En el límite de la “línea roja”

El presidente Barack Obama marcó el límite para la intervención estadunidense directa en el conflicto sirio: el uso de armas químicas por parte de las fuerzas gubernamentales. De acuerdo con testimonios y fotografías, esta “línea roja” habría sido traspuesta. Tanto los rebeldes como las fuerzas de Bashar al Assad se acusan mutuamente de ello. Sin embargo, expertos consideran que las evidencias no son claras y advierten que la de Siria ya es una guerra regional en la cual las potencias involucradas participan mediante intermediarios.

EL CAIRO.- Sheikh Maksoud es un distrito de mayoría kurda perteneciente a la norteña ciudad siria de Alepo. Aunque se ubica en la zona controlada por la oposición, está junto a la línea del frente que la separa del área bajo dominio gubernamental. Desde antes de la guerra era un barrio polvoriento, de edificios avejentados y calles rotas que ahora muestra los estragos de la guerra.

En este lugar viven hacinadas muchas familias, como la de Yasser, formada por su esposa, su hermana y dos niños. Este hombre cuenta que la madrugada del pasado 13 de abril luego de que terminaron sus oraciones se fueron a dormir.

Más tarde “escuché que algo explotaba en el techo”, le contó Yasser a Mohammed Sergie, del sitio especializado Syria Deeply, que lo publicó el 17 de abril último. “Pensé que era un obús y llamé a mi hermano para que nos auxiliara. Sus bebés, de año y medio y de cuatro meses de edad, estaban hiperventilando. Me di cuenta de que había químicos en el aire y le dije a todo el mundo que saliera”. Aunque los vecinos alcanzaron a llevarlos al hospital, tanto su mujer como los infantes murieron.

El Observatorio Sirio de Derechos Humanos, un grupo que actúa desde Gran Bretaña, dio cuenta de testigos que dijeron que al alba un helicóptero arrojó dos bombas y que, según fuentes médicas, las víctimas sufrían de alucinaciones, vómitos severos, espumación de boca, sangrado de nariz y ardor de ojos.

Como evidencia quedaron fotografías de objetos encontrados en el sitio del ataque: dos cilindros blancos de plástico, del tamaño de la mitad de un puño, con manijas metálicas.

Dos semanas más tarde, el 29 de abril, en el pueblo de Saraqib, en la cercana provincia de Idlib, piezas idénticas aparecieron en el segundo de los dos principales casos en que se sospecha que el ejército sirio utilizó armas químicas.

Testigos citados por la cadena Al Jazeera afirmaron que dos aviones arrojaron “ocho bombas” que “contenían extrañas sustancias químicas”, lo que provocó dos muertes y una veintena de heridos con “serias dificultades para respirar” y síntomas parecidos a los del evento anterior. Los cilindros blancos, afirmaron las personas entrevistadas, “eran bombas”.

Durante las últimas dos semanas hubo intensos debates acerca de si se usaron armas químicas en Siria. Tanto el gobierno como los rebeldes se acusan de haberlo hecho, y en el extranjero sus aliados les hacen eco. El punto de disputa es clave: mientras que la guerra en Siria ya superó los dos años, Estados Unidos y sus aliados europeos aún no logran un consenso sobre si deben o no intervenir militarmente en contra del régimen de Bashar al Assad. Conforme las víctimas pasaban de los cientos a los miles y a las decenas de miles, hasta las más de 70 mil actualmente estimadas, quedó claro que su número por sí mismo no conduciría a una acción directa por parte de los occidentales.

El pasado 20 de agosto, el presidente Barack Obama estableció que “la línea roja para nosotros empieza si vemos un montón de armas químicas moviéndose por ahí o siendo utilizadas”.

Desde entonces, a cada alegato de que hay pruebas de ataques con armas químicas, la Casa Blanca ha respondido que no hay datos concluyentes. Los funcionarios estadunidenses recuerdan que, en 2003, su antecesor George W. Bush creó un enorme conflicto en Irak con base en sospechas infundadas de que Sadam Husein disponía de armas químicas. Esta vez, dicen, quieren estar seguros.

 

Guerra “por proxy”

 

El ánimo en el gabinete de Obama, según un alto funcionario no identificado que habló con Dexter Filkins, de la revista New Yorker, no está para aventuras. El mandatario heredó de Bush dos guerras inganables, que ha pasado un quinquenio tratando de cerrar, y ve con inquietud cómo, en Siria, las cosas sólo empeoran.

“La de Irak fue una experiencia calcinante”, explicó la fuente. Y añadió: “No puedo recomendar (la intervención) si no hay una salida política claramente definida. La gente en la Colina (el Congreso) me pregunta: ‘¿por qué no podemos imponer una zona de prohibición de vuelos?, ¿por qué no podemos dar golpes militares?’ Claro que podemos. La cuestión es: ¿dónde terminamos?”.

Si los aliados de Estados Unidos pasan por las mismas angustias, resulta menos evidente. Gran Bretaña y Francia, por ejemplo, consideran que la línea roja ya fue cruzada y han tratado infructuosamente, frente a la oposición alemana, de que la Unión Europea levante el embargo que les impide armar a los rebeldes sirios.

Israel, que asegura tener pruebas de que la línea infranqueable fue traspasada, fue mucho más allá. El domingo 5, aviones israelíes penetraron en el espacio aéreo sirio por tercera vez en el año y bombardearon instalaciones militares en las afueras de Damasco, matando, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, a casi 140 soldados. La intención de esta ofensiva, supuestamente, era impedir el transporte de misiles para la milicia libanesa Hezbollah. El New York Times citó a un “oficial sirio de alto rango”, quien dijo que destruyeron “instalaciones militares críticas en áreas estratégicas”.

Las consecuencias no son menores. Pese a que no se produjo una respuesta militar siria contra Israel (los analistas anticiparon que un Assad en problemas preferiría evitar arrojarse a la guerra abierta contra Israel y Estados Unidos), la acción provocó movimientos políticos y militares que, según algunos observadores, perfilan ya un terremoto geopolítico e histórico.

Entre los más mesurados está Fawaz Gerges, director del Centro de Estudios de Medio Oriente de la London School of Economics, quien en un artículo para CNN, que se difundió el lunes 6, afirma que la intervención israelí muestra cómo “el conflicto ha mutado de insurrección política a lucha armada interna (y ahora) a una guerra regional por proxy”. La guerra por proxy o interposición es una en la que los auténticos protagonistas no se enfrentan directamente, sino que utilizan a naciones o grupos menores.

Otros perciben que el impacto es aún mayor. Wadah Khanfar, el influyente periodista que convirtió a Al Jazeera en un líder global, describe (The Guardian, lunes 6) la situación como un “conflicto regional extraordinario que está dando lugar a la más importante transformación geopolítica desde que el mapa de Medio Oriente fue rediseñado tras la Primera Guerra mundial”.

Los analistas consideran que Israel no es el único país con intervenciones directas en el conflicto. El 30 de abril, Hassan Nasrallah, jefe de Hezbollah, admitió por primera vez en el canal de su milicia, Al Manar, que tropas bajo su mando combaten junto a las de Assad porque “Siria tiene verdaderos amigos en la región y en el mundo que no permitirán que Siria caiga en las manos de Estados Unidos, Israel o los grupos tafkiris (extremistas suníes)”.

Por amigos en el mundo se entiende a Rusia (el invaluable respaldo de Assad en el Consejo de Seguridad de la ONU), y en la región, a Irán. Nasrallah aseguró que esos “amigos” entrarían en acción de una forma cuyos “detalles vendrán después”.

La participación militar de Irán no es abierta, a pesar de que los rebeldes sirios afirman que el grupo de 48 rehenes capturados en 2012 y liberados el 9 de enero último, a cambio de 2 mil opositores prisioneros, estaba compuesto por oficiales de los pasdarán, los Guardianes de la Revolución de Irán. Sin embargo, sí es manifiesta en el plano político: el miércoles 8, el ministro iraní de Exteriores, Ali Akbar Salehi, acudió a Damasco a reunirse con el presidente Assad, a quien le prometió que su gobierno continuaría dándole todo el apoyo, según el diario Tehran Times.

Además de que Irán tiene un obvio interés por asegurarse una continuidad geográfica hasta el Mediterráneo, a través de Irak, Siria y Líbano, existe otro claro elemento de identidad que une a estos aliados: el de Teherán es un régimen de la secta chií del Islam; el de Siria está dominado por los alauíes, una rama del chiísmo, y Hezbollah es una milicia chií. Entre Siria e Irán queda Irak, país controlado por la minoría suní durante el gobierno de Sadam Husein y que ahora está en manos de la mayoría chií.

Del lado contrario, los distintos grupos rebeldes reciben apoyo, dinero y armas de tres potencias regionales: Turquía, Arabia Saudí y Catar. Cada una de ellas tiene intereses particulares, pero comparten la fe suní y su desconfianza hacia Irán.

Más allá de las rivalidades entre Washington y Moscú, en Medio Oriente volvió a cobrar fuerza una fractura histórica que ha provocado guerras desde hace casi milenio y medio: la que se dio entre suníes y chiíes desde que el fundador del chiísmo, el imán Ali, fue derrotado y asesinado por suníes en el año 661.

“Si lo miras desde el terreno, Siria ya está dividida, por lo menos, en dos partes: la del gobierno y la de la revolución o, puesto de otro modo, la de los chiíes y la de los suníes”, explica Murtaza bin Yazan, un médico ortopedista que lucha en una katiba (unidad militar) rebelde en Alepo.

Y añade: “Con nosotros hay cristianos y algunos alauíes, y con Asad hay chiíes, pero en su mayoría nos hemos alineado así. Y lo mismo está pasando en Irak: los suníes han empezado la revolución contra la opresión del primer ministro chií (Nuri al Maliki)”.

Plantea que Trípoli, la principal ciudad del norte de Líbano, es el centro de enfrentamientos entre suníes y chiíes “que pronto se van a extender por el país, porque no van a permitir que Hezbollah siga dominándolos”, enfatiza.

El peligro inminente es que la fragmentación de estos países se convierta en definitiva, advierte Khanfar en su artículo: “Ahora parece que el tratado Sykes-Picot –de 1916, en el que las fronteras de Medio Oriente fueron definidas caprichosamente por Francia y Gran Bretaña– no cumplirá su primer centenario”.

Evidencias frágiles

 

Los tambores de guerra siguen sonando. Por ejemplo, el periodista Bill Keller, influyente editor ejecutivo de The New York Times, publicó en ese diario un artículo en el que pide a Obama “superar lo de Irak” y atacar Siria (domingo 5).

En 2003, Keller fue uno de los más entusiastas promotores de la invasión a Irak, convencido de la existencia de armas de destrucción masiva, “algo que resultó ser un error de juicio”, admite en su texto, aunque insiste en que, ahora sí, “aparentemente” se utilizaron armas químicas.

Tal vez no por quien él pensaba, irónicamente. Ese mismo domingo, mientras la gente leía a Keller, Carla del Ponte, miembro de la Comisión de Investigación establecida por la ONU para Siria, dijo a la televisión suiza-italiana que tenía “sospechas fuertes, concretas” de la utilización de gas venenoso “por parte de la oposición, de los rebeldes, no por las autoridades del gobierno”.

La funcionaria mencionó un incidente, acaecido el 19 de marzo en Khan al Assal, cerca de Alepo, que es de hecho el principal alegato contra los insurgentes que presenta el gobierno. La versión de Damasco fue registrada por Alex Thomson, del británico Channel 4: Jabhat al Nusra, una milicia opositora ligada a Al Qaeda, disparó un misil hecho en casa desde Al Bab, que cayó en un puesto de control militar a 47 kilómetros de distancia. El cohete tenía “una cantidad relativamente pequeña de cloro en estado gaseoso CL17, disuelta en una solución salina”. El saldo fue de 26 muertos.

Este señalamiento constituyó un revés a la argumentación sostenida en Occidente. La Casa Blanca, por medio de su portavoz, Jay Carney, se manifestó “altamente escéptica”. Y al día siguiente Del Ponte fue descalificada por la comisión a la que pertenece, que afirmó en un comunicado que “no ha llegado a hallazgos concluyentes al respecto del uso de armas químicas por ninguna de las partes en conflicto”.

Esto podría hacer pensar que los investigadores de la ONU siguen la línea de Washington; sin embargo, puede que no sea así. Analistas, periodistas y defensores de derechos humanos que discuten cotidianamente los temas sirios en un foro privado han evaluado cada una de las supuestas evidencias y no han considerado que haya una “pistola humeante” que demuestre que, en efecto, alguien ha utilizado armas químicas hasta el momento.

Desde el 23 de abril, cuando el general de la inteligencia israelí, Itai Brun, aseguró que el ejército de Assad “está usando cada vez más armas químicas”, este grupo valoró que no había pruebas sólidas, más allá de referencias a fotografías de personas hospitalizadas.

Eliot Higgins, el principal experto en armas en Siria, que bloguea bajo el seudónimo de Brown Moses, estimó que las evidencias eran insuficientes “cuando se hacen declaraciones tan serias”. El domingo 5, tras las declaraciones de Del Ponte, aquellos en el grupo cercanos a la comisión de la ONU alertaron que la postura era incorrecta y adelantaron que habría una rectificación oficial.

El miércoles 8, en su blog, Higgins desmontó caso por caso las “evidencias” de los tres incidentes, tanto el del gobierno como los de la oposición. En el primer caso explicó que los cohetes caseros de los rebeldes con dificultad alcanzan objetivos a cuatro kilómetros (contra los 47 que supuestamente recorrió el de Khan al Assal); que el número de víctimas resulta alto (en comparación con ataques similares de Al Qaeda en Irak), y que no se recogieron muestras del explosivo. “También tengo que preguntar cómo es que el gobierno supo que el cloro gaseoso venía disuelto en una solución salina”, cuestionó.

Lo mismo ocurre con los alegatos de la oposición: Higgins se apoya en las conclusiones de CBRNe World, una revista dedicada a buscar soluciones para las amenazas de las armas de destrucción masiva, que afirma que los síntomas presentados por los pacientes no corresponden a los de gas sarín o gas VX. Además, termina la publicación, “no se ofrece una explicación para el uso tan extraño y francamente inefectivo del agente químico”.

En otras palabras, ¿para qué querría el ejército arrojar armas químicas en la casa de una familia dormida y no contra un batallón enemigo? Ralf Trapp, un reconocido experto en armas químicas, cuestionó que tuviera lógica que Assad tomara el riesgo de cruzar la línea roja de Obama sólo para matar a unos niños. Se lo planteó así a la revista Foreign Policy: “Desde un punto de vista militar, no tiene sentido usar armas químicas poquito a poco. ¿Por qué pondría el régimen una granada aquí o un lanzacohetes acá? No es la forma en que esperas que actúe una fuerza militar”.

Es poco lo que hace falta para desatar una confrontación abierta que cambie el Medio Oriente como lo hemos conocido. La chispa podría estar en los cilindros blancos, si se cree que los ha lanzado el gobierno llenos de gases letales. Higgins, sin embargo, piensa que son granadas de gas lacrimógeno común. Y no se sabe si el ejército las tiene de ese tipo, aunque… después de que el experto hizo circular imágenes en el foro privado sobre Siria, para solicitar más información, Jeffry Ruigendijk, un fotógrafo holandés, le facilitó el miércoles 8 una foto que hizo de un militar que traía uno de los cilindros blancos colgado junto a su cuchillo y esposas. No era un soldado del gobierno. Era un yihadista de la organización extremista Jabhat al Nusra.

Comentarios

Load More