multitudinarias manifestaciones rechazaron los resultados de las elecciones a la Duma, en las cuales se impuso el partido oficial, Rusia Unida, pero sin lograr por primera vez la mayoría parlamentaria.

En febrero se realizó otra masiva marcha de toda la oposición. Hacía tanto frío que se agotaron las camisetas térmicas en los comercios cercanos a los puntos de concentración.

Esta semana, frente a la alcaldía de Moscú, los partidarios de Putin y los representantes de partidos opositores se agarraron a trompadas para llegar primero y obtener permiso para las manifestaciones del próximo lunes 5, después de las elecciones presidenciales, unos para celebrar, otros para protestar.

Días antes, caravanas de carros recorrieron las calles de varias ciudades en contra de Putin. Madres con sus hijos pequeños salieron con pancartas para exigir mejores condiciones en las guarderías y un grupo punk de mujeres, llamado “Pussy Riot”, protestó en bikini en la Plaza Roja –con 30 grados bajo cero–, cantando consignas contra Putin, y repitieron el acto en el altar de la Catedral de Cristo el Salvador. Terminaron en la cárcel, por supuesto.

El pasado 29 de febrero, en la ciudad de Lermontov, la alcaldía retiró de la contienda electoral a todos los candidatos independientes. La población ocupó el edificio exigiendo la revisión de la medida. El domingo anterior, los partidos de oposición se preparaban para realizar una cadena humana alrededor del anillo circular del centro de la ciudad, en sintonía con la “maslenitsa”, tradicional fiesta popular que celebra la llegada de la primavera con espectáculos en todos los parques y la preparación de “blinis” (panqueques).

Los partidarios de Putin han respondido con dos grandes movilizaciones, una el 4 de febrero y otra el 23, aprovechando el día feriado dedicado a los hombres, en honor a la fecha en la cual León Trotsky fundó el Ejército Rojo.

Más allá de las elecciones, el clima de protesta ha crecido en los últimos años. La “Sociedad de los baldes azules” no es una cofradía de la edad media. Es un movimiento de conductores, gente común y corriente que se ha unido contra las “migalkas”, la luz azul en el techo y la sirena con la cual los automóviles de los funcionarios se saltan los cada vez más frecuentes atascos en el tránsito.

El movimiento inició después de que un auto oficial que viajaba en contravía por la Avenida Leninsky mató a dos mujeres. Los automovilistas de Vladivostok bloquearon las autopistas cuando prohibieron usar coches importados de Japón con el timón a la derecha. En las afueras de Moscú, los vecinos del bosque de Khimki crearon el movimiento “Ecooborona” (ecodefensa), para oponerse a construcción de la autopista a San Petersburgo que atraviesa el bosque por la mitad.

Como en la Plaza Tahrir, Wall Street o la Puerta del Sol, todo se organiza por internet: en Facebook y en vkontakte, su versión rusa, se informa sobre las manifestaciones, se crean grupos para organizar a los observadores en las elecciones, se publican las fotos de los funcionarios que violan las normas de tránsito. Es, en los términos de un periodista, el “software de la revolución”.

Parece una broma hablar de primavera con 34 grados bajo cero, pero las enormes manifestaciones de diciembre y febrero, como no se veían desde los años noventa, y la cantidad de pequeñas protestas, son la versión rusa de la primavera árabe y de las manifestaciones de los indignados en Grecia y Europa.

De la anarquía al verticalismo

“Sigo al río Moscú hasta el parque Gorki al son del viento del cambio”, decía la canción-himno de 1991, cuando la sociedad rusa se levantó, derrotó el golpe de Estado contra Mijail Gorbachov y, en el curso de meses, puso punto final al régimen del Partido Comunista y a la propia Unión Soviética.

Rusia se mueve en ciclos: en los años noventa fue el de la anarquía, la libertad enloquecida, las privatizaciones corruptas. Para la enorme mayoría de la población significó una brutal caída de sus ingresos, pero al mismo tiempo la posibilidad de cambiar la televisión blanco y negro por la televisión coreana a color, escuchar a Pink Floyd, comprar botas europeas y textiles chinos, hacer un viaje barato a Turquía y traer cosas para vender en la calle, comprar un Mercedes Benz o un Volvo viejo, tal vez robado en Alemania. Libertades de pobres, pequeños gustos.

Arriba, en la cumbre de la pirámide, la libertad fue descontrol y apropiación de las enormes empresas del estado: aluminio, petróleo, níquel, acero, aviones, motores, todo cayó en manos de Potanin, Jodorkovsky, Fridman, Abramovich, Berezovski, Deripaska y otros cuantos. Para ellos, libertad fue comprar por centavos y engordar sus cuentas en Suiza; comprar mansiones en Belgravia, el barrio más caro de Londres; hacerse propietarios de clubes de futbol; regalar a su hija el departamento más caro de Nueva York; vivir en la Costa Azul.

Vladimir Putin, hasta entonces un ilustre desconocido exagente de la KGB, llegó al Kremlin de la mano de Yeltsin y en el año 2000 se encontró ocupando la presidencia. En 10 años recuperó a Rusia de la anarquía y la debacle económica gracias al boom petrolero, pero al precio de pisotear las libertades conseguidas en la década anterior.

Invadió Chechenia, eliminó la elección de gobernadores, recortó libertades públicas, recuperó el control de casi todos los medios de prensa y renacionalizó buena parte de las enormes propiedades regaladas a los oligarcas.

Jodorkovsky, el hombre que supo ser el más rico de Rusia, entre rejas desde 2003, y Boris Berezovski, exiliado en Londres, donde las manos de los servicios secretos envenenaron a uno de sus guardaespaldas, son el ejemplo vivo de esta vuelta de la tortilla.

En Moscú, el consumo batió récord. Basta caminar por la calle Petrovka en pleno centro, o entrar al viejo TSUM (Tsentralny Universalny Magazin), donde antes solo vendían textiles y matrioskas, para encontrar a Escada, Max Mara y Manolo Blahnik, como en cualquier capital europea. La ciudad vive de las riquezas del interior.

La reconstrucción vertical del poder implicó aumentar los requisitos para participar en las elecciones, de manera tal que este domingo se presentan solo cinco candidatos: además de Putin, Guennadi Ziuganov, del Partido Comunista, eterna medalla de plata en cuanta elección se ha realizado; el polémico y provocador nacionalista Vladimir Zhirinovsky; el oligarca Mijail Projorov, y Serguei Mironov, del partido “Justicia”, una agrupación moderada de centro.

El conocido político Grigory Yavlinsky no se pudo presentar, porque la comisión electoral vetó miles de las firmas que se requerían para participar.

La rebelión de la clase media

Una nueva generación ha crecido en los últimos 20 años, para quienes Mijail Gorbachov es un abuelo respetable. Stalin y la guerra son recuerdos tan lejanos como dolorosos fueron para sus abuelos, y Lenin y la revolución de 1917 son personajes históricos como Jefferson o Lincoln para Estados Unidos.

La protesta abarca distintos sectores. En primer lugar, los trabajadores del Estado, la vieja inteligencia soviética, pero también capas acomodadas de las ciudades, que a pesar de su progreso social durante el gobierno de Putin, no lo quieren ver 12 doce años en el gobierno.

“Es una revuelta de la clase media”, explica Boris Kagarlitsky, uno de los más conocidos intelectuales del despertar social durante el periodo de la perestroika en los años ochenta. “En las manifestaciones de diciembre y de febrero participó mucha gente apolítica, pero lo más significativo fue lo que pasó en las provincias. Mil personas en Penza son más que miles en Moscú. Son trabajadores estatales, científicos, ingenieros, que ya nadie quiere.

“Muchos lograron irse a Canadá, a Europa, pero los demás se quedaron, y hoy ya nadie quiere científicos ni ingenieros. También es una parte de la clase trabajadora. En San Petersburgo, donde está la moderna clase obrera, las manifestaciones también fueron muy importantes”.

“La revuelta de los bien alimentados, bien vestidos y bien informados”, dice James Brooke, de La Voz de América.

El periodista destaca que hay 225 teléfonos móviles para 140 millones de habitantes, y que 10% de la población viajó al exterior el año pasado.

“Se cansaron los más favorecidos”, explica Andrey Riabin, experto analista del Centro Carnegie de Moscú. “Putin no puede entender por qué lo critican, si él les permitió progresar y ascender por la escalera económica y social”, dice. “Pero muchos ven que no pueden seguir subiendo, que hay una barrera, el “blat” (la corrupción), y que no pueden pasar de un techo”, agrega.

Corrupción

Por eso, la palabra de moda en Rusia es corrupción y el personaje es Alexei Navalny, un abogado que empezó comprando una acción de cada una de las grandes empresas, para participar en las reuniones de accionistas y desenmascarar la corrupción. Navalny creó una frase que dio la vuelta al mundo: definió al partido Rusia Unida como el “partido de bandidos y ladrones”.

Pero si la corrupción grande es tan grande que ya es imposible de esconder, lo que más molesta a amplias capas de la población es la corrupción cotidiana.

“A los jóvenes no les gusta la dictadura de Putin”, dice Elina, una estudiante universitaria de San Petersburgo. En su curso, de 80 alumnos, solo ocho reciben educación gratuita, en general, gracias a alguna amistad con las autoridades de la Universidad. Ella tuvo que pagar mil dólares para matricularse hace cinco años. Los alumnos deben pagar cerca de 200 dólares para repetir un examen si no aprueban el primero, y en Facebook hay grupos que ofrecen aprobar los exámenes por determinada cantidad de dinero.

El martes pasado, en una reunión con jefes del ejército, Putin advirtió sobre la amenaza de “una revolución naranja” (como la que hubo en Ucrania), “que quieren importar desde el exterior”. Si bien todas las encuestas lo dan ganador el próximo domingo 4, en su nuevo mandato Vladimir Vladimirovich va a tener que cambiar bastante para evitarla.

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