El poder de la cultura

La principal riqueza de México es su cultura. La tradición artística y cultural del país, a la que he llamado el alma de México, constituye el núcleo de la nación, así como la principal fuente de orgullo para sus ciudadanos. Pocas naciones en el mundo tienen el privilegio de ostentar 3 mil años de creación ininterrumpida en el ámbito de la arquitectura, la escultura, la pintura, la poesía, la narrativa, la música, las artes aplicadas, la gastronomía. Todo ello, aunado a los nuevos tiempos políticos del país, exige una auténtica política cultural de Estado.

Las administraciones panistas interrumpieron el camino que se había trazado en esa dirección y desmantelaron la profesionalización del sector. A cambio de ello impusieron un patrimonialismo prepotente que la comunidad cultural tuvo que aceptar con resignado escepticismo. El insensato nombramiento de Sara Bermúdez en Conaculta sólo se explica por la rusticidad de la pareja Fox-Sahagún. Como lo dijo un agudo crítico: “Sari no entiende que no entiende”. Tampoco quienes la nombraron. El símbolo más elocuente de su gestión es el elefante blanco llamado Biblioteca Vasconcelos, paradójicamente producto de la mente de tres analfabetos funcionales. En contraste, Sergio Vela contaba con todas las credenciales profesionales, pero el poder inherente al cargo, sumado a su cercanía con el Presidente, parece haber producido una soberbia autodestructiva que lo condujo a una renuncia obligada.

Administradora eficaz, Consuelo Sáizar fue designada presidenta de Conaculta después de haber sido directora del Fondo de Cultura Económica. Los dos nombramientos se vieron ensombrecidos por la influencia velada de Elba Esther Gordillo, lo cual definió la forma de ejercer el poder en ambas instituciones. La manera intempestiva y soez con la que fue destituido como director del FCE un escritor de la calidad de Gonzalo Celorio, con una destacada trayectoria como funcionario cultural, sólo puede ser explicada por la sumisión del entonces secretario de Educación, Reyes Tamez, a los dictados de la lideresa magisterial. Del mismo modo, el influjo de la maestra Gordillo sobre su dócil aliado, Felipe Calderón, fue determinante para la llegada de Sáizar al Consejo. El efímero nombramiento de Eduardo Zavala Barrenechea, allegado a  la maestra y cuestionado por el manejo de las finanzas en la Lotería Nacional, como Secretario Técnico “A”, responsable del presupuesto de Conaculta, es una muestra palpable del acuerdo secreto Gordillo-Sáizar que, debido a la reacción de la opinión pública, en ese caso no pudo cristalizar. Logros indudables como la Ciudad de los Libros se ven eclipsados por el ambiente contaminado y cuasi castrense que prevaleció en la máxima institución cultural del país durante el último trienio. Tal es el lado oscuro del poder de la cultura.

Tras el prolongado lapso de intentos fallidos, Conaculta retomará su vocación originaria con el nombramiento de Rafael Tovar, cuya solidez como persona y funcionario de cultura ha sido probada durante los nueve años en que presidió el Consejo. Dicha experiencia y un presupuesto cuatro veces mayor al que él ejerció le permitirán pensar en grande y tomar decisiones con visión de largo plazo para consolidar a Conaculta como lo que debe ser: una institución ejemplar del Estado mexicano.

La cultura posee un poder transformador sin límites. En sus Cartas sobre la educación estética del hombre, Friedrich Schiller sostiene que la apreciación de lo bello es fuente de armonía individual y social: “Únicamente la comunicación de la belleza une a la sociedad”. Al conjugar racionalidad con sensibilidad, la disposición estética hace mejores a los hombres, incluso se convierte en fundamento de la ética. “Cuando cultivamos nuestras capacidades estéticas, desarrollamos nuestras facultades morales”, afirma el pensador alemán. Más aún, considera que la experiencia de la belleza es condición de humanidad cabal y fundamento de la libertad. Dichas ideas no han perdido vigencia.

El primero de los cinco acuerdos del Pacto por México se refiere en su cuarto inciso a “La cultura como elemento de cohesión social”, concepto que se desglosa en cinco compromisos (del 16 al 20): Protección del patrimonio cultural, infraestructura de los estados, educación artística, estímulos a creadores y la cultura como proyección de México en el mundo. Tal como lo postula Schiller, la cultura tiene el poder de fortalecer el tejido social, para lo cual es necesario brindarles a los niños y jóvenes una educación estética. Ante el enorme atraso en materias prioritarias como comprensión de la lectura y matemáticas, puede parecer superfluo o utópico hablar de desarrollar la sensibilidad para apreciar la belleza, el arte y la cultura. No lo es. El compromiso 18 del Pacto establece: “Se introducirán en las escuelas, particularmente en las de horario ampliado, programas de educación artística que desarrollen en los alumnos el gusto por la cultura y los ayuden a desarrollar habilidades que mejoren su aprendizaje en otras materias”. Está bien, pero es indispensable que la educación estética trascienda el ámbito de las aulas y se vincule con la difusión y promoción cultural, a cargo de Conaculta. La televisión y las nuevas tecnologías de la comunicación son instrumentos fundamentales para la proyección de nuestra cultura, dentro del país y en el mundo.

Propongo que los Institutos de México lleven el nombre de Octavio Paz, la figura literaria más destacada de México, a la par de Sor Juana y Alfonso Reyes, con la ventaja sobre sus antecesores de que su obra está traducida a todos los idiomas y es mejor conocida mundialmente. Además, Octavio Paz es el mejor y más auténtico rostro del México democrático al que aspiramos. En 2014, la celebración del centenario del nacimiento de nuestro Premio Nobel de Literatura debe concebirse como un magno acontecimiento nacional e internacional, en el marco del compromiso 20 del Pacto por México. Esperamos resultados.

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