Luto en la cultura: fallece Ernesto de la Peña

MÉXICO, D.F. (apro).- La comunidad intelectual y literaria mexicana lamentó el deceso acaecido esta madrugada del narrador, ensayista, poeta y lingüista Ernesto de la Peña, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1993 y de la Real Academia Española, así como merecedor de multitud de premios como el Nacional de las Ciencias y Artes 2003, Alfonso Reyes 2008, y recientemente, el Internacional Menéndez Pelayo, entre tantos otros.

Teresa Vicencio Álvarez, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) manifestó sus condolencias y expresó su solidaridad con la comunidad cultural del país por el fallecimiento de Ernesto de la Peña (sin revelar las causas del mismo), al tiempo que anunció una ceremonia de cuerpo presente en su honor para este martes 11 de septiembre en el Palacio de Bellas Artes, al mediodía.

Experto y traductor al castellano de antiguos textos sagrados, nacido en la Ciudad de México el 21 de noviembre de 1927, al humanista y también catedrático del Instituto Helénico se le consideraba uno de los máximos conocedores de idiomas en nuestro país, entre ellos el árabe, el griego, el sánscrito, el provenzal, el hebreo, el arameo, el siriaco, el etíope, el acadio, el ruso, el búlgaro, el viejo eslavónico, el húngaro, los escandinavos y los jeroglíficos egipcios.

“El hombre es el ser que busca, aun a sabiendas de que no va a encontrar. Sus empeños más arraigados, sus propósitos óptimos y sus metas supremas están y estarán fuera de su alcance”, declaró en 1997 cuando publicó su libro de ensayos sobre la vida y la muerte El centro sin orilla (Proceso, 1085).

“Todos los hombres hemos sentido que la vida es un viaje cuyos extremos nos son desconocidos. Nadie sabe de dónde viene ni a dónde va y estas ignorancias definitivas son, en verdad, los mayores secretos que nos asedian. Tengo la convicción de que, en el fondo, sólo hay dos clases de seres humanos. Los primeros, ante el terror de la nada, optan por la esperanza, por irracional que sea, y se aferran a la fe en algo más allá de la vida, donde encontrarán respuesta a todas las preguntas. Los otros, también abrumados por esta gratuidad (¿aparente?) del universo, declaran que el cosmos es absurdo y renuncian a encontrar a la existencia.

“En cambio, en el campo de las religiones tenemos una enorme inquietud imaginativa, los hombres de fe han creado una especiosa arquitectura: la de experiencias venideras (“ventura” decían los romanos), armada espectacularmente sobre los edificios terrestres, pero ornada por los prestigios de lo duradero. En la tradición occidental, para no hundirnos en las arenas movedizas de las culturas orientales, la fabricación de trasmundos ha sido una larga obsesión.”

En El centro sin orilla aparecen textos sobre la religión mazdea, los himnos de Zaratustra, la tradición celta, la cuaresma y otras abstinencias, los rituales judíos, la sexualidad divina, los fariseos del templo, Cristo, Buda, el rey Arturo e indagaciones sobre los unicornios, entre algunos de los temas tratados.

Para 1988, el filólogo publicó su libro de relatos Las estratagemas de Dios, título que lo hizo merecedor del Premio Xavier Villaurrutia, conjunto de cuentos que tocan asuntos teológicos en una colección de vidas imaginarias emparentadas con las creaciones de Marcel Schwob, Jorge Luis Borges o Juan José Arreola.

En 1991, De la Peña  publicó la novela El indeleble caso de Borelli, calificado como “un libro raro e infrecuente en el ámbito de la actual literatura mexicana, metaficción de tintes policíacos y éticos”, y al año siguiente, Mineralogía para intrusos, una singular pieza literaria cuya “evidente riqueza de vocabulario hace ineludible la consulta del diccionario y muestra cuán ignorantes somos de las religiones, los mitos, las culturas y las lenguas que a la perfección domina el erudito” (Proceso 844).

Cinco Evangelios, según De la Peña

Para marzo de 1998, cuando Ernesto de la Peña publicó Las controversias de la fe, ya había traducido del griego al español en versión moderna los cuatro Evangelios bíblicos de Juan, Lucas, Marcos y Mateo. Dijo entonces al reportero José Alberto Castro (Proceso 1117):

“El Evangelio de Tomás. Hallado en Nag Hamadí no es reconocido como tal y ya no entró en la lista tradicional. La Iglesia cerró el canon y ya no puede entrar ningún otro. De ahí su gran importancia pues hablamos de un texto que posee el valor de apócrifo y aporta una nueva luz… Aunque conviene recordar un pasaje de los evangelios griegos, en el que Jesús le delega a Tomás ir a la India, para comunicar su palabra.

“El santo aparece a la luz de los documentos de una manera versátil y contradictoria. Si se cotejaban los textos por mí traducidos, aparece al lado del personaje dubitativo –del que siempre pone la distancia entre las cosas y él– un hombre dispuesto a morir por el hijo de Dios.”

Las controversias de la fe reforzó la tesis de la proximidad del Mesías y el apóstol Tomás citando de ejemplo una tradición “quizá originada en el siglo I de nuestra era, la cual afirma que Tomás y Cristo eran no sólo hermanos de padre y madre sino hermanos gemelos”. De la Peña abundó:

“Tomás en hebreo y arameo significa gemelo. En griego didymos quiere decir lo mismo. En uno de los evangelios el encabezado dice Evangelio de Tomas Dirymo, o sea, ‘doblemente gemelo’. Esto se índica de forma rotunda en el texto llamado Hechos de Tomás, documento sin duda importante que no lo traduje porque no estaba en mi plan original. Se trata de un documento muy vasto escrito por Santo Tomás en la edad apostólica.

“Debemos recordar que en el momento de la asunción de María él aparece tardíamente, pero aparece. No importa que se haga presente en el instante en que ya está siendo elevada a los cielos. En los documentos bíblicos se le da mucha importancia a los discípulos que conocieron a Cristo, por ejemplo, Pedro y Juan. A ellos los ponen en primer plano por esa circunstancia. Y aunque el más importante apóstol es Pablo no deja de señalarse que no conoció a Cristo. En cambio, Tomás mantuvo con Jesucristo una relación más entrañable.”

Tomás estuvo cercano a los gnósticos de Egipto, lejos de Israel, y “por mucho tiempo su evangelio no se conoció, hasta que se hizo el descubrimiento en 1945”, expresó De la Peña, y “tres o cuatro años más tarde, Jean Doresse, un gran coptólogo francés, empezó a llamar la atención sobre el documento del fundador”, así los exegetas se interesaron en la figura y el legado de Tomás, “a tal grado que los especialistas del llamado Seminario de Jesús, formado norteamericanos, toma muy en cuenta lo que dice El Evangelio de Tomás. Incluso Roy W. Hoover y Robert W. Funk, prominentes miembros de esa entidad, editaron un libro nodal para la crítica, Los cinco evangelios (The Five Gospels)”, donde reclamaron para El Evangelio de Tomás la misma igualdad con los otros.

“El reino de los cielos es muy discutible, un tema espinoso, si coincidimos con la mayoría de los católicos en la creencia de que vamos a un más allá, a otra vida después de la vida. Hasta ahí no hay problema. Pero si concluimos que al reino de los cielos sólo van los hombres, ya no estamos en la misma sintonía. Lo mismo ocurre si suponemos que habrá un tamiz para ver quién entra y quién no. Eso impone la idea de que ese lugar será el de los elegidos y que precisamente este mundo es desdeñable, en la medida en que no es el mundo definitivo. El mundo definitivo es el que está más allá de la muerte, donde ya todo es permanente, donde el que sale castigado será castigado para siempre y el que sale elegido gozará de Dios para siempre.

“Esta situación de condenas o absoluciones eternas disgustó a uno de los grandes padres de la Iglesia oriental, Orígenes, quien no admitió la condena eterna a una vida por mantener una conducta pecaminosa, trasgresora y criminal. Para él la comisión de pecados y de crímenes se había dado en el lapso corto de la vida humana, y para la otra vida avizoraba un largo periodo de purificación de los pecados, para ser de nuevo reunidos y volver a la condición original. Su doctrina llamada ‘apocatástasis’ fue rechazada por la Iglesia.”

–Y los gnósticos, ¿también representaron problema para la Iglesia?

–Esta corriente tiene muchas repercusiones en la historia religiosa del mundo Occidental. Para ellos, en vista de que existe el mal y es tan poderoso, no es razonable ni posible que el mundo sea creación de un Dios bondadoso. Creen, en cambio, en una especie de difusión por emanaciones donde cada uno de nosotros por sus propias perfecciones se dirige al verdadero Dios. Recurren a la figura del demiurgo, el creador del universo real, y no lo admiten porque hay cosas que están inconclusas, porque en el mundo campea el pecado y el mal. Nosotros tenemos que purificarnos para conquistar esa cercanía con Dios y ver si así logramos gozar de él.

“Para la crítica especializada en el Nuevo Testamento el hallazgo de El Evangelio de Tomás –descubierto en Egipto y, con más precisión, en Nag Hamadí– aporta un documento de nodal importancia porque denota la influencia de los gnósticos en el pensamiento del mártir. Ellos son un grupo bastante misterioso de pensadores y practicantes que forman una especie de comunidad de índole cercana a lo religioso. Esto ilumina la idea que teníamos de él.

“Por otra parte, para los estudiosos de las sagradas escrituras respecto de la similitud de los tres apóstoles sinópticos, a mediados del siglo pasado se descubrió que había una antelación temporal de parte de Marcos. De esa forma se estableció que el Evangelio de Marcos es más antiguo y en él se inspiraron Mateo y Lucas. Estos últimos coinciden a veces literalmente en algunos pasajes. Sin embargo, otros especialistas suponen que Lucas, Mateo y el mismo Marcos abrevaron en otra fuente (…)

“Algunos estudiosos bíblicos presuponen que ese evangelio no esta maquillado por la idea de que Jesús es el Mesías. Eso le da una autoridad muy especial al documento de Tomás.”

Años más tarde, abordado por la reportera Columba Vértiz de la Fuente para conocer su opinión sobre la polémica cinta sobre Jesucristo La pasión, de Mel Gibson, el asimismo traductor de Anaxágoras, Hipócrates, Rilke, Nerval, Mallarmé, Valéry, el poeta beat Allan Ginsberg, y T. S. Eliot, dijo (Proceso 1429):

“Es un exceso. Le quitaría un pedazo de la flagelación. Es una escena larga, sádica e inútil. Los Evangelios no consignan todo eso. Claro, no lo trataron con seda, ya se sabe, era un reo para ellos. Lo fustigaron, lo azotaron, pero a mi juicio en la cinta se prolonga y se regodea en ello. Eso me desagradó. Eso, creo, produce repulsión en el público. Se ve un abuso flagrante, porque es un hombre inerme que no se está defendiendo.

En su oficina de Chimalistac, como director del Centro de Estudios de Ciencias y Humanidades de la Fundación Telmex, señaló en 2004:
“Para Los Evangelios el papel de las clases superiores de los judíos en esa época es desagradable. Es un papel de enemigos de Jesús, porque él es para ellos un hereje, está instituyendo una nueva doctrina que no es la Ley Mosaica, no podían quererlo. Además, veían una amenaza bastante cercana, porque Jesús se decía descendiente de David y podría ocupar un lugar político importante. Entiendo que desde el punto de vista dramático son necesarios para enlazar la acción, pero que no digan que no se salió del texto de los Evangelios.

La escena comenzando la cinta en el Jardín de los Olivos (Getsemaní), donde Jesús reza después de La Última Cena, hace aparecer a Satanás.

“Es una invención del director. Claro, recuerda la tentación en el desierto, pero no es así. Los textos de los Evangelios, en general La Biblia, en mi opinión son a veces demasiado escuetos. En Getsemaní decía: ‘¡Padre!, aparta de mí este cáliz’. Se supone que ese cáliz es el cáliz de todos los pecados de los hombres y eso es muy amargo, pero ahí no aparece el demonio.”

Además, señaló que el sueño de la mujer de Pilatos en la pantalla tampoco está en esos documentos bíblicos; no obstante, “el juicio final de De la Peña es que la película le parece digna de verse porque viene a ocupar un lugar importante dentro de las muchísimas cintas que se han hecho sobre Jesús”.

Defensor del castellano

Durante el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en la capital zacatecana en 1994, Ernesto De la Peña pugnó por exigir a los medios de comunicación “una limpieza y corrección en el uso de su castellano”, destacando el problema primordial y específico de que la gente realmente no conoce su propio lenguaje.

“Todos necesitamos que se nos enseñe, los que estamos en un nivel por encima de muchos, y los que no, necesitamos de los otros. Todos cometemos errores, tenemos dudas y qué bueno que se tengan. Quizá una primera utilidad del congreso radicaría en que las personas de los demás países latinoamericanos y de España lleguen a conocerse, a comentar los vicios del español que se cometen con mayor frecuencia, porque los medios y, especial, la televisión, contribuyen a deformar terriblemente el idioma, las costumbres, los puntos de vista.”

No obstante haber realizado programas en televisión y en radio, De la Peña veía con tristeza y preocupación que la mayoría de las personas que dan noticias, hacen comentarios y conducen programas, creyendo “que el estar frente a una cámara y su imagen se proyecte en millones de televisores les da una especie de barniz, no están dispuestos a aceptar nada, cometen las peores tonterías del lenguaje y de lógica encantados de la vida”.

Rememoró al reportero Roberto Ponce sobre un anuncio de La Chilindrina, donde aparece la cómica y dice: “Esto es más mejor”, mientras el patiño replicaba: “¿Cómo que más mejor?”. A partir de eso “una bola de chamacos empezaron a repetir más mejor, pues lo habían escuchado en los labios ‘autorizados’ de la (dizque) archiacadémica”.

Para él, la televisión ha contribuido a destrozar todos los cuadros de valores” y por ello, “reclama de los medios más receptividad a la inteligencia y un uso correcto de la lengua” (Proceso 1066).

 

 

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