El 1 de julio

Dos Méxicos se enfrentaron en las casillas este 1 de julio del 2012. Dos Méxicos con distintas urgencias, distintas formas de ver el poder, con distintas prioridades.

Un México que se encuentra en torno a la raya de la sobrevivencia desde siempre y otro México que hace tiempo la rebasó, que goza de salarios, de educación, y lo que ahora exige son derechos plenos y bonanza.

Un México que ve al poder de abajo a arriba, como si estuviese siempre de rodillas, como si los que gobiernan estuviesen siempre en el balcón de un palacio inaccesible, y un México que quiere limitar a los que gobiernan a ser administradores eficaces, honrados e imaginativos del bien común, y sujetos a rendir cuentas.

Un México cuyas prioridades son la manutención alimentaria y la seguridad mínima, y otro México que deseaba un cambio profundo.

¿De ese México pobre cuántos votos fueron comprados con despensas y monederos electrónicos y láminas para los techos de sus casas? ¿De ese México que acepta mirar de abajo hacia arriba a los funcionarios cuántos fueron llevados por sus sindicatos y sus caciques a votar?

En las deficiencias de nuestro sistema electoral está la incapacidad de contar ese voto cooptado. ¿Es el 10%, como calculan algunos expertos, el mismo porcentaje que separa al ganador, Enrique Peña Nieto, del segundo lugar, Andrés Manuel López Obrador? No lo sabremos a ciencia cierta.

También esta elección fue un veredicto de los 12 años de gobierno del PAN. El PAN no llevó al país a un estado de justicia y prosperidad suficientes para que fuera imposible el regreso de un PRI idéntico al PRI que gobernó durante el siglo XX.

Y también esta elección fue un veredicto sobre la izquierda, a la que parecía tocar el turno de llegar a la Presidencia por pura lógica de la alternancia. La izquierda supo diagnosticar los males del país –la corrupción endémica, la ausencia de un sistema de justicia, una guerra frontal contra el narco que regó al territorio de sangre y violencia, una concentración del poder y el dinero en las élites, una clase política engreída en sus privilegios–, pero no supo plantear un sueño colectivo para el siglo XXI, suficientemente atractivo para que una mayoría se desprendiera de sus filiaciones acostumbradas.

Y sin embargo, Enrique Peña tendrá que gobernar también para y con esa mitad de México que no votó por él. Su dilema es encarnar lo que sus detractores piensan de él: que es en efecto el regreso del pasado, o asumir sus anhelos de justicia y prosperidad.

Ya nos lo dirán sus primeras acciones. Si abre las puertas del palacio a los 40 ladrones que se acomodaron en los rincones de su campaña, si sabe enfrentar a los monopolios y disolverlos, si cumple su promesa de utilizar su mayoría en el Congreso para aprobar reformas estructurales, si aprende a usar el idioma para nombrar la realidad o sigue la tradición priista de usarlo para enmascararla.

Lo que es seguro es que Peña Nieto no es un exorcista. Esa mitad mexicana que mira al futuro no se esfumará en diciembre. Ahí estará, no de rodillas, no mirando con asombro hacia el balcón del Presidente, sino sonando las alarmas en cuanto éste dé un paso hacia el pasado.

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