Editorial

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La Constitución General de la República cumple 60 años de edad La ilusión cívica nos engaña respecto del valor real que la legislación, aún la fundamental, tiene en la vida de toda nación Ha de admitirse, siempre, que hay una brecha entre el ordenamiento jurídico y la actividad real de los hombres Pero esta separación no ha de ser tan grande que deje reducida la carta constitucional a mera expresión literaria, sin parentesco alguno con los fenómenos humanos que presuntamente debiera regular
Un abundante caudal de equívocos se ha volcado, a lo largo de seis décadas, sobre la constitución federal Sus panegiristas subrayan el carácter profundamente revolucionario, aun socialista se atreven a decir, de algunas de sus disposiciones centrales Quienes la detractan, no ven en ella más que la expresión jurídica de frías relaciones de poder A menudo, la pasión o el academismo impiden un examen político racional de la naturaleza de la carta de Querétaro y de la función que le ha correspondido desempeñar en los sesenta años corridos desde su promulgación
A pesar de que fuera redactada después de una convulsión social que alteró buena parte de los fundamentos de la vida social mexicana, la Constitución de 1917 se empeñó, en una evidente falta de sincronía histórica, en reproducir lineamientos liberales, propios del siglo XIX, en una sociedad que, ya desde la segunda década de esta centuria, apuntaba hacia una índole diversa Ese individualismo liberal fue matizado por normas exigidas por las fuerzas sociales más vigorosas presentes entonces, o por quienes tuvieron la lucidez de identificar y atender tales fuerzas Pero ni siquiera éstas disposiciones, que quisieron tener raigambre popular, escaparon a la ambigüedad

Así, desde su primera formulación y sobre todo cuando el paso de los años y las presiones políticas obligaron a sucesivas modificaciones, los artículos más definitorios del carácter peculiar de la carta queretana se embrollaron en el ir y venir de encontradas influencias, que los convirtieron en pura letra sin correspondencia con la realidad o en fuente permanente de conflicto, en vez de ser, como corresponde a toda norma jurídica, origen de soluciones a las controversias
Ha resultado, de tal modo, que las decisiones políticas fundamentales se convirtieron en básicas indecisiones La educación sólo es laica en el papel, y alcanza apenas a capas selectas de los mexicanos El casuismo del constitucionalismo laboral induce a la creación de castas de trabajadores El federalismo pugna con la realidad centralista La propiedad de la tierra, a fuerza de amontonar definiciones contradictorias, es clara muestra de la vacilación jurídica y política que nos lesiona
Enfrentarnos hoy al cotejo entre la oferta constitucional y su concreción en los hechos no es, por supuesto, mero ejercicio retórico Si aspiramos a regirnos por el derecho, y por un derecho que no sea sólo enmascaramiento de intereses, sino encarnación de valores, tenemos que advertir el papel fundamental que debiera corresponder, en el México del último cuarto de este siglo, a la carta constitucional y a la legislación derivada de ella
Suele decirse que la Constitución es, en si misma, un programa de gobierno Si se la aplicara estrictamente, en vez de la ordenación económica y social supuesta, surgiría de tal ejercicio un cúmulo de contradicciones insalvables Obligarse al respeto de la Constitución entraña, previamente, hacerla congruente consigo misma, con el tiempo presente y con las aspiraciones insatisfechas de la mayoría de los mexicanos

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