El sistema cambió, mas no para bien

A punto de cumplir 80 años, Porfirio Muñoz Ledo habla con Proceso de sus inicios en la política y cómo llegó a ocupar puestos de primer nivel en el gobierno. Cede a la nostalgia y evoca el pasado cuando un núcleo de políticos, él incluido, creyó que era viable la democratización del sistema y cuya vocación de ruptura con las viejas estructuras partidistas generó un fracaso y una paradoja, pues al final se propició justamente lo que se pretendía evitar: el triunfo del neoliberalismo que ha devastado al país.

“Nuestra generación en alguna medida fracasó en sus propósitos fundamentales. Dejamos la historia a medias. El momento de la formación de la Corriente Democrática y del Frente Democrático Nacional fue una prueba de que se pueden organizar movimientos desde la sociedad. La campaña del 88 es única en la historia del país”, sentencia Porfirio Muñoz Ledo.

Añade: “Desgraciadamente logramos lo contrario de lo que proponíamos: El fondo de nuestra lucha era evitar la instauración del sistema neoliberal y fue precisamente lo que ocurrió”, argumenta a casi 25 años de la gran ruptura en el PRI que él protagonizó junto con Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez, Rodolfo González Guevara y otro núcleo de dirigentes.

Profesor de teoría del Estado y sistema político, impulsor en 1952 de la revista Medio Siglo de la Facultad de Derecho de la UNAM –que aglutinó a una generación de escritores, políticos y artistas que van de Carlos Fuentes a Carlos Monsiváis, ambos fallecidos–, diplomático, diputado federal, senador, dirigente de dos partidos antagónicos (PRI y PRD), exsecretario de Trabajo y de Educación Pública, quien pudo ser presidente de la República en 1976 y también secretario general de las Naciones Unidas en 1981, hace un balance de su trayectoria, “sin amarguras pero realista”, y advierte que la transición a la democracia en México “se descarriló”.

–¿No es muy duro decir que su generación fracasó?

–Tuvo éxitos individuales, personales, en obras completas, literarias, en acciones políticas. Logró que el sistema político cambiara, pero eso no quiere decir que cambió para mejor.

–¿Ni siquiera mejoró en el terreno democratizador?

–Se quedó a medias todo. Se quedó a medias la democratización del país, se quedó en el tintero la reforma del Estado y nadie puede decir que la situación del país sea mejor hoy que entonces –advierte, remontándose a sus inicios en la política, en la última parte del sexenio de Adolfo López Mateos, “la época en que el país tuvo una gran confianza en sí mismo”, enfatiza.

–¿Cree que la democratización puede surgir al margen de los partidos?

–Lo que viene no es la partidocracia. Yo temería mucho, por las condiciones de inseguridad y de violencia que hay en el país, que hubiera movilizaciones de otra naturaleza. México debe preservar la paz civil en la medida en que pueda todavía. Es difícil ver el futuro con optimismo, pero hay que confiar en algo.

Entrevistado en su casa de Bosques de las Lomas en Chapultepec, sin los ajetreos de una trayectoria incansable, en vísperas de cumplir 80 años el próximo 23 de julio, Muñoz Ledo no ha perdido la agudeza, la memoria casi fotográfica que lo caracteriza, aunque él ya no se ve como un protagonista que busque una candidatura o algún cargo en el servicio público.

–¿Cómo se ve usted en el futuro inmediato?

–Me veo bien. El peso de los años cuenta. Reflexiono mucho sobre lo que ha pasado. Tengo que pensar a qué voy a dedicar los años que vienen: cuidar mi salud, concebir nuevas tareas. Dicen por ahí que mi última función es la reforma del Distrito Federal, pero obviamente tengo pensado seguir trabajando en lo que creo.

–¿Formaría algún grupo de reflexión o movilización ciudadana?

–Tendría que pensar en alguna especie de fundación. Pero la tarea que tengo pendiente (la reforma política del Distrito Federal) es abrumadora.

–¿Cuál es su posición frente a quienes consideran la transición a la democracia en México como algo culminado?

–La transición mexicana se descarriló porque hubo una traición a los principios democráticos que la inspiraron y porque no se pudo cambiar de modelo. Es falso que la transición culmine con la alternancia de 2000.

 

El azar

 

Durante más de dos horas Muñoz Ledo reconstruye pasajes de su trayectoria política, en especial los inicios de un joven que a los 28 años comenzó en el servicio público como subdirector de Educación Superior e Investigación Científica de la SEP, a instancias de Jaime Torres Bodet, a quien conoció en París como embajador de México.

“Habíamos platicado sobre los nuevos métodos de la educación superior en Europa. A él le pareció que era una buena posición para formarme. Y en eso no se equivocó. Yo estuve ahí tres o cuatro años. Cuando cambió el gobierno y entró Gustavo Díaz Ordaz, el secretario de Relaciones Exteriores, Antonio Carrillo Flores, me invitó a ser consejero cultural de México en Francia. Así que volví a Francia”, rememora.

Un “azar de la vida” lo trajo de vuelta a México. El entonces embajador de México en Francia, Ignacio Morones Prieto, exsubsecretario de Salud y precandidato a la Presidencia, volvió al país tras la crisis del movimiento médico de 1964, para asumir la titularidad del IMSS. Llamó a Muñoz Ledo como su secretario particular, pero el cargo ya estaba ocupado y lo designó secretario técnico del consejo del Instituto, puesto equivalente al de un subsecretario federal.

Muñoz Ledo recuerda con afecto a quien considera “un gran médico de la política”. A Morones Prieto “le gustaba ver los temas políticos como funciones orgánicas y sistémicas. Creía en los procesos políticos. Le dio un gran prestigio médico al IMSS: Entonces había recursos”, evoca.

Otro azar lo puso en contacto con el entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría, quien sería candidato a la Presidencia en 1970 para suceder a Gustavo Díaz Ordaz en plena crisis posterior a la matanza estudiantil de 1968.

Muñoz Ledo escribía con pseudónimo en la Revista de América, dirigida por un viejo priista, Gregorio Ortega. Publicó un ar­tículo sobre la legislación en radio y televisión y la democratización de este sistema, con algunas sugerencias de derecho comparado. A Echeverría le interesó el artículo y mandó averiguar quién lo había escrito.

Llamó a Muñoz Ledo y le pidió que escribiera algo más amplio sobre la teoría democratizadora de los medios de información. Entonces dio a la luz un texto titulado Patria de escaparate.

“Era un análisis muy similar a lo que ahora está ocurriendo en Brasil. Ahí era posterior a las Olimpiadas del 68. Ponderaba el movimiento del 68, alertaba sobre la necesidad de una renovación en las instituciones y de una reforma política”, destaca Muñoz Ledo.

Ya como candidato presidencial, Echeverría le solicitó fichas para sus discursos y textos de campaña. La idea fundamental que Muñoz Ledo le propuso fue “la apertura democrática del país”. Tenía apenas 35 años.

Como presidente Echeverría tuvo a Muñoz Ledo dos años en la Secretaría de la Presidencia, a las órdenes de Hugo Cervantes del Río, quien recelaba del joven e impulsivo profesor de derecho de la UNAM. Muñoz Ledo creó una dirección denominada Informe Presidencial. Hacían las fichas para el documento que se entregaba al Congreso de la Unión.

Desde entonces, subraya Muñoz Ledo, tenía la idea de que el informe presidencial fuera un texto breve, que se presentara el 1 de septiembre ante la Cámara de Diputados y que el primer mandatario regresara dos semanas después a debatir con el Congreso. “Al aparato político no le gustó la idea”.

Tras permanecer dos años en la Secretaría de la Presidencia, luego del viaje de Echeverría a Chile, gobernado por Salvador Allende, donde ambos comenzaron a hablar del movimiento del Tercer Mundo, y ante la ola de huelgas que buscaban romper el control corporativo de la CTM, el presidente nombró a Muñoz Ledo secretario del Trabajo.

“Ahí tuve oportunidad de conocer la parte oscura de la luna del sistema político, pero realicé una actividad muy intensa. Logramos impulsar el sindicalismo independiente y mejorar los salarios”, rememora. Para él, los cuatro años en la Secretaría del Trabajo fueron los más importantes de su legado en la administración pública federal.

“Hicimos una secretaría con poder propio. Autónoma. Ya no dependía de la Secretaría de Hacienda ni de la Secretaría de Gobernación. Reformé la Comisión de Salarios Mínimos, creamos la Comisión de Protección al Salario, la Procuraduría de Defensa del Trabajo, los salarios mínimos se elevaron de 1973 a 1976”, resume.

–¿Por eso surgió su nombre como precandidato presidencial?

–Sí, se me mencionó, pero Echeverría no quiso dar ese paso.

–¿Por qué?

–Porque yo no formé parte de las complicidades de sangre ni de las complicidades de dinero. Para ser candidato presidencial necesitas alguna de estas dos cosas. También, quizá, yo no estaba suficientemente maduro como político. La sucesión presidencial es un sistema de sigilo.

–Usted trató mucho a Fidel Velázquez entonces. ¿Qué le aprendió?

–Le aprendí su maña. Él pedía una cosa para lograr otra. Un día me dijo: “Licenciado, usted nunca va a realizar lo que quiere porque piensa demasiado lejos”.

 

Reforma del Estado

 

Echeverría le pidió a Muñoz Ledo que asumiera la dirigencia nacional del PRI. Un dato que retrata las reglas no escritas de entonces: Muñoz Ledo recuerda que él ni siquiera estaba afiliado al PRI; tampoco José López Portillo, el candidato presidencial.

“Lo más curioso es que yo no era miembro del PRI. López Portillo me confirmó después que él tampoco estaba afiliado formalmente al PRI. Yo no hice carrera de militancia dentro del PRI. Luego sí, desde la dirigencia nacional”, señala.

López Portillo fue candidato único. No tuvo contendiente. Muñoz Ledo se encargó de impulsar un debate interno en el PRI, a través del Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, sobre los problemas del país. Hasta Echeverría se molestó porque fueron invitados los críticos al gobierno saliente.

–¿Existía ya una idea del poder transexenal de Echeverría?

–No de manera descarada. Se movía tras bambalinas. Yo tuve bastante independencia para impulsar la reforma interna del partido. Había críticas en la prensa por las acciones que impulsábamos.

“Yo no fui un reformador de última hora. La idea de una transformación interna del partido la traía desde mucho tiempo atrás”, acota.

El “primer boceto sobre la reforma del Estado” lo realizó Muñoz Ledo cuando tomó posesión López Portillo. Incluía la parlamentarización, un nuevo sistema de partidos, una reforma electoral cabal. El presidente no lo nombró Secretario de Gobernación. Y él pidió encabezar la Secretaría de Educación Pública.

En la SEP, Muñoz Ledo apenas duró un año: del 1 de diciembre de 1976 al 9 de diciembre de 1977. Hubo “mucha grilla” para evitar que se quedara. Elaboró el Plan Nacional de Educación “el mejor documento que elaboré como funcionario público”, considera.

Una maledicencia en las altas esferas surgió en su contra. López Portillo dijo alguna vez ante sus discursos: “Pienso mucho en el flechador del cielo cuando lo escucho”. Y los malquerientes de Muñoz Ledo comenzaron a llamarlo en la prensa “el flechador del cielo”.

“Lo que más lamento de mi trayectoria es no haberme quedado más tiempo en la SEP”, admite.

–¿Lo vinculaban con el poder transexenal de Echeverría?

–El pretexto para grillarme era el echeverrismo. En mi caso, un viejo dirigente priista me dijo: “De algunos de nosotros quieren la jaulita, pero de usted, licenciado, quieren el pajarito”.

Durante dos años Muñoz Ledo se dedicó a viajar y a dar clases. En un encuentro en Washington le pidió al canciller Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa que lo nombrara representante en la ONU. La posición de México ante el Consejo de Seguridad ya estaba pedida. Muñoz Ledo logró incorporarse porque hubo subsecuentes empates entre Cuba y Colombia.

“El Consejo de Seguridad de la ONU fue fascinante, al punto que se me mencionó como posible secretario general de la ONU en 1981”, rememora.

–¿Le hubiera gustado?

–Me hubiera encantado. Hubiera cambiado mi vida y mi historia. A lo mejor regresaba a fundar la Corriente Democrática de otra manera. Pero no hubo apoyo del gobierno ni de la cancillería.

–¿Qué sucedió, si usted tenía el apoyo de varios países?

–La candidatura al Consejo de Seguridad de la ONU fue simultánea a la candidatura de Miguel de la Madrid a la Presidencia de la República. Cometí el error de decirle a Miguel: “Tú vas a estar en la Presidencia y yo en la ONU”. Creo que fue parte del problema. En Los Pinos surgió entonces la frase: “No puede haber un Papa mexicano”.

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