La historia detrás de las imágenes

Luego del golpe del 11 de septiembre de 1973 contra Salvador Allende, la dictadura chilena se dedicó a reinventar la historia y a construir su versión sobre los hechos de ese día. Lo que los golpistas no sabían es que un par de cineastas alemanes –quienes se habían ganado la confianza de los militares fingiendo ser sus simpatizantes– dejarían un registro fílmico de primera mano, incontestable y que ha perdurado 40 años. Imágenes del bombardeo al palacio de La Moneda, el cadáver de Allende cuando es metido a un vehículo militar y evidencias de los numerosos muertos que hubo en ese desigual combate fueron escenas captadas con el beneplácito de los conspiradores.

VALPARAÍSO, CHILE (Proceso).- En primer plano se ve al médico Danilo Bartulín, quien relata que después de las 11 de la mañana de ese 11 de septiembre de 1973, al presidente chileno Salvador Allende le dio hambre. Cuenta que bajó a la cocina a buscar algo de alimento. Allí vio “unos pollos listos para cocinar”. Estaba buscando los ingredientes “cuando sentí el silbido de la primera bomba que a los pocos segundos estalla a muy pocos metros de donde yo estaba”.

Enseguida se ve la fachada de La Moneda (sede del gobierno chileno). Se escuchan muchos disparos y un silbido que acaba en el preciso instante en el que ocurre la primera explosión, provocada por un cohete disparado desde un Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile (Fach). Uno o dos segundos después hay una segunda explosión.

La cámara enfoca a los aviones que tras realizar el primer ataque vuelven a la carga. Dos nuevos impactos en la puerta principal cimbran el Palacio de Gobierno. Luego otro más. A pesar de la violencia de los estallidos, algunos de los cuales ocurrían a unos 60 metros desde donde eran filmados, la cámara se mantiene firme. De pronto aparece a cuadro parte de la cabeza del sonidista Manfred Berger, quien se esfuerza por mantener el micrófono lo más cerca posible de las explosiones. Llueven balas desde todas direcciones.

La Moneda se incendia. De casi todas las ventanas brotan largas lenguas de fuego. Lo poco que queda de su puerta principal también está en llamas. El camarógrafo Peter Hellmich toma un primer plano de la bandera chilena que corona el edificio colonial. Entre el humo se puede ver como ésta arde.

Las imágenes son captadas desde una habitación en el séptimo piso del Hotel Carrera, lugar elegido por el equipo de cineastas del estudio H&S, de la República Democrática de Alemania (RDA) para filmar el golpe militar.

La confirmación y la fecha del cuartelazo les habían sido confiadas por algunos de los principales conspiradores, cuya confianza se habían ganado haciéndose pasar por ciudadanos de la República Federal de Alemania afectos a su causa.

La filmación del palacio presidencial bombardeado, con la bandera de Chile ardiendo al igual que el edificio, se volvió un símbolo universal y aparece en el documental Más fuerte que el fuego. Las últimas horas en La Moneda (1978).

La Junta Militar no quería que el mundo conociera la dimensión de su barbarie y por ello tendió un riguroso cerco informativo que fue cuidadosamente planificado en la Operación Silencio.

Como parte de este plan fueron bombardeadas o inutilizadas –muy temprano ese día 11– las instalaciones de las radiodifusoras partidarias del gobierno. La estatal Empresa Nacional de Telecomunicaciones fue ocupada por militares quienes bloquearon las comunicaciones telefónicas y satelitales de Chile con el exterior.

Los periodistas y reporteros gráficos que cubrían la operación militar contra el gobierno constitucional fueron sacados de las inmediaciones de La Moneda, con las manos en alto, por carabineros.

El Canal 13 (de la Universidad Católica) fue el único medio que tuvo el aval de la Junta Militar para filmar la asonada. Pero los tres miembros del equipo de este canal no registraron el bombardeo. Se refugiaron en las oficinas del periódico El Mercurio –a tres cuadras de La Moneda–, de donde sólo saldrían cuando llegó una patrulla militar que los llevó de vuelta a Palacio. Allí grabaron el cuerpo de Allende, pero este registro fue requisado por el general Javier Palacios, quien comandó el asalto a La Moneda. “Este material es del ejército”, les dijo.

Cineastas de privilegio

En esas circunstancias la tarea de filmar el ataque a La Moneda era difícil. Por eso es tan valioso lo hecho por Hellmich y Berger. Ellos formaban parte del equipo dirigido por Gerhard Scheumann y Walter Heynowski, cineastas con amplia experiencia en la televisión de su país y quienes en 1965 formaron un tándem que funcionó bajo el auspicio de la estatal Deutsche Film AG (Defa).

En Defa hacían cine militante. Su ciclo sobre la guerra de Vietnam –que incluyó decenas de producciones– les dio prestigio en su país y les aseguró recursos para nuevas y costosas películas.

En el libro Señales contra el olvido (Cuarto Propio, 2012), de las investigadoras de cine Mónica Villarroel e Isabel Mardones, se aborda el trabajo de Heynowski y Scheumann: “Eran un capítulo aparte dentro del cine documental de la RDA, en gran parte por sus estrechos vínculos con ‘el Partido’ y la Stasi. Eran los únicos con acceso a divisas y que podían vender sus producciones directamente al exterior. Además viajaban libremente por el mundo, sus envíos no eran controlados por la aduana…”

Heynowski y Scheumann trabajaron con Defa hasta 1969, cuando formaron su propio estudio, H&S, que gozó de cuantiosos aportes estatales. A mediados de 1972 recibieron la instrucción de Werner Lamberz, secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de Alemania, de viajar a Chile a registrar el proceso encabezado por Allende.

En 2003, en una entrevista –incluida en el libro Señales contra el olvido– Heynowski habló del tema: “A fines de 1972 con Scheumann hicimos una excursión, sin cámara ni nada para ver lo que había con el Partido Socialista y con Allende. Exploramos ideas para una película. Fuimos de nuevo en 1973. Viajamos a Chile con nuestros equipos… queríamos reflexionar sobre las elecciones parlamentarias (del 4 de marzo de 1973) y la Unidad Popular, queríamos mostrarla pero no con las imágenes clásicas”.

Decidieron presentar en sus filmaciones al rival, a la contraparte política del gobierno de Allende.

Al regresar a Chile, en febrero de 1973, lo hicieron provistos de su extraordinario equipo humano y técnico. Se quedaron dos meses filmando. Tras retornar a Berlín, donde estaban las oficinas de H&S, volverían a Chile a mediados de 1973 y en los días previos al golpe.

Para realizar su misión contactaron al militante comunista chileno-alemán y pro-
fesor de arte de la Universidad de Chile, Hans Stein, quien fue su acompañante y traductor. En entrevista realizada por las autoras de Señales contra el olvido, éste reseñó el plan de trabajo de Heynowski & Scheumann:

“Venían con dos camarógrafos, en realidad dos equipos: Uno era el de Peter Hellmich y Manfred Berger, que era el sonidista. Hellmich tenía pasaporte alemán occidental y Berger, pasaporte austriaco (…) el otro camarógrafo con su sonidista (Horst Donth y Klaus Freymuth) hacían el trabajo oficial. Hellmich y Berger oficialmente no eran de ellos, eran como un grupo aparte, derechista; ellos se juntaban con gente de derecha. Hellmich volvió con Manfred (Berger) para el golpe”.

Infiltrados

En clubes frecuentados por la alta sociedad santiaguina Hellmich pudo conocer a los principales dirigentes de la derecha política y de los gremios movilizados contra el gobierno, como el senador por el Partido Nacional Sergio Onofre Jarpa, y el líder de los camioneros, León Vilarín.

También se vincularía estrechamente con las dirigencias de Patria y Libertad y del Comando Rolando Matus, organizaciones de ultraderecha que efectuaban actos terroristas contra el gobierno de la Unidad Popular, como poner bombas en puentes y oleoductos.

Este sumergirse entre los partidarios del golpe aparece retratado en La guerra de los momios (1974), que también incluye las imágenes del bombardeo a La Moneda y que intenta reflejar cómo se gestó la caída de Allende. Este filme se presentó en el Festival Internacional de Cortometrajes de Oberhausen –el más antiguo del mundo en su género– en abril de 1974 y tuvo una buena valoración del público y la crítica. Pero sería otra película del ciclo chileno de H&S la que ganaría el primer premio en dicho certamen: Compatriotas, que reproduce y contextualiza el último discurso de Allende.

La cercanía con los conspiradores les posibilitó a los cineastas entrevistar en exclusiva a varios protagonistas del cuartelazo. El comandante de la Fach Enrique Fernández mostró –ante la cámara de Hellmich– una foto de una vista aérea de Santiago que la noche anterior se les enseñó a los pilotos del Grupo 7. “Se le hizo el briefing a los pilotos indicándoles los blancos que al otro día tenían que abatir”.

El general Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fach y miembro de la Junta Militar, indicó: “Los pilotos ese 11 de septiembre no hicieron otra cosa que colocar los proyectiles en los blancos que se les habían asignado”.

Tan en confianza se sintió con sus interrogadores de la RDA –que él creía que eran de la otra Alemania– que por conducto de ellos quiso enviar un recado: “Solamente le quiero decir al público europeo que tengan mucho cuidado con creer a la enorme propaganda que está gastando la URSS para presentar a la Junta de Chile como un gobierno fascista, reaccionario, cavernario”.

Leigh, queriendo congraciarse con sus entrevistadores, mostró su admiración por los pilotos de la Luftwaffe: “Para mí los aviadores alemanes fueron ejemplares durante la Segunda Guerra Mundial… olvido los nombres pero tengo un libro en el que salen todos los ases de la Segunda Guerra y Alemania es el país que más ases tiene”, dijo sonriente.

En este filme aparece la imagen nunca mostrada en la televisión chilena del cuerpo de Allende trasladado en una camilla –cubierto con un poncho de lana– a una ambulancia militar de marca Toyota. Un conscripto acongojado cierra la puerta y baja la cabeza. El vehículo avanza entre soldados, carros de bomberos, camiones militares y un tanque Sherman. Al llegar al costado sur de La Moneda dobla a la derecha. Aquella sería la última imagen del cuerpo de Allende antes de su entierro.

Más fuerte que el fuego contiene también una secuencia en la que dos militares cargan en una manta un cadáver sacado de La Moneda y lo depositan en un camión militar, dentro del cual hay otros cuerpos, en número indeterminado, cuyas vidas se extinguieron en la desigual batalla de aquel 11 de septiembre.

Mientras ello ocurre el narrador señala: “Los defensores de La Moneda fueron muertos o apresados. Aquí se eliminan las huellas de la batalla que una vez terminada plantea las interrogantes acerca de su sentido”.

Pocos días después del golpe y en entrevista con Hellmich, Palacios dijo: “Ya en el interior de La Moneda, y buscando pieza a pieza, dependencia a dependencia, dónde ubicarlo (a Allende), porque no se olviden que la misión mía era exigirle, intimarle rendición, lo encontré (…) tenía las manos llenas de pólvora. Hasta el último momento él disparaba contra nosotros”.

Además del valor histórico estas filmaciones constituyen la prueba irrefutable de que en La Moneda hubo combates, víctimas fatales y que Allende combatió hasta el final. Esta verdad sería pronto negada y ocultada por la Junta Militar, encargada de construir desde el mismo 11 de septiembre de 1973 la historia oficial de lo ocurrido en aquella jornada.

Mientras las películas sobre Chile de los cineastas de la RDA vencen el paso del tiempo, sus autores han pasado al olvido. El estudio H&S sucumbió junto al muro de Berlín y su filmografía no es valorada en la Alemania unificada. Heynowski está retirado, Hellmich se refugió en el ostracismo y Scheumann murió de cáncer en 1998.

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