Los signos del derrumbe

Diplomáticos y expertos en Medio Oriente coinciden: el régimen sirio de Bashar al Assad se derrumba. Ello, advierten, no significa el retorno automático de la paz tras año y medio de conflicto interno; por el contrario: existe el riesgo de una guerra de sectas. Ello terminaría por fragmentar a ese país, en el que confluyen los intereses de gobiernos vecinos y de potencias occidentales. En este escenario, el caos y la violencia serán aún mayores y la inestabilidad contaminaría a la región, ya de suyo volátil.

El régimen de Bashar al Assad parece derrumbarse. Los signos son evidentes: los rebeldes multiplican sus ofensivas sobre las ciudades del país, el Ejército pierde poblaciones y puestos fronterizos, los principales miembros de la cúpula militar fueron eliminados en un sorprendente atentado con bomba y se incrementan las deserciones de importantes oficiales militares y políticos que le eran leales.

“Estamos viendo los últimos días del régimen de Assad”, comenta a Proceso un diplomático de un país latinoamericano favorable al gobierno de Damasco, quien se encuentra en Líbano y pide mantener su identidad en el anonimato.

Abundantes son las especulaciones sobre qué va a ocurrir con el presidente sirio: ¿Querrá marchar al exilio? ¿Se lo permitirá su círculo cercano? ¿O se atrincherará hasta la derrota final, tal como ocurrió con el líder libio Muamar el Gadafi?

Todo ello encierra una pregunta más importante: La pérdida del poder por parte de Assad, ¿significará el retorno de la paz o el país caerá en el caos de la guerra sectaria en la que intervendrían gobiernos extranjeros?

A diferencia de Libia, la geografía de Siria es más grande y diversa, su composición demográfica es también más compleja y las organizaciones opositoras al régimen se encuentran divididas, expresan posiciones contradictorias y han mostrado incapacidad crear consensos y presentar un proyecto de nación. Más aún, no tienen control sobre el ESL, que actúa de manera autónoma.

Eventualmente Assad podría atrincherarse en la capital, Damasco, o en las montañas del Mediterráneo, lugar de origen de los alauitas (12% de la población), la secta musulmana chiita a la que pertenece la familia Assad y con cuyo apoyo ha gobernado esta nación desde 1971.

Las fuerzas rebeldes –integradas en su mayoría por sunitas, secta a la que pertenece el 75% de la población—son vistas con recelo por otras minorías religiosas, como cristianos, drusos e incluso los kurdos, quienes en este mes de julio entraron a la guerra con una milicia propia y pueden sentirse tentados de crear –junto con los kurdos de Irak y de Turquía– el Estado que jamás han podido construir.

En esta situación surge el riesgo de una prolongada guerra de sectas, similar a la que vivió Líbano de 1875 a 1991.

Además, pende la amenaza proferida por el régimen del Al Assad: usar armas químicas y biológicas de destrucción masiva –cuya posesión siempre había negado— “en caso de agresión externa”.

¿Qué considera Damasco como agresión externa?

Fuentes extraoficiales señalan que Arabia Saudita, Catar, Estados Unidos y Gran Bretaña apoyan con armas y recursos a los rebeldes. Además, el gobierno sirio denuncia la llegada de milicianos islamistas procedentes de Libia y de otros países, algunos de ellos ligados a Al Qaeda.

 

Ofensiva

 

Los pasados días 24 y 25 de julio aviones de la fuerza aérea siria atacaron barrios del oriente de Aleppo, la segunda ciudad en importancia del país, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Fue la primera vez en que el Ejército atacó con aviones zonas urbanas. Lo hizo sin consideración alguna por la población civil. Ello puso en evidencia tanto el nerviosismo que impera en el régimen como su determinación de usar cualquier recurso para sobrevivir.

De hecho, este ha sido el peor mes para el presidente Assad desde que inició la insurrección, en febrero de 2011.

El pasado 12 de julio, el opositor Ejército Sirio Libre (ESL) lanzó, también por primera ocasión, una ofensiva sobre Damasco. Los rebeldes avanzaron hasta el centro de la ciudad. Los combates se registraron incluso a dos cuadras del Palacio Presidencial. Las tropas del régimen necesitaron 11 días para repeler los ataques y empujar a los rebeldes hacia las afueras de la capital. Aunque el gobierno proclamó su victoria, en los hechos quedó en evidencia su vulnerabilidad: fue desafiado en el centro de su poder.

Además, la ofensiva lo forzó a mover unidades militares de otras regiones para defender la ciudad. Esto fue aprovechado por el ESL: el viernes 20 atacó Aleppo y tomó el control de cuatro puestos fronterizos: tres en los límites con Turquía y uno con los de Irak, lo cual le permite recibir suministros y ayuda militar del extranjero.

El gobierno se vio obligado a mover de nuevo sus unidades militares: ahora de Damasco hacia Aleppo.

Sin embargo, el golpe más devastador se registró el miércoles 18: una bomba estalló en un edificio donde se reunían los miembros de la cúpula de seguridad del régimen, matando al viceministro de Defensa, Assef Shawkat (arquitecto de la política de seguridad y cuñado de Assad), del ministro de Defensa, Dawoud Rajha, y el jefe del Comité Militar, Hassan Turkmani.

El jefe de Inteligencia del régimen, Hisham Bekhtyar, resultó herido en el bombazo. Murió dos días más tarde en el hospital.

El atentado ocurrió justo en la habitación donde los mandos militares realizaban su reunión. El edificio donde se encontraban estaba ubicado en el centro de Damasco, la zona más estrictamente controlada por el Ejército sirio. Además, el inmueble era resguardado por militares leales al régimen. Fue una operación compleja que requirió de informantes y cómplices dentro de los cerrados círculos de la cúpula castrense.

Surgieron las dudas sobre si el ESL fue capaz de llevar a cabo una operación de tal complejidad y con extrema exactitud. Éstas se despejaron el lunes 23, cuando los rebeldes subieron a YouTube un video grabado a la distancia que muestra el edificio en el momento exacto de la explosión.

 

Desbandada

 

El Ejército sirio es el más grande del mundo árabe. Cuenta con 220 mil soldados, 280 mil reservistas y cientos de generales. Desde que inició el conflicto las deserciones se registraron básicamente en soldados y oficiales de bajo rango. Alguna de ellas espectaculares, como la del piloto de un avión caza Mig-21 que escapó el pasado 24 de junio con su nave a Jordania.

Sin embargo, poco a poco las defecciones subieron de nivel, como la del viceministro de Petróleo, Abdo Husameddin, ocurrida en marzo de 2011; o la de siete generales de brigada, en marzo pasado.

Tras los sucesos de este mes de julio –que desmoronó la imagen de invulnerabilidad del régimen—las deserciones se multiplicaron. Políticos y militares que se habían mantenido leales por conveniencia o por miedo (las familias de quienes cambian de bando suelen pagar las consecuencias) vieron en creciente debilitamiento del gobierno la oportunidad para escapar.

Fue significativa la deserción de un estrecho aliado del presidente sirio: el general Malaf Tlass, alto oficial de la Guardia Republicana y patriarca de los Tlas, familia sunita que era el principal vínculo de los Assad con esta secta mayoritaria.

El miércoles 25 Tlass se propuso a sí mismo para encabezar un gobierno de transición: “Permítanme servir a Siria en la era después de Assad”, dijo el general a la cadena de televisión Al Arabiya.

“Si tomamos en cuenta la catarata de deserciones, los asesinatos de alto nivel y el debilitamiento del control sobre Damasco, nos podemos dar cuenta de que el régimen está perdiendo su base de apoyo y de que hay una creciente probabilidad de que sufra un colapso súbito”, afirma a Proceso Shashank Joshi, investigador de la Universidad de Harvard y del Instituto Real de Servicios Unidos (IRSU, con sede en Londres).

La percepción de que el régimen ha entrado en la recta final la han expresado tanto líderes occidentales como árabes sunitas. Sin embargo, es significativo que también la expresen funcionarios de gobiernos aliados a Assad, como el de Rusia, que ha defendido al régimen sirio en el Consejo de Seguridad de la ONU, vetando toda iniciativa de resolución en contra de Damasco.

El domingo 22 Alexander Orlov, embajador de Rusia en Francia, declaró al diario Le Parisien: “Creo que (Al Assad) se va a ir y que él mismo lo comprende, pero habría que organizarlo de manera civilizada”. Tal declaración alimentó los rumores sobre que Assad podría exiliarse en Rusia o en Irán, país cuyo gobierno también es su aliado.

“Me parece difícil que los cercanos a Al Assad lo dejen marcharse”, replica el diplomático latinoamericano en Beirut. “Él y su familia se salvarían, pero la revancha contra su gente y en general contra los miembros de su secta de los alauitas será brutal. Ellos no ven otra salida que resistir. Hay indicios y rumores de que el presidente y los alauitas se retirarán a su región de origen y tratarán de crear un Estado propio allí”.

Esta zona, ubicada en el noroeste del país, es vital para Siria debido a que es su única salida al mar. Se trata de los puertos de Latakia y Tartus (donde Rusia tiene la única base naval militar fuera de sus fronteras) y una cordillera montañosa que corre del sur (Líbano) al norte (Turquía).

Muchos alauitas se verán forzados a seguirlos aunque no apoyen a Assad. La razón: “la gente no nos distingue del régimen y también cobrarán venganza sobre nosotros”, resumió un ciudadano sirio miembro de esta secta en una entrevista que el miércoles 25 difundió la televisora árabe Al Arabiya.

La situación se complica aún más debido a que también existen otras minorías étnicas y religiosas que recelan de la mayoría sunita: cristianos, drusos y kurdos. Éstos últimos se concentran en la porción noreste del país. Reciben apoyo de sus correligionarios de la región autónoma del Kurdistán en Irak y es posible que mantengan contactos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), el cual está en guerra con el ejército turco.

La aspiración de un Kurdistán independiente y unido podría llevar a los kurdos sirios a promover una escisión. A principios de julio éstos formaron una milicia propia: las Unidades de Protección Popular (YPG), integrada por 650 exoficiales kurdos del ejército sirio que fueron entrenados en Erbil, una de las principales ciudades del Kurdistán iraquí.

El YPG se estrenó el miércoles 18 con la toma de los pueblos de Derik, Afrin, Kobani y Girke Lege, en una zona petrolera del noreste. “Además hay un montón de aldeas y poblados más o menos tomados por el YPG”, dice el periodista independiente Benjamin Hiller desde Derik, “donde los soldados sirios se han fortificado en sus cuarteles”.

Así, la diversidad étnica y religiosa, factor que no existió en Libia, complica la situación en Siria y podría derivar en la fragmentación del país.

Los especialistas advierten que este riesgo tendría consecuencias alarmantes para la región, especialmente para el pequeño Líbano, cuya propia guerra de 16 años podría reiniciar dados los vínculos de sus propias sectas con las de Siria.

Turquía e Irak, por su parte, temen precisamente que los kurdos hagan causa común con el PKK y traten de escindir territorios para crear su propio Estado.

“Si no se restablece la autoridad del Estado en un periodo razonable tras el colapso del régimen, las perspectivas de crear una Siria estable y democrática se reducirían todavía más, ya que las milicias locales se fortalecerían, apoyadas por poderes extranjeros interesados en hacerse de aliados, tal como ocurrió en la guerra del Líbano”, explica Joshi.

 

Armas químicas

 

No obstante, el régimen sirio mantiene su Ejército y su arsenal. Después de que durante décadas negó que ocultara armas de destrucción masiva, el martes 24 lo reconoció con un claro tono de amenaza: “Ningún arma química o biológica será empleada durante la actual crisis en Siria…excepto en caso de agresión externa contra el país”, dijo el vocero del Ministerio de Exteriores, Jihad al Maqdisi.

Israel y otros países han manifestado su temor de que, ante el colapso del sistema, estos armamentos puedan caer en manos de grupos terroristas o sean entregados a Hezbolá, la milicia chiita que domina la política libanesa y ha hecho explícita su pretensión de destruir al Estado judío. “Esas armas están almacenadas y custodiadas por las Fuerzas Armadas”, aseguró Maqdisi, pero no tranquilizó a nadie; por el contrario: motivó reacciones inmediatas de líderes árabes y occidentales.

Por ejemplo, el ministro de Exteriores de Gran Bretaña, William Hague, dijo que las advertencias de Damasco eran “inaceptables”. Y señaló que la idea de que Siria es víctima de una agresión extranjera es una “ilusión del régimen”.

Las agencias occidentales de inteligencia creen que las armas de destrucción masiva que posee el régimen de Assad son tanto biológicas (bombas de bacterias) como químicas (gas mostaza, gas sarín y agente nervioso VX), y que emplazadas en los misiles Scud de los que dispone el ejército sirio, podrían causar miles de muertes en Tel Aviv, Estambul, Atenas, Doha o Riad.

El miércoles 25 el Instituto Real de Servicios Unidos (IRSU) difundió un informe en el que advierte que está creciendo la percepción de que se avecina una intervención militar en Siria por parte de potencias occidentales. Señala que ésta no sería motivada por el desastre humanitario en ese país, sino por el peligro de que su gobierno ataque a naciones vecinas con armas químicas o de que su arsenal caiga en manos terroristas.

Michael Clarke, director general del IRSU, afirmó: “El problema de contener el conflicto sirio, prevenir que provoque mayor violencia, fragmente países vecinos e incluso provoque invasiones transfronterizas, es ahora más urgente que terminar con la violencia dentro de la propia Siria”.

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