Y pensar que hace diez años… (1)

Y pensar que hace diez años (1)
Esos sí que eran excesos de pornografía
Emilio García Riera
No sólo en las secciones de espectáculos de muchas publicaciones, sino aun en las páginas editoriales de algunos diarios se ha desatado una feroz campaña en contra del cine de autor promovido por el estado durante el pasado sexenio La evidente mala fe y la ignorancia de ciertos “editorialistas” han apoyado, por ejemplo, la irresponsabilidad y aberrante idea propuesta por una agencia internacional de noticias, según la cual el de 1976 fue el peor año en toda la historia del cine nacional, nada menos

Eso es mucho decir, y mucho fiarse, sobre todo, de una mala memoria colectiva Para demostrar hasta qué punto es falsa la idea mencionada, valdría revisar la historia completa del cine mexicano, pero, a efectos de brevedad y en honor del gusto por las efemérides, una ojeada al año de 1967, en el que, como en tantos otros, prácticamente toda la producción cinematográfica corrió a cargo de la iniciativa privada, resulta de lo más ilustrativa Advirtamos de antemano una cosa: que se hicieron en ese año las 80 películas, más o menos, de costumbre en aquellos tiempos, pero que casi todas fueron perpetradas en el plazo mercantilista de tres semanas de filmación Ahora, se dice que el de 1976 resultó el “peor” año porque sólo se hicieron 40 y pico películas, entre otras cosas, pero se oculta mañosamente que fueron realizadas en tiempos de filmación mayores, más racionales, y que con ello se aseguró la ocupación de los trabajadores del cine cuya triste suerte lloran con lágrimas de cocodrilo los malintencionados
A quienes tanto y tan hipócritamente se quejan ahora de “excesos” de erotismo y de pornografía en el cien mexicano reciente, puede dedicárseles el siguiente muestrario de 1967: el director churrero José Díaz Morales, campeón de un cine infecto para voyeurs babeantes, hizo seis (¡) engendros que en su nombre llevaban la fama: las “comedias” Las amiguitas de los ricos, ¡Mujeres! ¡mujeres! ¡mujeres!, El amor y esas cosas y Un nuevo modo de amar y un melodrama que por algo se llamaba No juzgarás a tus padres En tres de las supuestas comedias mencionadas aparecía el inefable Mauricio Garcés, caricatura subdesarrollada del “playboy” sexista a morir, que también fue figura principal de otros dos alardes complacientes, para clase media reprimida, hechos en el año de René Cardona Jr: El matrimonio es como el demonio y El día de la boda
En todas esas películas, lo mismo que en otras “comedias” de 1967 (No se mande profe, de Alberto B Crevenna, Persígalas y alcáncelas, de Raúl de Anda, Ensayo de una noche de bodas, de José María Fernández Unsain, Cómo enfriar a mi marido, de Cardona, Jr, Un latin lover en Acapulco, me casé con un cura, Vírgenes de la nueva ola y Agente 00 sexy, las cuatro últimas de Fernando Cortés), una profusión de chicas en bikini sugería el clásico harem soñado por los entusiastas del ojo de la cerradura A efectos casi siempre de exportación, se incluyeron desnudos (femeninos, claro) en tres cintas con la argentina Libertad Leblanc (los melodramas “lujuriosos” La endemoniada y Esclavas del deseo, ambos de Emilio Gómez *muriel, y la película policiaca Cuatro contra el crimen, de Sergio Véjar), en una cosa bastante infecta de Alfonso Corona Blake titulada Las pecadoras y en un desahogo “bíblico”, El pecado de Adán y Eva, de Miguel Zacarías, ese señor que, según él mismo, no ha hecho ninguna película que no puedan ver sus hijos Claro: las señoras desnudas recibían aún por aquel tiempo el regaño moralista de la hipocresía
A ojos de esa misma hipocrasía, los desnudos y semidesnudos (femeninos, claro) tenían el mérito de no dar mucha idea de humanidad: quienes los hacían podían ser vistos como meros objetos de consumo por la clase media que trataba de conquistar el cine que los contenía Ciertos desnudos (femeninos y masculinos, por cierto) del reciente cine de autor, provocan ahora escándalo porque no aparecen de cosas, sino de verdaderos seres humanos, y eso es tan insoportable como oír en la pantalla las “palabrotas” de uso corriente El escándalo, dicho sea de una vez, lo provoca en el fondo —ni tan en el fondo— la realidad misma cuando logra ser reflejada por la pantalla
Por otra parte, el erotismo para voyeurs “ejecutivos” no sólo se administraba en comedias o melodramas moralistas También había mucho bikini y mucho Acapulco y mucha dolce vita en el buen número de películas mexicanas que en 1967 exhibieron los tristes y subdesarrolladísimos afanes de emular al cine a lo James Bond, o sea, el cine internacional, de superpotencia, que intentaba convencernos de que el mundo estaba regido por la violencia de los “agentes secretos” Viene esto al caso porque el mejor cine mexicano reciente también ha sido acusado de recurrir con exceso a la violencia, y sucede con ello lo mismo que con el erotismo: quienes ponen el grito en el cielo ante las violentas represiones antipopulares que reflejan cintas como Canoa o Actas de Marusia, no veían con tan malos ojos que las réplicas nacionales de James Bond se sirvieran de su “licencia para matar” con suficiencia playboyesca y con toda suerte de armas (algunas adquiribles en el mercado) En un segundo y último artículo se precederá al recuento de las muchas películas nacionales que en 1967 hicieron uso y abuso de un sexo y una violencia que sólo son admisibles para los escandalizados cuando sirven a la enajenación y al envilecimiento del público, o sea, cuando lo separan de la realidad

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