Futuro de la Tv pública

El sexenio que acaba de terminar fue regresivo para las televisoras públicas: menor libertad editorial, en general bajo presupuesto, trato igual que las concesionarias en la inclusión del 1.25% de tiempo fiscal, mayores espacios para la propaganda gubernamental, programas especiales conducidos por periodistas e intelectuales conservadores, series comerciales, personajes, actores, actrices de las empresas apoderándose de espacios tradicionalmente en manos de los canales gubernamentales.

Los cambios más visibles se dieron en Canal Once. La llegada de Fernando Sariñana a la dirección logró que la pantalla diese un giro de 90 grados. Marginó al IPN del diseño temático de los contenidos. Fue tiñendo a la emisora de un tono frívolo, de puro entretenimiento, de banalidad. Modificó los escenarios, las identificaciones, los colores, para finalmente imponer un nuevo nombre: Once TV México. Un amplio elenco de comentaristas gozó de una hora de lunes a viernes para alabar las políticas del gobierno y denostar a la oposición de izquierda. Instó a sus amigos productores a que realizaran ficción melodramática. Compró materiales a compañías estadunidenses, de Canadá y británicas de escasa relevancia. Logró así bajar el porcentaje de producción propia a más de la mitad.

A cambio de haberle mellado el filo crítico, obtuvo en 2010 un salto presupuestal que sería administrado por otra creación del régimen: el Organismo Público de Medios Audiovisuales (OPMA), adscrito a la Secretaría de Gobernación. Logró también un aumento a la cobertura mediante la difusión de su señal a varios estados de la República.

Canal 22 salió un poco mejor librado en el aspecto de los contenidos gracias a que Jorge Volpi fue nombrado director. Abandonó la televisora en 2011 para entregársela a Irma Pía González, quien estuvo al frente algunos meses y renunció para irse a la campaña de Josefina Vázquez Mota. Felizmente le sucedió Magdalena Acosta, quien sí sabe de televisión pública, pues trabajó muchos años en Canal Once.

Sin embargo el canal no se salvó de mercantilizar su pantalla. Fue el propio Volpi quien señaló que, en su carácter de concesión, se permitían los anuncios. Los incluyó convencido de que una señal pública puede cortar los programas sin desdoro para su prestigio. Ello, aunado a la profusión de los spots de la Presidencia, del Ejército, del Congreso y, en campaña, de los partidos políticos, produjo tantas interrupciones que el interés por los programas se diluye. Instituyó también la figura del “defensor del televidente”. Inició reality shows de corte cultural. En suma, quiso guardar un difícil equilibrio entre propuestas novedosas y el oficialismo inevitable.

La salida al aire de señales digitales apenas si se notó. En la capital obtuvieron permiso Canal 21 del gobierno del DF. El entusiasmo de un principio se fue a pique por la renuencia de dar un campanazo en el cuadrante con una propuesta innovadora de forma y de fondo. Canal 30, que arriesga más en formatos, apenas si se ve por el escaso número de aparatos receptores actualizados. TVUNAM, que también obtuvo su frecuencia, ya se sintonizaba en cable y adolece del mismo problema que el resto de los digitales: la recepción no es masiva.

Ante este panorama cabe preguntarse: ¿Tiene futuro la televisión pública crítica, independiente y de calidad en México?

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