La escalada sirio-turca

MÉXICO D.F. (apro).- El derribamiento de un avión caza turco por baterías antiaéreas sirias el 22 de junio es sólo el incidente más visible de una guerra solapada que se está librando en la frontera entre Siria y Turquía.

Desde hace meses Ankara ha dejado su papel mediador para ponerse claramente del lado de los opositores al régimen de Damasco, y no sólo en el terreno político y diplomático.

Aunque en un principio el gobierno turco admitió que su Phantom F-4 había incursionado “por error” durante unos minutos en el espacio aéreo sirio, luego aseguró que fue derribado cuando ya había regresado a aguas internacionales. El sirio, por su parte, afirmó que lo derribó a un kilómetro de su costa y que cayó en sus aguas territoriales.

Más allá de lo que digan los peritajes, el hecho es que hay una aeronave caída y dos pilotos turcos muertos, y el incidente saltó del plano bilateral al internacional.

Después de convocar a su Parlamento, el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan contactó a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y solicitó una reunión urgente de la OTAN en Bruselas.

El Artículo 4 de la Alianza Atlántica establece que cualquiera de sus miembros –y Turquía lo es– puede convocar a consultas “cuando sienta que su integridad territorial, su independencia política o su seguridad están amenazadas”.

La OTAN se solidarizó con Turquía. En una declaración conjunta, sus miembros consideraron “este acto como inaceptable y lo condenamos en los términos más duros. Es otro ejemplo del desprecio de las autoridades sirias hacia las normas internacionales, la paz y la seguridad”.

Sin embargo, el secretario general de esta organización, Anders Fogh Rasmussen, aclaró que nunca fue invocado el Artículo 5 del Tratado que prevé la defensa colectiva ante un ataque contra un miembro. Se limitó a grantizar que la Alianza seguirá de cerca la situación y confió en que “no se repita” un incidente similar.

Se repitió. Cinco días después del derribo del caza otro avión turco fue atacado por los sirios, aunque esta vez no dieron en el blanco. Erdogan sostuvo que “desde el 1 de enero de este año el espacio aéreo turco ha sido violado 114 veces por diversas aeronaves sirias y en cinco ocasiones invadido por helicópteros”.

Y aunque insistió en que Turquía no tenía ninguna intención de ir a la guerra, aclaró que las reglas para el ejército turco habían cambiado. “A partir de ahora, cualquier elemento militar procedente de Siria que represente un riesgo de seguridad contra la frontera turca será considerado como un objetivo”.

Acorde con ello Ankara empezó a desplegar tropas en la frontera con Siria, dotadas de vehículos blindados y sistemas antiaéreos. Al mismo tiempo, 13 áreas ubicadas en las provincias del sur del país fueron declaradas temporalmente como zonas militares de seguridad, a las que no se permitirá el acceso de civiles entre el 6 de julio y el 6 de octubre, con el fin de realizar maniobras.

El discurso también subió de tono. Además de advertir que el incidente del caza no quedaría impune, Erdogan dijo que “la paciencia y la sangre fría de Turquía no se deben interpretar como debilidad” y que “su ira puede ser tan violenta como valiosa su amistad”. Hasta el antes conciliador ministro de Exteriores, Ahmet Davotoglu, defensor de la política de “cero problemas con los vecinos”, sentenció que “nadie puede amenazar la seguridad de Turquía ni permitirse poner a prueba sus capacidades militares”.

Siria, por su parte, habría desplegado unos 170 tanques al norte de la ciudad de Aleppo, cercana a la frontera turca, además de que en la fronteriza provincia de Idlib las fuerzas leales al presidente Bashar el Assad “controlan todas las ciudades grandes, muchos de los pueblos y la mayoría de las vías de acceso”, según informes del periodista de la BBC, Jonathan Head, enviado a esa zona.

Damasco, que sostiene que una nave no identificada penetró en su espacio aéreo “volando muy rápidamente y a una altitud muy baja”, lo que la convirtió en objetivo militar, asegura que desde hace meses la aviación turca y los satélites de la OTAN realizan una intensa actividad para transmitir a los rebeldes información sobre los movimientos del ejército sirio, la cantidad de efectivos sobre el terreno y sus puntos de concentración y despliegue. Esto explicaría por qué algunos grupos armados han logrado ocupar por sorpresa y sin mayor resistencia algunas localidades, como la ciudad de Hiffé.

Según algunos analistas, entre ellos Pierre Khalaf, Siria habría derribado el caza turco para enviar varios mensajes en diversas direcciones. El principal: que conoce perfectamente el papel que está desempeñando Turquía en su conflicto interno; que no vacilará en defender su soberanía a cualquier precio e independientemente de las consecuencias; y que dispone de las armas, la preparación y la voluntad para ello.

Por lo pronto, el presidente Assad ya reconoció que su país “vive en un estado real de guerra, desde todas las perspectivas”.

Ankara, que tiempo atrás había mediado exitosamente entre Siria e Israel, intentó al inicio de la crisis hacer lo mismo entre Damasco y la oposición. Para ello, entre otras cosas, acogió en septiembre de 2011 al Consejo Nacional de Transición (CNT) sirio. Este gesto fue mal visto por el gobierno de Assad y, lejos de aminorar, la represión y los combates se intensificaron.

“La inestabilidad de la frontera turco-siria a lo largo de la disputada provincia de Hatay, el latente conflicto con la minoría kurda que ha amenazado con extender la revolución siria a Turquía y la creciente ola de refugiados hacia territorio turco, incluyendo desertores del ejército sirio, llevó al gobierno de Erdogan a mover sus fichas y a asumir una posición contraria a la de su homólogo Assad y cercana a la de sus aliados árabes y occidentales”, explica el politólogo Daniel Rajmil.

Así, en la reunión de la Liga Árabe convocada en noviembre en Rabat y a la que Turquía también asistió, Ankara convalidó la expulsión de Siria de dicho organismo y las sanciones decretadas en su contra, si no cesaba en un plazo establecido la represión. No cesó. Al contrario, grupos progubernamentalas atacaron en Damasco legaciones árabes y las embajadas de Estados Unidos, Francia y Turquía.

Visiblemente molesto, el ministro de Exteriores Davutoglu advirtió que “el régimen sirio pagará muy caro lo que ha hecho”, e inclusive amenazó con suspender las exploraciones petroleras conjuntas con Siria y cortarle el suministro de electricidad.

Para entender la gravedad que esto tendría, baste decir que a pesar de contar con petróleo, Siria no produce suficiente para su consumo, no tiene capacidad de refinación y sus reservas están proximas a agotarse, por lo que debe importar toda clase de productos refinados. En cuanto a la electricidad, su capacidad instalada es deficitaria, lo que la obliga a importar parte del fluido de Turquía y a realizar frecuentes cortes en horas pico, incrementando aún más el descontento de la población.

A la fecha, la primera amenaza ya se ha cumplido con la suspensión de los trabajos de explotación en seis pozos petroleros sirios por parte de la compañía petrolera pública de Turquía, TPAO. El corte de suministro eléctrico no se ha realizado todavía “por razones humanitarias”, pero después del derribo del caza el viceprimer ministro turco, Bulent Arinc, dijo que esta medida ya se está estudiando nuevamente.

Hasta ahora, en todas sus acciones el gobierno de Erdogan ha esgrimido motivos humanitarios. Inclusive ha hablado de abrir un corredor en territorio sirio para evacuar a heridos civiles y ha recibido a unos 30 mil refugiados que huyen por los 900 kilómetros de frontera común. Pero en realidad ha hecho mucho más que eso: ha dado cobijo a opositores armados del régimen de Damasco, agrupados en el Ejército Sirio Libre (ESL), y asilo a desertores del ejército regular sirio, de rango cada vez más alto, que ahora han unido sus fuerzas para combatir al regimen de Assad.

Mezclados con los civiles en los campamentos que se han montado en el lado turco de la frontera, los refugiados se preguntan por qué a los rebeldes se les permite planear y lanzar desde ahí sus ofensivas contra las fuerzas de Damasco, poniéndolos a ellos mismos en peligro, como ya ocurrió en abril, cuando se armó un tiroteo entre tropas sirias y miembros del ESL que se replegaban a territorio turco. “Cruzan la frontera, participan en los combates y luego se regresan”, se quejan.

Pero hay acusaciones más graves. El propio gobierno turco estaría entrenando, financiando y proporcionando información de inteligencia a los rebeldes. El 21 de junio, The New York Times reveló que agentes de la CIA trabajan secretamente en el sur de Turquía para ayudar a su aliado a decidir a qué combatientes se les proporcionan armas para combatir a las tropas de Assad. Éstas incluyen fusiles automáticos, municiones y equipo antitanques, y son introducidas mediante una red de intermediarios a través de la frontera turca.

Como para confirmar estas denuncias, Ankara convocó en su territorio a los llamados “Amigos de Siria”, entre los que además de Turquía están Arabia Saudita, Qatar y la Hermandad Musulmana –ahora gobernante en Egipto– quienes acordaron aportar millones de dólares para apoyar a los rebeldes en su lucha. Erdogan ratificó esta postura después del derribo del Phantom F-4, al declarar que continuará apoyando a la oposición “cueste lo que cueste”.

Aunque nadie quiere hablar de una guerra abierta, lo cierto es que la confrontación armada entre Turquía y Siria ya está en curso, y cualquier error por parte de uno u otro bando puede llevar a una escalada militar de consecuencias imprevisibles.

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