Repaso para mirar la exposición del surrealismo

Hace poco más de setenta y dos años, el 17 de enero de 1940, se inauguró en la Ciudad de México la Exposición Internacional del Surrealismo, organizada por el poeta francés André Breton, el pintor austriaco Wolfgang Paalen y el poeta peruano César Moro –para citarlos en el mismo orden en que aparecen en la portadilla del catálogo que acompañó la muestra–. Se ha escrito mucho en torno de ella y su repercusión se encuentra muy bien documentada en México y el surrealismo (1978), una de las muchas investigaciones valiosas debidas al talento y la acuciosidad de Luis Mario Schneider que el Fondo de Cultura Económica o el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes deberían reeditar.

En ese libro el lector puede enterarse del rechazo frontal que la exposición suscitó en uno de los mejores lectores hispanoamericanos de André Breton en esa época: Luis Cardoza y Aragón, y de las dudas y reticencias con que Octavio Paz contemplaba el surrealismo en aquellos años.

Lo que nunca, por desgracia, podrá documentarse cabalmente, es cómo se originó en realidad esa muestra. No queda sino imaginar lo que ocurrió.

Por supuesto, la participación de Breton, quien había estado en México dos años antes, fue decisiva. Pero él colaboró en la realización de la exhibición desde Francia, allanando, cabe suponer, la consecución de algunas de las obras extranjeras que se exhibieron en la Galería de Arte Mexicano (GAM), de Inés Amor, cuyas puertas se abrieron, sin duda, gracias a la influencia de Diego Rivera.

Lo más probable es que el principal responsable de organizar la exposición en México haya sido César Moro, quien llegó a comienzos de marzo de 1938, con la intención de residir aquí durante algún tiempo.

Moro, único poeta latinoamericano que participó en el movimiento surrealista casi desde la primera hora (vivió en París entre 1925 y 1935) se encontró aquí, de manera imprevista (él venía de vivir tres años en su Lima natal), con André Breton y con su mujer, la pintora Jacqueline Lamba, quienes visitaban México con el propósito de conocer a León Trotski.

A pesar de que Moro tenía muy poco de haber llegado, se convirtió en el guía de los Breton, especialmente durante los primeros días. Y es que, desde el principio, Moro supo hacer de México su casa.

Aun antes de llegar a este país tenía ya varios amigos. Entre ellos, Agustín Lazo, a quien había conocido en París en 1928, y con quien mantuvo amistad toda la vida. Por Lazo conoció a Xavier Villaurrrutia y a otros poetas del grupo congregado alrededor de la revista Contemporáneos. Gracias a ellos comenzó a publicar en revistas mexicanas casi de inmediato: el 1º de mayo de 1938 presentó en el número 27 de Letras de México una breve “Antología del surrealismo”, con poemas de Hans Arp, Breton, Paul Eluard, Giorgio de Chirico, Salvador Dalí, Marcel Duchamp, Alice Paalen, Benjamin Péret y Pablo Picasso, entre otros, todos traducidos por él.

Breton y Moro deben haber hablado sobre la posibilidad de presentar una muestra de pintura surrealista en México durante esos días.

Es importante recordar que Moro ya había organizado una exposición surrealista en el Perú, en mayo de 1935, al poco de su retorno de Francia. Fue la primera exposición surrealista presentada en América Latina.

Fue, sin embargo, una exposición más bien pequeña. Integrada con obras de artistas peruanos y chilenos. En cambio, la exposición que Breton y Moro proyectaron para México incluía obras de diversos artistas de Europa, una exposición de alcance trasatlántico, con la que el surrealismo tendería un puente entre el viejo y el nuevo mundos.

El tercer participante en la organización de la muestra fue Wolfgang Paalen, quien llegó a México después de viajar extensamente por Canadá y los Estados Unidos, el 7 de septiembre de 1939. Correspondió a Moro, una vez más, orientarlo en el laberinto mexicano. Es lógico suponer, por ello, que, más que Paalen, Moro haya sido el impulsor más dedicado y constante de la exposición. (Por algo escribió el principal texto del catálogo.)

Por eso entristece ver el pobre lugar que se le asigna a Moro en esta nueva exposición surrealista, la cuarta de gran envergadura que sobre el tema se ha celebrado en México.1

La muestra que hoy ofrece al publico el Munal debería haber servido para reconsiderar el legado del surrealismo en nuestro país pero, en vez de ello, es una confusa interpretación de ese legado.

Para comenzar, la pieza que da título a la exposición, un cuadro de Diego Rivera inspirado en el título de un libro clave de Breton, es una de las obras menos afortunadas  del gran pintor mexicano, para decirlo suavemente. Es cierto que formó parte de la exposición de 1940, y que su incorporación se justifica simplemente por razones históricas, pero su importancia es más bien marginal.

En cambio se dejan en los márgenes obras que histórica y simbólicamente son mucho más valiosas.

Los dos pequeños cuadros de César Moro que forman parte de la exposición se encuentran en un pasillo en el que la gente apenas se detiene. Y jamás se señala –ni siquiera en la ficha biográfica que le corresponde en la sala de siluetas en la que se identifica a los artistas que integran la exposición– que rarísima vez se ha tenido oportunidad de ver en México la obra pictórica del peruano.

“Tanto mejor”, diría él con su habitual sarcasmo, pero no, la verdad es que es una lástima no darle el relieve adecuado. Quizá Moro no sea un gran artista plástico, pero es, como el chileno Roberto Matta, una de las principales figuras del surrealismo en América Latina, y su presencia en México fue muy importante. Vivió aquí diez años. Su obra tendría que haber sido mucho mejor valorada en esta muestra.

Hay, por supuesto, maravillas que ameritan visitar el Munal no sólo una, sino varias veces; piezas que valen por sí solas una peregrinación a cualquier parte, como Mesa, de Alberto Giacometti (su inclusión cumple, en cierta forma, el deseo expresado por los organizadores de la muestra de 1940 por mostrar al público mexicano algo del arte escultórico surrealista) o como Los días de la calle de Gabino Barreda, de Gunther Gerzso, que tampoco suele estar a la vista del público. También hay que contar las fantásticas figuras de Man Ray; el óleo de Jacqueline Lamba –que permite constatar que era una artista notable por derecho propio y no sólo por ser la “mujer de Breton”–; los dos cuadros de Roberto Matta; las cuatro telas de Joan Miró; la hermosa Deirdre, de Dorothea Tanning (desaparecida en enero de este año), y la Acrópolis, de Paul Delvaux, que ya había sido exhibida en México en 1974, en el marco de la muestra Tres maestros de la imaginación: James Ensor, René Magritte, Paul Delvaux.

Pero a pesar de esas y otras obras espléndidas la exposición carece de un discurso que le otorgue coherencia. Y resulta lamentable la inclusión de obras de artistas como  Raúl Anguiano o Mario Orozco Rivera que nada tienen que ver con el surrealismo y ni siquiera se pueden calificar de “para surrealistas”. Doblemente lamentable, sobre todo, por la ausencia de Agustín Lazo, uno de los artistas plásticos mexicanos que sin lugar a duda estuvieron ligados al surrealismo.  l

 

1La segunda, El arte del Surrealismo, patrocinada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York,  tuvo lugar en nuestro Museo de Arte Moderno, en 1973; la tercera, Los surrealistas en México, se presentó en el Munal, en 1986.

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