Myanmar: Los dilemas de Suu Kyi

YANGÓN (apro).- El período que transcurrió entre el cierre de las urnas de la elección parcial del domingo 1 y la tarde del martes 3, fueron las 48 horas en que Myanmar (Birmania) vivió en peligro.
Fueron momentos de silencio público dentro del país, que se hizo casi absoluto después de que Aung San Suu Kyi, candidata a legisladora y líder de la oposición, dio un saludo a sus seguidores en la mañana del lunes 2.
Fuera del país, mientras tanto, la presión internacional abierta para forzar al gobierno a reconocer el resultado, con la derrota casi total del partido oficialista, se hizo ensordecedora, tomando la forma de calurosas felicitaciones al pueblo birmano por parte de mandatarios y organismos multinacionales. De la presión tras bambalinas, sólo se sabe por confidencias.
El precedente era ominoso. En 1988, una serie de protestas populares terminó con una masacre de estudiantes y monjes budistas a manos del ejército. El descontento opositor ganó un rostro cuando Aung San Suu Kyi, la hija del venerado héroe de la independencia, Aung San, retornó de Gran Bretaña y se puso al frente del movimiento, en 1989. El régimen ofreció celebrar elecciones en 1990, en las que la Liga Nacional por la Democracia (LND) arrasó con el 82% de los votos y 392 diputados (frente a sólo diez del oficialismo). El ejército respondió metiendo a la cárcel a cuantos legisladores de la LND pudo hallar. Aung San Suu Kyi pasó 16 de los siguientes 22 años bajo prisión domiciliaria.
Las siguientes elecciones debieron esperar dos décadas, hasta noviembre de 2010, una farsa en la que la LND rechazó participar y de la que salió un Parlamento en el que el Ejército controlaba el 95% de las bancas a través de su Partido de Desarrollo y Solidaridad de la Unión (PDSU), formado por militares pasados a retiro, y del 25% de legisladores designados a dedo por los generales.
Entonces también fue “electo” el presidente U Thein Sein, quien tomó el poder en marzo de 2011 y lanzó un proceso de reformas políticas y económicas destinado a sacar al país de la lista mundial de Estados parias y conseguir que se levanten las sanciones que pesar sobre él y estrangulan la economía.
Para convencer de la seriedad de sus intenciones, el nuevo régimen debía abrirle la puerta a la oposición. Mediante la incorporación de parlamentarios a puestos del gabinete, quedaron libres 45 posiciones: 37 de los 440 escaños de la cámara baja, seis de los 264 de la alta y dos en asambleas regionales. Se convocó a elecciones parciales, en una apuesta que el gobierno podía permitirse hacer, ya que la oposición no quedaría en posición de amenazar el dominio del Parlamento, ni aún ganando todos los asientos en disputa.
Como ocurrió: minutos después del cierre de urnas, que estuvieron abiertas de las 6 de la mañana a las 6 de la tarde del domingo 1, la LND anunció que Aung San Suu Kyi había obtenido al menos el 65% de los votos en su circunscripción, y que en general la Liga había ganado la totalidad de los 44 distritos (no tuvo candidato en uno) que disputaba. Una aplanadora.
Parecía demasiado pronto para reclamar el triunfo. Pero nadie salió a desmentir la afirmación. En el PDSU no hubo quien pidiera esperar a los resultados oficiales. Ni el presidente ni alguno de sus ministros emitió una declaración. La Comisión de Elecciones guardó silencio total: ni cifras de participación, ni información sobre el conteo, ni anuncios sobre cuándo se podía esperar que abrieran la boca.
Incluso la LND prefirió callarse. El lunes 2 a las 11 de la mañana, Aung San Suu Kyi acudió a la sede de su partido –un pequeño y derruido edificio de dos plantas cerca de la gran pagoda Shwedagon—, para dirigirse a sus simpatizantes.
De ella se esperaba que les diera el visto bueno a los comicios en los que había vencido: los países occidentales sólo podrían empezar a levantar las sanciones económicas si esta mujer de estatura mundial, Premio Nobel de la Paz 1991, reconocía que el proceso electoral había sido libre y justo.
Por meses, los hoteles de lujo de la capital comercial, Yangón, han sido desbordados por los empresarios y ejecutivos extranjeros que se preparan para invertir en sectores con gran potencial de negocios, como el de energía y el de telecomunicaciones.
No lo otorgó. El de la Dama Suu Kyi fue sólo un saludo en el que ofreció una mano tendida condicionalmente: “Esperamos que todos los demás partidos que tomaron parte en los comicios estén en posición de cooperar con nosotros para crear una atmósfera genuinamente democrática en nuestra nación”, afirmó. Con un matiz: “El proceso estuvo manchado por irregularidades que se tendrán que resolver”.
Explicó que su mensaje era personal y que la postura de la LND se daría a conocer tras una reunión del partido. Sólo hubo silencio.

Presiones amistosas
“Las dimensiones del triunfo de la LND provocaron una enorme sorpresa en el gobierno”, dijo un consejero del presidente que habló con Apro a condición de mantener su identidad en reserva. No confirmó ni desmintió que algunos generales y políticos estuvieran pidiendo el desconocimiento del resultado y un retorno a la dictadura. Existía, admitió, “un debate áspero”, pero éste se estaba dando sobre “problemas técnicos”.
La sensación de que existía la posibilidad de una reacción violenta en la cúpula se extendía entre los observadores. Hans Vriens, de la firma de análisis de riesgo político Vriens & Partners, de Singapur, advirtió a esta agencia que la avalancha de la LND “definitivamente va a asustar a cierta gente que esperaba que el gobierno tuviera un desempeño mejor”.
Sin embargo, consideró que el peligro de golpe de Estado era limitado: “No creo que ahora el ejército esté en posición de echar para atrás las reformas”.
Respecto a presiones internacionales bajo la mesa, el asesor presidencial lo planteó de una forma optimista: “El teléfono no ha dejado de sonar con las llamadas de nuestros amigos que nos felicitan por el éxito del proceso”.
En el exterior, mientras tanto, los actores internacionales cercanos al proceso se esforzaban por hacer difícil que el régimen pudiera rechazarlo. El lunes 2, Hillary Clinton, secretaria de Estado de Estados Unidos, dijo que su país “felicita a la gente que participó” y que “estamos comprometidos a apoyar este proceso de reforma”.
La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSEA, un organismo regional señalado en el pasado por ser poco crítico con la dictadura de Myanmar), cuyos dirigentes iniciaron una cumbre de jefes de Estado ese mismo día en Phnom Penh, Camboya, se apresuró ese mismo día a celebrar el buen desarrollo de las elecciones.
En la noche del lunes 2, a más de 24 horas de cerradas las urnas, la Comisión de Elecciones seguía sin explicar nada sobre el conteo, pero filtró a la prensa datos que confirmaban el triunfo de Aung San Suu Kyi (con un 85% de la votación), así como el de la LND en 40 distritos. Al día siguiente, reconoció la victoria de la Liga en tres sitios más y dijo que sólo fue derrotada en un lugar por un partido regional de la tribu karen. El PSDU quedó con apenas un legislador, en donde la LND no tuvo candidato.
El gobierno seguía en silencio. Y cuando lo rompió, el martes 3 por la tarde, no lo hizo en una declaración formal en televisión ni en un despacho oficial: en Camboya, el presidente U Thein Sein respondió a un periodista que le preguntó si pensaba que las elecciones habían sido libres y justas: “Fueron conducidas de una manera muy exitosa”, dijo el mandatario.
El miércoles 4, los jefes de Estado de la ANSEA aprobaron una declaración que pide “el levantamiento de todas las sanciones sobre Myanmar de inmediato, para contribuir positivamente al proceso democrático y al desarrollo económico de ese país”.
Horas más tarde, Clinton anunció las primeras medidas en ese sentido y el próximo nombramiento de un embajador de Estados Unidos para Myanmar, el primero desde 1988.

Rehabilitación presidencial
No será la única recompensa. Las prohibiciones individuales de viaje al extranjero, que pesaban sobre personalidades del régimen, ya están siendo eliminadas. Y el propio presidente U Thein Sein está disfrutando la rehabilitación de su imagen. Como exgeneral, tuvo mando de tropas durante la represión de 1988, y era primer ministro en 2007, cuando el Ejército ahogó en sangre la llamada “revolución del azafrán”, un movimiento pacífico llamado así por el color de las togas de los monjes budistas que lo lideraron.
En 2008, el país sufrió el peor desastre natural de su historia con el ciclón Nargis, que dejó 130 mil muertos. La dictadura fue criticada por su lentitud para atender a los damnificados y porque prohibió la entrada de ayuda alimentaria internacional. En aquel momento, el hoy presidente encabezó los esfuerzos de emergencia de la junta militar.
El miércoles 4, el diario The New York Times publicó un perfil de U Thein Sein, en el que se dice que su unidad militar puede haber ayudado a salvar las vidas de los opositores que aprehendió en 1988, al entregarlos a las autoridades judiciales en lugar de desaparecerlos, y que el impacto que provocó en él la tragedia del ciclón se convirtió en un “gatillo mental” que hizo que se diera cuenta de “las limitaciones del régimen” y se propusiera reformarlo.
La primera frase del artículo es ésta: “A veces lo llaman el Mijaíl Gorbachov de Myanmar”.

Nueva era
Aung San Suu Kyi, en cambio, ha sido comparada con el sudafricano Nelson Mandela y el indio Mohandas Gandhi a lo largo de estas dos décadas de resistencia. Su problema, ahora, será transitar de opositora perenne a legisladora y cabeza del mayor partido del país. Lo es en popularidad, todavía no en fuerza parlamentaria, y esto será un problema al momento de satisfacer las inmensas expectativas que el pueblo ha depositado sobre ella.
A menos que acepte un ministerio, algo que se rumora que Thein Sein le ofrecerá. Esto sería un gran riesgo para ella, pues podría ser visto como “venderse” por las miles de víctimas del régimen. Y porque, si el boom económico que se avecina no produce beneficios para las mayorías, será vista como cómplice del fracaso.
Otro asunto complejo es que el Ejército desconfía profundamente de ella. El compromiso implícito, no escrito, que ha permitido que Thein Sein impulse las reformas es que habrá borrón y cuenta nueva: el régimen se liberaliza, nadie pregunta por los crímenes del pasado y los que se enriquecieron entonces quedarán en la mejor posición de aprovechar el despegue.
Suu Kyi tiene, sin embargo, fama de poco pragmática, de apegarse a los principios, y tras su aplastante victoria electoral, los generales tendrán miedo de que también arrase en las elecciones generales de 2015 y, en posición de fuerza, decida hacer justicia.
El reto más delicado, sin embargo, tiene que ver con su salud. Aung San Suu Kyi hizo campaña electoral por todo el país, en un esfuerzo que le provocó desmayos. Se rumora que tiene problemas de tensión sanguínea. Un doctor cercano a su médico personal aseguró a Apro que sólo se trata de cansancio.
Puede ser. Pero en 2015, Aung San Suu Kyi cumplirá 70 años, durante buena parte de los cuales sufrió encierro, malos tratos, hambre y persecución.
El lunes 2 por la mañana, cuando dirigió su saludo tras la victoria, la Dama, bella con una blusa blanca tradicional y un ramo de rosas, se veía agotada y frágil. Sus seguidores habían aguantado temperaturas de 40 grados, con 85% de humedad, y atestiguaban fascinados un momento que muchos ya habían pensado que no llegaría.
“No es tanto nuestro triunfo como el triunfo del pueblo, que ha decidido que debe estar involucrado en el proceso político de este país”, les dijo la líder. “Esperamos que éste sea el principio de una nueva era”.

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