El fallo que toda China espera

BEIJING.- El pasado 26 de agosto un tribunal chino dejó en “vista para sentencia” el juicio contra Bo Xilai, quien desempeñó los cargos de ministro de Comercio, miembro del Buró Político del Partido Comunista de China (PCCH) y secretario de ese partido en la municipalidad de Chongqing.

Bo –a quien se acusa de aceptar sobornos, malversar dinero público y de abuso de poder– conocerá el fallo judicial este mes.

Ningún proceso ha despertado tanta expectación en China desde que se juzgó a la Banda de los Cuatro por los excesos de la Revolución Cultural (1966-1976). No es gratuito: La detención y defenestración de Bo –en marzo de 2012– causaron la peor crisis del PCCH en las últimas décadas.

En la clausura del juicio se exigió un escarmiento ejemplar. “El acusado ha cometido crímenes muy graves y no ha admitido su culpa. No hay razones para la benevolencia, ha de ser castigado duramente de acuerdo con la ley”, dijo el fiscal.

El proceso en el Tribunal Intermedio de Jinan no se apegó a lo usual. Se esperaba que finalizara en dos días (así lo había anunciado la televisión pública) tras escuchar rutinarias confesiones y disculpas en busca de una sentencia reducida, pero se alargó hasta cinco días por la vigorosa defensa del acusado.

A la maraña de poder, dinero y sexo que ha monopolizado la atención nacional, Bo añadió un ingrediente el último día del juicio. Insinuó que las acusaciones de los principales testigos de la fiscalía se explican por una relación amorosa: La de su esposa, Gu Kailai, con quien fuera jefe de la policía en Chongqing y su mejor amigo durante décadas, Wang Lijun, lo que dibujaría un triángulo amoroso.

De la primera dijo que estaba “loca” y “mentía a menudo”, después de que ella sostuvo que su marido “debía conocer” los múltiples sobornos que llenaban las cajas de seguridad de los domicilios de la familia. Del segundo, dijo que era “vil” y “abominable” y lo acusó de encubrir el asesinato del empresario inglés Neil Heywood, cometido por Gu.

 

Crimen y encubrimiento

 

El escándalo surgió en marzo de 2012 cuando Wang pidió asilo en el consulado estadunidense de Chengdu, Sichuan. La versión oficial asegura que el entonces jefe policiaco huyó luego de manifestarle a Bo sus sospechas sobre la participación de su esposa (Gu) en el asesinato de Heywood.

Bo le propinó a Wang un puñetazo que le dejó la cara ensangrentada.

Durante el juicio Bo dijo que no había sido un puñetazo sino una bofetada y la justificó por la confesión de que Wang estaba enamorado de su mujer. “Sus sentimientos estaban confusos”, explicó, según las transcripciones del tribunal. “Tenían una relación muy especial y eso me frustraba mucho”, continuó.

En agosto de 2012 Gu fue condenada a muerte con dos años de suspensión (lo que en la práctica se transforma en cadena perpetua) por el asesinato de Heywood quien supuestamente –afirmó ella en el juicio– amenazó de muerte al hijo del matrimonio. Un mes después Wang fue condenado a 15 años de cárcel por deserción, abuso de poder y por aceptar sobornos. Los dos procesos, ventilados en un día, se ajustaron al guión: Los acusados confesaron, se disculparon y recibieron sentencias benevolentes.

El actual juicio tiene lugar 17 meses después de que Bo fuera cesado, a pesar de que el gobierno pretendía cerrar las heridas políticas cuanto antes. “El retraso se debe a la voluntad de que el caso se investigase primero en los órganos disciplinarios del partido. Sólo cuando los cargos se hubieron acordado se trasladó al sistema judicial. No lo hubieran hecho sin asegurarse un veredicto de culpabilidad claro”, dice a Proceso –vía correo electrónico– Margaret Lewis, experta en el sistema judicial chino y profesora de la Universidad Seton Hill.

La sentencia condenatoria se da por segura porque el sistema judicial chino está supeditado al partido y éste ya ha utilizado los medios de prensa para dibujar al acusado como criminal. “Se espera que reciba una pena de prisión pero no la ejecución. Como mucho será una sentencia a muerte con dos años de suspensión”, prevé Lewis.

Esa condena bastaría para apuntalar la firmeza de la campaña anticorrupción lanzada por Beijing y evitaría una ejecución que sería muy criticada por los seguidores de Bo.

Muchos creen que la caída de Bo no se debe a sus presuntos delitos sino a una purga política, decidida por el régimen cuando su popularidad alcanzó límites ingobernables. Bo iba a contrapelo en la marmórea y grisácea política china. Su lucha contra la corrupción (también aprovechada para eliminar a sus enemigos) o la recuperación de la parafernalia y algunos valores maoístas, como la igualdad, le habían proporcionado un gran apoyo en las capas más bajas y los más apegados a las esencias del sistema comunista chino.

“El juicio es un acontecimiento político. El verdadero crimen de Bo no fue la corrupción sino amasar un enorme poder individual que lo enfrentó a otros poderosos líderes del sistema. No es que él no sea probablemente culpable de los delitos, sino que está lejos de ser el único”, dice a este semanario –también por correo electrónico– Scott Kennedy, director del Centro de Investigación de Negocios y Políticas Chinas, con sede en Beijing y dependiente de la Universidad de Indiana.

El juicio se ha seguido por el microblog del tribunal, en un extraño esfuerzo de las autoridades chinas por dar cierta transparencia a la justicia.

Casi 600 mil internautas han recibido las transcripciones de las declaraciones, las fotos o grabaciones. Según ese seguimiento no ha habido rastro político durante el juicio. La fiscalía se ha esforzado en demostrar los sobornos por 21.8 millones de yuanes (unos 47 millones de pesos) entregados por dos empresarios, así como la malversación de cinco millones de yuanes (10 millones de pesos) y las acciones para sabotear la investigación por la muerte de Heywood.

Bo y su familia recibieron regalos frecuentes, según el tribunal, como una mansión en la Riviera Francesa o vacaciones en hoteles de lujo de todo el mundo. Detrás de esto está Xu Ming, un multimillonario que a cambio recibió favores políticos, canalizados mediante la esposa y el hijo del político defenestrado.

Por su parte Bo se describió como un adicto al trabajo que debió haber controlado mejor la contabilidad familiar. “Sé que no soy perfecto, que tengo mal temperamento, que actúo de forma subjetiva y he cometido serios errores y faltas (…) pero los cargos de corrupción no son verdaderos”, clamó en la clausura del juicio.

También aseguró que su anterior confesión de los delitos ante los órganos disciplinarios fue hecha contra su voluntad.

Los expertos juzgan ejemplar su defensa. Ha negado las acusaciones sin cruzar la línea roja que supone plantear dudas sobre la legitimidad del proceso o señalarse como una víctima política. Y, si lo ha hecho, las transcripciones del juicio no lo han recogido. Su belicosidad y dignidad habrán satisfecho a sus seguidores, para los que habría sido duro verlo en el papel sumiso y humillado que adoptaron otros exfuncionarios en situaciones similares. Si la condena fuera corta podría incluso soñar con el regreso a la arena política. Deng Xiaoping fue purgado varias veces por el partido antes de escalar a la cúspide y diseñar la apertura económica.

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