“Piedras que hablan”

México cuenta con una riqueza arqueológica inmensa, herencia de múltiples civilizaciones precolombinas asentadas en el territorio. La variedad se muestra en las diferencias de grupos y también en el mosaico de áreas naturales en donde se aposentaron pueblos y gobernantes. Gracias a que la naturaleza cubrió con su telaraña protectora templos, edificaciones y palacios han llegado hasta el siglo XXI los vestigios de un pasado redivivo.

Este patrimonio, parte de la identidad del mexicano, había sido custodiado por los trabajadores del INAH bajo criterios arqueológicos orientados a preservar con el mayor cuidado los restos. Las reconstrucciones eran marcadas para distinguirlas del original. Dicho trabajo ha cambiado, especialmente en este sexenio, multiplicándose las críticas a la directiva del INAH por haber desvirtuado sitios y monumentos o no haberse opuesto con suficiente firmeza y oportunidad a barbaridades como la perforación de las piedras de la pirámide del Sol en Teotihuacán para colocar luz y sonido. O los conciertos en Chichen Itzá, el ya fijo espectáculo anual en Tajín, Veracruz, entre otros.

Por fortuna también persiste la escuela arqueológica mexicana a la cual se adscriben arqueólogos y antropólogos notables por sus producciones y saberes. Son ellos los que batallan día a día para mantener en buen estado los sitios, seguir excavaciones y ofrecernos conocimientos actualizados sobre ese pasado.  Son ellos identificados con su legado, quienes lo defienden.

Las críticas alcanzaron a Conaculta de donde depende el INAH y quizá para contrarrestar la mala imagen, Canal 22 está coproduciendo con el instituto un programa llevado por Juan Villoro que se titula: Piedras que hablan, crónicas arqueológicas. Esta serie de 13 programas complementa a una anterior titulada INAH Noticias conducida por Alejandra Flores, que abarca temas relacionados con las culturas primigenias, sus tradiciones, fiestas, música. Y también lo referido a los sitios. El programa es disfrutable salvo por la insistencia de atribuirle a Felipe Calderón el interés y los logros. Se le incluye en inauguraciones y los funcionarios citan su contribución en un estilo de propaganda palaciega que resta credibilidad al ejercicio noticioso.

Por contraste, Piedras que hablan muestra el recorrido que hace Villoro por cada uno de los lugares, casi siempre acompañado por los arqueólogos adscritos al sitio quienes responden a sus preguntas, agregan datos, historias, reviven momentos del trabajo en el terreno. El escritor, hábil para la crónica, logra despertar entusiasmo por conocer esos monumentos y la narración procura imaginar el cotidiano trasiego en esos años remotos. Muñido de un sombrero de explorador, recorre explanadas, pasillos, basamentos, compartiendo con nosotros su experiencia.

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