Alemania: “Ser negro es una lucha muy dura”

BERLÍN (apro).- “Desde que estoy acá, nunca escuché, ni siquiera en tono de broma, que yo era el africano”, dice Ibraimo Alberto a Apro.

El inmigrante mozambiqueño se refiere así a su nueva vida en el oeste de Alemania, en la ciudad de Karlsruhe. Traza a la vez diferencias con Schwedt, ciudad del Este alemán, de donde tuvo que salir con su familia en 2011, debido a la hostilidad racista.

Ibraimo Alberto fue atacado por los neonazis en cinco ocasiones. El agravio verbal fue más o menos permanente a lo largo de tres décadas. “Acá en Karlsruhe nadie dice Neger, de ninguna manera”, cuenta.

Neger es un insulto que se usa en Alemania –preferentemente en el Este– para denigrar a las personas de raza negra. En el Este, incluso, forma parte de canciones infantiles. A diferencia del vocablo más neutral Schwarzer (negro), Neger está íntimamente ligado al pasado colonial, esclavista y de separación de las razas impuesto en África por los europeos.

Entre 1885 y 1919, Alemania tuvo colonias en territorios africanos que actualmente abarcan, total o parcialmente, las repúblicas de Togo, Camerún, Ghana, Kenia, Tanzania, Ruanda, Burundi y Namibia. Este último país se denominaba entonces África Suroccidental Alemana. Su primer gobernador, entre 1885 y 1888, fue el padre de Hermann Göring, uno de los máximos dirigentes nacionalsocialistas, por debajo de Adolf Hitler.

Ibraimo Alberto vivió 30 de sus 49 años en el Este de Alemania. Allí se casó, fue padre, se destacó en los ámbitos deportivo y social, perdió a su mejor amigo a manos de un grupo neonazi. Ibraimo puede dar testimonio de la atmósfera con la que allí se confronta un inmigrante negro. Puede hablar de las continuidades del racismo –latente o explícito– más allá del sistema político imperante.

Ibraimo era el último habitante de piel negra que quedaba en la ciudad de Schwedt. Su huida hacia el Oeste implica un éxito de los grupos neonazis, que promueven la extensión de zonas “liberadas” de extranjeros.

El hecho viene a cuestionar también la eficacia de las políticas de integración. Éstas contemplan menos la xenofobia de la población local que las obligaciones de los inmigrantes que desean residir en Alemania.

Diferentes estudios reflejan que la xenofobia y el racismo forman parte del ideario del ciudadano promedio. No sólo en el este de Alemania. También en el Oeste. “Este no es un fenómeno marginal, que se desarrolla en los bordes de la sociedad, sino que en el centro de nuestra sociedad hay estructuras racistas que siguen teniendo un efecto poderoso”, dijo en febrero pasado Petra Follmar-Otto, investigadora del Instituto Alemán de Derechos Humanos, a la radio alemana.

Desde la selva

Ibraimo Alberto nació en Chimoio, provincia de Manica, en 1963. Llegó de Mozambique a la República Democrática Alemana (RDA) en 1981. Estaba en Berlín Oriental cuando cayó el muro divisorio el 9 de noviembre de 1989.

En Mozambique le había tocado vivir otro trance histórico: la liberación de la opresión colonial portuguesa, cristalizada el 24 de junio de 1975. “Dios vino ese día”, se emociona Ibraimo: “Fue tan hermoso. Cantamos. Bailamos. Hasta hoy nunca viví un festejo igual.”

La infancia del mozambiqueño transcurrió en una región selvática cerca de la frontera con Zimbabwe. “Mi padre era chamán, uno muy bueno, protegía a toda la familia”, cuenta. Para llegar a la escuela, Ibraimo debía caminar tres horas de ida y tres de vuelta. Otro niño, Joāo Manuel, se convirtió en su gran amigo a partir de cuarto grado. A los 11 años Ibraimo servía a dos amos portugueses. Labraba la tierra. Realizaba las tareas de limpieza.

Durante los primeros años del gobierno socialista del Frente de Liberación de Mozambique, Ibraimo y Joāo Manuel soñaban con ser soldados. Recibieron entrenamiento militar. Querían ir a Cuba. Juntos llegaron a Berlín Oriental. “Aterrizamos en el aeropuerto de Schönefeld el 16 de junio de 1981 a las 5:10 de la mañana”, precisa Ibraimo. “Para mí era algo muy especial, no pegué un ojo en las 24 horas que duró en total el viaje.”

La RDA tenía acuerdos de solidaridad internacional con repúblicas socialistas del Tercer Mundo. Así llegaron al país unos 20 mil mozambiqueños en los años ochenta. En general, los africanos vivían apartados de los alemanes.
Joāo Manuel fue enviado a la ciudad de Dessau. Cada fin de semana visitaba a Ibraimo en Berlín. En la RDA no había nazis ni tampoco neonazis. Al menos, oficialmente.

En junio de 1985 un grupo de cabezas rapadas atacó a Joāo Manuel en el tren durante un viaje de regreso. “Lo mataron a golpes. Quizá entraron en pánico, o querían deshacerse del cuerpo, lo cierto es que lo tiraron a las vías, de manera que el tren le pasó por encima y lo despedazó”, cuenta Ibraimo.

A los inmigrantes mozambiqueños se les advirtió que debían andar siempre en grupo y guardar silencio sobre el tema. La familia de Joāo Manuel recibió una suma de dinero. “Acabo de cumplir 49 años…”, dice Ibraimo. “Cada vez que lo recuerdo, lloro.”

La familia

En su nueva vida en Karlsruhe, Ibraimo asistió a personas discapacitadas en las tareas de la vida diaria. Al llegar a Berlín del Este, trabajó primero como carnicero; luego como intérprete de un grupo de trabajadores mozambiqueños en una cristalería. Por entonces conoció a Birgit. Se casaron. Tuvieron dos hijos. Birgit es oriunda de Schwedt, una ciudad situada en el estado de Brandeburgo, junto al río Odra, que demarca la frontera con Polonia. Hacia allí se trasladó la familia en 1990.

En el Este el cambio de sistema provocó un profundo estremecimiento social. La llegada del capitalismo trajo primero esperanza y luego incertidumbre. La industria germano oriental quebró. Llegaron el desempleo y la migración masiva de los jóvenes calificados. En 1986, Schwedt tenía 52 mil habitantes. Hoy tiene 34 mil. El desempleo es del 15% frente a una media alemana del 7.2%.

El politólogo Hajo Funke cree que el racismo cotidiano en el Este de Alemania creció a la sombra de este trauma. “Después del cambio surgió un movimiento juvenil de inspiración neonazi, una subcultura muy extensa y muy agresiva”, dijo en julio pasado a la radio alemana.

La integridad familiar fue muy difícil de preservar en los años noventa. Esto afectó a quienes entonces eran niños y adolescentes. Los neonazis encontraron un terreno fértil. La frustración se instrumentalizó de manera exitosa: “Yo les muestro contra quién pueden ustedes dirigir su furia y su disconformidad, contra todos los extranjeros”, resume el mensaje el politólogo Hajo Funke.

“En esos años creció mucho el extremismo de derecha”, dice Ibraimo. “Vivir en Schwedt era peligroso”, admite.
Las agresiones verbales se volvieron permanentes. También las miradas hostiles, el silencio cargado, las amenazas, los escupitajos. “Alemania para los alemanes” es una consigna típica de la derecha germana. “África para los monos”, le decían al mozambiqueño en la plaza, el cine o el supermercado. Ibraimo calcula que 25% de la población en el Este es xenófoba y que muchos otros no abren la boca por temor a los neonazis.

Ibraimo y Birgit ya no podían pasear juntos por Schwedt sin recibir insultos. Comenzaron a salir separados. Para la mujer fue demasiado. Es oriunda de esa ciudad. Sentía un miedo permanente por su marido y sus hijos. Empezó a sufrir profundas depresiones. Hoy tiene 47 años y percibe una jubilación anticipada por invalidez.

“Yo era muy conocido en Schwedt, aparecía cada semana en el diario”, dice Ibraimo. Se refiere a su afición por el boxeo. El mozambiqueño subió más de cien veces al ring representando al club local en la Liga Alemana de Boxeo. “Yo era muy querido en la RDA –dice–, tenía siempre muchos espectadores.” Eso lo mantuvo a salvo de las agresiones físicas durante mucho tiempo.

Ibraimo aprovechó su notoriedad. Participó en más de 600 eventos contra el racismo organizados por el Centro Europeo Berlín-Brandeburgo. Coordinaba charlas y talleres en instituciones educativas. Llevaba adelante proyectos de integración en clubes. Organizaba torneos de futbol. En 2008, los ministros federales de Justicia, Brigitte Zypries, y del Interior, Wolfgang Schäuble, lo galardonaron como embajador de la Democracia y la Tolerancia.

Ibraimo cursó la carrera de asistente social. Comenzó a trabajar políticamente para los socialdemócratas. En 2006, tuvo que inscribirse como desempleado. En algunos de los trabajos para los que se postuló fue rechazado por su color de piel. En un jardín de infantes, por ejemplo. La dirección alegó temor a que los padres no aceptaran a Ibraimo. En las grandes ciudades alemanas es normal que los extranjeros ocupen estos puestos.

En 2007, Ibraimo fue elegido por el gobierno de Schwedt como “encargado de los extranjeros”. Desde este puesto ad honorem se abocó a proyectos de integración y aceptación de los inmigrantes que viven en la ciudad. Este compromiso desde la esfera oficial molestó a la extrema derecha. Ibraimo comenzó a ser perseguido y atacado por grupos neonazis.
Al mozambiqueño se le nota poco el paso de los años. Como buen boxeador, dice ser duro para recibir y generoso en el reparto. Una noche lo atacaron ocho jóvenes. “Emboqué a uno –porque yo me defendía–, entonces cayó noqueado”, cuenta. “En el instante en que los otros se ocuparon de él pude escapar”, dice Ibraimo.

En otro de los ataques había incluso dos mujeres. La policía llegó con la sirena encendida, un modo práctico –según Ibraimo– de facilitar la fuga de los agresores. El mozambiqueño ha presentado 12 denuncias contra neonazis de la ciudad. Ninguno fue molestado por la justicia o por la policía.

El peligro concreto lo obligó a cambiar sus costumbres. Si había algún evento en Schwedt, sus hijos iban primero. Oteaban el panorama y se comunicaban con el padre por teléfono: “Puedes venir, papá, no hay nazis.” O, de lo contrario: “Mejor quédate en casa.”

Abandono

Ibraimo y Birgit tienen una hija de 21 años y un hijo de 18. El chico jugaba para un equipo de fútbol de Schwedt que participa en la liga regional. El 11 de marzo de 2011 su equipo disputó un partido en casa. El rival provenía de otra ciudad de Brandeburgo. Ibraimo se encontraba entre el centenar de espectadores.

Los insultos racistas suelen ser tabú para muchos alemanes. La sociedad todavía arrastra la carga histórica del holocausto. El tabú pierde peso en el Este alemán. Más aún en el ámbito del fútbol. Al terminar el partido, un jugador del equipo contrario, enfurecido, insultó y amenazó al hijo de Ibraimo. Se produjo una escaramuza. El hijo de Ibraimo fue llevado a los vestuarios para enfriar los ánimos. El joven exaltado, fuera de si, intentó agredir a Ibraimo. A duras penas era retenido por sus compañeros: “Negro hijo de puta”, gritaba con un odio visceral, “te mato a golpes acá mismo”.

Los neonazis han convertido repetidas veces esta amenaza en realidad. La cantidad de víctimas mortales por motivos racistas entre 1990 y 2012 es de 58, según las autoridades. La fundación Amadeu Antonio, con una metodología de contabilización más fiable, eleva el número a 182.

“Yo boxeo desde hace 30 años, ese chico no hubiera podido tocarme –dice Ibraimo-. Pero noté que todos los que estaban ahí miraban, nadie dijo nada, como si fuera una obra de teatro.”

Ibraimo se refiere a los familiares de los jugadores del equipo de su hijo. Vecinos que lo conocen desde hace décadas. El mozambiqueño estaba excluido del sentimiento de pertenencia local. “Incluso ante la amenaza ‘Te mato a golpes’, no intervino nadie, más bien se alegraron frente a la situación”, dice el abogado de Ibraimo, Andreas Brandt.

El mozambiqueño volvió a su casa indignado y furioso. En Schwedt su seguridad y la de su familia no estaban garantizadas. Dar un paso atrás le costó mucho. Desde niño se ha acostumbrado a no rehuir el peligro. Durante la liberación de Mozambique su aldea fue bombardeada por los blancos de Zimbabwe. A los nueve años, regresando a la choza por el sendero, se topó con un león. Su abuelo ya le había transmitido una sabiduría antigua: “Te tienes que quedar quieto, no correr, para que él no piense que eres su presa”. El león le clavó la mirada y fue hacia el niño. “Sentí que el corazón se me había escapado del cuerpo”, dice Ibraimo. El león llegó a medio metro de distancia, dio un giro completo a su alrededor y se perdió en la espesura.

En junio de 2011, Ibraimo y su familia se marcharon a Karlsruhe. Dos años antes, el mozambiqueño había participado allí en un congreso contra el racismo. La página de internet del gobierno de Schwedt reflejó la decisión con un anuncio escueto. El Encargado de los extranjeros, Ibraimo Alberto, dejaba la ciudad por motivos profesionales. Cuando Ibraimo contó su caso a los grandes medios, encontró en Schwedt incomprensión y rechazo: varios vecinos consultados por la prensa dijeron que el mozambiqueño exageraba. Que manchaba la reputación de la ciudad. El abogado de Ibraimo, Andreas Brandt, ve aquí una clara tendencia a la negación del problema.

El alcalde de Schwedt es el socialdemócrata Jürgen Polzehl. Ha tenido durante años una relación muy fluida con Ibraimo. “No lo entiendo”, fue, sin embargo, su primera reacción. Sólo ante la presión de los medios, admitió que pese a los esfuerzos por hacer de Schwedt una ciudad abierta y tolerante, la indiferencia ante las agresiones recibidas por el mozambiqueño mostraba una falta de “coraje civil” en una parte de la población.

En la ciudad el racismo está presente incluso en otros grupos de extranjeros. “En nuestra asociación había gente que no quería tener trato con Ibraimo porque es negro”, reconoció Frank Bürger, presidente de la asociación germano-polaca de Schwedt, según declaró al semanario Der Spiegel, el pasado 12 de marzo.

Actualmente en Karlsruhe Ibraimo Alberto asiste a personas con discapacidades graves. Algunas de ellas sólo pueden desplazarse en silla de ruedas. Ibraimo les da de comer, las acompaña cuando van a la universidad, al médico o al cine. En el Karlsruher Sport Club entrena como si fuera un boxeador activo. Sirve de sparring para boxeadores jóvenes. Su mujer Birgit, de la que llegó a estar separado a causa de la enorme tensión vivida, se siente mejor en este nuevo entorno.

Ibraimo creció escuchando que Mozambique era una provincia de Portugal. Su abuela le decía que ellos habían nacido para servir a los dioses. Con la palabra “dioses” la mujer se refería a los blancos. “Al negro siempre se lo mira como si fuera diferente, como si fuera una persona de otro mundo”, dice Ibraimo. “Ser negro es una lucha muy dura, un proceso duro. Hay que ser muy fuerte y luchador, porque si no, no pasa nada”.

Comentarios

Load More