Encantamientos olímpicos

En una lóbrega prisión de la República de Génova tiene lugar un hecho que alterará la concepción del mundo. Dos prisioneros de guerra se enfrascan en la redacción del libro de viajes más fantástico jamás contado. Uno rememora y dicta, el otro escribe e incita. Saben que lo que narran habrá de estrellarse contra farallones de escepticismo pues a sus probables lectores les cuesta trabajo reconocer otros prodigios que no sean los suyos. Corre para ellos el año de 1298 del nacimiento de su Señor y Dueño Jesucristo…

       En los carteles del teatro de Sant´Angelo de la República de Venecia se anuncia para el miércoles 17 de febrero de 1734 el estreno del flamante dramma per musica de un anómalo sacerdote que ha preferido incursionar en las arenas movedizas del espectáculo antes que predicar la fe cristiana desde el púlpito. Dentro del reparto de los personajes están citados dos sopranistas cuyos virtuosismos canoros son resultado de la extirpación, en edad temprana, de sus gónadas. Gracias a ellos puede garantizarse el mínimo indispensable de asistentes…

Millones de pantallas transmiten desde la República Popular China la gesta deportiva más ansiada del orbe. Los preparativos se fraguaron con aquella paciencia milenaria que es propia de sus organizadores empero, atrás de las apariencias, la fecha elegida para la inauguración desafió una inveterada creencia que habla del número cuatro como portador de infortunios; el ocho del ocho del año 08 entrañaba la cifra infausta por partida séxtupla. El adepto para componer y coordinar la música que enmarca los desfiles sabía que el éxito de su trabajo dependía del equilibrado sincretismo sonoro entre Oriente y Occidente. Empresa hercúlea digna de un avezado compositor capaz de navegar en los ríos de la historia…

 

 

Entre rumores de mar, los encarcelados rehacen la andadura por aquellas tierras míticas en donde se dice que nunca antes un ser de su raza había osado poner pie. Para gloria de su linaje y como admonición para una humanidad ávida de conquistas, las memorias del comerciante convertido en viajero se plasman con la mansedumbre que impone el encierro. Los párrafos bordan utopías: sí, si es posible acercarse a otros credos y ponerse al servicio de señores extranjeros sin pretender saquearlos bajo la consigna de “educarlos”. El recuento de maravillas desborda los pliegos que el escribano Rustichello da Pisa va amontonando sobre el improvisado bufete…

Rara vez acuden aristócratas al teatro veneciano donde también funge como empresario el cura del escándalo. En el proscenio se han mezclado sonoridades de tiorbas y violones junto a la algarabía de un público caprichoso que no sabe guardar silencio. El autor del libreto puesto en música es un poeta cuyo nombre es sinónimo de refinamiento literario, se hace llamar Metastasio. Su obra titulada L´Olimpiade habrá de conocer 120 ediciones y una larga lista de compositores se servirá de ella para hacerse de triunfos artísticos. Se calculó la pertinencia de que la diva Giró, amante del hombre de fe, se presentara en escena y se optó por alejarla momentáneamente: para el prelado pelirrojo la amenaza de excomunión siempre está al acecho…

Quedan atrás los años de la Revolución Cultural decretada por Mao Zedong en los cuales se prohibió con lujo de violencia todo aquello que proviniera de occidente. Millones de víctimas pagaron con su vida el sustento de una ideología manipulada en beneficio de los detentadores del poder. Curtidos al viento, los recuerdos impulsan a la emergente potencia para adueñarse del futuro. Sus atletas son testimonio fehaciente de ello. Asimismo, del pasado feudal chino se hizo tabula rasa. Chen Qigang, creador de la música olímpica, logró estudiar composición en Beijing una vez que reabrieron los conservatorios pero, no obstante el privilegio, eligió a Paris para imbuirse de las tradiciones musicales del supuesto “Viejo Mundo”…

Durante la lectura de lo escrito, el mercader que atravesó llanuras y desiertos sobre monturas inauditas, cae en la cuenta de la complejidad de su empresa. Con sus palabras él, micer Marco Polo, noble ciudadano de la potencia marítima más pujante de su época, puede propalar mitos a voluntad aunque hay portentos cuya revelación podría engendrar recelos e, incluso, destrucción y muerte. El unicornio amansado por una doncella no es producto de la fantasía, ha de mentarse rinoceronte. Aprendió que de la riqueza se puede hacer metáfora; ha traído evidencia consigo, es la moneda de papel. En aras de futuras expediciones anota, sin importar que sea de oídas, que en la remota isla de Cipango,[1] desde los palacios y, a veces hasta la lluvia, son de oro puro. ¡Que las mercancías hablen por sí mismas para acallar infundios! Son prueba de su buena fe. Brocados, fideos, gomas como la “sangre de dragón”, jengibre, canela, almizcle, incienso, alcanfor… otros objetos tan improbables como la brújula y el melodioso erhu[2] prefiere conservarlos para su uso personal. ¿Valdrá la pena desvelar la existencia de cierto artilugio inventado por los pobladores de Catay[3] que, al sellar con planchas las letras sobre la carta, difundirá dogmas disfrazados de saber? Para la soberbia europea es mejor vivir con la ilusión de sus risibles primados. ¿Y la pólvora? ¿No será un detonador de la codicia que podría trocar la faz de los reinos?…

Con vigor inusitado, el preste mejor conocido como magíster Vivaldi, empuña el arco para arrancar potentes sonoridades de su violín. El barniz rojizo de su tapa fulgura la mirada de aquellos que lo observan.[4] Con este nuevo drama ambientado en una campiña cercana a la ciudad de Olimpia, pretende rehacer su economía, pues la aventura operística del año anterior lo hundió en la desesperanza. Tuvo la mala idea de prestarle atención a un oscuro poeta que le proporcionó un libreto que arrojaba aún más sombras sobre la verdadera historia de un tal Motezuma cuyo imperio sucumbió bajo el fragor de un puñado de arcabuces. Fue un reverendo fiasco y no por culpa de su música, a la que tildan de “populista” aquellos diletantes con poder que envidian su facilidad compositiva. ¡Cuán lejanos están los tiempos del esplendor de la Serenissima! Todo se pervierte en pos de simulación y farsas. ¡Pensar que sobre las cenizas del Palazzo Polo se levantó otro teatro![5] El aria de la olimpiada donde el atleta castrado se entera de que la presea consiste en recibir el amor de una mujer hermosa es bien recibida,[6] aunque el eco de los aplausos habrá de extinguirse por un tiempo inabarcable; la conciencia del clérigo no concibe la cercanía del destierro ni la magnitud del olvido…

Producto de una paciente metamorfosis, el erhu que los occidentales denominan violino, retorna como hijo pródigo a Catay para integrarse en la composición del maestro Qigang. Su voz, estandarte de fraternidad universal, resuena junto a las ocho familias de instrumentos musicales de la China Imperial que se fabrican con piedra, tierra, cuero, seda, madera, calabaza, metal y bambú. Simbolizan los ocho trigramas que el Libro de las Mutaciones o I Ching utiliza para un sabio desciframiento de los destinos de la impredecible criatura humana…

En la hora de su muerte Marco Polo es requerido para desmentir sus embustes. Su respuesta se proyecta hacia nuestro porvenir; no contó ni la mitad de las cosas extraordinarias de las que seremos testigos en un futuro que ya es presente…

 

 

 

 

 


[1] Antiguo nombre con que los europeos se referían al Japón. En el Diario de Colón se verifica  la vigencia

del mito enunciado por Polo en el que la presunta cercanía con las costas japonesas habría de depararle a  él y a la Corona Española la posesión del oro ajeno…

[2] Instrumento de dos cuerdas que se frotan con arco, precursor del violín que se “inventará” en el siglo XVI.

[3] Apelativo de la antigua China.

[4] En la receta del barniz cremonés se utiliza la Sangue di Drago de la que ya se hizo referencia.

[5] El actual teatro Malibran , antes San Giovanni Grisóstomo, fue erigido sobre las ruinas de lo que fuera la casa de Marco Polo.

[6] Se recomienda la audición del Aria Superbo di me stesso de la ópera L ´Olimpiade Rv.725 de Antonio Vivaldi.

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