Roberto Cruz, el indio que mató al padre Pro

En octubre de 1961, en el periódico Excélsior se publicó en entregas la extensa entrevista que Julio Scherer García, fundador de Proceso, le hizo a Roberto Cruz, quien como inspector general de policía en tiempos de Plutarco Elías Calles se encargó de dirigir el fusilamiento de Miguel Agustín Pro. En esa conversación, transformada luego en el libro El indio que mató al padre Pro, el general Cruz dio su versión sobre el fusilamiento y ya vislumbraba la posible canonización del jesuita. “Si Pro es elevado a los altares… no será santo de mi devoción”, dijo. A continuación se reproduce un fragmento de la entrevista.

Los Mochis, Sin., 6 de octubre

Qué serio, qué adusto, qué grave se observa el rostro del general Roberto Cruz en cuanto se pronuncia el nombre de Miguel Agustín Pro Juárez. Ese aire severo, ese gesto frío ese rictus duro que constituye una de las características más visibles de su personalidad exterior, se torna todavía más áspero apenas escucha hablar del sacerdote jesuita.

En cierta forma lo trata como si aún viviera y tuviera derecho de lanzarle una serie de amargos reproches: “Si no fuera por el curita, por Pro, yo no tendría esa fama de troglodita, de hombre primitivo, de matón. Y pasaría por lo que soy: por un hombre culto, fino”, dice Cruz.

No hay móvil para bromas y sí para expresiones de mal humor. “Que lo hagan santo, si quieren. ¿Qué esperan? A mí me da igual y me tiene sin cuidado. Bien saben que si Pro es elevado a los altares, como dicen los católicos, no será santo de mi devoción”. Y aquí inicia el general Cruz una sonrisa que no concluye, que pronto se ahoga en sus mismos labios.

Lo recuerda muy bien esa mañana, la última, en que el padre Pro salió del calabozo de la Inspección de Policía rumbo al paredón donde minutos después sería ejecutado, junto con el ingeniero Segura Vilchis y con aquel hombre modesto que se apellidó Tirado. Caminaba Pro con toda naturalidad, acaso con una mayor lentitud que en los días ordinarios. “No se mostraba erguido ni tampoco humilde. Vería de frente e iba vestido de negro. Era trigueño, moreno pálido, de figura agradable, con rostro de hombre inteligente y culto. No me dijo nada cuando pasó cerca de mí. Yo tampoco me dirigí a él. Luego lo vi en el paredón, demacrado, sin una gota de sangre, con los labios que parecían de papel. Y segundos después escuché la descarga cerrada de los cinco soldados que lo ejecutaron”.

–¿Se conmovió?

–Nada.

–¿Está usted arrepentido?

–Cómo puede estarlo un militar que cumple con su deber, con una orden del presidente de la República.

–¿Volvería a actuar como entonces?

–Por supuesto.

–¿Pero lamenta lo ocurrido?

–Claro que sí. Quién no lo lamentaría en mi lugar. No es agradable ir por la vida con fama de matón, de hombre sanguinario, hasta de troglodita.

–¿Vislumbró en algún instante al santo en el padre Pro?

–Yo no creo en eso.

–¿Vio usted en Pro a un hombre mejor que los demás?

–Vi en él a un hombre como todos. Y si entre los ejecutados debiera creer en uno, si entre los tres hubo un santo, ése fue el ingeniero Segura Vilchis. Más hombre que Pro y tan culpable como el curita en el atentado dinamitero. A ése sí sentí que lo hubieran “tronado”.

(…)

A Calles, todos los días le informaba del curso de las investigaciones. Había una hora concertada para ese objeto: las nueve de la mañana.

A esa hora, puntualmente ascendían los dos por el elevador del Palacio, la víspera de la ejecución. Franquearon juntos las puertas del despacho presidencial y tomaron asiento, uno frente a otro.

–¿Todo listo?

–Sí, señor, aquí tiene usted el expediente en contra de los presuntos responsables del atentado dinamitero.

Y mientras el general Calles tomaba el legajo y se aprestaba a leerlo, el inspector de policía se hacía de una revista ilustrada.

“Veinticinco minutos duró la lectura. Ni una sola vez levantó Calles la vista de los papeles. Parecía más que un hombre, una estatua. No alteró su postura, no hizo más movimiento que el indispensable para ir pasando, una a una, las hojas del expediente.”

“Entonces está comprobada la culpabilidad de estos individuos –dijo calles–. Y del cura, que fue el autor intelectual.”

(“¿Qué pruebas fueron ésas, general?” “No me acuerdo, pero del expediente se desprendían muy claramente. Habría que ir a él.” “Pero Pro nunca se declaró culpable.” “Ni falta que hacía. Las pruebas lo condenaron de manera clarísima.”)

A continuación, Calles guardó silencio. Como yo no le dijera nada, me vio fijamente. Recuerdo sus ojos pequeños clavados en los míos.

Luego dijo Calles:

–Esos individuos son implacables en sus procedimientos. Ahora fue el general Obregón, mañana seré yo, después usted. Así es que dé las órdenes correspondientes y proceda a fusilarlos a todos.

Otro silencio en el despacho presidencial. Largo, intenso. Nuevamente los ojos del general Calles en los míos, inquisitivos e imperantes al mismo tiempo.

Le dije yo entonces, con todo el respeto debido, que si no le parecía más conveniente que los consignáramos a las autoridades judiciales, a un tribunal.

–¡No! –respondió.

Ahí quedó esa palabra, vibrante, única, momentáneamente absoluta.

–Hay que cortar el mal a tiempo, general Cruz. Ejecútelos y en cuanto esté cumplida la orden, venga a darme cuenta de ella.

Todo se hizo como él lo dispuso, a la mañana siguiente. Yo vi a los tres: al curita, al ingeniero Luis Segura Vilchis y a Tirado. Este pobre hombre estaba acobardado. Iba tapado con una cobija, arropado. Para qué querrá la cobija –pensé entonces–, si pronto va a estar frío y frío para siempre…

El rictus de la cara del general Cruz se ha tornado amargo. Vive ahora momentos de pesadumbre.

“¿Qué me reprochan? ¿Que obedecí las órdenes del presidente Calles? ¿Podría no hacerlo como militar? Entonces sí hubiera merecido todas las sanciones porque eso no le está permitido a un soldado con honor.”

–¿Y si usted hubiera sido presidente de la República y hubiera tenido esas mismas vidas en sus manos? –le pregunto a Cruz.

A lo mejor los fusilo, a lo mejor no. No sé. Lo que sé es que si el presidente Calles no da la orden, no se hace. ¿Y por qué me echan a mí la culpa y me tachan de troglodita y no al capitán Torres, que dio la voz de fuego al pelotón de ejecución? ¿Y por qué no a los cinco soldados que dispararon? Yo, en última instancia, tengo tanta responsabilidad como esos soldados que jalaron los gatillos de sus rifles.

Qué viejo vemos en este instante a Roberto Cruz. Cómo le pesa la fama pública, cómo vive encadenado a su mente el padre Pro…

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