Cine: “Un reino bajo la luna”

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La Cineteca Nacional mantiene en su cartelera de enero esta cinta que estuvo en el programa de la Muestra; afortunadamente, porque Moonrise Kingdom: un reino bajo la luna (EU, 2012), de Wes Anderson, requiere de tiempo para conciliarse con el gusto del público cinéfilo; desconcierta el tono engañosamente ingenuo y el gusto por la geometría de planos de este director tejano que sabe trasladar la estética del western al teatro de marionetas.

La historia, escrita en colaboración con Roman Coppola, ocurre en 1965 en una isla de Nueva Inglaterra; los protagonistas son dos púberes de 12 años que escapan del mundo rígido y distante de los adultos para vivir su propio idilio; Suzy (Kara Hayward) proviene de una familia ligeramente disfuncional donde los llamados a comer se hacen con magnavoz; Sam (Jared Gilman), huérfano y nerd, escapa de un campamento de boy scouts; toda una constelación de estrellas, algunos, como Bill Murray, presente en otras cintas de Anderson, componen el mundo sinóptico de los adultos, Edward Norton, Frances McDormand, Tilda Swinton, Harvey Keitel, todos opacados bajo la naturalidad de los chicos.

El inagotable tema del amor joven, la rebelión de la imaginación contra el mundo gastado de las reglas del mundo adulto y de su incapacidad para expresar emociones, resuena de principio a fin con la música de Alexandre Desplat. La intolerancia de los adultos contra el ímpetu de los jóvenes podría evocar Romeo y Julieta; pero en su entrenamiento con los scouts, Sam aprendió de sobra todo lo que le faltó a Romeo; por ende, el cónyuge de Julieta nunca sostuvo una conversación de hombre a hombre tomando cerveza con Bruce Willis; con Sam, Wes Anderson compone un personaje insólito que, sin perder su candor, es todo un héroe marginado.

Preocupada por las influencias cinematográficas, de Kubrick a Scorsese, sobre Moonrise, la crítica estadunidense perdió de vista al artista principal con el que Wes Anderson intenta dialogar; quizá por eso sonríe como si lo sorprendieran con las manos en la masa en las entrevistas. Este Reino bajo la luna es una versión posmilenarista de Badlands, la cinta de Terry Malick que vibraba al ritmo de Carl Orff. Ahora Anderson elige a un compositor que marcó su propia infancia y que unifica los sentidos visual, sonoro y espiritual de la cinta: El arca de Noé (Noye’s Fludde) de Bejamin Britten, la ópera compuesta para niños que exige ser representada en una iglesia.

Lo que algunos ven como narrativa un tanto forzada en la segunda parte de la cinta, no es más que la metáfora central de la cinta, una inmensa arca de Noé que, aunque llena de agujeros, es, a fin de cuentas, la familia, tema central de Anderson (La familia Tenenbaum, The Darjeeling Limited).

Aunque suene obsoleto decirlo así, Moonrise Kindom: el Reino bajo la luna es la obra mejor lograda del director a nivel de fondo y forma; encuadres y secuencias responden a una geometría de precisión de pares y opuestos, siempre a tono con los diálogos y con el ritmo de encuentros y separaciones.

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