Los que sí bailan

MÉXICO, D.F.(apro).-No existen soluciones sencillas para los problemas de enorme complejidad. Al vapor, como sucede cada seis años, los nuevos funcionarios culturales que han empezado a elaborar sus proyectos de trabajo lo hacen en gran parte de los casos a ciegas y bajo la presión de que todo debe regirse bajo criterios, en apariencia, novedosos pero que en esencia tendrían que tener una cierta continuidad.

En el caso de la danza las políticas de apoyo están notoriamente desbalanceadas hacia la danza contemporánea y, muy en particular, subrayando la creación por encima de la interpretación. Es decir, se reconoce más a los coreógrafos que a los bailarines y a tal grado que parecería que aquellos que no dan el paso hacia la creación formal quedan rezagados al destino manifiesto de no haber sido “capaces” de destacar también en el terreno de la elaboración coreográfica como si bailar no fuese una carrera con el suficiente peso específico para merecer el respeto de la sociedad.

Este craso error ha dado como resultado la proliferación de una multitud de pseudocoreógrafos, que, para poder sobrevivir, solicitan apoyos: llevar al foro solos que ellos mismos se montan, o montajes con solos de varios creadores como si el arte de un monólogo fuese sencillo.

¿Pero qué pueden hacer para sobrevivir aquellos que invirtieron su tiempo y energía en bailar solamente? En principio, la respuesta debería de venir del propio gremio. La obligación de arropar y proteger a quienes han dedicado la mayor parte de su vida profesional a la ejecución lúcida y profesional tendría que venir de los coreógrafos, pero también de los gestores, de las autoridades y de la sociedad misma.

Nadie con uso de razón se atrevería a decir que bailarines de la talla de Antonia Quiroz o Miguel Ángel Añorve –ambos pilares del Ballet Nacional de México de Guillermina Bravo– tendrían que haber incursionado en el terreno de la coreografía para merecerse el respeto de sus compañeros de gremio.

Lo mismo ópera para Solange Lebourges, bailarina modeló del Ballet Teatro del Espacio de Gladiola Orozco y Michel Descombey, Victoria Camero, Lorena Glinz y Orlando Sheker de Ballet Nacional, por citar a unos cuantos.

¿Cuál es el futuro de los grandes bailarines mexicanos? Pareciera que el de tener una carrera rápida, para después optar hacia otros campos profesionales en los que sí se pueda sobrevivir dignamente a pesar del paso de los años.

Aquellos que bailan están condenados así a ser sustituidos fácilmente por ejecutantes más jóvenes y con menos escrúpulos para sostenerse sin paga, sin aguinaldo, sin seguro médico y sin compromisos económicos.

Trabajarán entonces por proyecto y para el coreógrafo que requiera gastar un presupuesto para un montaje específico o gira. El compromiso no incluirá una relación creativa sino estrictamente laboral. Se siguen instrucciones precisas, se cobra y se busca hacer audición para un nuevo proyecto.

Pero esa es sólo una de las variables. Hay otros casos como el Mario Alberto Frías que siendo un extraordinario bailarín contemporáneo saltó a la televisión comercial para tener un sueldo fijo y ciertas prestaciones o el de Manuel Stephens que mandó su carrera como bailarín al diablo porque se sentía más reconocido como crítico.

O el de bailarines como Omar Carrum, Tania Pérez-Salas, Cora Flores, Víctor Manuel Ruiz y Lourdes Luna, entre otros cuyas lesiones los han ido alejando cada vez más de los foros y que de alguna manera u otra definieron su vida por los minutos en el escenario.

Mucho hablan los coreógrafos contemporáneos. Opinan y enarbolan criterios a seguir sin haber consultado con los intérpretes.

Ya vendría siendo hora de saber qué necesitan sus bailarines, para continuar en la danza nacional.

De otra forma, las compañías se irán trasmutando en grupos de adolescentes que, tarde o temprano, se irán en busca, ya no de un futuro mejor, sino simplemente de un futuro.

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