Se corrige el Louvre y expone la pintura novohispana

Del entusiasmo de Guillaume Kientz, cocurador de la muestra recién inaugurada en París México en el Louvre, se comprende qué tan importante era para los directivos del afamado recinto “colmar esa laguna” al incluir por fin la pintura novohispana de expresión religiosa. Superados los clichés y prejuicios según los cuales el arte del Nuevo Mundo “no estaba a la altura del que se realizaba en Europa”, puede advertirse “esa extraña combinación de violencia y suavidad característica del arte de la Nueva España”.

PARÍS, FRANCIA.- Por muy sorprendente que parezca, existe una sola obra de la Nueva España en las pletóricas colecciones de pinturas del Museo del Louvre. Se trata de La Visitación –visita de la Virgen María a su prima Isabel–, realizada por José Sánchez entre 1680 y 1690.

“El Louvre se concibió como museo universal a finales del siglo XVIII y por lo tanto hace tiempo que hubiera debido abrirse al arte pictórico y escultórico que floreció en la Nueva España en los siglos XVII y XVIII. Pero no lo hizo.

“La exposición México en el Louvre, que inauguramos el pasado 7 de marzo, busca colmar esa laguna”, confiesa Guillaume Kientz, cocurador de la muestra con Jonathan Brown, historiador estadunidense experto en arte de España y Latinoamérica.

Responsable de las colecciones de pinturas de España y Portugal del museo, Kientz es especialista de la obra de Velásquez, Goya y del arte mexicano.

Brown es además reconocido a nivel internacional, y encabezó el comité científico de Pintura de los Reinos. Identidades compartidas, impulsado en 2001 por el Fomento Cultural Banamex.

Cuando se le pregunta a Kientz por qué el Louvre desconoció dos siglos de arte mexicano, esboza una leve sonrisa:

“Aunque suene inverosímil, yo diría que fue por falta de curiosidad. Es probable que prevalecieran clichés y prejuicios. Seguramente se pensó que el arte del Nuevo Mundo no estaba a la altura del que se realizaba en Europa.”

Ahora los directivos del museo parecen dispuestos a corregir esa omisión. No sólo presentarán la muestra México en el Louvre hasta el próximo 3 de junio, sino que buscan enriquecer su colección adquiriendo obras de los grandes maestros mexicanos. Guillaume Kientz está al acecho, pendiente de todas las ventas de pinturas y esculturas mexicanas de “alto nivel”.

“Alto nivel es nuestro lema –insiste el curador mientras atravesamos el museo para alcanzar una de las salas dedicadas a la pintura española, que alberga la exposición. Precisa:

“Las obras que exponemos son excepcionales. Viajé varias veces a México para seleccionarlas. Visité iglesias, catedrales, conventos, museos. Trabajé en estrecha colaboración con Cándida Fernández Baños, quien dirige el Fomento Cultural Banamex. Y finalmente elegimos nueve pinturas y una escultura.”

–¿Por qué están mezcladas con la obras españolas de la colección del museo? ¿No hubiera sido mejor destacarlas solas en una muestra aparte?

–Nos importó sobremanera exhibirlas al lado de pinturas de Zurbarán, Goya, El Greco y Murillo, para demostrar que están a la altura de los grandes maestros españoles, con los cuales “dialogan” a la perfección. Esa convivencia permite además resaltar las características propias del arte mexicano y observar cómo ese arte se va afirmando con el paso del tiempo, cómo va conquistando su autonomía.

Llegamos al espacio de la muestra. Nos acoge San Felipe de Jesús, una impresionante escultura de madera que figura el suplicio del primer mártir mexicano. Se desconoce el nombre del autor de esa obra de principios del siglo XVII. Es a la vez alegórica y sumamente realista. El cuerpo de San Felipe está atravesado por dos lanzas. El supliciado levanta los brazos como si estuviera crucificado. Le sale sangre por la boca y las orejas y se adivina que más sangre corre a lo largo de su cuerpo tapado por el hábito, porque se ve cómo chorrea sobre sus tobillos.

“Ese San Felipe es parte de un retablo que adorna la Catedral de México. Ilustra el altísimo nivel que habían alcanzado los escultores mexicanos y también su personalidad propia en relación con los españoles.

–¿En qué se distingue de una obra española?

–Es una representación a la vez violenta y sutil del sufrimiento. Las esculturas españolas son quizá más poderosas, más viriles. Aquí tenemos un realismo muy fuerte mezclado con una compleja suavidad en el rostro, los gestos, en el trato general del tema del martirio. Esa extraña combinación de violencia y suavidad la vamos a encontrar en otras obras expuestas en la muestra. Es muy característica del arte de la Nueva España.

Caminamos unos pasos. Miramos en silencio una austera y espléndida Crucifixión, de El Greco, antes de detenernos ante la Estigmatización de San Francisco, de Sebastián López de Arteaga.

“Arteaga nació en Sevilla en 1610 y se estableció en México en 1640. En realidad la primera generación de pintores del siglo XVII fueron españoles expatriados. Muchos artistas hispanos se inspiraban en grabados flamencos. La Estigmatización de San Francisco repite con talento propio una obra de Rubens que estaba ampliamente difundida en España y en la Nueva España a través de grabados.

“Por su parte, Cristóbal de Villalpando, nacido en México en 1639, pertenece a la segunda generación de pintores de la Nueva España –comenta el curador de la muestra, parándose ante un lienzo monumental de 3.61 m de alto por 4.81 m de ancho.

“La lactancia de Santo Domingo, que viene de la Iglesia Santo Domingo de México”, anuncia.

“No me canso de mirar esa obra. Me siguen impresionando sus dimensiones. Y me tiene admirado su energía barroca inimaginable en una pintura española de la misma época. La escogimos para el cartel de la exposición porque nos parece la obra más mexicana de toda la muestra.”

En el centro de la pintura se ve la Virgen vestida con ropa suntuosa. Santo Domingo está arrodillado a sus pies. De un seno de la Virgen brota leche, que cae sobre Santo Domingo.

“En esa abstracción mística vemos cómo Santo Domingo se convierte en hermano de Jesús”, precisa Kientz antes de señalar la multitud de mujeres que rodean a María y al santo.

“Es difícil identificar a estas mujeres tan numerosas y tan peculiares. ¿Son ejércitos de guerreras?, ¿son tropas de conquistadoras?, ¿son ángeles o arcángeles con apariencia femenina?, ¿son santas? Quién sabe. Llevan puestos amplios vestidos de un rojo exuberante, de un insólito verde mezclado con azul o vestidos blancos. Todas llevan también armaduras. La paleta cromática es auténticamente mexicana.”

–¿En qué sentido?

–Los pintores de la Nueva España contaban con una gama más reducida de pigmentos que los de Europa. Pero eso no quiere decir que su paleta cromática era menos interesante. Era distinta. Esa limitación obligó a que los artistas innovaran. Sus innovaciones generaron características muy determinadas que a su vez dieron nacimiento a estilos de la Nueva España. La muestra nos permite ver cómo los verdes, los rojos, los azules y los amarillos dominan en las pinturas de Villalpando y de los pintores que lo rodeaban. No había tantos matices como en Europa. Pero Villalpando convirtió esa obligación de recurrir a armonías repetitivas en un instrumento de elocuencia, en su propio estilo.

Seguimos nuestro recorrido. Nos paramos ante otra obra de Cristóbal de Villalpando. De hecho, el pintor es la verdadera estrella de la muestra. La pintura es aún más barroca que la anterior. Celebra el culto al Dulcísimo Nombre de María, que el Papa Inocencio XI instituyó para conmemorar la victoria del rey de Polonia sobre los otomanos.

“Es otra abstracción mística. María aparece en el centro del cuadro bajo un rayo de luz. Está de pie frente a un altar. Alrededor de ella parecen flotar y arremolinarse ángeles músicos. Todo se mueve. Su ropa, ellos mismos. Tenemos una gran impresión de libertad. Lo que llama la atención en la mayoría de las obras que exponemos es su audacia”, comenta Guillaume Kientz.

Agrega:

“Todas son obras religiosas realizadas a pedido de la Iglesia. Tenían que obedecer normas rigurosas y reafirmar la fuerza del dogma. Los pintores respetaban ese imperativo pero también jugaban con él. No temían ser enfáticos, recurrían a imágenes alucinantes, como ese ejército de guerreras-santas de La lactancia de Santo Domingo. Manifestaban una libertad y un barroquismo desconocidos en España. Y no solamente en España. A mi juicio, Villalpando es la mejor encarnación a nivel mundial de lo que se podría llamar el arte barroco.”

Entre las 10 obras expuestas en el Louvre destaca también La Aparición de la Virgen, realizada por José Juárez, un pintor nacido en México y fascinado por Zurbarán.

“La relación de Juárez con la obra de Zurbarán es interesante. Es obvio que Zurbarán es su principal referencia. Sin embargo toma distancia con él en su propia creación. Ambos recurren al claroscuro, pero en forma distinta. El claroscuro de Zurbarán individualiza a las figuras, el de Juárez articula la relación de los personajes entre sí. En ese sentido Juárez es emblemático de las aspiraciones de independencia de los artistas mexicanos.”

Además de los inmensos cuadros que conviven con los de El Greco o los de Goya, Guillaume Kientz presenta obras de tamaño mucho más reducido en un pequeño salón contiguo a la sala principal.

En ese espacio íntimo vuelve a resaltar Cristóbal Villalpando con El Diluvio, óleo pintado sobre lámina de cobre de un barroquismo casi desaforado.

“Es un tesoro –confía Kientz–. Sólo se conservan tres láminas de Villalpando. Pedimos prestada ésta a la capilla octogonal de la catedral de Puebla.”

Un maremoto descomunal ahoga a la humanidad en un claroscuro trágico. Una multitud de cuerpos se debate en medio de las aguas furiosas. Se vislumbran ciudades sumergidas. Imponente, misteriosa, iluminada, flotando entre las aguas y el cielo, el arca de Noé ocupa la parte superior de la obra.

“Villalpando tuvo un éxito enorme con esa obra. En términos contemporáneos, podría decirse que el pintor mexicano restó mercado a los óleos sobre láminas de cobre flamencas, importadas de Europa en grandes cantidades a partir de mediados del siglo XVIII”, comenta Kientz divertido.

Muy interesante también es la obra San Antonio y San Pablo ermitaños, otro óleo sobre lámina de cobre pintado por Baltasar de Echave Ibia, nacido en 1585 en España.

“Es casi perfecta –se entusiasma Guillaume Kientz–. Su ejecución es exquisita. Los dos ermitaños están sentados, bañados por una luz dorada. A lo lejos se ve un paisaje casi fantástico de tonos azules, inspirado por el arte flamenco.”

Y finalmente deslumbra un tercer óleo pintado sobre lámina de cobre –Cristo consolado por los ángeles–, realizado por Juan Patricio Morlete Ruiz, nacido en México en 1713.

“Sé que esa obra, que pertenece al Museo Nacional de Arte, va a tener resonancia aquí entre el público, que seguramente percibirá en ella influencia francesa e italiana.

“El pintor se inspiró en las visiones místicas de sor María de Jesús de Agreda. Jesús supliciado se recarga en los brazos de un ángel. Está desnudo, su espalda es atrozmente herida, se vislumbran sus costillas entre la carne sanguiñolenta. Ángeles limpian el piso bañado en sangre, uno de ellos la vierte en un gran cáliz.

“La violencia de la escena podría ser insostenible, pero otra vez interviene el contraste entre lo que representó el pintor y la suavidad del dibujo, la delicadeza de la armonía de colores, la dulzura del ritmo de la composición. Esa combinación de violencia y suavidad que vimos en otras obras se impone definitivamente como una de las mayores características estilísticas del arte mexicano”, concluye Guillaume Kientz.

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