Fuentes y la fascinación por Echeverría

La repentina muerte del escritor Carlos Fuentes el martes 15 provocó consternación no sólo en México sino internacionalmente debido a la fama que el narrador gozaba desde su inclusión en el llamado boom latinoamericano. En este texto se rescatan fragmentos de un reportaje publicado por este semanario cuando se integraba una Comisión de la Verdad para establecer las responsabilidades del expresidente Luis Echeverría en la matanza del 68 y el halconazo del 71. Se muestra así el contexto en el que Fuentes apoyó su régimen, y cómo otros intelectuales cuestionaron esa relación con el poder.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Carlos Fuentes fue uno de los intelectuales de los años setenta que cedieron a la tentación de acortar la famosa “distancia con el príncipe”, frase acuñada años después por Octavio Paz, al dar su respaldo al presidente Luis Echeverría.
En un avión que el escritor Gabriel Zaid bautizó entonces como “el avión de redilas”, varios de ellos acompañaron al titular del Poder Ejecutivo en una gira por Sudamérica y asumieron su adhesión al régimen al adoptar la frase “Echeverría o el fascismo”, cuya autoría se ha atribuido lo mismo a Fuentes, quien se desempeñó como embajador de México en Francia, que al historiador y periodista Fernando Benítez, asesor del presidente. En entrevista con Proceso (807) en abril de 1992, Benítez respondió ante la pregunta de si había sido de Fuentes:
“Fue una expresión exacta y debo haberla repetido yo en alguna ocasión. En ese momento la situación de México era muy grave y podía haber caído en un fascismo del que nos salvó Echeverría. Su única medida represiva y fascista fue el golpe en Excélsior. Ahí se enfrentaron los poderes de la prensa y del Ejecutivo, pero fue un único caso.”

El tema de esa relación fue motivo de un reportaje publicado en este semanario en julio de 2002 (Proceso, 1341), en el marco de las comparecencias del expresidente ante la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado por las matanzas de Tlatelolco y del Jueves de Corpus Christi, donde el historiador Lorenzo Meyer recordó haber recibido la invitación a la gira, que rechazó.
–¿Fueron seducidos o engañados?
“Engañados no”, dijo convencido, pero “según dicen, fue vergonzosa la situación”.
Además de Meyer, hablaron en entrevistas los escritores Elena Poniatowska y Marco Antonio Campos, y el investigador social Isidro Cisneros.
Mientras éste planteó que así como se llamaba a cuentas a Echeverría, había llegado el momento de juzgar a aquellos intelectuales que lo respaldaron. Pero en lo que coincidieron todos es en que un intelectual no debe jamás abandonar su crítica frente al poder.
Aún sin esclarecerse la masacre del 2 de octubre de 1968 y recién llegado a la Presidencia, Echeverría recibió el apoyo acuñado en esa frase, “Echeverría o el fascismo”.
Fuentes, quien en un diálogo con el periodista James R. Fortson (publicado en 1973 en el libro Perspectivas mexicanas desde París), calificó como “un gesto que sin duda le honra” el que Gustavo Díaz Ordaz se hubiese imputado toda la responsabilidad por la matanza del 68, y tras comparar a Echeverría con Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas, respondió a quienes criticaban su respaldo a Echeverría:
“No acabamos de digerir nuestros traumas (…) Creo que en primer lugar el responsable único fue el presidente de la República de México. En segundo lugar, que en Tlatelolco intervino el Ejército por órdenes de la Presidencia y de la Defensa, no de Gobernación. Y en tercer lugar, que aunque Echeverría hubiese sido 100% responsable del 68, no podemos hacer una política a base de la noción cristiana del pecado original y convertirnos en estatuas de sal mirando siempre hacia atrás…”
En marzo de 1999, Fuentes explicó a este semanario (No. 1167) que no sólo él, sino otros escritores, como Fernando Benítez y Octavio Paz, habían creído en la llamada apertura democrática prometida por Echeverría, pero insistió en considerar que existía realmente el temor de que el poder hubiera sido tomado por los militares.
Lo cierto es que no todos los intelectuales fueron seducidos por el poder. Gabriel Zaid, quien guardó distancia, escribió en septiembre de 1972 (número 12 de la revista Plural, dirigida por Paz) una “Carta a Carlos Fuentes” (en torno al artículo de éste “Opciones críticas en el verano de nuestro descontento” publicado en el número anterior), en la que le cuestionaba su amistad con Echeverría, no obstante la represión estudiantil del 10 de junio del año anterior:
“Si eres amigo de Echeverría, ¿por qué no le ayudas privadamente con el mayor servicio que nadie le puede hacer: convencerlo de que Corpus no es un pelo en la sopa de la Apertura, sino la prueba pública de si cree que podemos democratizarnos, o si cree, como don Porfirio, que todavía no estamos preparados?.”
Zaid se pronunció por la total independencia de los intelectuales del poder. Y Fuentes, 27 años más tarde, en la entrevista citada de Proceso, le dio la razón:
“A la larga, él tuvo la razón, en el sentido de que estaba proponiendo que el intelectual siempre debe ser independiente del poder y no darle un apoyo.”
En un texto titulado “Los intelectuales y el Estado: la engañosa fascinación del poder”, publicado en esta revista en febrero de 1996, el historiador Enrique Krauze coincidió con Zaid en que “la mejor relación entre los intelectuales y el Estado es la separación de sus poderes”, y lamentó que quienes se integraron al régimen echeverrista, creyendo “cambiar las cosas desde adentro”, sacrificaron consciente o inconscientemente “lo más preciado: la vocación crítica y la libertad intelectual”.
En sus “Personales memorias del sexenio” (Proceso, 5), el escritor Ricardo Garibay narró su experiencia al respecto. Desde noviembre de 1968, recordó, se propuso estar lo más cerca posible del poder para incidir “en bien de la nación” en las decisiones, y reconoció: “Nunca fui informado de nada importante, nunca se me consultó para nada (…) Me equivoqué (…) Me pasé de ingenuo. Comprobé a mi costa que la inteligencia no debe ni puede estar con el poder, sino enfrente del poder y contra el poder, para beneficio de ambos.”

Seducción del poder

¿Se dejaron engañar o seducir? Respondió Meyer:
“Engañar no, podemos quitar ese concepto, no hay engaño. ¿Seducción? Pues… yo supongo, porque el poder siempre ha ejercido esa fascinación. El intelectual considera que –al menos– conoce parte del mundo de las grandes fuerzas que le dan sentido a la política, al proceso social, a la economía, a la cultura, cree conocerlas o al menos vislumbrarlas y, sin embargo, no tiene absolutamente nada de poder. Es la sensación entre el dominio intelectual, la comprensión de las grandes variables y una vida cotidiana en la que no se tiene absolutamente nada.”
Descrito por el desaparecido Heberto Castillo en un reportaje (Proceso, 136) en el que narra cómo Alfonso Martínez Domínguez, regente de la Ciudad de México durante el echeverrismo, le aseguró que “la matanza del Jueves de Corpus fue preparada por Luis Echeverría”, el ambiente político dividió a los movimientos sociales.
En ese contexto se encontraban también divididos los intelectuales. Meyer distinguió que siempre ha habido varios tipos de pensadores ligados al poder; el primero, como Lucas Alamán, no sólo se vincula al poder, está dentro; luego hay otro, del tipo de Justo Sierra, que ejerce el poder desde instituciones académicas; y también los que no tienen puestos administrativos formales pero se relacionan “con los poderosos, más que con el poder”. Y aquellos que permanecen al margen y ejercen libremente la crítica.
En el programa radiofónico Monitor del 10 de julio de 2002, en un debate entre los analistas políticos Lorenzo Meyer, Alfonso Zárate e Isidro Cisneros, éste último lanzó al aire la propuesta de que así como ha sido citado a comparecer a Luis Echeverría, se llame a cuentas a los intelectuales que respaldaron su gobierno. Mesurado, Meyer dijo a “Proceso:
“Sí, recuerdo que eso dijo Isidro y no es fácil decir: oye, se te pasó la mano o no tiene nada que ver con el asunto.”
Enfatizó en que ejercer la crítica en tempos de Echeverría era ciertamente difícil, pero lo hicieron escritores como Daniel Cosío Villegas.
El poeta Marco Antonio Campos propuso la autocrítica, y señaló que son el artista José Luis Cuevas y otros intelectuales los que deben responder si fueron engañados o qué sucedió en aquel momento. Añadió que todos los presidentes de la historia reciente (Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo) han querido acercarse a los intelectuales en mayor o menor medida:
“Los intelectuales siempre deben estar lejos del poder.”

No caer en tentación

Tras recibir un homenaje del Sindicato de Electricistas, el 11 de julio de 2002, la escritora Elena Poniatowska recordó telefónicamente desde su casa que en alguna ocasión Octavio Paz dijo que Echeverría le había devuelto la claridad a las palabras.
El premio Nobel evocó aquel momento, en una entrevista con Julio Scherer en Proceso (No. 58), lo sucedido tras el jueves de Corpus Christi del 10 de junio de 1971:
“Ante el clamor público, el presidente Echeverría destituyó a varios altos funcionarios y prometió una investigación. Aplaudí la medida. No fui el único. Tú también compartiste mi actitud. Pero unas semanas después, ante el incumplimiento de la promesa, reiteré mi crítica. En esos días, decidido a recobrar la colaboración de intelectuales y escritores, rota en 1968, el presidente Echeverría inició lo que los voceros llamaron una ‘política de apertura’. Un grupo de intelectuales decidió apoyar al Presidente. Nosotros, en cambio, aprovechamos la nueva política para persistir en nuestra actitud crítica. Mantuvimos esa posición durante todo el periodo de Echeverría, como puede comprobarlo cualquiera que se tome el trabajo de hojear Plural. Por ejemplo –para muestra basta un botón–, el número 13 de la revista, dedicado al tema Los escritores y el poder (octubre de 1972). Sin embargo, nuestros censores más acerbos no fueron, aunque parezca extraño, los defensores de la política gubernamental, sino muchos intelectuales de la oposición de izquierda. Nuestras críticas al régimen les parecían ‘idealistas’ y trasnochadas, ecos de un anticuado liberalismo burgués.”
El 8 de julio de 1976, el gobierno de Echeverría dio el golpe a Excélsior al conseguir la destitución de Scherer al frente del diario; Paz, por su cuenta, renunció con su equipo a Plural por solidaridad. En Los periodistas, la novela sobre el tema que dio a conocer en 1978 el narrador y periodista Vicente Leñero, se lee:
“Pocas voces exculparon a Luis Echeverría de los cargos. La defensa más importante del presidente la hizo Carlos Fuentes en un artículo escrito desde París y publicado en El Sol de México el 30 de julio (de 1976):
Cuatro meses y medio antes de terminar su gestión, el presidente Echeverría es cubierto de ignominia, acusado de estrangular la libertad de expresión y de ensañarse, como cualquier tiranuelo bananero, contra la crítica adversa. ¿Puede concebirse que un hombre de la sagacidad política de Luis Echeverría sea el autor de su propio descrédito y de la negación masoquista de su propia obra del gobierno? La historia política de los últimos cinco años y medio indica, más bien, que una vez más los enemigos, abundantes y poderosos, de Echeverría, han aprovechado una situación particular –la crisis interna de Excélsior– para sumarse en un esfuerzo final, oportuno por tardío, de desacreditar una política que les daña.
El artículo de Fuentes terminaba:
El grupo de periodistas encabezado por Julio Scherer debe contar con una tribuna para expresar sus ideas. Si todos ellos, sin excepción, no recuperan ese legítimo derecho, ¿cómo podremos ejercerlo verdaderamente los demás, toda vez que la medida de la libertad individual sólo puede ser la libertad de todos?”
A su vez, Elena Poniatowska respondió sobre la relación intelectuales y poder:
“Lo mejor es guardar la distancia frente al príncipe para poder criticarlo y no caer en ningún tipo de tentación.”

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