Fines pervertidos

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Durante décadas se ha diluido la posibilidad de poner en marcha cambios de fondo en el sistema educativo nacional, pese a que resultan no sólo necesarios, sino urgentes. Esto ha ocurrido por la falta de decisiones responsables, por la incapacidad para comprender la importancia que tienen la educación y los conocimientos más allá de la demagogia, por la desinformación sobre la materia que priva entre quienes han estado al frente de las medidas adoptadas respecto a la política educativa, pero también porque se han impuesto intereses distintos a los educativos. Ahora, por alguna de esas razones, se ha puesto en cuestión la primera iniciativa que tiene bajo su responsabilidad el nuevo secretario del ramo, el doctor José Ángel Córdova: la Evaluación Universal del Magisterio.

En contraste con lo que ocurre en México, estos años han sido aprovechados plenamente por otros países que, a pesar de sus muy diversos niveles de desarrollo, sí han alcanzado a impulsar transformaciones y mejoras en sus sistemas educativos, como Armenia, Inglaterra, Ghana, Jordania, India, Brasil, Singapur, Eslovenia, Corea del Sur, Finlandia, Sudáfrica y Estados Unidos, entre otros. (Ver al respecto, por ejemplo, Michael Barber and Mona Mourshed. How the World´s Best Performing School Systems come out on top. McKinsey and Company, USA, 2007). De acuerdo con los estudios que se conocen, las mejoras en el desempeño educativo en estos y países, y aun en ciudades como Shangai o Hong Kong, se han alcanzado en lapsos de menos de seis años.

En todos los casos mencionados destaca como elemento clave para alcanzar un verdadero proceso de cambio la articulación de distintos esfuerzos combinados a favor de la elevación de la calidad de los aprendizajes de los estudiantes, de la realización de modificaciones en la estructura y organización de las escuelas, así como de los procesos –sobre todo los referidos a contenidos, métodos y lenguajes del currículo– y del papel que tienen los profesores en la interactividad con sus directores y sus estudiantes.

El papel del profesor es determinante en todas las experiencias internacionales que se conocen, y para ello la evaluación de su desempeño se relaciona con mejoras en la gestión escolar de parte de los directivos, con los cambios que pueden constatarse en sus estudiantes y con sus relaciones de pares en cuerpos colegiados. Las experiencias muestran que evaluar de manera aislada al profesor es una práctica que ofrece, por ende, sólo resultados parciales. Asimismo, dejan ver que hay una gran variedad de formas de evaluación de los profesores, pero que todas hacen referencia al qué y no al cómo.

Los estudios también destacan el papel crucial que juega el liderazgo nacional en el impulso de los cambios que se dan. Para México este ha sido un verdadero problema, dado que no se ha contado con secretarios dignos de ser considerados líderes culturales o educativos. El recién designado titular de la SEP está llegando al cargo como un premio de consolación, pero no por su experiencia ni por su voluntad demostrada para emprender y consumar reformas educativas sustanciales.

En el caso de México, importantes estudios confirman la carencia de estos elementos en las políticas públicas y en la realidad del sistema (por ejemplo, Valenti, G. FLACSO, México, 2009). Así, la relación entre los docentes y los directivos no ocurre para fines de mejoramiento de los aprendizajes de los estudiantes, sino como expresión de autoridad y de control de parte del sindicato, en medio de una permanente falta de preparación del profesor para organizar con antelación el curso, pasividad del estudiante en el grupo, deformación de los procesos de actualización y mejoramiento de los docentes para orientarlos a obtener puntajes en la carrera magisterial –con lo que se obtiene un monto económico extra a su salario–, así como falta de espacios y de valoración de las actividades colectivas de los maestros para impulsar mejoras e innovaciones académicas. En fin que, en lugar de que se analice lo que se presenta como “buenas prácticas” conocidas, se impulsan las malas y se reproducen otras peores.

A pesar de todas las experiencias y estudios, acaba de ser aplicada para los estudiantes de bachillerato la Evaluación Nacional del Logro Académico de Centros Escolares (ENLACE), de la cual ya conocemos resultados previos desastrosos, y se ha anunciado también la Evaluación Universal para el Magisterio, que ha sumado adeptos, pero en su contra.

Las experiencias internacionales que indican que las grandes reformas de corto y mediano plazos deben ir articuladas a programas que relacionen procesos, estructuras y actores, en México simple y llanamente son obviadas desde hace lustros, y el conocimiento de investigaciones sobre la realidad del país que hacen referencia a la necesidad de realizar pruebas desde el contexto de su aplicación, también.

Nadie en su sano juicio está en contra de la evaluación académica de docentes y de estudiantes, porque en la realidad todos pasamos por una cantidad de evaluaciones año con año, de todo tipo y con diversa profundidad, a menudo hasta de forma extrema, como ocurre con los investigadores y los profesores universitarios, que son evaluados cada año hasta por tres o cuatro instancias distintas. El problema radica en el método que se utiliza, pues preferentemente se recurre al de respuestas múltiples basadas en la memorización y en la repetición, o en simples resultados, que no revela cuestiones y condiciones fundamentales de la calidad del desempeño de estudiantes y maestros. Y es que detrás de estas prácticas siempre aparece una acción punitiva o la obtención de un recurso extraordinario que pervierte y deforma los fines mismos de la evaluación, que debieran ser la transformación a fondo el sistema educativo.

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