A quién le pertenece el pasado

Marcada por uno de los más oprobiosos escenarios globales de la historia de la humanidad, la era contemporánea se debate entre flagelos que adquirieron ya la categoría de irrefrenables; tal es el caso del narcotráfico y su demencial violencia asociada, así como la proliferación de grupos armados de impronta desconocida. Dentro de esta trama se inserta, en una amalgama perniciosa, el saqueo y tráfico ilícito de bienes culturales. Tres fenómenos, pues, que interactúan con refinada precisión y que han desembocado incluso en el financiamiento de grupos extremistas. En el presente ensayo, con datos conocidos y otros inéditos, Jorge Sánchez Cordero repasa la problemática del mercado ilegal de bienes culturales a escala mundial, tema que será analizado en México a finales de marzo como parte de un seminario internacional convocado por la Unesco, el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y el Centro Mexicano de Derecho Uniforme, entre otras instituciones.

 

MÉXICO, D.F. (Proceso).- De acuerdo con el informe global 1999 de las Naciones Unidas, se estima que los ingresos por tráfico ilícito de bienes culturales a escala internacional totalizan alrededor de 7.8 billones de dólares (en la terminología estadunidense), terceros en importancia después de los correspondientes a narcotráfico (160 billones de dólares) y venta de armas (100 billones de dólares). Estas cifras coinciden con las proporcionadas por el Federal Bureau of Investigation; según el FBI, el tráfico ilegal de bienes culturales, que incluye antigüedades y obras de arte, asciende actualmente a cerca de 6 billones de dólares, mientras que en el Reino Unido –con base en datos de Scotland Yard– llega a 3 billones de libras esterlinas.

Para el sistema de aduanas de Estados Unidos, el referido tráfico en este país únicamente es superado por el de narcóticos. La conclusión provoca grandes zozobras: sólo 5% de los bienes culturales robados o ilícitamente exportados se restituyen a los países de origen, prueba irrefutable de la existencia de un mercado negro muy bien estructurado y que responde a un fuerte aliciente: alto rendimiento y bajo riesgo penal.

Dentro de este esquema, los bienes culturales robados traspasan fronteras y con vértigo van de un comerciante de arte a otro, en una cadena tan intrincada que resulta muy difícil de identificar y a la que en el ámbito criminalístico se le denomina cordata. Durante su trayecto el bien cultural adquiere una historia ficticia en cuanto a su origen, la cual es proveída por algún comerciante con conocimientos de historia del arte o de arqueología. Peor aún, los documentos apócrifos que lo acompañan son escasamente cuestionados.

En la mayoría de los casos los países de origen no se enteran de la exportación ilícita hasta que aquéllos son descubiertos al azar. La legislación internacional no contribuye específicamente al combate de este flagelo. La Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Trasnacional, conocida como Convención de Palermo del 2000, y sus tres protocolos suplementarios, no abordan el tráfico ilícito de bienes culturales. Únicamente el Consejo Económico y Social de la ONU, en su declaración de julio de 2008, luego de reconocer la importancia de la preservación del legado cultural, exhortó a los miembros de la comunidad internacional a fomentar la cooperación en el combate del robo y tráfico ilegal de bienes culturales.

Dentro de este esquema, la cadena de comercialización pareciera ser sencilla: el abasto de bienes culturales que proviene de los países de origen, la demanda creada por los consumidores en los países de destino y una intrincada red de transporte. Sus elementos de composición son, sin embargo, más complejos:

El drástico incremento en el valor de las antigüedades ha precipitado la infiltración y el monopolio del mercado negro por parte del crimen organizado. El pillaje y la consecuente depredación del patrimonio cultural es una práctica frecuente. El involucramiento de grupos criminales en este tráfico deriva en una doble amenaza: tanto a la preservación del patrimonio cultural como a la seguridad nacional. Esta complejidad se agrava, pues mientras en los lugares de origen el tráfico es ilegal, en los mercados de arte de los países de destino (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Suiza y Países Bajos, entre otros) la venta de antigüedades es lícita y abierta y con un mínimo de documentación.

La prohibición lisa y llana en los países de destino no resulta tan sencilla. Por lo demás, la libre disposición de los bienes es parte del discurso de derechos humanos, y existen adicionalmente una serie de colecciones en los países de destino formadas durante la historia de esas naciones y que legalmente no es posible declararlas irreductibles a propiedad particular.

Otro elemento que no puede soslayarse es el religioso. En Grecia, no obstante la proliferación del vandalismo y robo de iconos, crucifijos y otros objetos litúrgicos, la Iglesia ortodoxa griega y sus monjes se niegan a documentar sus tesoros y son muy reticentes a llevar un expediente fotográfico (Boutopoulou).

 

El informe Bogdanos

 

Michel Bogdanos fue un coronel estadunidense del Marine Corps Reserve. Merecedor de una medalla de bronce por su trabajo de inteligencia, especialmente contra el terrorismo en Afganistán, en 2005 recibió asimismo la medalla nacional de humanidades en los Estados Unidos por los trabajos que realizó en favor de la restitución de tesoros al Museo Nacional de Irak.

La conclusión del informe Bogdanos no deja lugar a dudas: el terrorismo internacional también se halla involucrado en este negocio ilícito. Dicho reporte confirmó lo que ya había provocado gran inquietud en los altos mandos estadunidenses: en la persecución del terrorismo internacional invariablemente se topaban con el comercio de antigüedades; más aún, logró detectarse que el tráfico ilícito de bienes culturales provenientes de Irak estaba fondeando las actividades de grupos extremistas.

El informe sostiene que en tanto los talibanes comercian con opio para financiar sus actividades en Afganistán, en Irak se recurre a la venta ilícita de antigüedades. Este tráfico, añade el informe, lo realizan grupos paramilitares, milicias y extremistas, de tal suerte que resulta muy difícil identificar la fuente; más grave aún el tráfico ilícito se halla con frecuencia vinculado al de narcóticos, cuyas rutas “coinciden” con las del tráfico ilícito de antigüedades. En esto el informe es categórico: el tránsito de este circuito perverso contribuye a la guerra, a la opresión y al terrorismo.

El informe Bogdanos finaliza sosteniendo que los principales proveedores de recursos son los propios Estados Unidos, Reino Unido y Suiza. En su legislación fiscal, estos países posibilitan como deducibles fiscales las donaciones de colecciones privadas a colecciones públicas o de museos, de tal suerte que, paradójicamente, dichas naciones están subsidiando el mercado negro con dinero público. Uno de los centros nerviosos para identificar el tráfico ilícito de bienes culturales es el Ilicit Antiquities Research Centre, de Cambridge, Reino Unido. El 5 de diciembre de 2006 realizó un muestreo de los portales de internet que ofrecen bienes culturales (Brodie) provenientes de la zona de conflicto de Medio Oriente. Cabe señalar que en este contexto se ocultaba deliberadamente el nombre de Irak; en su lugar se empleaba el de Mesopotamia o el de Mediterráneo para neutralizar los efectos de la resolución 1483 de las Naciones Unidas. Para los mercaderes de arte este lenguaje cifrado es fácilmente comprensible.

El muestreo se repitió en septiembre de 2008 y reveló un incremento sustantivo de la oferta en el mercado. Así, fue posible identificar los puntos terminales de este mercado, como la galería Royal-Athena –especialista en la venta de arte griego, etrusco, romano, egipcio y del cercano y medio oriente en Nueva York y Londres– y la Barakat en Los Ángeles. En el curso de la investigación los propietarios de esta última galería sostuvieron que sus piezas, todas provenientes de Irak, las habían adquirido en 1956 en Jordania. Lo sorprendente del caso es que en un momento determinado la galería Barakat ofertó un lote de piezas del siglo XXI a.C., que corresponden al mismo sitio arqueológico pero que, según la galería, provenían de sitios diferentes: Israel y Siria.

La aportación del sector académico ha sido determinante en la vertebración del tráfico ilícito. Wilfrid Lambert, profesor emérito en asiriología de la Universidad de Birmingham e integrante de la British Academy, tradujo 32 de 142 sellos cilíndricos ofertados en 2008, y 211 de un total de 332 ofertados en Norteamérica. Estas traducciones han sido fundamentales para eliminar piezas apócrifas y preservar la confianza en el mercado.

El análisis respecto de la calidad, relevancia y rareza de dichas piezas respalda los precios. Sin estos análisis de Lambert y sus colegas el mercado sería mucho menos sólido y, desde luego, menos rentable (Brodie). Lambert ha admitido que en la mayoría de los casos ignora la proveniencia de los objetos y que en gran medida sus clientes también la ignoran.

 

El contacto italiano

 

Una de las columnas dorsales del Estado italiano son los Carabinieri, milicia que se ha distinguido por su alto grado de eficacia y profesionalismo. Ante el agravamiento del pillaje en el ámbito que nos ocupa, Italia creó en 1969 el grupo de élite Comando Carabinieri Tutela Patrimonio Culturale (TPC), que muy pronto se convirtió en el centro de información y análisis más importante en la materia en ese país y en la escena internacional; su base de datos contiene 123 mil 285 eventos de criminalidad, 2 millones 773 mil 987 objetos culturales con 343 mil 105 imágenes.

La conclusión del TPC no deja lugar a dudas: los grupos criminales que operan en el mercado ilícito de bienes culturales son altamente sofisticados y han desarrollado organizaciones con alto rendimiento económico. Si bien escapan al modelo mafioso clásico, emplean métodos muy similares y se han distinguido por sus alcances internacionales. Existen fuertes indicios de que pudieran estar vinculados con las mafias tradicionales.

Algunos ejemplos pueden ser mencionados en relación con dicha actividad criminal: El cuadro La Natividad de Caravaggio fue robado y hasta el momento no ha podido ser recuperado. Posteriormente, de acuerdo con un prominente miembro del clan siciliano que se convirtió en informante de la policía, este grupo no era ajeno al robo de esa pieza. De la misma manera, hay indicios sólidos de que miembros de la Camorra italiana estuvieron involucrados en el hurto de dos pinturas de Van Gogh (Vista del mar desde Scheveningen y La Congregación abandonando la Iglesia Reformada en Nuenen) del Museo de Ámsterdam en 2002.

Los resultados de diversas acciones del TPC revelan datos interesantes. De acuerdo con el informe del comandante Giovanni­ Nistre, el operativo Ghelas (2003-2007) desmanteló una organización dedicada al tráfico internacional ilícito de bienes arqueológicos; el operativo Piovra (2001-2003) puso al descubierto la existencia en Calabria de asociaciones dedicadas al robo de obras de arte; el Arberia (2002-2004) logró evidenciar que una organización criminal debía contar con el beneplácito del crimen local (ndrina) y pagar 5% del total de la ganancia; el Tarlo (2006-2007) identificó operaciones estratégicas de robo de arte y antigüedades en Nápoles y el sur de Italia, y, finalmente, el Arte protetta (2010) pudo erradicar un grupo criminal especialista en el robo de obras de los siglos XVII y XVIII.

En lo que respecta a la falsificación, el TPC logró constatar que se trata de un negocio en expansión. Durante un operativo conjunto del FBI, la policía española y la unidad antimafia de Milán (2007-2008) se desarticuló una banda de falsificadores de arte que actuaba en combinación con galerías de arte de Florida y de California. En la actualidad el operativo Guardinghi está por arrojar resultados sorprendentes. Finalmente, con el operativo Metallica, que se halla en curso, el TPC identifica al crimen organizado en Lombardía, similar en su estructura a los grupos mafiosos.

 

El contacto Thai

 

El complejo comercial River City de Bangkok es el centro de comercio de arte ilícito más importante en Asia. La razón es obvia: las leyes de exportación tailandesas no penalizan la exportación de bienes robados que no sean originarios de Tailandia; por lo tanto, no están comprendidos los bienes culturales provenientes de Camboya, Burma (antes Myanmar) y Laos (Wittman).

Hay evidencias de que piezas de toda índole, incluso voluminosas, pertenecientes a los templos de la cultura Khmer, se exportan a Bangkok desde el puerto de Sihaunoukville de Camboya, vía el puerto libre de Singapur. Se tienen también evidencias de que, a pedido de un comerciante de arte tailandés, se empleó maquinaria pesada y la colaboración obligada de militares para el traslado de todo un templo khmer (Mackenzie). Uno de los negocios importantes de los militares de la antigua Myanmar consistía precisamente en facilitar los cruces a través de su frontera con Tailandia.

My Son, uno de los grandes sitios arqueológicos en la antigua Indochina de la cultura cham, fundadora del reino de Champa, ubicado en la parte central de Vietnam, fue destruido en forma significativa por los bombardeos estadunidenses, pero aún pueden contemplarse algunos templos dedicados a Shiva. La importancia de My Son para la comprensión del reino de Champa es fundamental. El pillaje francés en la antigua Indochina, encabezado por André Malraux, y posteriormente la guerra del Vietnam, dejaron poco para el pillaje del siglo XXI.

Hong Kong y Macao eran tradicionalmente los puertos de salida de los bienes culturales chinos, aun cuando reconocen el contacto tailandés (Shuzhong), ya que pueden ser identificados bienes culturales chinos de alto valor en el mercado de Bangkok. El tráfico, sin embargo, ha disminuido sensiblemente debido a tres razones importantes: la confiscación inmediata por parte del gobierno chino, arrestos indiscriminados por tráfico ilícito y la pena capital para los saqueadores de tumbas en China continental.

Japón ha decrecido en su importancia como centro comercial de arte, debido en gran medida a su ideología de preciar su legado cultural y proteger su historia. Sin embargo el museo Miho de Kyoto se ha visto envuelto en escándalos por compras ilícitas de bienes culturales. En esta forma adquirió del crimen organizado italiano una escultura de mármol de la antigua Roma conocida como oscilla; otra adquisición dudosa fue una Bodhisattva, ser iluminado conforme a la tradición budista, la cual tuvo que restituir pues había sido robada en el municipio Boxing, provincia de Shandong, China, en julio de 1994. El hecho había sido denunciado por Cultural Heritage Watch, una ONG china cuyo objetivo es la preservación del patrimonio cultural de esa nación.

En 1989 el alemán Jürgen Schick publicó Die Götter verlassen das Land (Los Dioses abandonan su terruño). En este libro el autor demuestra documentalmente el daño patrimonial de Nepal, país que, según cálculos, ha perdido más de 50% de sus esculturas budistas e hinduistas. El pillaje se inició a principios de la década de los sesenta, y ya en 1966 se había detectado un incremento en las colecciones Heeramaneck, Rockefeller y Alsdorf. A partir de 1970 los museos Metropolitan of Arts de Nueva York, el Fine Arts Museum de Boston y el de Cleveland aumentaron de manera correlativa sus inventarios en el arte nepalí.

 

El preludio

 

El tráfico ilícito de bienes culturales en el ámbito internacional tiene una larga historia. En China, durante la dinastía Ming, el artista Tu Chin (1465-1509) representó a dos caballeros Gozando antigüedades expoliadas. Esta pintura se exhibe actualmente en el Museo de Taipei. De igual manera, en una de las más antiguas inscripciones relativas a la restitución de bienes culturales, Anitta, hijo de Pithanas, rey de Kussara, perteneciente a la civilización hitita del siglo XVIII a.C., refiere cómo restituyó a su pueblo la estatua de su dios Sius de la ciudad de Nesa a la de Zalpuwa.

Los bienes culturales han tenido desde siempre una simbología vinculada­ a la identidad. La destrucción de los símbolos de los pueblos conquistados perpetrada por los conquistadores no buscaba sino la destrucción de su mana. Así, Eneas, en su huida de la derrotada Troya, llevó consigo los penates de la ciudad y, según la tradición, también el Paladio. Estos símbolos aseguraban la continuidad de los dioses del Olimpo, y Eneas y los troyanos exiliados portaban con ellos el elíxir que debía infundirles la energía para fundar Roma.

La narrativa cultural en esta materia en el ocaso del siglo XX y los albores del XXI ha sido totalmente diferente. En nuestra época, cualquier argumento para ser considerado debe ser validado previamente por el mercado.

 

La trama

 

El 12 de mayo de 2005 el juez italiano Muntoni condenó a Giacomo Medici bajo los siguientes cargos: exportación y tráfico ilegal de bienes culturales robados, y complicidad. Medici fue sentenciado a 10 años de prisión, a la confiscación de los bienes culturales en su posesión, todos de procedencia ilícita, así como a una multa de más de 10 millones de euros. Con esta sentencia se dio por concluido uno de los casos más relevantes en la historia reciente alusivos a la destrucción del patrimonio cultural por parte del crimen organizado (Watson).

Todo se originó con una publicación del 12 de noviembre de 1972 en The New York Times Magazine. En este semanario se dio cuenta de la adquisición de la crátera Sarpedon por parte del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Esta pieza fue moldeada por el alfarero Euxitheos y decorada por Euphronios, considerado uno de los más grandes pintores de vasijas de la antigua Grecia y cuya última crátera había sido descubierta en 1840.

La publicación dio pie a un gran escándalo por el precio pagado, así como al cuestionamiento en cuanto a la licitud de la compra. Thomas Hoving, director del museo, y Dietrich von Bothmer, curador del departamento de arte grecolatino de la institución, no pudieron sostener argumentos convincentes en sus explicaciones, y The New York Times comisionó a un grupo de reporteros para que indagaran la licitud de la compra. Así se inició una de las pesquisas más importantes en la materia que terminó por poner en evidencia la participación del crimen organizado en el tráfico ilícito de bienes culturales.

Otros casos no son menos elocuentes. Ludwig Curtius (1874-1954), director del instituto arqueológico alemán en Roma, reunió una importante y reputada colección de objetos grecolatinos de alto valor; Robert E. Hecht, originario de Baltimore y conocido mercader de arte estadunidense, a través de su sociedad The Hecht Company se encargó de la venta de su inventario, con lo que dispersó esta importante colección. Muy rápidamente Hecht, por medio de The Hecht Company, se convirtió en uno de los principales proveedores del British Museum, del Louvre, del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, de la Gliptoteca Carlsberg de Nueva York y del Museum of Fine Arts de Boston.

Entre los objetos culturales que fueron vendidos de manera iegal al Metropolitan Museum of Art de Nueva York se encuentra el tesoro de plata de Morgantina, que data del siglo III a.C. Al principio se quiso hacer creer que este tesoro provenía de Turquía. Sin embargo, pudo comprobarse que el pillaje se había perpetrado en Raffiota, Sicilia. En 2005, Hecht, junto con Marion True, curadora del Museo Paul Getty en Malibú, California, fueron acusados por el gobierno italiano de tráfico ilícito de bienes culturales y complicidad. En 2011 se alegó la prescripción de los cargos contra Hecht, quien nunca pisó la cárcel.

Los fenómenos delictivos se multiplicaron con rapidez. Robin Symes y Christo Michaelides, quienes se hacían pasar como dos de los comerciantes de arte más reputados en Londres, construyeron una de las organizaciones delictivas más poderosas de tráfico de bienes culturales; en 33 tiendas de antigüedades encubiertas llegaron a acumular cerca de 125 millones de libras esterlinas en activos de esta naturaleza. Después de una serie de litigios escandalosos, se encontraron evidencias que conducían a Despina Papadimitriou, hermana de Christo e integrante de una de las más prominentes familias navieras griegas; presuntamente se encargaba de financiar las adquisiciones.

Uno de los casos de mayor resonancia en el que Symes y su socio se vieron involucrados fue el de la famosa cabeza de marfil que representaba a Apolo. Pietro Casasanta, renombrado tombaroli (huaquero, en nuestras tierras ), descubrió una estatua cerca de los baños del emperador Claudio ubicados en la proximidad de Roma, junto con otras estatuas de alto valor. Casasanta exportó la cabeza de Apolo ilícitamente y la vendió a Nino Savoca, quien a su vez la transfirió a Symes. En marzo de 2003, cuando fue recuperada, tenía un valor estimado cercano a los 50 millones de dólares.

Una vez recuperada esta pieza, el hecho causó revuelo en el ámbito arqueológico. La obra se le atribuyó inicialmente a Fidias, el gran escultor griego cuyas estatuas criselenfantinas más significativas eran la Atenea Partenos, albergada en el Partenón, y la estatua sentada de Zeus, considerada como una de las siete maravillas del mundo antiguo, en el Templo de Olimpia.

Las obras de Fidias se conocen únicamente a través de los escritos de Plinio, de Pausanias y de Luciano, y ésta hubiera sido su primera escultura conocida. Estudios posteriores demostraron sin embargo que la cabeza de marfil de Apolo fue moldeada en el siglo I a.C., posterior al tiempo de Fidias. Hoy se exhibe en el Museo Nazionale­ Romano. Su importancia cultural y su belleza son equivalentes a otra cabeza de marfil encontrada en Montecalvo, cerca de Roma, que se exhibe en la Biblioteca Apostólica del Vaticano. Ante tales sucesos, la comunidad arqueológica reaccionó con rapidez. Un estudio realizado por el American Journal of Archeology (Chippindale y Gill) determinó que de cinco exhibiciones analizadas –la intitulada Las glorias del pasado, de la colección Shelby White y Leon Levy en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, en 1990; la Barbara y Lawrence Fleischman, adquirida por el Getty Museum; la referida como La búsqueda de lo absoluto, de la colección suiza George Ortiz exhibida en la Royal Academy de Londres en 1994, y la que tuvo por nombre “La encrucijada de Asia, expuesta en 1992 en el Fitzwilliam Museum de Cambridge, Reino Unido–, únicamente 18% de las obras expuestas provenía de adquisiciones lícitas.

 

La desolación

 

Los métodos tradicionales de aplicación de la ley tienen serias limitaciones en lo que respecta al tráfico ilícito de bienes culturales, y su efecto preventivo es mucho más reducido que en otros ámbitos. La mayor parte de los éxitos delictivos corresponden a criminales que incidentalmente participan en este tráfico ilícito. Son pocos los casos de robo de bienes culturales que son resueltos; a ello habría que agregar el alto costo de la recuperación. La vigilancia y salvaguarda de arte y antigüedades en los países de origen es raquítica y no existen posibilidades de que vaya a cambiar dramáticamente en un futuro cercano (Tijhuis).

Las estrategias se concentran en el tráfico lícito; sin embargo, si el mercado negro constituye la principal fuente de abastecimiento del comercio lícito y tiene rendimientos sustantivos, ello lo hace muy atractivo para la criminalidad, y la consecuencia natural es la activación del mercado lícito. Esta es la lógica del mercado a la que es adicta nuestra época. La oportunidad de lavar dinero en esta simbiosis entre mercado negro y lícito, libre y abierto, va más allá de cualquier imaginación.

En 2009 y para festejar los 40 años de su fundación, el TPC organizó una exposición itinerante, L’Arma per l’Arte, en el Palazzo Reale de Napoles, en el Museo Nazionale di Castel Sant’Angelo en Roma y en la Galería Palatina del Palazzo Pitti en Florencia. Los bienes culturales recuperados por el TCP para el Estado italiano y para toda la comunidad internacional son invaluables. La confección del TCP es una decisión de Estado cuya finalidad es enfrentar seriamente el tráfico ilícito.

La comunidad internacional ha planteado con vana ilusión propuestas para una mejoría en el ámbito interno contra el tráfico ilícito. Es el caso del modelo de tratado para la prevención de actos ilegales que atenten contra el legado cultural de los pueblos, adoptado por el octavo congreso de las Naciones Unidas en materia de prevención, celebrado en La Habana en septiembre de 1994.

Este modelo incluye conceptos novedosos, como el de la responsabilidad penal de individuos e instituciones, así como referencias explícitas a las complicidades internacionales en la exportación, importación y adquisición de bienes culturales.

Hoy en día la comunidad internacional se encuentra inmersa en una madeja de intereses de muy diversa índole, y atestigua inerme el oprobio de la destrucción intencional y sistemática de su legado cultural, que provoca grandes pérdidas para la humanidad, al verse ésta desposeída de las aportaciones culturales.

 

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas.

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