“El Lazca” ¿muerto, vivo?… simplemente, un desaparecido más

De traspié en traspié, las autoridades del municipio de Progreso, Coahuila, y de la Secretaría de Marina no atinan a desentrañar los entresijos de la operación fortuita del domingo 7 en la que presuntamente fue abatido el líder de Los Zetas, Heriberto Lazcano, en un campo de beisbol llanero que ni siquiera tiene nombre. Menos aún saben explicar cómo desapareció el cadáver de una funeraria de la localidad coahuilense de Sabinas, donde lo raro suele ser lo normal. Y en el colmo de las paradojas, lo único que prueban las versiones sobre la muerte y desaparición de Lazcano es que si no encuentran el cuerpo, él seguirá vivo.

PROGRESO, COAH. (Proceso).- La carroza de la funeraria García es seguida de madrugada por un convoy de camionetas con hombres armados. Adentro van los restos de otro muerto de la guerra de Calderón. Pero no es un muerto más: es el supuesto cadáver de uno de los Señores de la Guerra, el de Heriberto Lazcano Lazcano, líder de Los Zetas abatido 12 horas antes frente a un campo de beisbol de este perdido pueblo coahuilense.

Desaparecer es un verbo que se volvió común en esta región del país en los años recientes: Desaparecen por completo los cuerpos policiacos locales (como en este municipio), desaparece la última letra del abecedario de los titulares de los periódicos y desaparecen personas cada semana. ¿Por qué sería raro que desapareciera también un cadáver, si aquí desapareció ya el asombro ante lo anormal?

En el noreste de México las historias de matanzas y miedo son de sobra conocidas. Y se tiene la certeza de que aún no se conoce todavía lo peor. No se han descubierto todos los cementerios secretos a los que son arrojados cuerpos acribillados de todos los bandos. En Coahuila oficialmente hay mil 700 desapariciones forzadas. Mil 700 probables cadáveres perdidos a los que habrá de sumarse ahora el de un cabo de infantería desertor cuyo apodo menos conocido era El Pagua. Pagua, que significa aguacate grande y desabrido.

Durante los días siguientes a la confirmación oficial de la supuesta muerte de Heriberto Lazcano, en el árido norte de Coahuila se veían más infantes de Marina que en las ciudades costeras del Golfo de México. Pese a que habría protagonizado el golpe más importante del último tramo del gobierno de Felipe Calderón, la tropa destacada aquí no daba muestras de júbilo. Al contrario, se percibía aflicción, la sensación de que la batalla ganada alrededor de un campo llanero fue algo en vano.

Perder el cadáver de quien las autoridades federales tienen como el líder de Los Zetas no es el primer traspié oficial en el que se ve involucrada la Secretaría de la Marina: semanas antes de la reciente elección presidencial presumió la captura del hijo de El Chapo Guzmán, pero resultó ser un vendedor de autos usados en Guadalajara, cuyo padre era un agricultor de Durango.

En comparación con otras fuerzas de seguridad, son pocos los yerros que, por ahora, se le conocen a la Marina. Sin embargo, por mucho, son los más notorios y significativos de todo el sexenio.

¿El error se debió a que la muerte de Lazcano fue un asunto fortuito? ¿De verdad murió el líder de Los Zetas?

En estos pueblos coahuilenses circulan versiones de todo tipo. Unas más estrafalarias que otras. Está la de que el cadáver que aparece en las fotografías difundidas es en realidad el de un escolta de Lazcano, de apodo El Coyote, o bien la de que el líder de Los Zetas estaba malherido y fue sometido con vida, sólo para luego ser liquidado de un balazo en la cabeza por los marinos enardecidos porque uno de ellos habría sido herido durante la refriega.

Especulaciones. Versiones que lo único que prueban es que si no aparece nunca su cadáver, Lazcano seguirá vivo. Vivo como leyenda. Como una leyenda negra más.

Lo que no resultó nada azaroso fue el arribo de cientos de marinos después de los pasados comicios presidenciales. Algunas de las misiones especiales de ese Operativo de Alto Impacto, puesto en marcha a lo largo de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, derivaron en detenciones de mandos de Los Zetas y del CDG (Cártel del Golfo), las dos principales máquinas de guerra operando aquí.

Ante el ataque gubernamental sorpresa, al interior de la banda de la última letra, cuentan reporteros locales, se declaró una alerta máxima. Así, entre otras medidas extremas, 132 reos del Cereso de Piedras Negras fueron liberados el mes pasado para engrosar con urgencia las filas zetas y resistir la incursión marina de fin de sexenio. Y en medio de la tensión generada por esta guerra de baja intensidad, ocurrió el asesinato de un miembro de la familia Moreira, la cual ha gobernado los últimos siete años en Coahuila.

Desde agosto pasado arribaron a este desierto del noreste mexicano marinos de los batallones de infantería números 26 (Huatulco, Oaxaca), 12 (Mazatlán, Sinaloa) y 29 (Coyoacán, Distrito Federal). También llegaron fusileros paracaidistas y por lo menos un comando de las Fuerzas Especiales del Golfo, antes llamadas Batallón Aerotransportado de la Marina.

La presencia de los soldados de la Sexta Zona Militar del Ejército fue opacada por la de los marinos, a quienes desde 2009 el gobierno de Felipe Calderón ha utilizado al límite de su capacidad anfibia para realizar operaciones en tierra, lejos de los mares bajo su jurisdicción.

Asimismo –como muestra del respaldo del gobierno priista de Rubén Moreira a la cruzada marina–, un escuadrón policiaco estatal llamado Grupo de Armas y Tácticas Especiales de Coahuila incrementó sus actividades en las semanas recientes. Una de ellas consistió en matar en un tiroteo a Alejandro Treviño Chávez, sobrino del nuevo líder zeta Miguel Ángel Treviño, según el reporte gubernamental. Horas después de esa muerte, ocurrió el asesinato del sobrino del mandatario estatal. “Familia por familia”, decía el texto de una manta colocada en Piedras Negras.

 

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Los pueblos y ciudades de esta región no se convirtieron de un día para otro en un teatro de guerra. Una masacre de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas; 49 torsos humanos tirados en Cadereyta, Nuevo León, y así hasta las decenas de fosas clandestinas halladas y el desplazamiento forzado de decenas de pueblos dieron sentido real entre los pobladores a lo que siempre ha significado la palabra “guerra”: muerte, destrucción, huérfanos, sangre, dolor…

Durante los años recientes, en medio de la disyuntiva de una vida narca o una vida militar, las libertades civiles se han ido reduciendo a su expresión más elemental: tal ha sido la suerte de la libertad de prensa, de la libertad de comercio y de la libertad de tránsito, entre otras. En estas mañanas de otoño algunos de los caminos se llenan de neblina, de donde brotan convoyes de camionetas con hombres armados que pueden ser representantes de la ley, o no.

Hubo un tiempo en que las únicas patrullas que se veían por aquí eran objetos decorativos: se trataba de anuncios de la Policía Federal de Caminos colocados a las orillas para “intimidar” a los conductores veloces. Después de la muerte de Lazcano y la desaparición de su cadáver, en la entrada del pueblo de Mina, Nuevo León, cercano a Monclova, Coahuila, había dos solitarios hombres armados hasta los dientes, vestidos con ropa de camuflaje y cubiertos del rostro con una máscara negra. Parecían militares, pero se trataba de policías locales. Mina es uno de los pueblos donde los cuerpos policiacos están adquiriendo ya una fisonomía castrense. E inclusive la alcaldesa electa de Monterrey, la panista Margarita Arellanes Cervantes, acaba de anunciar que sus mandos policiacos serán marinos.

Unos cuantos kilómetros adelante de la entrada a Mina, en la desviación hacia el desierto de Icamole, está otro retén. Este sí conformado por infantes de Marina.

Algunos kilómetros adelante, en Castaños, Coahuila, se ubica uno de los lugares estratégicos de esta guerra de desgaste. Allí se instaló un puesto naval de seguridad en el que, además de revisar a la mayoría de los vehículos que van rumbo a Monclova y Sabinas, se comandan las operaciones de la zona. Entre las carpas en las que se prepara la comida y se duerme por las noches, uno de los infantes de Marina –que está recién bañado y emana olor a talco– se resiste a responder una broma que se le hace sobre la desaparición del cadáver de Lazcano. Dice que no hay desánimo entre él ni entre sus compañeros. Ni siquiera porque la mayoría de ellos llevan varias semanas lejos de sus mares y sus familias.

Un infante de Marina gana entre 10 mil y 12 mil pesos libres al mes. Más un bono especial por “operatividad”, si es enviado a un Operativo de Alto Impacto, como el que ocurre actualmente en el noreste del país. El monto de dicho bono se conoce cuando concluye el operativo, en función de los resultados. Después de lo que sucedió con el supuesto Lazcano, nadie tiene idea de cuál será el balance final.

Mientras tanto, la búsqueda del cadáver extraviado continúa. La “ganancia” es que, antes de venir a Coahuila, a los marinos destacados en Castaños se les avisó que entraría en vigor la figura de ascenso de grado posmortem, y que se entregarían becas de estudios profesionales a los huérfanos de los caídos.

La tensión que se vive aquí, sobre el terreno del desierto que puede ser tan solitario e imprevisible como el mar, es diferente a la que experimentan los marinos de asfalto que están en la Ciudad de México, quienes en los últimos meses hasta han tenido que salir a dar entrevistas a la televisión. “Digamos que estamos a final de semestre y tenemos que entregar todos los trabajos que nos encargó el profesor, porque si no, nos pueden reprobar”, explica, a la distancia, una fuente de la Secretaría de Marina.

¿Por qué la Marina inclusive decoró y exhibió con billetes y joyas el cadáver de Arturo Beltrán Leyva, mientras que al supuesto cuerpo de Heriberto Lazcano lo abandonó a su suerte en una modesta funeraria de Sabinas?

La respuesta que se da es que en el caso de Beltrán Leyva se trataba de una operación especial (llamada internamente “Cuerno III”) en la cual la Marina actuó empleando información que le había sido suministrada por la DEA. En cambio, lo de Lazcano fue fortuito. Los marinos que acudieron a Progreso no sabían a quién mataron. Les parecía uno más de la cuenta nacional que a finales de 2012 probablemente ronde los 100 mil muertos.

Sin embargo, Lazcano y sus acompañantes traían consigo, entre otras armas, una R-15 adaptada con un dispositivo de lanzagranadas, así como un lanzacohetes con dos proyectiles hábiles. Resulta extraño que eso no pareciera anormal a los marinos y que abandonaran sus cuerpos sin custodia alguna en la funeraria García.

El caso Lazcano sintetiza el drama por el uso brutal de la violencia que se ha denunciado en esta guerra: primero se mata y luego se investiga quién era el muerto. El uso de la fuerza sin inteligencia termina en fracaso. En Ciudad Mier, Tamaulipas, cuando se preguntó a un poblador de rostro acuchillado por el sol cuál era su opinión sobre la guerra que se libraba en la región, respondió: “¿Cuál guerra? Esto es una matazón”.

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Monclova es considerada por la Marina como “uno de los nidos de zetas”, mientras que un oficial del Ejército prefiere usar el término “hormiguero de zetas”. De Monclova a Sabinas hay 101 kilómetros de distancia que, por ahora, se recorren entre más retenes militares y tiendas de campos menonitas en las que se ofrece queso fresco a los viajeros. A mitad de camino existe una desviación hacia Progreso, a través de una carretera angosta, pero sin duda la mejor asfaltada de toda la zona. Son 24 kilómetros que parecen haber sido remodelados hace poco para un pueblo apartado que no le hace honor a su nombre.

Antes del arco que da la bienvenida al poblado, del lado derecho, está el campo de beisbol donde supuestamente se encontraba el líder de Los Zetas cuando fue abatido por elementos de la Marina. Lazcano presenciaba un partido llanero entre estudiantes de Progreso y de Santa Rita, ejido perteneciente al municipio contiguo de Juárez. Los beisbolistas eran adolescentes preparatorianos que dos semanas antes habían sido agasajados con un guiso de pollo, pelotas y bats nuevos, por parte de Alejandro Garza, líder municipal del PRI, el partido que siempre ha gobernado este ayuntamiento, cuya cabecera cuenta con apenas 770 habitantes.

El campo no tiene nombre alguno, y en él no sólo se juega beisbol. Es un espacio usado también en ocasiones para lazar becerros y jugar partidos de fut. Cerca está un canal de agua que va hacia las pocas tierras de labor del poblado, en su mayoría de pastizales, aunque en una que otra se siembra sandía y maíz.

Tres meses atrás, los pobladores estaban preocupados por su economía, ya que fueron cerrados los rústicos pozos de explotación de carbón de los que han vivido siempre, debido a una racha de tres accidentes en la región que mató a cerca de una veintena de mineros. Sin embargo, a la par del cierre de los llamados “pocitos”, Pemex anunció la construcción en Progreso de una subestación como parte del proyecto de la Cuenca de Burgos, esa rica veta de gas natural casi virgen debajo de la cual se libra esta guerra.

Funcionarios locales y pobladores reiteran que el supuesto Lazcano y su acompañante no eran personas conocidas en la localidad. Que la Ford Ranger blanca doble cabina en la que viajaban nunca la habían visto. Que lo que les preocupa es que ya no regrese la tranquilidad con la que siempre se ha vivido aquí, y por ello, al día siguiente de la muerte de Lazcano organizaron en la plaza principal el concierto de un acordeonista que tocó polkas y tangos casi en solitario. Como casi en solitario estuvieron las escuelas, adonde solamente acudieron, en preescolar, tres niños de 60; en primaria, 10 de 100, y en secundaria, 20 de 28.

Otra cosa que hizo el ayuntamiento fue reimpulsar una exhibición itinerante de aves que llegó hace días al teatro Manuel Acuña. Tecolotes, periltas, codornices, capulineros, correcaminos y otras especies disecadas son mostradas dentro de un cristal para que los niños las aprecien de cerca y las pinten sobre unos diminutos caballetes que también forman parte de la muestra.

Dos días después de confirmarse la muerte de Lazcano, que puso al perdido Progreso en la mira nacional e internacional, las autoridades locales consiguieron que la exhibición se quede hasta el jueves 18 de octubre.

Por ahora, a nadie se le ocurre organizar partidos de beisbol en la cancha de la entrada, que está tan sola que se oyen los zumbidos de los insectos de los matorrales cercanos.

Por la avenida Miguel Hidalgo, la principal (y la única) de Progreso, un empleado municipal conduce una pick-up pequeña y perifonea invitando a los progresenses a conocer el museo de aves. En algún momento se topa con un convoy de hombres armados. Son seis camionetas llenas de infantes de Marina que regresan al lugar donde presuntamente murió Heriberto Lazcano, el líder de Los Zetas que fue visto por última vez en una carroza fúnebre de estas tierras del noreste de México, donde lo raro es lo normal.

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