Afloran los racismos

La matanza de 34 mineros en Sudáfrica el jueves 16 trajo a la memoria de los sudafricanos los tiempos del apartheid, la política blanca que mantuvo a los negros de ese país en condiciones infrahumanas. Pero también agitó el fantasma del otro racismo, el de los negros que quieren una nación sin blancos. Los trabajadores de las minas, en huelga por aumento salarial, sin proponérselo se volvieron parte del golpeteo interno del partido gobernante: el CNA.

La pesadilla del régimen racista del apartheid regresó al sueño de los sudafricanos con brutal violencia el jueves 16, cuando tres minutos de disparos cerrados de la policía contra un grupo de mineros en huelga acabó con 34 vidas, elevando la cuota de víctimas de ese conflicto laboral a 44.

Pero la sangrienta represión no es el único hecho que remite al pasado predemocrático de Sudáfrica, que supuestamente terminó en 1994. Lo más preocupante es que las promesas de bienestar y armonía que acompañaron el nacimiento de la Nación Arcoíris, fundada por Nelson Mandela, están lejos de materializarse y esto se refleja en un extendido descontento popular del que el movimiento minero sólo es una vertiente.

La ostentación de una élite negra incorporada al poder económico blanco genera frustración entre la mayoría que sigue viviendo en condiciones de marginación, con un desempleo de 25% entre la población en general, que alcanza 40% de la mayoría negra (80% de los sudafricanos).

“La gente en los pueblos, las áreas rurales y los asentamientos irregulares se siente amargada porque la democracia no ha entregado los frutos que prometió y que vemos que disfruta una pequeña élite”, dice Jay Naydoo, exsecretario general de la Confederación de Sindicatos Sudafricanos (Cosatu) y exministro del gobierno.

El resultado es una radicalización de diversos sectores de la sociedad y un nuevo auge en los discursos de odio racial.

Se extienden las huelgas mineras, el gobierno se ve incapaz de gestionar soluciones tras declararse “de luto” por la matanza y dirigentes extremistas, como el exlíder juvenil Julius Malema, se montan sobre la inconformidad para proyectarse a escala nacional y pedir la renuncia del presidente Jacob Zuma quien, mientras tanto, se preocupa por decirles a las mujeres que su deber es casarse y tener hijos.

 

“Aunque nos maten”

 

En la zona rural en la que se ubica la mina Marikana, 100 kilómetros al noroeste de Johannesburgo, la policía tenía órdenes de evitar que los 3 mil trabajadores impidieran el acceso al centro laboral. Los uniformados forzaron a los mineros a entrar a un área cercada con alambre de púas y cuya entrada bloqueó con camiones blindados.

Cuando los mineros trataron de escapar entre los vehículos fueron recibidos por 180 segundos de disparos de armas automáticas. Las vidas de 34 hombres se perdieron en ese momento. Algunos podrían haber sobrevivido, pero las ambulancias tardaron una hora en llegar. Otros 78 resultaron heridos y 257 cayeron presos.

Marikana es una mina de platino, metal de cuya producción mundial Sudáfrica concentra 75%. Es explotada por Lonmin, compañía británica, la tercera más grande en Sudáfrica. Sus trabajadores entraron en huelga en demanda de que se eleve su salario mensual de 4 mil rands (poco más de 6 mil 300 pesos) a 12 mil 500 (unos 20 mil pesos).

“Todo lo que ven” los mineros, ilustra Jay Naydoo, “es la obscenidad de la riqueza enorme y el crecimiento del abismo de desigualdad. Las minas de platino en las que trabajan producen un metal precioso del que se hace joyería que adorna los cuellos de los ricos, y convertidores catalíticos para los coches que maneja la clase media. En cambio ellos viven en casuchas, en asentamientos irregulares sin servicios. Están indignados”.

El frenón económico en Europa ha provocado un descenso en la producción de automóviles y, en consecuencia, una caída en los precios del platino, que pasó de 2 mil 250 dólares por onza troy en marzo de 2008 a mil 396 dólares el pasado miércoles 1. Aunque paradójicamente la matanza los hizo subir a mil 526 dólares el miércoles 22, las perspectivas económicas de las empresas del ramo siguen siendo malas y Lonmin asegura que no puede subir los salarios.

Para los mineros –que saben que Ian Farmer, presidente de Lonmin, ganó 1 millón 800 mil dólares el año pasado (según Businessweek)– ese argumento suena hueco.

Y la matanza no los ha hecho reconsiderar su posición: ante un ultimátum de la empresa, que amenazó con despedir a todos los que no se presentaran a laborar el martes 21, respondieron reafirmando sus intenciones de llegar hasta el final, como recogió la prensa sudafricana.

“Ya ha muerto gente así que no nos queda nada más que perder”, declaró el minero Kaizer Madiba al South African Times el viernes 17. “Seguiremos peleando por lo que creemos que es una lucha legítima por salarios para vivir. Preferiríamos morir como nuestros camaradas antes que echarnos para atrás”.

Otro le dijo al Mail & Guardian el viernes 17: “Es mejor morir que trabajar por esa mierda. No voy a dejar de hacer huelga. Vamos a protestar hasta que obtengamos lo que queremos. La policía puede tratar de matarnos, pero no nos moveremos”.

 

Joven incómodo

 

El ejemplo de resistencia de los mineros de Marikana ha sido tomado en el país como una gesta digna de ser imitada, aunque hasta ahora esto sólo ha ocurrido entre trabajadores de otras compañías extractoras de platino: el miércoles 22, mil 500 mineros de Royal Bafokeng Platinum iniciaron una huelga mientras las directivas de Anglo-American Platinum, Impala Platinum Holdings y Aquarius Platinum han recibido pliegos de demandas laborales.

Un posible contagio de huelgas a otras regiones y sectores económicos no es el único de los dolores de cabeza para Zuma. También lo es que se trata de una oportunidad que figuras rivales de su propio partido están aprovechando.

En Sudáfrica, un país en el que el Congreso Nacional Africano (CNA) ha ganado cada elección desde que acabó el apartheid (1994, 1999, 2004, 2009) con más de 60% de los votos, no importa tanto el descontento de los partidos de oposición (que el martes 21 exigieron en el Parlamento investigar quién había ordenado o autorizado el uso de armas de fuego en Marikana) sino las disputas internas del partido gobernante.

El padre de la Nación Arcoíris, Nelson Mandela, sólo gobernó un periodo como presidente. En su lugar quedó durante una década Thabo Mbeki, un político de la tribu xhosa al que el ala izquierda del CNA acusó de beneficiar a los magnates empresariales.

El vicepresidente Zuma, carismático y polémico dirigente zulú de 70 años se apoyó en la Cosatu y en la Liga Juvenil del CNA para acorralar a Mbeki en una feroz lucha pública que incluyó procesos judiciales e investigaciones ilegales. Esto llevó inicialmente a la destitución de Zuma en 2005 y más tarde a la derrota de Mbeki en su partido y la elección de su rival como mandatario en 2009.

Julius Malema (hoy de 31 años y líder de la Liga Juvenil en 2008 tras un proceso violento que él mismo describió como de “conductas inadecuadas”), quien alguna vez había declarado que “podría matar” por Zuma, se convirtió en opositor del presidente asegurando que éste pactó con la oligarquía y ganando popularidad al asumir posturas extremas, como instigar el odio contra los blancos.

En 2010 durante una visita a Zimbabue, un país que se ha despeñado económicamente durante la dictadura de Robert Mugabe y que se ha caracterizado por matanzas y encarcelamientos masivos de opositores y por la persecución contra la minoría blanca, Malema presentó el apoyo irrestricto de la Liga Juvenil a Mugabe, a quien consideró un héroe. El CNA, cuyo gobierno tenía la responsabilidad de ser árbitro entre el mandatario zimbabuano y sus opositores, descalificó el acto de Malema.

En paralelo el joven dirigente sostenía una campaña de condena contra la población blanca y utilizaba un antiguo himno de lucha llamado “Shoot the boer” (dispárale al boer), en el que se llama a asesinar blancos, y que está prohibido por su contenido racista.

Durante 2011 organizó manifestaciones con el lema “Sudáfrica sólo para los negros”. En septiembre de ese año un juzgado lo halló culpable del delito de “discursos de odio” y le impuso una multa. En abril de 2012, por ésta y otras faltas de disciplina, como agresiones y amenazas contra periodistas, fraude, lavado de dinero y corrupción al hacerse de contratos públicos, Malema fue expulsado del CNA.

 

Zuma vs. Malema

 

El descontento minero fue la vía que halló Malema para regresar a la política y convertirse en héroe popular.

Convenció a los inconformes de que era posible exigir y obtener que se triplicaran los sueldos, pese a la caída del precio del platino, y acusó a los dirigentes de la Unión Nacional de Mineros (UNM, de exigencias más moderadas) de favorecer los intereses empresariales. De esta forma respaldó a la joven Asociación de Mineros y Sindicato de Construcción (AMSC), que ya agrupa a 21% de los 28 mil trabajadores de Lonmin en todo el país, según la empresa.

La Cosatu, a la que está afiliada la UNM y que sigue siendo aliada de Zuma, denunció el martes 14 que la minoría de afiliados a la AMSC promueve “la violencia como una estrategia política para intimidar a los trabajadores y forzarlos” a unírsele. Ése fue el día en que empezó la huelga, dos jornadas antes de la matanza del jueves 16, y ya había una decena de muertos: dos policías, dos guardias de seguridad y seis mineros asesinados en enfrentamientos intersindicales.

Hasta ese momento Malema tenía a la opinión pública en contra, acusado de generar divisiones. Pero la matanza de Marikana cambió el escenario. La sociedad sudafricana recordó masacres del apartheid, como la de Sharpeville (69 muertos en 1960) y la de Soweto (en 1976 con más de 700 víctimas). El gobierno de Zuma formó una comisión para investigar la actuación policiaca, le exigió a Lonmin retirar la amenaza de despedir a los mineros y cayó en el silencio.

Ante la negativa de las autoridades a explicar qué planes tiene para evitar nuevas tragedias –ya que “el presidente ha decretado que se mantenga el duelo toda la semana”– el Mail & Guardian tituló el miércoles 22: El gobierno no quiere hablar; está de luto. Esto pese a que Zuma había aparecido en la televisión dominical tres días después de la matanza a comentar en tono relajado la boda de una de sus hijas y decir que el que las mujeres no se casen “es un problema en la sociedad”, pues “es una distorsión, tienes que tener niños”.

La actitud de Malema no pudo ser más contrastante: “Ustedes nunca deben retirarse, incluso frente a la muerte”, dijo en un mitin en Marikana el sábado 18.

Y tocó un tema que despierta fuertes emociones: acusó a Cyril Ramaphosa –un antiguo luchador contra el régimen racista que hoy es miembro del comité ejecutivo del CNA y destacado empresario de “The Fab Four” (los cuatro fantásticos), la exclusiva y ostentosa élite de negros con influencias en el gobierno a quienes las más grandes compañías de blancos han incorporado a sus órganos de dirección– de ser uno de los dueños de la mina.

“Lonmin tiene altas conexiones políticas, por eso mataron a nuestra gente. Los mataron para proteger las acciones de Cyril Ramaphosa”, dijo.

Era un gancho dirigido al hígado del poder político y económico de Sudáfrica y una bofetada a una sociedad que a 18 años de la caída del apartheid no ha sacado de la pobreza a la mayoría negra ni resuelto el problema de la conflictividad racial.

El jueves 23, en el funeral de los 34 mineros, Malema pidió la renuncia de Zuma pues “el gobierno democráticamente electo se ha vuelto contra su pueblo” y exigió la nacionalización de las minas: “No nos detendremos hasta que los blancos accedan”.

“Mucha gente morirá mientras peleamos por libertad económica”, sentenció, alentando los cánticos de guerra de tres mil mineros en huelga.

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