Salvajismo inaudito

Las atrocidades en que incurren las fuerzas armadas de Israel están yendo mucho más allá de las vejaciones y ataques armados documentados históricamente contra el pueblo palestino; la crueldad de soldados y oficiales israelíes alcanza a la población más vulnerable: niños y adolescentes de los territorios ocupados. El pasado 25 de agosto la ONG Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), con sede en Israel, publicó una serie de testimonios de exsoldados que narran con detalle las humillaciones y maltratos a los que sometieron diariamente a niños y jóvenes palestinos entre 2005 y 2011. Las descripciones son inauditas…

PARÍS.- “Estábamos en la ciudad de Ariel, en la que instalamos puestos de control sin entender por qué lo hacíamos. Algunos años más tarde, en lo más hondo de su ser, uno piensa: ‘¡Qué cosas impensables hice allá…’!

“Uno está en un puesto de control. Pasan las horas. Crece el aburrimiento. Horas y horas sentado en el mismo lugar…

“Una vez unos niños pasaron cerca. Un compañero, un reservista que hablaba árabe, quiso preguntarles qué estudiaban. No tenía mala intención. Entonces vi cómo uno de los muchachos se orinó en su pantalón mientras mi compañero intentaba parlotear con él. Vi hasta qué punto nuestros dos mundos estaban realmente desconectados. El tipo parloteaba y el niño estaba paralizado por el terror.”

Testimonio de un sargento reservista.
Ciudad de Nablus, Cisjordania, 2006.

 

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“–Usted mencionó que el comandante en jefe adjunto maltrató al niño detenido cuando estaba en Gross Post.

“–Todos lo hicimos. El niño sacó al comandante de quicio con sus llantos. Yo mismo veía a los palestinos como gusanos en cierta forma.  Recuerdo que los odiaba, los odiaba. ¡Era tan racista cuando estaba allá!  Estaba tan enfadado con ellos porque eran sucios y miserables, por toda esa puta situación. Tú tiras una piedra. ¿Y qué ganas con eso? ¿Por qué me obligas a detenerte? No hagas eso. Lo maltratábamos por desesperanza, no necesariamente porque éramos violentos. Pienso que inclusive estallábamos de risa. Ahora, cuando recuerdo eso pienso que nos sentíamos perdidos en esa situación. Lo maltratábamos como para decirle: ‘¡Basta! ¡Ya no llores! ¡Nos vuelves locos!’. Y todos le gritamos encima: ‘¡Párale! ¡Párale!’ Le gritábamos palabras árabes. Las que conocíamos. Eran pocas y absurdas. Eran palabras como ‘bien’ o ‘cómo te llamas’…”

Testimonio de un sargento. Hebrón, 2010.

 

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Mientras el mundo especula sobre un eventual bombardeo de instalaciones nucleares iraníes por Israel, cayó en el olvido la dramática situación que siguen padeciendo los palestinos en los territorios ocupados.

Fue precisamente para luchar contra semejante amnesia que la  organización Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), con sede en Israel, publicó el pasado 25 agosto testimonios de 37 exsoldados israelíes sobre la violencia que ejercieron diariamente contra niños y jóvenes palestinos entre 2005 y 2011. El informe, sobriamente titulado Breaking the Silence. Children and Youth. Soldiers’ Testimonies 2005-2011, es el noveno que publica la ONG desde su fundación.

Breaking the Silence fue creada en 2000 por veteranos que sirvieron en las fuerzas armadas hebreas durante la segunda Intifada. Su meta es  dar a conocer la “rutina de represión” que padecen los palestinos en Cisjordania y obligar a sus compatriotas a reflexionar sobre el costo moral de semejante represión para la sociedad israelí.

Los testimonios son impresionantes. Describen cómo los soldados se desatan contra adolescentes y pequeñitos. Pintan el terror en el que viven los muchachos y los niños, un terror cuyas huellas serán indelebles. Pintan también el terror de los soldados asediados por piedras y armas en revueltas que muy a menudo ellos mismos provocan. Insisten sobre los esfuerzos de los militares por deshumanizar a los palestinos, niños y adultos. Revelan reflexiones angustiadas de algunos soldados que perciben clara o confusamente que estas acciones los lleva a perder su propia humanidad.

Breaking the Silence nunca identifica a los testigos. Sólo señala el lugar donde sirvieron y su rango militar. Asegura que procede a rigurosos análisis de información antes de publicar sus informes. De hecho hasta ahora la organización nunca ha sido demandada por difamación o alteración de la verdad. A veces los testimonios se publican como relatos, otras como entrevistas con investigadores de la ONG.

Muchos soldados citados en ese informe sirvieron en Hebrón. Es el caso de un sargento que pasó todo el 2006 en esa ciudad y describe el trato que el comandante de su compañía impuso a un niño de alrededor de 14 años. El joven se rehusaba a ser revisado con rayos X.

“Miré al niño durante un segundo, lo empujé con el hombro hasta que chocara con el muro. Se volvió como salvaje. El comandante siguió gritándole en hebreo, no en árabe. Luego calló. El niño levantó las manos para secarse las lágrimas. El comandante lo golpeó en la cara. El muchachito bajó los brazos dejando que colgaran a lo largo de su cuerpo. Entonces empezaron a lloverle bofetadas, más y más bofetadas…

“El niño ya estaba emitiendo alaridos. Era realmente aterrador. La gente de los alrededores empezó a agruparse cerca del puesto de control. Recuerdo que el comandante salió y les dijo: ‘Todo está bien’. Luego le gritó al niño: ‘¡Quédate allí. No te muevas!’ Llamó al jefe del puesto de control. Volvió a  pararse frente al niño y dijo: ‘Es así como se debe tratarlos’… abofeteó dos veces más al niño y lo dejó ir.”

Comenta el militar:

“Es una historia malsana. Recuerdo que estaba sentado en el jeep, viendo lo que pasaba y pensando: Esperé tres años para poder alistarme. Entré en el ejército con la idea de parar ese tipo de cosas y aquí estoy, sin hacer nada. Decidí no hacer nada. ¿Me siento bien con eso? Recuerdo que me contesté a mí mismo: Sí, me siento bien con eso. Está golpeando a un árabe y no hago nada para evitarlo. Estaba consciente de que no hacía nada porque realmente ese comandante me daba pavor. ¿Y qué? ¿Acaso yo tenía que salir fuera del jeep y decirle: ‘¡Basta! Lo que está haciendo es estúpido?’”

Otro sargento, que sirvió también en Hebrón, narra cómo un niño resultó mortalmente herido por una bala de hule que un oficial disparó para dispersar a adolescentes que tiraban piedras contra los soldados.

“–¿Está permitido usar balas de hule en estos casos? ¿Es el procedimiento?

“–En cierta forma. Al principio no era así, creo. Pero ahora, hasta cierto punto, sí se permite. A veces se usan gases lacrimógenos. Pero en un momento dado el oficial disparó en las piernas de los jóvenes con balas de hule a una muy corta distancia. No sé por qué. Estábamos a 20 metros de ellos nada más. En el instante en que disparó, un niño se agachó para recoger una piedra. La bala lo alcanzó en la frente.

“Se armó todo un alboroto para poder atenderlo. Llegó un médico, luego una ambulancia israelí, luego una árabe… El chavo estaba en un estado crítico porque la mitad de su cerebro se le había salido del cráneo. Tomó mucho tiempo llevarlo al hospital. Creo que murió dos días después. Si uno se limita a los hechos mismos, puede pensar que el oficial lo hizo a propósito. Pero mi relación con él me permite decir que no fue intencional.”

Varios soldados reconocen que ellos mismos o sus compañeros han provocado motines porque “se aburrían y necesitaban acción” o porque seguían la línea dura de algún comandante. Según enfatizan, la manera más segura de enfurecer a los palestinos y llevarlos a amotinarse es arremeter con la mezquita durante sus oraciones del viernes.

Confía un sargento que pasó dos años en Hebrón entre 2006 y 2008:

“En Hebrón los provocábamos hasta enloquecerlos. Después avisábamos al comandante de la compañía porque necesitábamos instrucciones especiales para reprimir a los revoltosos. Llegaba el comandante y decía: ‘Tomen en cuenta eso y eso. Y disparen en las rodillas’. Teníamos un comandante muy cerrado y que además odiaba  realmente a los árabes.

“Ya se había prendido un motín terrible. Nos tiraban bloques de concreto desde los techos. Nunca había visto una revuelta de ese tamaño en Hebrón. Estaban furibundos porque habíamos tirado granadas en la mezquita mientras rezaban.”

Según el testigo la represión se abatió de igual forma contra adultos y niños. Otro soldado, quien estuvo en la frontera con la franja de Gaza en 2008, admite que para sus superiores no había diferencia alguna entre un menor de edad y un adulto.

“No se les consideraba como niños, sino como ‘gentes que ayudaban a los terroristas’. No se percibían como pequeñitos. Era lo que se nos inculcaba.”

Un sargento que sirvió en la ciudad cisjordana de Salfit en 2009  cuenta lo que ocurrió en el pueblo de Hares:

“Nos tocó tomar una escuela. Ya era un problema en sí apoderarse de un centro de educación para convertirlo en centro de detención… Bueno, tomamos la escuela y nos tocó detener a todos los palestinos de 17 a 50 años. El operativo empezó por la mañana y duró hasta la una de la tarde del día siguiente. Llegó todo tipo de personas a la escuela. Tenían las manos atadas con esposas de plástico y los ojos vendados.

“Cuando uno de ellos pedía ir al baño, los soldados lo llevaban y lo golpeaban sin razón alguna. Nada justificaba estos golpes. Se llevaron a un árabe que quería orinar. En el baño un soldado empezó a golpearlo hasta que cayó al suelo. Estaba esposado y con los ojos vendados. Tenía 15 años. No había hecho nada.”

Varios soldados hacen hincapié en la perversidad de algunos de sus compañeros de armas. Entre varios ejemplos destacan tres:

“Se sube al niño al vehículo todoterreno blindado de la patrulla y allí se le golpea. Luego lo sueltan al otro extremo de la ciudad. Para regresar a su casa le toca pasar por puestos de vigilancia y casamatas. En cada uno lo vuelven a golpear. No sólo le toca recorrer a pie un largo camino para poder regresar a su domicilio, sino que sufre más y más golpizas.”

El segundo ejemplo también es cruel. Evoca lo que tuvo que aguantar un muchacho de apenas 14 años acusado de tirar piedras contra soldados israelíes. Los militares catearon su casa. Lo encontraron escondido en un clóset…

“Estaba espantado. Acababa de entender que lo habíamos agarrado. Intentó escaparse. Luego vio a mi compañero en la puerta de entrada de la casa. Renunció a huir. Lo sacamos. Teníamos un comandante que era bastante chiflado. Golpeó al niño y le dijo: ‘Espérate. Ahora te vamos a llevar’.

“Le enseñaba todo tipo de bache en el camino. Le preguntaba: ‘¿Te quieres morir? ¿Te quieres morir aquí mismo?’ Y el muchacho decía: ‘No, no…’.

“–¿En árabe?

“–Sí. Él hablaba bien árabe. Bueno, empezamos a caminar.

“–¿Que pasó?

“–Caminamos. Caminamos. El comandante le enseñaba baches en el camino.

“– ‘¿Te quieres morir?’, ‘No, no…’ Lo metieron en un edificio en construcción. El comandante encontró un palo y lo rompió golpeando al chico. Pero el muchacho no lloraba, se lo aseguro. Era bastante aguantador. Tenía alrededor de 14 años. Delgadito.

“El comandante le dio una piedra y le dijo ‘Tírale esa piedra a él’. Hablaba de mí. Miré fijamente a mi jefe ‘¿Qué?’ ‘Ya, tírale’. Lo golpeó en la cara. ‘¿Qué, no eres muy hombre? Tírale a él’. Lo volvió a golpear. El muchacho entendió que se le ordenaba que me tirara la piedra. Lo hizo. Pero sin violencia alguna.

“El comandante dijo: ‘¡Con que tiras piedras a un soldado!’ Llovieron aún más golpes, más fuertes. (…) Entonces uno de los soldados le dijo al oficial: ‘Se te está pasando la mano. No queremos salir de aquí con un cadáver. Las familias siguen afuera’.”

“–¿Sólo lo golpeó el comandante?

“–No. Otro soldado intervino también, pero le dio menos duro. El comandante era despiadado. El muchacho ya no podía pararse y lloraba. No podía más. Ahora sí lloraba. El comandante le dijo: ‘¡Párate!’. Quería  obligarlo a levantarse. No lo logró. El chico realmente no podía. Lo habían golpeado tanto que le era imposible pararse.

“El comandante le gritó: ‘¡Basta con tu circo!’, y le dio puntapiés… Entonces llegó otro compañero, que no aguantaba ese tipo de cosas. Dijo: ‘No lo toques más’. El comandante contestó: ‘¿Qué te pasa, maldito izquierdista?’. El otro insistió: ‘No quiero que se hagan semejantes cosas’. Era un tipo sensible, estudiante de medicina, uno de los buenos compañeros del grupo.”

 

* * *

El tercer caso de ferocidad se dio en Hebrón y dista de ser una excepción:

“El puesto de control de la Farmacia era realmente un puesto de hostigamiento. Uno de nuestros hombres solía detener a muchachos y los obligaba a pegarse contra la pared con las piernas bien abiertas. Luego les pegaba en la entrepierna con una vara metálica y les ordenaba: ‘¡Canta! ¡Repite después de mí…!’ ‘No’, decían los niños. ‘No. Jamás’. Tenían que gritar el himno nacional israelí después de él. Y si no cantaban con buen ritmo, les golpeaba las rodillas con la vara metálica. Hacía eso muy a menudo, cada vez que se le pegaba la gana. Nuestro batallón era conocido por ese tipo de cosas. Es tan absurdo. Uno acaba desesperado.”

Dos soldados explican cómo se suele usar a niños palestinos para catear ‘casas de terroristas’, sin respetar en absoluto la decisión de la Corte Suprema de Justicia que prohibió en 2002 el llamado neighbour procedure (procedimiento del vecino).

Enfatiza un sargento:

“Se recurre al procedimiento del vecino cuando se busca detener a alguien. Se escoge a un vecino, alguien que vive en la casa contigua a la del individuo buscado, se le da la orden de entrar en ella y de hacer que salgan todos sus habitantes (…) Así procedíamos. Se trataba de un método totalmente ilegal. Además, peor aún, usábamos a mujeres y niños.

“–¿Recuerda un ejemplo específico?

“–Sí. Creo que fue en Tul Karm. Nos topamos con una situación compleja de casas muy pegadas las unas a las otras. Sacamos a todo el mundo. Pero no encontramos a la persona que perseguíamos. Nos daba pavor meternos en la casa. Primero enviamos a unos vecinos. Y luego usamos a un niño. Se llamaba Bilal. Lo recuerdo porque me dio mucho coraje que se hiciera eso. Lo mandaron por todas partes, le pidieron que viera si había alguien adentro. Le tocó abrir todas las puertas, todas las ventanas, prender todas las luces.”

El sargento dice que tenía frecuentes roces con su superior sobre el método de los escudos humanos.

“El comandante me dijo: ‘Sé que es ilegal, pero no quiero que maten a uno de mis hombres entrando en esa casa. Mejor que se echen a tal o tal vecino, a esa madre o a esa mujer.’”

El investigador de Breaking the Silence quiere saber cómo se escoge al vecino, adulto o menor de edad.

“–¿Usted se acerca a alguien y le dice: ‘Venga conmigo’. Y él contesta: ‘No quiero’.

“–Nadie contesta que no quiere. Cuando usted golpea a la puerta de alguien en medio de la noche y luego le apunta con un fusil y lo ciega con una antorcha, cuando usted le ordena que se encuere por completo para ver si no está armado, cuando usted empieza a preguntarle quién vive en tal casa, pues esta persona no tiene realmente la posibilidad de expresar lo que quiere o no quiere hacer.”

El sargento recalca que finalmente ese día logró que no se usaran escudos humanos para catear las casas. Dejó el lugar. Volvió la noche siguiente.

“Entramos de nuevo en Jenin y de nuevo se usó a un niño y a una mujer. Después de un tiempo oí por la radio que nadie podía enviar a mujeres o a niños a catear casas, que se podía eventualmente recurrir a hombres adultos y sólo con la autorización de quien dirigía los operativos en el terreno. Estos fueron los grandes cambios… Pero sé que siguió habiendo casos de procedimientos de vecino. No sé si se usaron niños. Estoy convencido de que se sigue haciendo lo mismo.”

 

* * *

Los soldados israelíes no escapan al miedo. Y su peor pesadilla es quedarse atrapados en medio de una revuelta palestina. Uno de ellos recuerda que creyó haber estado viviendo su última hora en Nabluz en 2006:

“Nos tiraban de todo. Nos disparaban de todas partes. Oíamos los disparos como si estuviéramos a solo un metro de los francotiradores. Y no  sabíamos de dónde venían los disparos. No sabíamos quiénes disparaban. No veíamos nada. (…)

“El tipo al lado mío disparó en el piso para obligarlos a salir corriendo. Y de repente oí “¡glup!” Miré la calle. Un niño estaba tendido en el suelo. Sangraba. La multitud ya se había ido. No sé qué pasó luego con él. No sé si murió o no. Recuerdo que vinieron a buscarlo. Ese día se mató a cuatro palestinos. Nadie de nosotros habló de eso. No hubo investigación.

“–¿Todo empezó cuando su jeep se estancó y tuvo que ser remolcado?

“–Estábamos en nuestro camino de regreso cuando nos quedamos varados. (…) Eso originó la revuelta más violenta que experimenté y le puedo asegurar que viví muchas. Nos disparaban, nos lanzaban explosivos, nos arrojaban piedras, refrigeradores, lavaplatos, todo lo que tenían a la mano. Recuerdo que ni siquiera podía orinarme por tanto estrés. Nos quedamos atrapados así 10 horas. Es mucho tiempo. (…)

“–¿Qué pasó con el tipo que disparó contra el niño?

“–Recuerdo que le dije: ‘Estoy seguro de que te sientes muy mal después de eso’. Pero en realidad no quería meterme. En mi grupo yo era el único en preocuparme por esas cosas. No solía tocar mucho el tema ni hablar demasiado.”

Uno de los últimos relatos del informe se refiere a la detención de niños de 13 años. Ellos se negaban a denunciar a sus amigos que habían lanzado piedras a los soldados.

“Agarramos a los tres muchachos. La madre lloraba. Todas las mujeres estaban hechas un mar de lágrimas. Esposamos a los chicos y los encerramos en el jeep. Estaban aterrorizados. Intenté imaginar lo que sentían al verse llevados quién sabe dónde en un jeep militar. Estaba sentado en la parte de atrás del vehículo con uno de los niños. El jeep daba brincos porque hay muchos baches en estas carreteras…

“Tomé el casco del conductor porque no lo necesitaba y lo puse en la cabeza del chico. El chofer miró por atrás y vio al niño con su casco. Gritó: ‘¿Qué estás haciendo? ¡No podré volver a ponérmelo después de eso!’ Me enojé. ¿Qué quería decir? ¿Su casco se iba a volver mugroso si lo llevaba el niño? Me ordenó: ‘¡Tendrás que lavármelo!’

“Tan pronto como llegamos al cuartel general lo lavó con mucha agua y mucho jabón. Y sólo después de eso se lo volvió a poner. Todo eso porque su casco había estado en contacto con la cabeza del niño por unos minutos. Y ese tipo votaba por el Partido Laborista. Se proclama de izquierda… ¿Cómo nos puede pasar semejante cosa?

“–¿Y finalmente qué fue del niño?

“–Pienso que lo devolvieron a su casa después de dos días. No podían desperdiciar un lugar en la cárcel para un muchachito.”

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