Los límites del neoliberalismo (I)

MÉXICO, D.F. (Proceso).- El periodo que hoy vivimos no está suspendido en el limbo sin pasado y sin futuro. Es difícil entenderlo sin relacionarlo con nuestra historia o intentar hacer una prognosis sobre su futuro. Al contrario, tiene antecedentes muy claros. Lo podemos definir recurriendo al concepto de Gramsci de revolución pasiva o revolución desde arriba, que aplicada a un país dependiente como el nuestro se transformaría en modernización pasiva o modernización desde arriba.

Esta forma de cambio social y económico designa el intento autoritario de un hombre fuerte, dictador o rey, apoyado en una burocracia dominante y sectores de la clase hegemónica, que pretende introducir en un país atrasado las reformas necesarias para ponerlo al nivel de los países desarrollados, sin consultar al pueblo, obligándolo a cargar con los costos de las reformas y recurriendo en todos los casos necesarios a la represión o la cooptación.

Quizás el mejor ejemplo de revolución pasiva sea la de Bismarck (1815-1904), genial político que llevó a la Alemania atrasada a transformarse en un gran imperio cuya constitución se firmó en el París ocupado por las tropas alemanas; en una gran potencia industrial que rápidamente disputó la hegemonía mundial a Inglaterra y a las otras potencias. Pero esta revolución pasiva fue exitosa –desde el punto de vista de los objetivos de Bismarck y los círculos junker– y, como lo veremos más adelante, nuestras modernizaciones pasivas no.

Mi hipótesis es que hay en la historia de México tres periodos que corresponden como gotas de agua a modernizaciones pasivas desde arriba. La primera, en los años 1780-1810; la segunda, un siglo después, en los años de 1880-1910, y la tercera, en el periodo aciago de 1982 a 2012.

Se comparan los tres periodos de modernización pasiva buscando similitudes y diferencias, para luego intentar algunas prognosis sobre el futuro inmediato del México actual. Sabemos que la historia no se repite. Pero creemos que la historia de cada sociedad tiene sus regularidades.

Hoy México se encuentra en una encrucijada que lo puede llevar a seguir la tendencia predominante hacia la izquierda en el resto de América Latina o persistir en la vía conservadora del presente. Comparemos las modernizaciones desde arriba de 1780-1810, 1880-1910 y 1982-2012, o sea lo que se llamó las Reformas Borbónicas, el Porfiriato, para pasar luego a lo que hemos denominado el Periodo Neoliberal.

Encontramos entre los tres las siguientes coincidencias:

En el mundo se produce una gigantesca revolución técnica con sus consecuencias sociales y políticas. Durante las últimas décadas de la Colonia, la Revolución Industrial y sus secuelas; a finales del siglo XIX, la segunda Revolución Industrial, y a finales del siglo XX y principios del XXI el gigantesco boulversment de la informática.

En la Nueva España y luego en México, país atrasado, se intentan aplicar desde arriba reformas que le permitan integrarse a ese proceso. El poder está en manos de la Corona borbónica, Porfirio Díaz y la Tecnocracia.

Los efectos de esas reformas son muy desiguales. A la vez que benefician a algunos sectores de la población perjudican brutalmente a otros. Queriendo imponer los aspectos de la modernidad que convienen a las clases dominantes e impedir el desarrollo de las que benefician a los sectores populares, generalmente se produce una gran concentración de la riqueza y los ingresos.

Los intentos terminan en las tres ocasiones en grandes crisis económicas de origen exterior, que rápidamente se transforman en crisis multisectoriales en México.

Surgen pequeños grupos que cuestionan estas formas de modernización. Desarrollan una nueva ideología y se proponen actuar para cambiar las vías de reforma vigentes, enarbolando las banderas de soberanía, libertad, igualdad y justicia social. La derecha no aparece como partidaria del pasado, sino de un tipo de reformas, y la izquierda debe cuidarse muchísimo en no enraizarse en un pasado imaginariamente mejor, sino en ser protagonista de otro tipo de cambios posibles que tienen como faro el bienestar de las mayorías. En esas condiciones, el problema de para quién y con quién se hacen las reformas se vuelve central.

En los primeros dos casos, la modernización desde arriba acaba en una revolución social, mientras que aún no sabemos qué fin tendrá la etapa neoliberal. Durante esos periodos se dan olas de revoluciones sociales y políticas, como a finales del siglo XVIII y a principios del siglo XX. En cambio el neoliberalismo se mantiene, después de 30 años, pese a la convicción de muchos de que el modelo no ha alcanzado los objetivos deseados.

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Desde finales del siglo XVIII la sociedad en Europa Occidental entró tempestuosamente en la era de la modernidad. El capitalismo industrial no puede existir sin revolucionar constantemente la tecnología, los sistemas de trabajo, la ideología y la cultura. Como decía E. J. Hobsbawm, la misma revolución que se llamó industrial en Inglaterra, fue política en Francia y filosófica en Alemania. Este fenómeno afectó no sólo a las metrópolis, sino también a sus colonias.

En la Nueva España la Ilustración y el liberalismo, opuestos a las ideas del antiguo régimen, se filtraron por mil caminos. Aun cuando no se desarrolló una cultura de la Ilustración digna de ese nombre, la diferencia entre escolasticismo y liberalismo, entre tradicionalismo y modernidad, se fue ampliando.

El imperio español, que se atrasaba cada vez más respecto a las otras potencias europeas, hizo un extemporáneo y efímero esfuerzo de modernización, que se conoce con el nombre de Reformas Borbónicas. Por primera vez en la historia de lo que sería más tarde México, entra en escena la modernización desde arriba.

Carlos III de España impulsó un conjunto de reformas en las colonias que debían centralizar el control en manos de una burocracia peninsular, que respondía directamente al rey, aumentar considerablemente las transferencias a la metrópoli y desarrollar su condición de mercados cautivos para los productos españoles. Se redujeron los privilegios con que contaba la Iglesia, la corporación feudal más poderosa de la Colonia, para pasarlos a la Corona.

En lo que respecta a las finanzas públicas, se aumentaron los impuestos, los monopolios estatales y los préstamos forzados para aumentar los ingresos. Se reformó el régimen de comercio, abriendo nuevos puertos americanos al comercio con España. Se crearon nuevos Consulados en Guadalajara y Veracruz y se abrió el comercio intercolonial entre la Nueva España y los virreinatos de Nueva Granada y Perú. En resumen, en 30 años se rompieron las bases del régimen que durante dos siglos había estrangulado al comercio, liberalizando a éste estrictamente dentro de los marcos del imperio. Se tomaron importantes medidas para estimular la producción de plata. Al mismo tiempo, se prohibieron actividades que competían con las exportaciones españolas.

Sobre esa modernización desde arriba ha dicho Brading que fue una segunda conquista de América y un aumento del poder de los ricos sobre los pobres. Se registró una caída de los salarios reales, los obrajes quebraron como efecto de la competencia de los productos industriales europeos, hubo crecientes dificultades de acceso a los alimentos básicos, impuestos mayores y exacciones de emergencia que redundaban en transferencias muy elevadas hacia la metrópoli. Los problemas de tierra en las comunidades se volvieron agudos, principalmente en las zonas que conocían los efectos del crecimiento demográfico o de la expansión de las haciendas.

El último zarpazo económico de la imperial España contra la economía de su Colonia fue una serie de medidas para transferir importantes fondos a sus cuentas, exhaustas por las repetidas guerras. De un promedio anual de 6.5 millones de pesos de ingresos fiscales en 1700-1769, se pasó a 17.7 millones en 1790-1799 y a 15.8 millones de pesos en 1800-1810. Es importante destacar que algunos de estos impuestos eran cubiertos principalmente por las clases populares. Se calcula que en los últimos 20 años de poder español, la Nueva España remitió a la metrópoli entre 250 y 280 millones de pesos, lo que equivalía a más del ingreso nacional en un año.

Al final de la Colonia, una generación de mexicanos descontenta con su realidad asumió un proyecto para el futuro que prometía mucho más de lo que las condiciones objetivas reales permitían realizar. Generalmente, estas utopías liberales no fueron sino la imagen más o menos deformada de las circunstancias existentes en los países más desarrollados. Durante el siglo XVIII se registraron más de 200 rebeliones indígenas y de negros esclavos o cimarrones, algunas de ellas inspiradas en un milenarismo antiespañol o en exigencias de mayores libertades y mejores condiciones para sus comunidades.

Iniciada la crisis de la Corona española en el periodo prerrevolucionario se produjo el intento del cabildo de la Ciudad de México en 1808 de convocar a un Congreso para que la Nueva España se gobernara autónomamente mientras la metrópoli estuviese ocupada por los franceses. Antes, en 1801, se había sublevado en Tepic el indio Mariano, que pretendía restablecer la monarquía indiana y nunca pudo ser capturado. Luego surgió en Querétaro una conspiración que comenzó a elaborar planes para la convocación de un Congreso novohispano.

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El periodo de modernización en el Porfiriato (1880-1910) obedeció también a impulsos externos poderosos. La segunda Revolución Industrial estaba en plena marcha. La maquinaria moderna impulsada por el vapor sustituyó todas las otras formas de producir. Al mismo tiempo aparecieron nuevas fuentes de energía: la electricidad y el motor de gasolina. Hacia 1890, el número de lámparas eléctricas y la producción de petróleo se elevaron velozmente. Alrededor de 100 mil locomotoras, arrastrando sus 3 millones de vagones, cruzaban el mundo industrial. Los telégrafos, y más tarde los teléfonos, se generalizaron. Los países más desarrollados entraron en una fiebre colonialista y los imperios ingleses, franceses y alemanes crecieron rápidamente. En las metrópolis una acumulación vertiginosa de capital obligó a invertir en las colonias y los países dependientes. Pero el auge desembocó en una gran crisis en 1907, una mortífera guerra mundial y una cadena de revoluciones sociales que dieron la vuelta al mundo: México, Persia, China, Rusia, Hungría, Turquía y hasta Alemania.

En el último tercio del siglo XIX, el Estado mexicano se había consolidado. Pronto, Díaz se alió con los empresarios europeos y estadunidenses ofreciéndoles condiciones inmejorables para atraer capitales que lo ayudarían a modernizar el país y pacificarlo. Un río de dinero extranjero, al cual se le dio toda clase de alicientes y privilegios, fluyó en
el país. Para 1910 se habían ya invertido 2 mil 700 millones de dólares, 70% del total de las inversiones.

Se construyó una red ferroviaria que integró el mercado interno y estrechó los lazos de México con Estados Unidos. Renació la minería de la plata y la producción del cobre y la del petróleo se convirtieron por primera vez en exportaciones importantes. Lo mismo sucedió con el café, el henequén y el ganado, que fluía hacia Estados Unidos. La producción industrial para el mercado interno creció en el rubro de los textiles y se inició en los del papel, hierro y acero. Los migrantes del centro del país se establecieron en los pueblos mineros, en las haciendas y en las ciudades en crecimiento del norte. Miles de mexicanos iban a trabajar al país vecino. Todo eso creó relaciones económicas similares a las que existían antes entre la Colonia y la metrópoli en el siglo XVIII en lo que respecta a la orientación del crecimiento. El desarrollo del país se configuró de acuerdo con intereses externos. Esto era sobre todo evidente en la agricultura. Lo perverso del importante desarrollo de finales del siglo XIX es que poco benefició a las clases trabajadoras del campo y la ciudad y aumentó considerablemente los desequilibrios y las fricciones sociales. Una vez más, las reformas introducidas durante el Porfiriato fueron, en el sentido más puro, una modernización desde arriba. El pequeño grupo de empresarios y políticos que tenían el control del país no buscó en ningún momento un pacto social que distribuyera los beneficios aportados por el cambio a todos los sectores de la población.

El lema de la élite dominante era: “orden político y libertad económica”. Para librar a la clase obrera de la opresión del capital –decían Los Científicos en su órgano Revista Positiva– no hay que recurrir a un mejor reparto de la riqueza, sino a un mejor empleo de los capitales.

* Economista e historiador. Investigador emérito de la UNAM con estudios en la Escuela Superior de Derecho y Economía de Tel Aviv y en la Universidad Nacional, y un doctorado en historia económica en la Universidad Humboldt de Berlín.
Correo electrónico: esemo602@hotmail.com

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