El guarura ocioso: arquetipo educativo

El guarura ocioso: arquetipo educativo
Pablo Latapí
El tema de este artículo me lo inspiran los seis guaruras que protegen a un funcionario que vive en la misma calle Desde mi ventana los veo —hoy como todos los días— perder el tiempo sin hacer nada; toman el sol y platican, hora tras hora, en cumplimiento de su peculiar oficio
El guarura representa arquetípicamente, entre otros desvalores nacionales, la ociosidad, la improductividad y la ineficiencia Hoy, que se prepara un magno Plan Nacional de Educación que trazará las orientaciones para formar a los mexicanos del futuro, uno se pregunta si nuestra educación tiene algo que ver con el hábito generalizado de no hacer nada o de seguir la ley del menor esfuerzo

No nos distinguimos, como pueblo por ser trabajadores, eficientes y productivos El cumplimiento responsable, la asiduidad en el esfuerzo y el sentido de logro no son valores generalizados entre nosotros; y experiencias cotidianas indican que esta deficiente actitud ante el trabajo afecta, aunque en diverso grado, lo mismo al sector privado que al público, lo mismo a los empleados altos que a los bajos
Hay, claro, excepciones Pero la tónica dominante es la ineficiencia y al irresponsabilidad: el “ay se va” y el “me vale” En la administración pública, por ejemplo, estudios oficiales (publicados en estos días a propósito de los horarios escalonados) han revelado que el burócrata promedio trabaja sólo cuatro horas efectivas al día
Mucha gente “está” en el trabajo, pero no trabaja Cumple ritualmente un horario, pero no pone empeño personal en lo que realiza Cree que con su presencia desquita el sueldo, sin comprometerse responsablemente con su tarea
¿Restos del pensamiento mágico? ¿Efecto de una estructura social explotadora? ¿Atavismos de la Colonia? ¿Desnutrición? ¿Flojera tropical? Expliquémoslo como queramos Pero la educación nacional debe hacer algo respecto a un problema que no tiene nada de pintoresco y sí consecuencias económicas y humanas sumamente graves
Nuestra educación prepara para no hacer nada Un pésimo sistema de evaluación permite al alumno pasar de grado en grado, aunque no tenga los conocimientos previstos y aunque no desarrolle el esfuerzo requerido Esto tiene como consecuencia no sólo que se otorguen certificados que no corresponden a las capacidades requeridas para los empleos, sino que se engañe a los propios alumnos haciéndoles creer que han adquirido derechos que no tienen
Las autoridades tienden a maximizar el número de alumnos aprobados, para aliviar la demanda de plazas y para presentar como “eficiente” el aparato escolar; los maestro favorecen también la aprobación para no dar la imagen de ser incompetentes y evitarse problemas con los alumnos o los padres de familia; y los estudiantes, sobre todo en los niveles superiores, presionan a favor de pases automáticos y otras medidas que abaten, más y más, las exigencias académicas
La certificación de los estudios por parte del Estado no es un inofensivo acto académico; implica responsabilidades hacia el conjunto del sistema educativo, hacia las empresas y el aparato de producción, hacia las familias, hacia el sistema de ciencia y tecnología y hacia el magisterio nacional, cuyo prestigio depende de la seriedad con que los estudios se evalúen, acrediten y certifiquen
Al igual que en la emisión de la moneda, en la certificación de los estudios, el Estado sale garante de una capacidad real —en este caso la de los conocimientos— de la que depende el buen funcionamiento de la sociedad Si el Estado ejerce esta capacidad formalísticamente o la utiliza como dádiva para neutralizar presiones políticas, se engaña así mismo y nos envuelve a todos en un estúpido fraude nacional
El proyectado Plan de Educación pasaría meritoriamente a la historia si lograra una sola cosa: implantar en las escuelas del país un sistema de evaluación objetiva y rigurosa
Las disposiciones en vigor en materia de evaluación, para todas las escuelas dependientes de la SEP, deben ser profundamente revisadas Se basan en un acuerdo (del 30 de marzo de 1976), en el que se prescribe al maestro de realizar evaluaciones mensuales durante el año escolar y dejan a su juicio individual someter al alumno a un examen final o eximirlo de él Partiendo de la definición de que “la evaluación es el proceso que permite al maestro (subrayamos nosotros) determinar el nivel en que cada alumno logrará los objetivos de los programas de un grado escolar”, da a entender que la SEP abdica su función de comprobar si la evaluación de cada maestro corresponde objetivamente a los niveles nacionales establecidos
Se prescribe además que los alumnos que no pasen la primera evaluación realicen “actividades de recuperación” durante quince días, “a fin de que su aprendizaje sea evaluado por la escuela” Pero no se precisa ni en qué deban consistir esas “actividades de recuperación” ni cómo deba hacerse una segunda evaluación ni qué sucede con quienes no la aprueban Se afirma vagamente que el alumno será evaluado por “la escuela” y se insiste en que “cada plantel educativo” asuma la responsabilidad del aprendizaje de sus alumnos Con tales vaguedades se da pie a las más variadas interpretaciones
En la situación concreta de la mayoría de nuestras escuelas, estas normas dan por resultado que se apruebe prácticamente a todos los alumnos, sepan o no lo que deben saber Si el maestro es ineficiente, tenderá a disimular su ineficiencia elevando la proporción de aprobados; si es corrupto manipulará las calificaciones; y si es honesto y capaz quedará expuesto, sin mayor defensa, a las reacciones de los alumnos y padres de familia inconformes Tampoco se proveen instancias para que los alumnos puedan defenderse de evaluaciones injustas
Habría otro modo de hacer las cosas ¿Por qué no establecer en cada escuela un comité de maestros, con representación de los alumnos y padres de familia, ante los cuales cada profesor deba justificar su evaluación, al menos en los casos impugnados? ¿Por qué no se revitaliza la función de la supervisión escolar y se la hace intervenir en el proceso evaluatorio (curiosamente el acuerdo no la menciona ni una sola vez)?
Con las actuales normas de evaluación, los certificados van camino de no garantizar nada, si no es el número de horas-banca que el alumno ha logrado acumular Así se incuba la actitud ritual ante el trabajo Así se enseña al futuro trabajador a salir avante si hacer nada y a exigir su sueldo sin ser productivo como se exigió el certificado escolar sin haber hecho el esfuerzo requerido La sombra del guarura ociosa está presente en nuestras escuelas como implícito ideal educativo
¿Podría el Plan Nacional de Educación remediar esta situación? ¿Podemos esperar que se reforme efectivamente el sistema de evaluación escolar? Es difícil creerlo El acuerdo que hemos comentado se basó —se dice en el propio texto— en un dictamen del Consejo Nacional Técnico de la Educación Y este Consejo es precisamente el organismo que encabeza, ahora, la elaboración del Plan

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