Ser oposición

El pronóstico electoral que representa la tendencia expresada por el IFE a las 23:30 del domingo obliga a repensar muchas cosas. ¿Cómo interpretar lo que parece que pasó? No me bastan las explicaciones que circulan sobre la iniquidad de la contienda o la compra de votos. Me resulta difícil pensar que ese porcentaje que puede decidir la Presidencia comulgue con el lado nefasto del PRI (Ulises Ruiz, Mario Marín, Moreira y tantos otros que se han enriquecido corrupta e impunemente).

El voto es, además de una forma de elegir a nuestros gobernantes y representantes, una manera de autoafirmarnos. Si en lugar de pensar que votar es un intento por darle a la sociedad el rumbo que consideramos correcto, vemos esa expresión ciudadana también como una forma de decir “esa persona me gusta, creo en ella”, ¿qué significa entonces un voto por Peña Nieto? ¿Cómo interpretar eso que aparece como un margen de ventaja? ¿Es sólo la fuerza de la maquinaria, el poder del dinero, el respaldo de la televisión, lo que gustó de EPN?

Quiero entender por qué más personas votaron por el PRI que por la izquierda. Me preocupa que nuestros puntos de vista ya están encorsetados en esquemas que impiden realizar un análisis certero. ¿Cómo revisar lo ocurrido de manera autocrítica? La imposibilidad de reconocerle algo bueno al adversario, el convencimiento de que hubo fraude, el ninguneo a las virtudes del contrincante, todas estas malas costumbres derivan en una imposibilidad de pensar las cosas de manera diferente.

Es obvio que nuestras percepciones y evaluaciones de lo que ocurrió en la elección son herederas de nuestras posturas políticas. ¿Qué significa para mí que un número mayor de mexicanos votara una opción que me parecía impensable? ¿Cómo me explico a esa pequeña mayoría? Además de recurrir a la denuncia de la compra del voto –que indudablemente ocurrió–, me interesa comprender los motivos de quienes realmente eligieron votar por EPN, sin amenazas ni dinero ni favores de por medio. ¿Qué piensan, qué sienten, qué imaginan?

Creo que en parte nuestra derrota tiene que ver con la dificultad de ser una izquierda moderna. La modernidad, que creó condiciones culturales distintas, jugó contra nosotros. Es probable que ese cambio cultural también haya influido en ese todavía no precisado porcentaje que decidió la elección: un electorado liberal en valores, optimista respecto de sus propias capacidades, ansioso por renovar las formas de gobierno y representación, deseoso de una izquierda moderna. ¿Fue ese el electorado, el que podía cambiar el rostro del país, el que votó por Peña Nieto?

Ya lo dijo Weber hace años: Las ideas y las imágenes que las gentes se hacen del mundo determinan las vías por las que empujan sus acciones. La forma particular de concebir el mundo tiene consecuencias materiales. Más que preguntar qué fue lo que ofreció el PRI, además de dinero e imagen, me interesa revisar qué fue lo que la izquierda no ofreció. ¿Donde nos equivocamos, qué nos falló?

En caso de que se confirme nuestro fracaso electoral, ¿cómo enfrentará la izquierda su responsabilidad de ser oposición?

El presente de nuestro país ofrece un conjunto de posibilidades, de vida y de relaciones cruzadas por veloces cambios mundiales y afectadas por la rapacidad del mercado financiero, que amenaza con desposeernos de los bienes básicos necesarios para sobrevivir. Estamos mucho más “conectados” que antes, pero eso no elimina las brutales desigualdades y, sobre todo, la polarización ideológica. Nuestro tejido social está desgarrado y es increíblemente difícil predecir la dirección, el pulso y las propensiones de los distintos grupos que conforman la sociedad. De ahí la naturaleza impredecible del cambio social. Las ideas importan, impulsan cambios; sin embargo, las ideas no bastan. Lo que afecta la forma en que vemos el mundo, nuestro mundo, son los cambios materiales. México tiene que cambiar, y el PRI solo no puede hacerse cargo de ese cambio.

Si el margen de ventaja del PRI se sostiene, un margen por demás pequeño, la izquierda deberá recomponerse para ser una buena oposición. Para ser una oposición exitosa, una izquierda moderna debe, además de realizar su crítica social, emprender acciones compartidas que abonen un terreno fértil para un cambio estructural de nuestro sistema político. Hay que ir más allá de la denuncia; hay que hacer valer, con nuestro porcentaje, las propuestas que hemos impulsado. En fin, creo que lo que procede es hacer una autocrítica que nos lleve a imaginar alternativas viables de participación en el rumbo del país. Al ser la segunda fuerza política, la izquierda debe exigir una participación acorde.

Ser oposición es fundamental, pero ante lo que se perfila como una posible derrota, la izquierda corre el riesgo de dejarse invadir por la ira, además de que la sensación de pérdida induce al pesimismo. Temo que, al oscilar entre el pesimismo y la ira, la izquierda rechace participar en la construcción de opciones compartidas. Entre nuestros izquierdistas campean las posturas “puristas”, que valoran la resistencia y rechazan la colaboración. “Nada con ellos”. ¿Entonces qué? ¿Vamos a dejar que gobiernen solos el país, mientras esperamos ganar en el 2018?

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