¿De qué hablamos cuando hablamos de “plástico”?

Acaba de aparecer en nuestro país un libro fascinante: Plástico. Un idilio tóxico, publicado por Tusquets Editores. Su lectura transformará por igual la visión de quienes están a favor del uso de este material, como la de quienes lo detestan.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Se le encuentra casi en todas partes: en envolturas y envases para todo tipo de alimentos –a veces en los utensilios que usamos para consumirlos–, en teléfonos, computadoras, televisores, radios y muchos otros enseres domésticos; en numerosas partes de vehículos automotores; en prendas de vestir, en útiles escolares, en juguetes, en instrumentos musicales, en lentes y otros aparatos ópticos, en artefactos para la rehabilitación médica, en armas, condones, relojes, bolígrafos, biberones, cepillos de dientes, implantes hechos con fines médicos o estéticos, en gomas adhesivas, en la pintura que recubre los muros de nuestras casas, en discos compactos, en el todavía llamado “papel” moneda, en las pantallas y los muebles de las salas de espectáculos, aun –cada vez con más frecuencia– en los libros, que ahora llegan a las librerías “retractilados” y cuyas portadas suelen “plastificarse” para su mejor preservación. El lector puede extender la lista a su antojo. Bastará con mirar las cosas que hay en torno suyo.

El plástico parece omnipresente, parece haberse hecho indispensable, parece haber llegado a dominar cada renglón de nuestra vida. ¿La domina?

La periodista científica Susan Freinkel, nacida en Evanston, Illinois, a comienzos de los años sesenta, cuenta en las primeras páginas de Plástico que nunca había estado consciente de la gran cantidad de cosas que la rodeaban hechas con ese material, hasta que se propuso pasar un día entero sin tocar algo que estuviera fabricado con él. Cuando se percató de su abundancia comenzó a preguntarse: “¿Qué es el plástico, en realidad? ¿De dónde viene? ¿Cómo se adentraron los sintéticos en mi vida sin que yo me diera cuenta?”

Para responderse investigó durante cuatro años y escribió 400 cuartillas en las que vierte un extraordinario acopio de datos de toda índole –científicos, históricos, económicos– que maneja con rigor, agilidad y sentido del humor. Se recorren con el mismo gusto que las páginas de una buena novela.

Plástico apareció en inglés el año pasado y Tusquets Editores lo tradujo casi inmediatamente. (Por fortuna, la versión, hecha en España, no está plagada de “gilipolleces” y demás hispanismos.)

Lo primero que se aprende con su lectura es que el plástico no es un sólo material. Es enorme la diversidad de resinas sintéticas derivadas del petróleo a las que se designa con ese nombre: acrílico, nylon, poliéster, vinilo… En realidad, el término que mejor sirve para referirse a todas ellas es polímeros. Freinkel explica muy bien al lector qué son y, para no extraviarse en un imposible recuento de todos ellos, elige ocho objetos emblemáticos –el peine, la silla, el plato volador o frisbee, la bolsa para suero o transfusiones de sangre, el encendedor desechable, la bolsa para cargar las compras, la botella de refresco y la tarjeta de crédito– que, en la medida en que se relacionan con ámbitos muy importantes de nuestra vida –la apariencia, la comodidad, el juego, la salud, el manejo de la energía, el traslado a nuestras casas de lo que bebemos y comemos, el dinero– permiten medir la profundidad con que el plástico ha marcado la vida del mundo a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Hasta entonces, el empleo de los distintos plásticos era más bien limitado. Si bien existía en diversas formas desde finales del siglo XIX y comienzos del XX (como celuloide, como baquelita) y hacia 1907 había comenzado a entrar en miles de hogares como cepillo de dientes, su manufacturación era muy pequeña. De 1940 a la fecha ha crecido año con año geométricamente. Para darse una idea de la magnitud de ese crecimiento basta comparar el total mundial de toneladas de plástico producidas anualmente en 1950 (1 millón y medio), cuando la industria del ramo había cumplido ya una década, contra la cifra de la producción registrada en 2010: 300 millones.

Ello quiere decir que hoy se produce 66 veces más plástico que en 1950. La curva de crecimiento indica que la cifra acumulada de producción de plástico alcanza ya varios miles de millones de toneladas, gran parte de las cuales, a pesar de la creciente tendencia al reciclaje, no serán sino basura durante 500 (o muchos más) años. ¿Hay alguna manera de deshacerse de ella?

 

Adjetivo vuelto sustantivo

 

La raíz etimológica de plástico se encuentra en el verbo griego plassein (“moldear”, “dar forma”). El término plástico, que comenzó a usarse en lengua española a finales del siglo XVI, no alude a una sustancia, sino a una condición, un estado. Por eso llamamos artes plásticas a las disciplinas que utilizan materias sin forma (como la piedra, el barro, la madera, el vidrio), dóciles a aquellas que la mano les impone. Hasta hace cien años, cuando alguien hablaba de plástico, lo hacía siempre en ese sentido.

Su uso comenzó a cambiar cuando en la industria petroquímica se observó que, bajo ciertas temperaturas, algunas resinas sintéticas mostraban una gran capacidad de plasticidad. En un principio, se llamó plásticos a esos materiales para describirlos, a manera de adjetivo. Pero ya en los años cincuenta plástico se había convertido en un sustantivo. Y aunque al principio, como cuenta Jeffrey L. Meikle en American Plastic: A Cultural History (1) (quizá el más importante antecedente del libro que ha escrito Freinkel), los consumidores estadunidenses se confundían al ver que se llamaba de la misma manera a productos que parecían tan distintos como la dura baquelita y el suave polietileno, muy pronto su uso cundió: la denominación se volvió natural –valga decirlo así– entre la mayoría de la gente. La cualidad proteica de los polímeros sirvió para denominar su sustancia.

También es cierto que, por lo menos hasta comienzos de los años setenta, la palabra plástico era en algunos círculos, entre gente que se consideraba culta y contestataria, sinónimo de simulación, de falsedad.

Triunfo de la mediocridad

 

“En un periodo asombrosamente breve, el plástico se ha convertido en el esqueleto, en el tejido conjuntivo y la resbaladiza piel de la vida moderna”,(2) señala Susan Freinkel. Es estremecedor en verdad constatar que casi no hay una esfera de la vida humana en la que no se encuentre presente. ¿Debemos aceptar, entonces, que el plástico define el tipo de sociedad que somos?

Desde finales de los años cincuenta, el novelista estadunidense Norman Mailer empezó a señalar que el triunfo del plástico era el triunfo de la mediocridad.

“El plástico es el excremento del petróleo”, dijo Mailer en un reportaje que le hizo la televisión francesa en 1982. Y al año siguiente, en una entrevista con Robert Begiebing, insistió: “A veces pienso que hay una fuerza maligna que anda suelta por el universo, que es el equivalente social del cáncer: el plástico. Todo lo infiltra. Es como una metástasis. Se mete en cada poro de la vida productiva. En poco tiempo no habrá nada que no esté hecho de plástico. Pavimentarán las calles con plástico. Nuestros esqueletos serán reemplazados con plástico.”(3)

A la luz de la alarmante cifra de bolsas de plástico desechables que se consumen alrededor del mundo cada minuto que pasa (poco más de 1 millón), es casi imposible no estar de acuerdo con Mailer; esos “evanescentes soplos de plástico”, como en algún momento las describe Freinkel, son uno de los más graves problemas que el mundo enfrenta hoy. De una u otra manera, llegan a todas partes, más allá de las ciudades: los bosques, el campo, la playa, el mar. Son la causa de la muerte de muchos animales. Y a pesar de las políticas de reciclaje que han ido ganando terreno en los últimos años, todavía se está lejos de encontrar una forma adecuada de manejarlas. La gravedad del asunto sólo puede comprenderse cuando uno se entera de que 37% de la producción mundial de plástico está destinada a la producción de envases, casi todos desechables después de usarse una primera y única vez.

A pesar de todo, el plástico tiene usos benéficos en muchos aspectos de nuestra vida –la salud, por sólo mencionar uno de los más importantes–. Susan Freinkel también se refiere a ellos, y en muchos casos hay que despojarse de prejuicios y aceptar que, empleado sabiamente, puede resultar incluso indispensable. Como diría Marx, la virtud o el vicio no residen en el plástico mismo, sino en el uso que se hace de él. Nuestro problema en este campo, como en tantos otros, son la codicia y la irracionalidad.

 

1 Jeffrey L. Meikle: American Plastic: A Cultural History. Rutgers University Press; New Jersey, 1995, 404 pp.

2 Susan Freinkel: Plástico. Un idilio tóxico. Tusquets Editores; México, 2012, p. 23

3 Michael Lennon (compilador): Conversations with Norman Mailer. University Press of Mississippi, 1988, 400 pp.

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