Ni derrota ni marginación, clave de la vejez

Ni derrota ni marginación, clave de la vejez
Ignacio Chávez
Al cumplir, el pasado 29 de enero, 80 años de edad, el doctor Ignacio Chávez pronunció palabras que a continuación reproducimos, muestra de la lúcida presencia de uno de los más grandes humanistas y científicos de nuestro tiempo
Hace siete largos años, al cumplirse los 50 de mi graduación de médico, en una ceremonia emotiva organizada por viejos amigos, compañeros y discípulos, evoqué el recuerdo de otra reunión similar, tenida en mis bodas de plata con la profesión Y dije cuán lejos estuve en aquella primera reunión de imaginar que llegaría un día, 25 años más tarde, en que nos volveríamos a reunir el mismo grupo, unidos por el mismo apretado lazo de amistad, para festejar, o jubileo profesional El mismo grupo, es cierto; pero todos bien diferentes, todos habiendo dejado atrás la juventud; plantados, los más, en “las laderas de la montaña augusta” y algunos, como yo, en el suave camino del descenso
Hoy, para mi fortuna, la escena vuelve a repetirse; pero ya sin asombro de mi parte, sólo con emoción difícilmente contenida En mi lento camino que desciende, llego al lindero en que tengo que admitir la vez Ayer me defendí, como recordarán algunos, de haber caído en ella, alegando que no sufría de sus males, ni fatiga, ni soledad, ni menos desgano por todo lo que la vida ofrece; pero hoy, ¿quién me creería su la niego otra vez?
Me abstendré, pues, de hacerlo y la admitiré, aunque sea sólo por discreción Pero al mismo tiempo expresaré el gozo que tengo de que al arrancar del calendario la última hoja de los setenta y asomarme a la nueva década, llego acompañado de amigos fieles, de manos fraternas que entienden y de leales discípulos que espiritualmente me sostienen, sintiendo que entre todos ahuyentan la visión más temida de los últimos años de un hombre, la soledad
Entero, pues, como he admitido, a la vejez y con ella a la zona de riesgo No me refiero al de morir, que bien advierto lo que hermosamente dijo Alfonso Reyes, “que el muro de la vida se adelgaza y ya por transparencia se ve la eternidad” No; yo me refiero a un riesgo más temible, el de la declinación inexorable de la capacidad física y mental, el deterioro progresivo lo mismo en lo orgánico que en lo espiritual, daños que al secar la savia de la vida, acaban con la alegría de vivirla
Ese es el riesgo al que tememos todos Llegar al día en que el hombre, en vez de ser un apoyo, se convierte en carga y en vez de ser un elemento útil, es socialmente un estorbo La amenaza es universal; pero más sensible para ciertos temperamentos, el mío uno de ellos Ya he contado un episodio de mi vida, que hace poco recordó mi buen amigo Rubén Bonifaz Nuño Un día, en la Sorbonne, al terminar la ceremonia en que recibí la toga del Doctorado Honoris Causa, se acercó a mí un señor, casi anciano, de talla menuda, de aspecto modesto y de actitud ceremoniosa, que me mostró un álbum donde venía recogiendo desde hacía años, la respuesta a una pregunta, siempre la misma, que formulaba a los que habían recibido el doctorado honorífico Esperaba llegar con ella al fondo, a veces escondido, de la psicología del personaje: “Si usted supiera –me dijo– que en este instante iba a morir, ¿cuáles serían sus últimas palabras?” Me alargó su pluma y escribí rápidamente: “Domage! Il avait tant de chose a faire!” ¡Qué lástima! Había tantas cosas que hacer!
La respuesta reflejaba, en efecto, la que ha sido en la vida mi razón de ser Pero quizá también encerraba el secreto que me ha permitido llegar a esta edad sin caer ostensiblemente en la degradación física o mental Esa fórmula me fue sencilla; proponerme una meta y trabajar por alcanzarla; trabajar siempre, no como una manía sino como una satisfacción; como una menra de sentirme útil y de conservar, por ello, mi propia estimación; como una manera de alcanzar el gozo de mirar una obra levantada por mi esfuerzo Y cuando llegó la edad del retiro, mi fórmula tenía un complemento, no caer en la inactividad, que enmohece los resortes del alma, sino buscar una tarea que polarizara los mejores impulsos y, de no haberla, inventarla, y consagrarme a ella En una palabra, acogerme al trabajo y hacerlo con alegría
Como médico, he sido consciente de la fatalidad biológica del deterioro Sé que no puede eludirse, pero sí retardarse, dando tiempo a que una enfermedad piadosa nos libere de llegar a la triste decrepitud Los hombres de estudio tenemos la fortuna de conservar la juventud intelectual más largo tiempo que los ingaros A fuerza de ejercitar las potencias superiores podemos mantenerlas vivas y aun ágiles por más largo tiempo y disfrutar lo mismo del presente, con todo lo que la vida nos ofrece, que del pasado, con el tesoro de sus recuerdos Recordar luchas e ilusiones de juventud, evocar amores, borrar heridas Paladear recuerdos, igual que se paladean los sabores de infancia
Cajal, el sabio, nos enseñó que si nacemos con un número fijo de neuronas y no podemos hacerlas aumentar, sí podemos incrementar su diferenciación, multiplicar sus expansiones y robustecerlas De nosotros depende ejercitarlas
¿Pero a qué viene todo esto, dirán ustedes, que empieza a tener un aire de lección en la cátedra? ¿Por qué esta apología d la vejez en una reunión gozosa como esta? Pido perdón si he caído, por deformación profesional, en las explicaciones biológicas Sólo he querido, correspondiendo a su gesto amistoso de acompañarme a franquear los umbrales de los 80 y trasmutando el verso de López Velarde, “darles de la vejez la clave”; la clave de una vejez serena y optimista que sea puramente cronológica, sin sentimientos amargos de derrota ni de marginación Al dárselas, quiero desearles que miren correr los años, no importa que sean muchos, sin que ellos les dejen sedimentos de tristeza ni menos de frustración
Varios compañeros, unos, en tantas nobles empresas a lo largo de la vida; leales colaboradores, otros, en la vida universitaria; antiguos alumnos que hoy son maestros; amigos todos que han querido ofrecerme un agasajo:
He oído, con humildad y orgullo a la vez, las palabras elocuentes, cargadas de emoción, del Lic César Sepúlveda, el ilustre internacionalista, ofrecidas en prenda de amistad, la suya y la de ustedes Sus palabras me hacen recordar el empeño que ambos alimentamos para elevar nuestra Universidad y el esfuerzo doloroso que juntos hicimos para ennoblecerla Las guardo en el arcón de mis mejores recuerdos, lamentando sólo no poder contestarlas con igual altura Es que las palabras de gratitud se embotan a fuerza de repetirlas, ¡y yo las he debido decir tantas veces! ¡La vida ha sido tan generosa conmigo! En esta ocasión, más que las palabras mismas que expresen mi reconocimiento, espero que llegue hasta ustedes la secreta vibración del alma que las anima Me limito, en silencio, a estrechar a cada uno en un abrazo efusivo
México, 29 de enero de 1977

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