Héctor García y la fotografía de todo

Decano de la fotografía mexicana, Héctor García murió el sábado 2, a sólo unos meses de cumplir 89 años. Puede decirse de él que es la memoria visual del México posterior a la Revolución. El de la ciudad que inexplicablemente se perdió… ¿para siempre? Sus imágenes corren al parejo de las páginas de nuestros más destacados escritores. Acompañan esta remembranza de su obra inconmensurable y total, cinco fotos que capturó de él a lo largo de los años su discípulo Marco Antonio Cruz, coordinador de Fotografía de este semanario, quien asimismo recuerda en un texto su relación con el maestro, de quien se presentan dos, dado que su galería de imágenes clásicas es muy conocida: La de Luis Buñuel con su cámara, y la del momento en que la crítica de arte Raquel Tibol lanzó una cachetada al pintor David Alfaro Siqueiros.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Todos sus amigos y admiradores querían que Héctor García viviera más de 100 años, siguiendo también en eso las enseñanzas de Manuel Álvarez Bravo, su venerado maestro en el Instituto de Artes y Ciencias Cinematográficas quien –como le dijo el propio García a Norma Inés Rivera–: “Me dejó más que las bases académicas de un oficio, una concepción de la vida, dio un sendero a mis limitadas posibilidades, yo tenía alas, pero él me enseñó a volar”.

Sin embargo, cuando se mira el inmenso volumen de su obra, realizada a lo largo de seis décadas, parecería haber vivido no sólo 89, sino 300 años. María, su esposa, con la que se casó en 1954, e indudablemente la mejor conocedora de su obra, dice que su archivo está conformado por un millón de negativos, cifra que se antoja excesiva, pues supondría varios centenares de tomas por día; pero no cabe duda de que con su capacidad de trabajo, Héctor García bien podría haberlos cumplido.

No por nada uno de sus anhelos era que se inventara una cámara a la que nunca se le acabara el rollo.

Durante muchos años bregó de madrugada a madrugada fotografiando las calles de la Ciudad de México cuando apenas despertaba, lo mismo que retratando a aquellos habitantes de la urbe que para cumplir sus sueños se resistían a dormir.

Corriendo, corriendo siempre, siempre de un lado a otro –en 1959 un anónimo caricaturista de la revista Cine Mundial le recomendaba usar patines para poder cubrir tantas fuentes de información–, este enamorado de su oficio quiso registrar todo lo que pasaba en todas partes: los maestros enfrentándose (en desventaja) con los granaderos; la actriz que desciende del helicóptero para hacer más espectacular su arribo a la Reseña Mundial de Cine de Acapulco; la estatua ecuestre de Carlos IV cargada de docenas de inopinados huéspedes; el pozo petrolero que se incendia y ennegrece el cielo; la pareja que en medio de la algarabía del cabaret se retira a la habitación íntima de un beso; el joven campesino que lleva sobre el hombro una enorme hoja de tabaco a la manera de un manto real; un par de indígenas coras que conversan, ataviados para celebrar la Semana Santa; el poeta Octavio Paz en su oficina de la Secretaría de Relaciones Exteriores; una pequeña voceadora que a medianoche asoma a una vitrina para pedirle a la muñeca que sea su amiga…

Héctor García quiso registrarlo todo y lo consiguió: probablemente nuestro país no haya tenido otro fotógrafo como él, con una mirada omnívora, tan ubicua, tan sintonizada a la velocidad de lo fugaz, tan cargada de afecto y de comprensión, tan humanista. Y conste que no se puede olvidar a Nacho López, su estricto coetáneo, su amigo y gemelo en muchos sentidos, con una obra que tal vez sería igualmente vasta si no hubiese muerto mucho más joven (veinticinco años antes).

Su capacidad de registro es asombrosa porque jamás disparaba a lo loco. No era un happy-go-trigger, como le dicen los gringos a los policías a los que les gusta jalar el gatillo. Lo que hace extraordinarias sus fotografías es que sabía ver muy bien en todo momento lo que estaba frente a su lente; no ignoraba su significado. Tenía la conciencia política, ética, estética, periodística, histórica, erótica, para distinguir y privilegiar tal o cual instante. Su obra no es un testimonio indiscriminado de la vida mexicana, no está compuesta por fotogramas extraídos de un rodaje o de una suerte de flujo de la conciencia, sino por imágenes elegidas por un ojo que discierne instantes captados con la precisión que sólo puede tener un ojo que se ha entrenado mucho para reconocer lo importante.

La leyenda vuelve una y otra vez a los orígenes humildísimos de Héctor García. Él mismo señala que nació en un barrio lumpen (la Candelaria de los Patos) y que vivió su infancia casi en los límites del desamparo. Pero aunque su infancia y su juventud –incluyendo su paso por la Correccional de Menores– no le hayan proporcionado una educación formal, es un hecho (aunque resulte perogrullesco decirlo) que supo aprovechar todas las oportunidades que le dio la vida y que pulió su talento –esa moneda que los dioses regalan a sus favoritos– hasta convertirlo en uno de los más brillantes dentro del fotoperiodismo.

Héctor García es una prueba de que la maestría de un oficio se adquiere con la práctica, y de que la práctica auténtica, real, se traduce siempre en un bagaje intelectual profundo. Era una verdadera esponja que absorbía lo que encontraba alrededor suyo y que entendía lo que pasaba en su entorno. Eso le permitió ser rápidamente considerado como un par por artistas e intelectuales. Y fue amigo de todo el México de los artistas e intelectuales: de Salvador Novo y de Diego Rivera; de Fernando Benítez y de Frida Kahlo; de Octavio Paz y de Alberto Gironella; de Carlos Monsiváis y de José Luis Cuevas, pero también de Pedro Infante y de María Félix, de Tin Tan y de Tongolele. Prácticamente no hubo nadie que lo conociera que no lo estimara. Entre otras cosas, porque tuvo siempre una gran alegría de vivir.

Ahora lo que sigue es hacer el balance de su vastísima obra. Organizar, clasificar y digitalizar su archivo. La tarea es enorme, pero no se puede esperar a que llegue un momento mejor que el presente. Por su misma composición, los materiales de un fotógrafo exigen siempre una atención inmediata. ¿Es una tarea del gobierno mexicano? Sí. Y las instancias del gobierno mexicano enfrentan hoy su insuficiencia para preservar la gran riqueza que sus principales creadores –y en especial los artistas plásticos– desean legar al pueblo de México a través de él.

La Ciudad de México se ha transformado tanto en los últimos años que los nacidos hacia la mitad del siglo pasado la encuentran irreconocible y se preguntan por lo que fue, y si realmente lo que vieron existió.

Héctor García, que vio desaparecer el barrio en que nació, bajo la maquinaria que prometía una ciudad más limpia y más amable, nos daría una bofetada por llorar lo que se ha perdido.

Por lo menos desde el siglo XIX la Ciudad de México se ha convertido en la ilustración perfecta de la tercera ley de la termodinámica: “Nada se crea, nada se pierde, todo se transforma.”

¿Qué pensarán los jóvenes de hoy cuando miran –si miran– esas imágenes en blanco y negro? ¿Les es posible todavía establecer un vínculo con ese mundo remoto cuya estampa no requiere más de dos tintas? Ojalá. La continuidad de la memoria se da siempre a través de la imagen. La imagen nos crea y nos reinventa. Eso fue lo que hizo Héctor García: darnos un rostro colectivo, decirno “esto somos”. Mirar sus fotografías es pensar en él como uno de nuestros grandes escritores.

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