Siria: El factor Hezbollah

MÉXICO, D.F. (apro).- Hace rato ya que está claro que en la “guerra civil” que desangra a Siria no sólo hay combatientes internos. Pero el respaldo público del grupo chiita libanés Hezbollah al ejército de Bashar al-Assad en la batalla por la ciudad de Qusair, evidencia también a qué grado una protesta social se ha convertido en un cisma sectario con implicaciones regionales y geopolíticas.

Desde el principio el riesgo estaba ahí. Siria —que compartió en sus orígenes con Irak la corriente del baasismo— muestra una imagen de espejo de su vecino: mientras la minoría sunita encabezada por Sadam Hussein dominaba a la mayoría chiita de la población iraquí desde Bagdad, la minoría alauita (una rama del chiismo) de los Assad ha sojuzgado durante decenios a la mayoría sunita siria desde Damasco.

Después de la invasión de Estados Unidos a Irak, como se le advirtió a George W. Bush, se desató la violencia sectaria. Los chiitas se cobraron las humillaciones, mientras muchos sunitas huían o pasaban a la clandestinidad. Después, apoyados por yihadistas de diferentes países islámicos, entre ellos miembros de Al Qaeda, empezaron los asesinatos y los atentados contra los blancos más representativos del chiismo iraquí, hoy en el gobierno. El enfrentamiento persiste.

En Siria, como corresponde, el escenario fue al revés. No hay duda de que las primeras manifestaciones de corte social y político fueron respaldadas por la Hermandad Musulmana, organización sunita con representación en todo el mundo árabe-musulmán, pero que fue duramente reprimida por el régimen baasista-alauita de los Assad, con un pico en 1982, cuando el padre, Hafez al-Assad, sofocó una rebelión en la ciudad de Hama al costo de 20 mil muertos.

Desde entonces la rabia y la resistencia han seguido ahí, y no parece extraño que en el marco de los reclamos de cambio hayan sido los primeros en tomar las armas. Sobra decir que han contado con el apoyo político, económico y humano de sus correligionarios en otros países sunitas; pero al igual que en Irak, también llegaron los yihadistas, que se sumaron a ese amasijo de grupos que se conoce como Ejército Sirio Libre (ESL), el cual representa a los rebeldes a nivel nacional e internacional.

Esta suma indiscriminada de combatientes ha preocupado a Estados Unidos, la Unión Europea, Turquía, Arabia Saudita y los países del Golfo que, aparte de dar su abierto apoyo político al ESL en su lucha contra Assad, le han proporcionado armas y apoyo logístico. El temor es que las armas caigan en “manos equivocadas” que las utilicen para otros fines.

El escenario ya está ahí. El principal grupo que afilia a combatientes sunitas foráneos es Jabhat al-Nusra, una filial de Al Qaeda en Irak que, bajo la doctrina del takfir, llama al exterminio de los no creyentes, chiitas incluidos. Ésta ha sido la consigna de los mayores enfrentamientos sectarios en Irak y ahora se extiende a Siria, acicateada por el sometimiento al que los Assad han sujeto al sunismo.

Interrogado al respecto, el jefe militar del ESL, Selim Idriss, minimizó el fenómeno al señalar que “sólo entre 5% y 8% de todos los combatientes sunitas en Siria son yihadistas” y que, en su opinión, “han recibido una cobertura excesiva de los medios”. Agregó, sin embargo, que si bien no compartía la ideología de estos radicales, no estaba en posición de “disuadir a nadie que quiera pelear en contra del régimen de Bashar al-Assad”.

La ferocidad con que estos radicales sunitas atacan a los chiitas y sus sitios sagrados en Siria ha provocado entre éstos una reacción correspondiente. Con más de 10 mil voluntarios provenientes de la diáspora chiita —muchos también de Irak— el grupo Abu Fadl al-Abbas es el que encabeza la protección de pobladores y santuarios, muy conspícuamente el de Sayyida Zeinab, cuyos domos dorados refulgen bajo el sol de Damasco.

Pero Abu Fadl al-Abbas no sólo está comprometido con el chiismo de a pie. El periódico británico The Guardian cuenta los pasos que hay que dar para sumarse a sus filas: el primero, por lo menos en Irak, es registrarse en uno de los centros de reclutamiento chiita como la Liga de la Justicia, el Ejército Mukhtar o el Hezbollah iraquí. Los reclutados pasan luego a un campo de entrenamiento en Irán, donde se especializan en el manejo de un arma específica, ya sean rifles de asalto, lanzacohetes o lanzagranadas.

Una vez concluido el curso, un intermediario iraní los cruza hacia Siria, donde se unen a las brigadas de Abu Fadl al-Abbas. Pero ya ahí hay que cumplir con un útimo requisito: “Una vez en la brigada, tienes que sumarte primero al ejército gubernamental sirio y pelear por el régimen del presidente Assad. Ahí te aclaran que no sólo estás para proteger el santuario, sino toda Siria”, contó desilusionado un joven iraquí que siguió todo el proceso para defender la mezquita de los domos de oro.

Los militantes del movimiento chiita Hezbollah en Líbano no tienen que hacer todo este recorrido; simplemente cruzan la frontera hacia Siria. Surgido como un alfil de la revolución chiita del ayatola Jomeini en Irán, Hezbollah se ha definido como un movimiento de resistencia, no tanto frente al sunismo, sino ante Israel y su aliado estadunidense.

Este papel cobró relevancia durante la invasión israelí de 1982 al sur de Líbano, y muchos analistas consideran que las tropas de Tel Aviv tuvieron que replegarse de esa zona en 2000 porque nunca lograron someter ni a sus milicianos ni a sus bases de apoyo. Pero su mayor momento de gloria se dio en 2006, cuando resistió durante casi tres meses al poderoso ejército de Israel, que no logró derrotarlo y tuvo que conformarse con firmar un cese del fuego.

Involucrado en la guerra civil del Líbano, en ataques con cohetes contra Israel, secuestros, asesinatos y atentados no sólo en la región, sino en otras partes del mundo, para Estados Unidos, la Unión Europea, Israel e inclusive algunas naciones árabes Hezbollah no es más que un grupo terrorista; pero, en realidad, es mucho más que eso.

Al igual que Hamas en Gaza, Hezbollah ha construido una red de apoyo social que incluye fuentes de empleo, servicios sanitarios y educativos, y organizaciones políticas y religiosas. Su influencia en Líbano es tal que siempre ha tenido representación en el Parlamento; y en 2011 se hizo del gobierno, al lograr la mayoría tras una crisis política provocada por acusaciones de la ONU de que habría participado en el asesinato del anterior primer ministro, Rafik Hariri.

Para Occidente y sus aliados, Beirut pasó así a ser parte del eje Teherán-Damasco, encabezado por Bashar al-Assad y Mahmoud Ahmadineyad. En este contexto no debió llamar tanto la atención que el pasado 25 de mayo Hasan Nasrallah, líder de Hezbollah, declarara abiertamente su compromiso de combatir al lado del régimen sirio. De hecho ya se había visto a los tres fotografiados juntos en varias reuniones, dando evidencia de su cercanía.

Por si había duda, Nasrallah explicó sus motivos. Dijo que el movimiento entraba en “una nueva fase” y que ya no se limitaría a “combatir al enemigo sionista, sino también a los takfiris —extremistas suníes que combaten con los rebeldes— apoyados por Estados Unidos e Israel”. Lo que no dijo fue que la caída del régimen de Assad pondría en riesgo su propia sobrevivencia y colocaría en una posición vulnerable al gobierno de Irán.

En realidad, desde hace por lo menos un año milicianos de Hezbollah han estado combatiendo al lado del ejército sirio, sobre todo en las zonas de población alauita, secta a la que pertenece el presidente Assad. Inicialmente trataron de mantener un perfil bajo, pero conforme se intensificaban los combates por la ruta que va de Damasco al puerto de Tartús, su presencia fue cada vez más difícil de ocultar. La batalla por la estratégica ciudad de Qusair acabó por sacarlos a la luz pública.

Más allá del drama humano, lo relevante de esta batalla es que las tropas oficiales, apoyadas por los milicianos libaneses, lograron recuperar el control de la ciudad que mantenían los rebeldes y, con ello, dar un vuelco al curso de la guerra. “Quien controle Qusair controla el centro del país, y quien controle el centro del país, controla toda Siria”, dijo el general de brigada Yahya Suleiman a la televisión oficial siria.

Pero además de su ubicación geográfica y simbólica, Qusair es un punto clave para la transferencia de suministros bélicos entre Líbano y Siria; tan importante para el régimen de Assad como para las milicias de Nasrallah. Por ello se anticipa que los milicianos de Hezbollah no sólo permanecerán en suelo sirio, sino que incrementarán su número. Por el momento se calcula que hay entre 7 mil y 8 mil.

Pero mientras los victoriosos aliados se dirigen ahora a recuperar Alepo, las reacciones de sus enemigos hacen temer una expansión del conflicto. En una entrevista con la BBC, el general Idriss del ESL expresó su deseo de confrontar a Hezbollah dentro de territorio libanés. Hasta ahora sólo ha habido escaramuzas en la zona fronteriza, pero una incursión más profunda podría romper de vuelta el frágil equilibrio sectario en Líbano.

Con Hezbollah distraído en el frente sirio, Israel podría sentir la tentación de bombardear sus reductos en Líbano y anticiparse a un refuerzo de sus pertrechos. De hecho, en enero, la aviación israelí bombardeó un convoy militar que supuestamente transportaba misiles tierra-aire de Siria hacia el sur de Líbano. La dosis se repitió a principios de mayo, cuando la fuerza aérea de Israel bombardeó un arsenal del aeropuerto de Damasco donde se almacenaban misiles tierra-tierra, supuestamente capaces de alcanzar ciudades israelíes desde las bases libanesas de Hezbollah.

El cuadro se agudizó con el anuncio de la entrega de sofisticados misiles aintaéreos S-300 por parte de Rusia a Siria, que podrían ir a dar a manos de la milicia chiita en Líbano. Nadie sabe a ciencia cierta cuándo entrarán en funciones, pero hay evidencias de que primero serán manejados por personal ruso, para entrenar a los locales. Cualquier paso en falso pondría en serios aprietos a Tel Aviv con Moscú.

Estados Unidos, la Unión Europea, sus aliados árabes e Israel han calificado como “inaceptables” tanto la presencia de Hezbollah en el frente de guerra sirio como la entrega de los misiles que el gobierno de Vladimir Putin hizo al de Assad. No parece que estas indignadas palabras vayan a hacer retroceder a ninguno de los dos en su apoyo al régimen de Siria.

En este contexto se adelantan las pláticas para la Conferencia de Paz prevista en Ginebra el mes próximo. Es el único punto en el que las partes han logrado un mínimo acuerdo, mientras en el terreno las posiciones se endurecen. Tal vez se trate de mostrar músculo para llegar con más fuerza a la mesa de negociaciones.

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