La fuerza vigente de Estrella Carmona

MÉXICO, D.F. (Proceso).- A un año de la muerte de la artista veracruzana, la Galería Eje montará una exposición de medio centenar de trabajos con el título de Tempestades de acero. En estos acrílicos, óleos, encáusticas, temples y técnicas mixtas tanto en pinturas como en dibujos, Estrella Carmona expresó, señala Raquel Tibol en este completo perfil, “su descontento y su repulsa por un desarrollo material que iba sustituyendo todas las ilusiones por cualquier pragmatismo”.

A partir del 12 de mayo, con 49 pinturas y 15 dibujos, más elementos documentales y una instalación en la amplia Galería Eje será recordada la pintora, dibujante y muralista Estrella Carmona Ronzón, quien nació y murió en el mes de mayo (10 de 1962 en la ciudad de Veracruz-9 de 2011 en la Ciudad de México).

A los diez años de edad inició estudios de artes plásticas en su ciudad natal, a los 16 los continuó en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado del Instituto Nacional de Bellas Artes en el Distrito Federal. En 1980 tomó clases de Etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y en 1981 de Filosofía en el Claustro de Sor Juana. A los 25 años obtuvo el primero de los numerosos premios y menciones. A los 27 años la Fundación Edward Albee, de Nueva York, le dio beca con residencia. Cuatro veces fue becada por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, del que llegó a ser tutora. Entre 1955 y 1998 residió en Monclova, Coahuila, para cumplir con la Siderúrgica Altos Hornos de México un contrato para pintar ahí varios murales alusivos.

Desde su primera exposición individual (en total fueron 16) mostró su inclinación por imágenes de fuerza crítica y simbólica, dedicadas a la industria, la guerra, las máquinas, la energía atómica, y las correspondientes influencias en los individuos y en la sociedad. La singular originalidad de su obra fue apreciada en los Estados Unidos, Cuba, Chile, Ecuador, España, Francia, Italia, República Dominicana, Sudáfrica y Yugoslavia.

La próxima exposición lleva el título de Tempestades de acero. En ella se verán acrílicos, óleos, encáusticas, temples, y técnicas mixtas tanto en pinturas como en dibujos. Muchas de las piezas están resueltas en grandes formatos que alcanzan, a veces, 300 x130 cm.

Movida por un pesimismo neorromántico y por un escepticismo posmoderno, Estrella Carmona fue penetrando, con impulsos éticos propios del arte, en un presente saturado de las crueldades congénitas al triunfalismo de las transnacionales capitalistas. Al liberar en composiciones de gran fuerza su nihilismo ante el complejo técnico-bélico-industrial y su autoritarismo sin fronteras, Estrella Carmona luchaba por la vida. Con un vigor humanista al que no estaba dispuesta a renunciar, observaba que los progresos más sofisticados de la ciencia y del conocimiento se han estado volviendo contra el ser humano común que siente sobre sí un desafío al que no puede responder con ninguno de los más arraigados valores espirituales. Las vertiginosas transformaciones impuestas desde el poder imperial la apartaron del arte placentero. Su meditación estética no admitía un optimismo equívoco. Las premisas culturales para sobrevivir en el Tercer Mundo, dentro de la gran tormenta de nuestro tiempo, dependían seguramente –pensó– de la decisión de cada quien para asumir conscientemente su dignidad individual.

Por eso las obras de Estrellas Carmona constituyeron un acto de dignidad ante sí y ante los demás. Con los bríos que le permitieron los grandes planos, los colores vibrantes combinados en tonos obscuros y la belleza formal de los gigantescos artefactos de la producción mecánica, Estrella expresó su descontento y su repulsa por un desarrollo material que iba substituyendo todas las ilusiones por cualquier pragmatismo. La ley de la ganancia posterga el bienestar de los pueblos, desata conflictos bélicos cada vez más irracionales y cada vez más automatizados. Los diseños de un misil, de un superbombardero, de un acorazado, son estéticamente inobjetables; pero sus funciones son definitivamente antiestéticas porque esos bellos artefactos están concebidos para destruir y para eliminar.

Tolstoi decía que el arte es un medio de unión entre los humanos y unión es vida, es promesa de reproducción. Estrella Carmona supo medir su arte con la existencia misma y lo comprometió contra las guerras que pervierten a la ciencia y a la técnica poniéndolas a su servicio. Esta talentosa mujer obligó con sus obras a preguntarnos: ¿en qué etapa del desarrollo capitalista habrá de ser la vida y no la muerte la que arroje dividendos?

¿A qué guerra, a qué agresión, a qué amenazas, a qué destrucción se refirió Estrella en el medio centenar de pinturas que produjo entre 2001 y 2010 y que ahora podrán ser vistas? A todas las que desesperaron a la humanidad ansiosa de paz y concordia en esos diez años, cuando la evolución de la técnica, la ciencia y la renovación industrial se pusieron al servicio de la violencia del fuerte contra el débil, del poderoso contra el desvalido, del dominante contra el dominado, del adinerado contra el miserable, del infame contra el solidario. Sus imágenes son un grito impulsivo con el que ella buscó aturdir para despertar conciencias, indignaciones y –¿por qué no?– rebeliones contra la maldad que se reproduce a un aterrador ritmo cibernético, en configuraciones cada vez más deshumanizadas y robotizadas.

A Estrella Carmona el ingenio de los seres humanos para hacer evolucionar mecanismos que, estando en la concreta realidad, parecieran sobrepasar las órbitas más avanzadas e inalcanzables de lo fantástico, le encantaban tanto como le horrorizaban los cada vez más sofisticados instrumentos y las máquinas destinadas a la eliminación de la vida en este mundo empequeñecido por las globalizaciones sociales y naturales. Ella, que sabía mirar al otro con simpatía, con afecto, con la dulzura de la amistad y la afinidad, representó con insólita energía a los individuos provistos de corazas protectoras contra las bélicas Tempestades de acero que incendian un continente tras otro. Su preocupación tenaz y constante sobre el dolor que ensombrecía al mundo que le tocó vivir, obligar a ubicar su faena plástica en el denominado arte conceptual, ése que pone la manualidad al servicio del intelecto. Sólo el dominio de las estructuras y las mecánicas que hacían posibles soluciones visuales muy diversas, la llevaron al control de un lenguaje muy propio, donde se observan reiteraciones y sorprendentes variaciones, tanto en los colores combinados con estridencias o sostenidos en los grises.

Las formas ocurren en planos cercanos o se disparan en perspectivas tensas en su dinámica. El dominio de su oficio la condujeron a tratar con suficiente intensidad composiciones y símbolos como para arrancar al observador de rutinas mentales. Por eso ella hubiera podido repetir con José Clemente Orozco: “Esto no es imitación, esto es Nuestro esfuerzo, en el límite de nuestra fuerza y experiencia”.

Entre los artistas mexicanos de su generación Estrella Carmona destacó por la eficacia expresiva de sus maquinarias, porque sabía combinar los elementos para hacerlos depositarios de una máxima energía al dar valor a su fantasía, a su capacidad de transfiguración y a una poesía de brío épico. Pero su lenguaje no es arbitrario; sin apoyarse casi nunca en bocetos previos, se lanzaba con audacia a una organización libre, aunque a la vez controlada y precisa. Por eso su dibujo es fluido, rítmico, mientras que las partes se interrelacionan para no alterar las significaciones estéticas y la complicada simbología.

Si su época fue de aceleradas transformaciones capaces de provocar desgarramientos espirituales, ella vivió atenta contra lo que la podía oprimir o mutilar. Porque creía en el arte, libró un combate más allá de cualquier nihilismo y en contra de los estruendos de devastaciones y fallecimientos. Su discurso visual habrá de perdurar porque está impregnado de una sustancia ética que abarca un campo muy amplio de problemas contemporáneos.

Porque fue receptiva, su repertorio está empapado de intuiciones e invenciones excitantes, hondas, severas, sin detalles superfluos; aunque las construcciones resulten fácilmente perceptibles y, por lo mismo, descifrables.

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