Margarito Ramírez

Margarito Ramírez
“Soy el más viejo y los conozco a todos”
“Mis ochenta y siete años serían una edad juvenil si pudiera confiar en la justicia y de veras creer en el espíritu revolucionario del estado mexicano”
Lúcido, pero inseguro hasta el dolor cuando ha de valerse por sí mismo, Margarito Ramírez, el maquinista de Atotonilco el Alto que salvó la vida del general Obregón en 1920, el viejo testigo de la política mexicana, afirmó que el general Federico Anaya, senador por Nuevo León y durante casi todo el sexenio anterior jefe de la zona militar con sede en Guadalajara, hizo de la ciudad un centro del crimen, la extorsión y la impunidad

El 12 de septiembre de 1975 fue asesinado Carlos Ramírez Ladewing, ideólogo de la Universidad de Guadalajara, dos veces diputado federal y delegado del Seguro Social en Jalisco En pleno centro y a las tres veinte de la tarde, veintidós balazos lo dejaron hecho una criba Contrariamente a lo que se estila, nada hizo Margarito Ramírez para entrevistarse con el Presidente de la República ni con el gobernador del estado Guardó silencio y esperó, convencido de que el paso del tiempo no traería consigo el esclarecimiento de la muerte de su hijo
“Soy el más viejo y los conozco a todos Sé de estas cosas, aprendidas en la dirección del penal de las Islas Marías y en la gerencia de los Ferrocarriles Nacionales, en el Senado y en el control político de la Cámara en época del general Cárdenas, en el gobierno de Jalisco y durante dieciséis años en el de Quintana Roo Sexenio a sexenio he visto cómo hemos ido para abajo hasta tocar fondo con Echeverría Con él llegamos al colmo de la simulación y la mentira, al grado que al final quiso presentar la hipoteca del país a los Estados Unidos, como un acto de valor echeverrista y patriotismo ejemplar”
Amarrado a sus crueles padecimientos en la columna vertebral, desvalido y conmovedor dentro de su grueso jorongo blanco, Margarito Ramírez acusa con voz firme, sin lesión:
“Nacimos a nuestros males cuando el Presidente de la República decidió por todos, el PRI actuó por todos como el gran verdugo y el Congreso aplaudió por todos La fuente de la decisión presidencial puede ser el capricho, la venganza, el cálculo político, la conveniencia personal, el acierto, la aberración o el patriotismo Lo mismo da El partido ejecuta las órdenes siempre con igual celo y el Congreso aplaude siempre con igual entusiasmo (Alvaro, el hijo de Margarito presente en la entrevista, comenta por lo bajo: “el PRI, como el perro de Pavlov”) Un priísta así se niega a la historia y puede ir directo a la dictadura o al fascismo, como quiera llamársele”
“ME TRANSMITIO SUS CONDOLENCIAS”
Redondos, sin pestañas, fijos y abrumadores, duelos los ojos de Margarito La perplejidad de su alma está viva en la parálisis de sus pupilas
“Echeverría me envió una carta el 13 de septiembre de 1975, que allí tengo, por la muerte de mi hijo Carlos Me transmitió sus condolencias y me ofreció justicia, me dijo que admiró a Carlos y lo tuvo por un buen mexicano Pero el enorme aparato de gobierno que a Echeverría y sólo a él tuvo por eje y resorte, nada hizo para que se conocieran las razones del crimen en todos sus alcances
“Al año del asesinato, en el cementerio, hubo un bombazo con este saldo atroz: un muerto y cuarenta y dos heridos, algunos mutilados o con lesiones irreversibles Si los autores del atentado hubieran tenido éxito, la plana mayor de la Universidad de Guadalajara habría perdido la vida Allí estaban el rector, los directores de facultades, los maestros más respetables, los alumnos sobresalientes Allí estaba Alvaro, que voló por los aires No exagero, he visto las fotografías Allí estaban todos Allí hubiera estado yo, de no vivir en mi propio sepulcro
“Y no obstante esto, la maquinaria oficial ni siquiera se movió No hubo una sola diligencia en el panteón y la justicia optó por el silencio Ciega como la representa, fue para nosotros muda y paralítica”
Tras un silencio que pesa en la modesta sala donde Margarito da cuenta de sus penas y agravios, dice pesaroso:
“Echeverría fue un hombre si ideología definida, pero con un poder bien definido Ningún bien le hizo al país esta combinación”
NO FUE UNA PELICULA DE GANGSTERS
El señor gobernador en palacio; el señor general en la calle En palacio, las ceremonias y las audiencias; en la calle, la extorsión y el crimen El señor gobernador Orozco Romero hizo arte de gobernar un juego solitario: el arte de mandar hizo el señor Amaya un juego enloquecido y brutal
En medio de una tranquilidad aparente, tan perfecta que acusa mil tensiones, Margarito Ramírez describe así la vida de Guadalajara en la peor época del sexenio pasado
“Yo no puedo decir —precisa— que el señor general mató a mi hijo ni que empuñó la pistola asesina No soy policía ni ministerio público ni juez del gobierno Soy un padre y un ciudadano, que debieran serlo todo para la autoridad
“Pero sí puedo decir que el señor general Amaya, jefe de la zona militar, se rodeó de hampones y que el señor general les dio poder igual que si fueran uniformados También puedo decir que los protegidos del señor general hicieron de Guadalajara, en semanas y meses terribles, una ciudad sin ley ni gobierno Mataron, secuestraron, extorsionaron, robaron, vendieron protección y violaron a su antojo”
Margarito Ramírez Miranda, registrado civilmente en Ocotlán el 22 de febrero de 1891, dice más:
“No fue una pesadilla ni una película de gangsters la vida vivida en Guadalajara Fue la tragedia mismo nacida del abuso del poder y del desgobierno Pero el abuso del poder llevado al extremo, pues el señor general Amaya fue premiado con la senaduría por el estado de Nuevo León A quienes sirvió, de alguna manera lo recompensaron Y lo recompensaron bien ¡qué duda cabe!”
La voz del viejo maquinista es amarga, seca
Pero continúa:
“Habrán de escribirse muchas historias acerca de estos tiempos Yo voy a contar una, aunque sea un pedazo de historia mucho más grande
“Guadalajara conoció episodios que todos querríamos olvidar La tortura de Aranguaren figuraría en primer lugar, pero al lado otros crímenes tan brutales como incomprensibles Yo voy a hablar de mi hijo”
EL DIALOGO DEL GENERAL Y RAMIREZ
Cuenta Margarito:
“Los amigos de Carlos muchas veces lo previnieron del peligro que corría No hizo caso y procedió bien Con frecuencia rechazó escoltas y guardaespaldas Presa codiciada como era no quiso ser responsable de una muerte colectiva
“Desde principios de 1975 y yo creo que ya en buena parte de 74, su relación con el señor general Amaya se volvió tensa y difícil Una vez llamó el señor general a su despacho del Seguro Social, encontrándose presente el exgobernador Everardo Topete, y le dijo que el presidente de la Federación de Estudiantes decía que él (Amaya) protegía al “Pelacuas” y a toda su corte de gangster
“Mi hijo contestó:
—Está usted muy equivocado, general No es el presidente de la Federación quien manda diciendo eso, sino yo Y se lo puedo probar
—Pues ha de saber usted que casos como el del “Pelacuas” y su grupo competen a las autoridades civiles Son ellas y sólo ellas las que pueden intervenir en esta clase de asuntos para su esclarecimiento
—Seguramente así es, general, pero el gobernador no puede intervenir contra ellos porque traen credenciales firmadas por usted (las credenciales, asegura el entrevistado de Proceso, acreditaban a los hampones como agentes confidenciales de la décimaquinta zona militar)
“Siguió el silencio entre Amaya y mi hijo, silencio al que Carlos puso fin”:
—Para terminar con esto, general, vamos teniendo una junta usted, el gobernador y yo
Apenas dice Margarito:
“La junta jamás se efectuó”
TENIAN UN FORTIN
El viejo maquinista acusa un fuerte cansancio o una muda desesperación Se resiste a hablar más del tema Tiende a irse por lo cuentos de la Revolución y el anecdotario riquísimo del general Obregón El albur florece, pero la alegría a nadie toca
De pronto:
“Mire, para decirlo todo de una vez Los protegidos del general Amaya levantaron una casa en el Fraccionamiento Providencia que era todo un fortín Las puertas y las ventanas eran a prueba de balas y un sistema de alarma como no lo habría mejor en una instalación militar los prevenía contra cualquier sospecha Al paso de los vehículos, luces cegadoras encerraban a los autos en ascuas como soles
“Todo esto fue denunciado al Presidente de la República y cuando ya Guadalajara no podía más, envuelta en los crímenes y la impunidad, desasosegada como nunca, un cuerpo de guardias presidenciales, todo un equipo de paracaidistas, acabó con el fortín de los protegidos de Amaya”
Quizá Margarito Ramírez esperaba algún comentario o alguna respuesta, porque pregunta:
“¿No lo cree? Pregunte a Alvaro, pregunte a Guadalajara Toda la ciudad sabe que no he mentido, toda la ciudad sabe quién es el “Pelacuas”, quiénes son sus gangsters y, sobre todo, quién fue el general Amaya, el jefe de la décimoquinta zona militar”

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