Justicia para los indios

Justicia para los indios
En una calle de San Cristóbal Las Casas existe una vieja casona colonial, semiderruida, con puertas de madera, que aloja a la cárcel de mujeres
De gruesos muros de adobe, alberga, en la estrechez de sus dos únicas piezas, a 10 mujeres Ocho son indígenas de diferentes parajes de la región de los Altos Las otras dos son mestizas y están allí porque en esta ciudad, fundada hace más de 400 años, no existe manicomio
De las dos piezas, una es ocupada por la rectora, Margarita Paniagua Tiene un escritorio de madera carcomida y un ajuarcito La otra pieza es oscura de menos de cuatro metros cuadrados Hay ahí dos camas con colchones cuya borra sale por todos lados Las camas están cubiertas por una infinidad de colchas que despiden fétidos olores El piso es de madera, pero muchas tablas están rotas En esta segunda pieza duermen las 10 mujeres que la justicia ha castigado
La prisión es muy especial porque carece de rejas Pero no se trata de ningún nuevo sistema penitenciario sino de una extraordinaria falta de recursos o de un extraordinario abandono para quienes, al fin y al cabo —han de pensar— son indígenas y locas
Con pedazos de madera y manta las mujeres hicieron un tejabán que les sirve de cocina a la rectora Sobre una anafre la cocinera y única empleada de la prisión calienta unos frijolitos y coce unas cabezas de pollo En una de las mantas se lee un mensaje: “colabora con la campaña de mejoramiento del ambiente”
La prisión tiene un patio, no muy amplio, con piso de tierra Allí las presas colocan su anafre y preparan sus alimentos Cuando hay Como la cárcel depende del municipios y éste es muy pobre, sólo dispone de 30 centavos diarios como “socorro de ley” para la alimentación de las reas
Pero como la bondad aquí es muy grande se les permite que armen sus rústicos telares y se dediquen al tejido o al bordado para luego vender sus productos y tener dinero para comprar alimentos Incluso se les permiten criar animalitos En la prisión hay diez pollitos, un gallo que las despierta con el alba, y, en la única reja, porque sí hay una reja, crían un marrano que cuando ya esté gordo será vendido y producirá dinero para más alimentos
Bueno, es tan grande la generosidad que hasta les permiten tener en prisión a sus hijos menores Así está por ejemplo Juan Manuel, un hermoso niño de siete meses de edad El único varón de la cárcel Cuando la madre, Juana Ruiz, una indígena de Chenalhó, iba a dar a luz pudo salir a un hospital y luego regresar con todo y pequeños en la espalda Juanito, sonriente niño, deberá pasar en prisión 16 años más en espera de que la madre cumpla su condena de homicidio Claro, en caso de que el padre no vuelva de aquella visita conyugal que hizo hace 16 meses
Está también la pequeña Manuelita Llegó a la prisión cuando sólo tenía 45 días de nacida Ahora tiene 4 años y sólo le faltan 10 Su madre, que apenas habla español, también fue acusada de homicidio
En la cárcel de mujeres hay también otras cuatro niñas Pero una llega solamente cuando está enferma para que la cuide su mamá cuando está sana anda en la calle trabajando La madre acusada de encubrimiento de homicidio saldrá pronto por buena conducta Otras dos sin hijas de la cocinera Llegan a la cárcel por acompañar a la madre y porque —cómo no decirlo— ni cárcel parece
La cuarta niña está también loca Nadie sabe qué edad tiene ni cómo se llama No habla Permanece en un rincón con la vista siempre fija en el suelo
También hay otras dos niñas Estas estén presas Una se llama Rosa María Gómez López y tiene 15 años La otra es Marta Gómez Pérez y cumple en estos días 16 Las dos fueron acusadas por un tal Roberto Moreno Domínguez de haberle robado 3,500 pesos
Juana Heredia Mocojón es de San Juan Chamula No sabe cuántos años tiene, pero es, junto con la rectora, la mayor de toas con un pañuelo cubriéndose la boca llora y habla Casi no se le entiende Profiere algunas palabras altisonantes Como las demás presas, alega su inocencia Es muy raro el caso porque los indígenas acostumbran confesar sus delitos abiertamente
Así es en la cárcel de mujeres de San Cristóbal Las Casas, tierra de indios que Fray Bartolomé quiso liberar de la injusticia
En la prisión hay un baño Pero no tiene puerta La rectora, que se queja de escaso sueldo y nulos recursos para el mantenimiento, solucionó el problema Colocó otra manta en vez de puerta Esta segunda manta no tiene una leyenda anticontaminante Sólo tiene pintado el escudo tricolor del PRI
En otra parte de la ciudad hay otra cárcel Mucho más grande Tiene torreones de vigilancia Esta sí parece cárcel aunque hace muchos años fue convento Aquí hay puros hombres El director, un abogado muy joven de nombre Julio César Ballinas, dijo que hay 125 presos Todos son indígenas, menos 3 ladinos detenidos por robo
Entre los reos hay 20 tuberculosos Guadalupe Espinoza, trabajadora social, cuenta la historia: de Tuxtla Gutiérrez les mandaron un gran número de presos porque allá ya no cabían Entre ellos venían 14 tuberculosos Eso fue el año pasado Ahora ya se han contagiado otros 6, y como no hay facilidades no se les aísla Pero ya se les está inyectando, informa, consolada
Hecha la comparación, la cárcel de hombres es el paraíso frente a la de mujeres Aquí el socorro de la ley es de 2 pesos y un tostón Aunque a muchos de los que fueron trasladados de Tuxtla desde mayo del año pasado no les llega el susodicho socorro y cada vez que ven al director de la cárcel le piden socorro “Es para las tortillas”, dicen con gran humildad

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