Ellas, las surrealistas

Se exhibe en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México In Wonderland, muestra del genio creativo de mujeres mexicanas y estadunidenses inscritas en el movimiento surrealista, por décadas dominado por varones que tendían a ver a las mujeres como musas antes que como artistas. Ellas, sin embargo, mostraron su talento a través de creaciones que han dejado una profunda impronta. La muestra permanecerá abierta hasta el próximo 13 de enero.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Lentamente se acerca el centenario del surrealismo. En doce años más –el primer manifiesto surrealista se publicó en junio de 1924– el mundo pasará revista a uno de los movimientos culturales más influyentes y trascendentales del siglo XX, cuya huella es evidente tanto en las artes como en el pensamiento crítico, que a fin de cuentas forman parte de un mismo entramado.

Su conmemoración dará lugar a una vasta diversidad de reflexiones, pues el surrealismo lo mismo tiene que ver con el pensamiento utópico que con la publicidad –la mercadotecnia ha sabido explotar su inmensa riqueza conceptual–, y nunca ha dejado de ser objeto de estudio y debate, dentro y fuera del ámbito académico. El interés por los surrealistas rebasa el marco de la historiografía, si bien es en ese campo donde resulta más fácil advertir la abundante producción intelectual en torno de su obra y de su vida.

No obstante, hay aspectos del surrealismo que no han sido suficientemente explorados o que, en todo caso, aún son muy poco conocidos por el gran público. Por ejemplo, la magnitud –tanto en cantidad como en calidad– de la obra plástica creada por mujeres afiliadas o afines al surrealismo a lo largo de cinco décadas, y las difíciles circunstancias que les tocó remontar para construir su identidad como artistas en el seno de un movimiento encabezado por hombres.

En efecto, desde sus orígenes, el movimiento surrealista estuvo compuesto casi exclusivamente por varones. Las únicas mujeres que figuran entre los integrantes del grupo fundador son Simone Collinet, Gala Éluard y Elsa Triolet, esposas de André Breton, Paul Eluard y Louis Aragón, respectivamente. De ellas, sólo Simone habrá de colaborar en La Révolution Surréaliste, y sólo por una vez, en el primer número, con unos textos sin título y firmados únicamente con sus iniciales: S. B. (Simone Breton). Los surrealistas miran a la mujer como musa, puerta de entrada al misterio, encarnación de la belleza, emblema de la pureza u objeto de deseo; la divinizan: no la tratan como su igual.

Sorprende tal actitud. Especialmente por parte de Breton, quien a los 28 años de edad (la que tenía cuando redactó el primer manifiesto) indudablemente conocía la llamada “carta del vidente”, de Arthur Rimbaud, genio tutelar del surrealismo. En esa carta, escrita en mayo de 1871, más de medio siglo antes del primer manifiesto surrealista, Rimbaud, de 16 años de edad, vaticina:

“Cuando se consiga quebrar la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva para ella y por ella, porque el hombre –hasta entonces abominable– la haya liberado, ¡la mujer también será poeta! ¡La mujer encontrará lo desconocido! ¿Diferirá de los nuestros su mundo de ideas? Encontrará cosas extrañas, insondables, repugnantes, deliciosas; las tomaremos, las comprenderemos.”

Es inútil buscar un eco de estas palabras de Rimbaud en el Primer manifiesto. Habrán de pasar 20 años para que Breton escriba algo relativamente semejante en las páginas de Arcano 17 (libro concluido a finales de 1944), donde, todavía bajo la sombra ominosa de la segunda Guerra Mundial, señala:

“Ya es hora que las ideas de la mujer prevalezcan sobre las del hombre, a cuyo tumultuoso fracaso asistimos hoy. Son los artistas en particular quienes deben asumir la responsabilidad… de maximizar la importancia de todo lo que sobresale en la visión femenina del mundo, en contraste con la masculina, para construir sólo a partir de los recursos de la mujer.”

No obstante, las artistas surrealistas tuvieron que ganar por sí mismas el espacio para desplegar esa visión. Precisamente ése es el eje de la excelente muestra que se presenta en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México: In Wonderland. Las aventuras surrealistas de mujeres artistas en México y los Estados Unidos, que reúne más de 200 obras –pinturas, fotografías, objetos, esculturas– realizadas por 48 artistas (once de ellas mexicanas: Lola Alvarez Bravo, Lilia Carrillo, María Izquierdo, Frida Kahlo, incluyendo a siete célebres inmigrantes: Leonora Carrington, Olga Costa, Katy Horna, Alice Rahon, Rosa Rolanda, Bridget Tichenor y Remedios Varo) a lo largo de cincuenta años, pues la mayor parte están fechadas entre 1930 y 1980, aunque hay unas cuantas que datan de la década pasada, como ilustración de lo que María Elena Buszek –una de las autoras del importante libro homónimo que complementa la exposición– llama “el legado del surrealismo en el arte feminista contemporáneo”.

Desde luego, no es necesaria exposición alguna para enterarnos o convencernos del talento creativo de las mujeres que se dedican a las artes visuales. Pero sí resulta muy significativo ver específicamente la manera en que las mujeres surrealistas o relacionadas con el surrealismo plasmaron su talento, sobre todo porque el surrealismo, al poner en tela de juicio los valores tradicionales de la sociedad burguesa (la patria, la familia, el trabajo) y privilegiar la rebelión, la libertad, el amor, el sueño, la poesía, fomentó una nueva actitud y una nueva conducta por parte de las mujeres, no sólo en lo que se refiere al cultivo del arte, sino a su propia vida. Si bien una gran parte de los artistas surrealistas eran señores tan convencionales como la mayoría de los hombres en lo tocante a su trato con las mujeres, el surrealismo fomentó la libertad femenina en una gran diversidad de planos –desde el erótico hasta el político– y, como suele ocurrir con toda revolución, sin duda desbordó a sus propios impulsores.

In Wonderland –ya que el título busca referir al visitante al universo creado por Lewis Carrol en Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland), bien podría habérsele puesto a la exposición “En el País de las Maravillas”– nos acerca a ese mundo de ideas al que Rimbaud alude en su carta, y nos entrega un testimonio fascinante y revelador de la imaginación de las mujeres, que disipa la acendrada ensoñación masculina de la mujer-niña, tan cara a los propios poetas y pintores surrealistas.

Gran parte de las obras elegidas para representar el trabajo de las artistas mexicanas son ampliamente conocidas, pero nunca dejará de ser una maravilla volver a verlas y, presentadas en conjunto, en un contexto diferente, hace que operen de una manera distinta. Los cuadros de Leonora Carrington se aprecian de otro modo vistos al lado de las obras de Alice Rahon y de Remedios Varo, pero además permiten interesantísimas comparaciones y espejeos con las obras de sus colegas europeas y estadunidenses. (Por cierto: ya que la parte mexicana está representada por siete eminentes inmigrantes europeas, resulta extraño que no se incluya ninguna fotografía de Eva Sulzer, quien llegó a México en 1939 con Alice Rahon y Wolfgang Paalen.)

Naturalmente, para el espectador mexicano la parte más novedosa de la exposición es la que corresponde a las artistas europeas y estadunidenses, cuyas obras pocas veces (o nunca antes) habían sido exhibidas en México. Hace más de medio siglo que no se exhibía en México un cuadro de la italiana Bona Tibertelli (esposa del gran narrador francés André Pieyre de Mandiargues) o de Mina Loy (quien viviera en nuestro país con el poeta francés Arthur Cravan, desaparecido en el Golfo de México).

Es una oportunidad irrepetible de ver obras espléndidas de grandes pintoras como Kay Sage, Dorothea Tanning, Helen Lundeberg, e impresiones vintage de imágenes tomadas por Lee Miller, Ruth Bernhard y Francesca Woodman, entre otras notabilísimas fotógrafas.

El trabajo de curaduría es extraordinario, y admirable el esfuerzo realizado por Ilene Susan Fort y Tere Arcq para seleccionar y reunir tantas piezas de primerísima calidad provenientes de museos y coleccionistas muy diversos. No por nada tomó cinco años el realizar esta exposición.

Sólo es una lástima que gran parte de los documentos que se exhiben con la muestra no se hayan transcrito y traducido, pues hay algunos tan nortables como la divertida carta que Dorothea Tanning le envía a Joseph Cornell en 1944. Ojalá fuese posible que antes de retirar la exposición el Museo de Arte Moderno hiciera un pequeño cuadernillo con, por lo menos, los más destacados de ellos.

In Wonderland es una exposición excepcional que invita a ser visitada y disfrutada repetidas veces, y a invertir varias horas en cada visita, siempre con gran deleite.

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