Más allá de Tepito

MÉXICO, D.F. (apro).- La ciudad de México es desde hace tiempo centro de la delincuencia organizada. Ha sido refugio o escondite temporal de capos del narcotráfico, ofrece infraestructura para el lavado de dinero y existe tráfico de personas, trata de blancas y otros delitos que ninguna retórica puede negar.

La desaparición de los jóvenes de Tepito en la Zona Rosa es una expresión de esa realidad y no un hecho aislado como dice el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Macera. Ahí, en esa zona turística de la capital del país, no sólo hay bares ilegales como el Heaven, donde se vio a ese grupo por última vez. Desde hace tiempo han existido clubes nocturnos donde operan bandas internacionales de traficantes de mujeres.

Europeas del este, rusas, brasileñas y otras extranjeras viven cautivas en el área, donde trabajan como bailarinas y las retienen en casas y departamentos de los que no salen sino de noche hacia los centros nocturnos.

No lejos se encuentra Tepito, donde en los años noventa comenzó la distribución de cocaína en la ciudad de México. Hace dos décadas que es territorio en disputa. Sólo han cambiado los actores y los grupos.

Lo mismo ocurre en Iztapalapa, donde la década pasada la confrontación entre grupos relacionados con el narcotráfico llevó a los vecinos a bautizar a la unidad habitacional Ejército de Oriente, territorio en disputa, como “la pequeña Colombia”.

En esa demarcación se ubica la Central de Abastos, que además de vender alimentos, por las noches se convierte en un centro de comercialización de drogas y armas, a decir de quienes han dirigido el que es el centro de abasto más grande de América Latina.

Pero la delincuencia organizada va más allá de las zonas populares. La delegación Benito Juárez ha sido refugio de jefes del narcotráfico. En julio de 2011 la Marina cateó en la colonia Del Valle el que era uno de los departamentos de Héctor Beltrán Leyva, El H, jefe de una de las principales organizaciones del narcotráfico en México.

Dos años antes, en diciembre de 2009, fue asesinado en un café de la cadena Starbucks el expolicía federal Edgar Enrique Bayardo, quien era testigo protegido de la Procuraduría General de la República en contra del cártel de los Beltrán Leyva.

En octubre de 2008, en la colonia Lindavista de la delegación Gustavo A. Madero, fue detenido Jesús Zambada García, “El Rey”, hermano de uno de los jefes del cártel del Pacífico, Ismael “El Mayo” Zambada.

Tampoco se puede olvidar lo ocurrido en el Bar-Bar de avenida Insurgentes, la principal del país. Ese lugar del sur de la ciudad de México, en la delegación Álvaro Obregón, era centro de concurrencia de estrellas de Televisa, como el futbolista Salvador Cabañas, y de miembros del cártel del Pacífico Sur, que encabezó Édgar Valdez Villarreal, “La Barbie”, exsocio de los Beltrán Leyva.

Estas no son anécdotas. Son hechos que ilustran la presencia del narcotráfico en la ciudad de México, por no hablar del crecimiento del mercado de distribución y consumo, en especial en los bares y restaurantes de las delegaciones Cuauhtémoc, Álvaro Obregón y Cuajimalpa, al poniente de la ciudad.

Si se trata de la zona conurbada, esa realidad es inocultable. Ecatepec, Nezahualcóyotl y Naucalpan han sido escenario, ya por años, de numerosas ejecuciones y vendettas.

La ciudad de México no se puede perder en la vorágine de la delincuencia organizada, como ocurrió en Monterrey, centro financiero e industrial que por años permitió la llegada de narcotraficantes a San Pedro Garza García, el municipio más rico del país. Mientras llegaron sólo con sus millones no pasó nada. El problema fue cuando lo hicieron territorio en disputa.

Ni el gobierno federal ni el del Distrito Federal pueden permitir que se repita esa historia. Se trata del centro político, administrativo y económico del país. Además es sede de instalaciones estratégicas para la seguridad nacional. Un escenario de confrontación de ese tipo para el mundo sería el símbolo de la derrota del Estado mexicano ante la delincuencia.

El gobierno federal dice que va ayudar a Mancera para resolver la crisis desatada por la desaparición de los tepiteños. Más vale que lo haga. Pero Mancera tendrá que actuar pronto para que la desaparición no devenga en venganza y evitar que la ciudad entre en la espiral de violencia que ha padecido el resto del país en la fracasada “guerra a las drogas” de la última década.

jcarrasco@proceso.com.mx

Twitter: @jorgecarrascoa

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