Cómo escuchar a la ciudadanía

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En teoría, los políticos, los gobernantes, los legisladores y los funcionarios deberían interesarse en lo que le pasa cotidianamente a la ciudadanía, y de manera especial tendrían que escuchar lo que algunos cuantos ciudadanos activos y participativos les plantean como demandas que mejorarían la calidad de vida de cientos de miles de personas.

Pero no existen espacios ni mecanismos que verdaderamente funcionen para transmitir muchas de las demandas y propuestas ciudadanas. A ratos, la sección de “Cartas del lector” en los periódicos cumple parcialmente esa función.

El viernes 27 de julio apareció en la sección “El correo ilustrado” de La Jornada una misiva dirigida a Marcelo Ebrard y al director de Setravi, escrita por Lucía Melgar. En ella les pide que “se hagan cargo de algunos pendientes que van más allá de terminar las obras que su administración ha emprendido y que, sin mucho gasto ni esfuerzo, mejorarían la calidad de vida de nuestra ciudad”.

En su carta, la académica y activista feminista les pide “poner orden en el transporte público”, y enumera varias malas prácticas que todos padecemos en la ciudad: las dobles filas, la grosería de los conductores de transporte público (y también la de los automovilistas privados, diría yo), la agresión de la música a todo volumen en muchas unidades, la forma en que los taxis improvisan bases que obstaculizan las paradas del autobús, obligando a los usuarios del transporte a dar rodeos en el arroyo vehicular. También solicita mejorar el servicio de Metrobús, desde “poner correas colgantes en los barrotes” hasta utilizar el “potencial educativo de la TV”; critica fallas en el servicio de teleurban, pregunta ¿quién revisa los contenidos educativos? y es contundente: “entretener no es educar”.

La suya es una carta crítica, sin adjetivos y con planteamientos claros, ejemplo de lo que es un reclamo exigente y respetuoso. Quienes viven a diario el calvario del transporte público seguro comparten las demandas de Lucía Melgar. Yo también coincido con sus señalamientos, aunque soy automovilista, en parte por las incomodidades de las que ella habla. En otros países he sido usuaria del transporte público, y he viajado feliz en unidades que pasan a intervalos predecibles, lo cual permite programar los tiempos de desplazamiento, con espacio suficiente para no ir apretada como sardina y sin “contaminación auditiva” (léase música a todo volumen), lo cual permite leer o estudiar durante el trayecto.

El gobierno de Ebrard ha dado muestras sustantivas de su voluntad de hacer una política moderna y democrática en nuestra ciudad, pero los usos y costumbres del tránsito vehicular tienen formas brutales de machismo y clasismo: desde las de los choferes de micros que manejan con agresividad machista hasta las de las señoras con camionetotas que hacen gala de una prepotencia clasista impresionante. La barbarie automovilística requiere un proceso de educación cívica. No existe la regla del 1 x 1 para entrar o salir del Periférico y el Viaducto; las motos zigzaguean sin respetar las señales de tránsito y rebasan por la derecha, al igual que algunos cafres automovilistas. Y qué decir de los “tapones”, esas personas que son incapaces de frenarse aunque el semáforo esté en verde, cuando es evidente que no va a dar tiempo para pasar, y acaban obstaculizando el paso de los que vienen en la calle perpendicular. Y rara vez hay policía para hacer respetar esos círculos rojos que justamente se pintaron en algunos cruces para “prevenir” ese tipo de taponamiento. Además, los peatones cruzan por dónde pueden, pero sin registrar que las indicaciones de los semáforos también son para ellos. En lugar de resignarse a que las cosas cambien por el simple paso del tiempo, hay ciudadanos que reclaman y proponen medidas, tal como lo hace cívicamente la doctora Lucía Melgar.

Pocos días luego de publicada su carta cené con una amiga que es funcionaria del Gobierno del DF, y se la comenté. Ella me habló del plan de reposición de las micros que el gobierno está llevando a cabo paulatinamente, por rutas y que se espera vaya aparejado de un cambio en la manera de manejar. Ojalá y así sea. No dudo que nuestro gobierno citadino, consciente de la necesidad de “civilizar” el transporte público, haya avanzado en la modernización de la planta vehicular y –¡espero!– en una rigurosa capacitación a los choferes. Sin embargo hacen falta campañas de comunicación social para informar sobre los derechos y obligaciones tanto de conductores como de peatones, y sobre todo, para ir introduciendo una conciencia sobre las responsabilidades compartidas de quienes circulamos por la ciudad.

Pero, más allá de las medidas educativas que mejorarían la calidad de vida de todos, peatones y automovilistas, regreso al tema del mecanismo de la escucha. Si el diálogo es la base de una política democrática, ¿cómo le vamos a hacer para que se escuchen y se respondan las demandas y propuestas ciudadanas? Soy consciente que hay problemas mucho más graves y urgentes que deben ser atendidos. Pero también es necesario resolver muchas cuestiones micro, que desgastan cotidianamente a millones de personas. Tal vez, mientras se diseña y se implementa un mecanismo ad hoc, habría que exigir que quienes nos gobiernan lean, por lo menos, la sección de cartas de los periódicos.

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