Argentina: deporte y política, mezcla peligrosa en dictadura

MÉXICO, D.F. (apro).- El teniente de navío Antonio Pernías era uno de los más crueles torturadores del tristemente célebre centro clandestino de detención de la Escuela Superior de Marina (la ESMA) de Buenos Aires durante la más reciente dictadura argentina.

En una ocasión fue comisionado a Estados Unidos para comprar algunas armas. Entre éstas trajo una pistola de dardos tranquilizantes que pretendía usar para capturar a disidentes políticos, neutralizándolos desde la distancia. Contaba que era un arma para caza mayor, así que tenía que encontrar la dosis justa de anestésico para que no matara a las víctimas ni las adormeciera durante mucho tiempo, pues las primeras horas de detención eran fundamentales para torturarlas y sacarles información útil. Así que decidió experimentar con ella.

Y eligió como conejillo de indias a Daniel Schapira, un joven de 26 años que había sido secuestrado a bordo de un autobús por los marinos argentinos en abril de 1977 y estaba recluido en la ESMA. Lo escogió a él porque le pareció que aguantaría mejor una sobredosis de tranquilizante ya que tenía un físico atlético.

Schapira era un tenista con inquietudes políticas. Había llegado a estar entre los 10 primeros del ranking de juveniles de Argentina y en la Facultad de Derecho se había integrado a la Juventud Peronista, una de las organizaciones más perseguidas por el régimen militar. En el momento de ser desaparecido se dedicaba a dar clases de tenis y estaba a punto de convertirse en padre. Pero nunca llegó a conocer a su hijo.

Pese a que sobrevivió al “experimento” de Pernías, por el que estuvo dormido durante todo un día, a principios de 1978 ya no volvió a ser visto por sus compañeros de cautiverio en la ESMA. Corrió la misma suerte que la mayoría de los cerca de 5 mil detenidos que pasaron por ese lugar. Sólo sobrevivieron unos 200. El día de su cumpleaños, el 18 de octubre, fue declarado en Argentina el Día Nacional del Profesor de Tenis, en su honor.

El de Schapira es uno de los cerca de 30 mil casos de detenidos que se estima fueron hechos desaparecer en Argentina entre 1976 y 1983, los años en que los militares gobernaron a sangre y fuego ese país. Es además uno de las decenas, quizás centenares de casos que afectaron a deportistas.

Militancia

El gobierno de facto no mostró reparos en utilizar políticamente a su favor el triunfo de su selección de fútbol en la Copa del Mundo de 1978, en un ejercicio de propaganda nada sutil. Sin embargo, no tuvo contemplaciones con muchos jóvenes deportistas que podían haber llevado más gloria a su país y prefirió priorizar el aniquilamiento de cualquier forma de disenso, su mayor obsesión.

“Eran deportistas pero al mismo tiempo militaban en partidos políticos, organizaciones guerrilleras, organizaciones estudiantiles universitarias”, explica el periodista Gustavo Veiga, quien ha ido recopilando a lo largo de su carrera varios casos de deportistas víctimas de la represión.

Veiga publicó en 2006 el libro Deporte, desaparecidos y dictadura con 35 casos documentados y en 2010 lo reeditó con varios más. Esa labor de investigación ha sido la base para la producción de una miniserie televisiva con algunos de los casos. Se trata de ocho historias, de unos 26 minutos cada una, cuyo estreno en la televisión pública argentina está prevista para este año.

“Así como hoy no hay chico que no juegue a la Play Station y no le gusten el futbol y Messi, en los años 60 y 70 no había joven que no militara en política, por lo menos acá en la Argentina”, recuerda Veiga, que actualmente trabaja para el periódico Página 12. “La mayoría militábamos y era muy común encontrar a gente que, siendo deportista, podía militar en un partido político como puede ser la Juventud Peronista, Montoneros o la Izquierda Guevarista.
Hay un montón de casos de militancia comprobada y por eso desaparecieron, no por ser deportistas”, añade.

Así le sucedió a Alicia Alfonsín, una jugadora de basquetbol que fue desaparecida junto con su esposo, Damián Cabandié, en 1977. Ambos hacían trabajo social en una villa-miseria de la capital argentina y luego se supo que, tras su detención ilegal, estuvieron en la ESMA. Allí Alicia dio a luz en marzo de 1978 a Juan, uno de los cientos de hijos de detenidos-desaparecidos de los que se apropiaron los militares para entregarlos a sus propias familias o a familias afines a la dictadura, y así evitar que fuesen criados por “subversivos”.

Juan Cabandié recuperó su verdadera identidad gracias a la labor de las Abuelas de la Plaza de Mayo, que se dedican a buscar a sus nietos desaparecidos, y actualmente es diputado kirchnerista en la asamblea legislativa de la ciudad de Buenos Aires.

Desde ajedrecistas a gimnastas, pasando por atletas, jugadoras de hockey o regatistas, la dictadura argentina, que ha pasado a la historia como una de las más crueles del siglo XX, no dejó a salvo casi ninguna disciplina. Muchos fueron los jóvenes que compaginaban su espíritu deportivo con su conciencia social y política y que pagaron por ello.

“Eran jóvenes que practicaron el deporte varios años consecutivos como federados, como deportistas que pertenecían a una asociación o club. Incluso algunos llegaron a jugar en la división superior de su respectivo deporte”, asegura Veiga.

Este último es el caso de Antonio Piovoso, quien fue arquero suplente en el equipo de primera división Gimnasia y Esgrima de La Plata y que debutó en la categoría en abril de 1973. No tuvo suerte y acabó jugando en un club de categorías inferiores en 1977, el año en el que desapareció.

Piovoso era estudiante de Arquitectura y aunque era militante político, su participación como tal se había reducido al reparto de volantes. Sin embargo, el 6 de diciembre de ese año estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

El lugar era un estudio de arquitectura de La Plata (ciudad universitaria cercana a Buenos Aires) donde fungía como dibujante mientras terminaba su último año de carrera. Entró un comando vestido de civil buscando a otra persona. Como Piovoso no quiso darles datos para localizar a su objetivo, cuando éste llegó al estudio se los llevaron a los dos, dejando ahí a otros compañeros. Nunca más se supo de él. Su familia fue extorsionada. Como solía ser común durante la dictadura, unos represores intentaron arrebatarles su casa mueble a cambio de información sobre su paradero y su padre falleció poco después por la desesperación, relata Veiga en su libro.

La desaparición de jóvenes se dio en todo el país, aunque en La Plata, sostiene el investigador, se dio “mucho más porque era una ciudad estudiantil, donde había muchos universitarios. De hecho, se maneja en La Plata una cifra de 700 o más estudiantes universitarios desaparecidos”.

Ese número incluye 19 integrantes del equipo La Plata Rugby Club (varios de ellos de la primera división) que fueron cayendo poco a poco capturados por las fuerzas del régimen de facto. Algunos aparecieron después muertos, pero de la mayoría aún se ignora el paradero.

Victimarios

Al igual que hubo deportistas entre las víctimas, también hubo victimarios: atletas o personas relacionadas con el deporte que pertenecieron a las fuerzas de la represión o colaboraron con ellas.

Veiga, que también ha abordado el tema desde este ángulo, pone como ejemplo al “arquero Edgardo Andrada, que fue un integrante de la inteligencia de la dictadura”. Andrada estuvo en las filas del Rosario Central y del Vasco da Gama brasileño en los años 60 y 70 y llegó a participar con la selección albiceleste en la Copa América de 1963 en Bolivia (en que Argentina quedó tercera) y a ser preseleccionado para el mundial de Chile 1962.

O el caso de “Juan de la Cruz Kairuz, que fue un futbolista de primera división muy conocido. Jugó en el Newell’s Old Boys de Rosario e integró un grupo de tareas” —los comandos que se encargaban de secuestrar a opositores para torturarlos y asesinarlos o hacerlos desaparecer—.

“También estoy investigando las historia de un agente de inteligencia de la dictadura que es jefe de seguridad de un club de fútbol actual de primera división”, sostiene el periodista, que tiene un primo desaparecido durante la dictadura por pertenecer a la guerrilla urbana Montoneros.

Pero el caso que tiene mejor documentado es el del árbitro Francisco Bujedo y su juez de línea Ángel Narciso Racedo. Ambos eran marinos y dirigían los fines de semana partidos de la liga de Mar del Plata, pero entre semana salían con un escuadrón de la dictadura a levantar gente. Entonces, invertían los roles y Racedo, que era conocido en esta faceta como Comisario Pepe, fungía como jefe y Bujedo como subordinado. Racedo fue condenado a principios de este año a 12 años de prisión en los juicios que se siguen contra los crímenes de lesa humanidad cometidos durante al dictadura argentina.

Además, agrega Veiga, “durante la dictadura hubo barras (grupos de hinchas) involucradas también en la represión”. En La Plata, el comisario Alberto Villar, que fue uno de los fundadores del grupo paramilitar La Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), “convocaba a algunos barrabravas en los estadios para que se enfrentaran con los militantes políticos que iban a los partidos para denunciar la represión”.

“Todo lo que tuviera que ver con los 70 y la dictadura tiñó al futbol y al deporte en general”, sostiene el autor, “como están condicionado ahora por la democracia, mal o bien, muchas de las cosas que pasan en el deporte”.

Pone como ejemplo la utilización del Estadio Nacional de Santiago de Chile para detener a opositores políticos durante la dictadura de Pinochet.

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