‘Manuel’ destrozó todo en La Montaña, hasta los sueños

Desde el domingo 22, decenas de localidades indígenas de La Montaña y Costa Chica decidieron formar un Consejo de Comunidades Damnificadas y de inmediato se lanzaron contra el gobierno por su “ineptitud y simulación”, según le dijeron a la titular de la Sedesol, Rosario Robles. Le pidieron atender los destrozos que, afirman, hicieron retroceder a los lugareños a la década de los setenta

TLAPA DE COMONFORT, Gro. (Proceso).- Dos semanas después del paso de la tormenta Manuel, los indígenas de la región de La Montaña sobreviven en condiciones insalubres, sin agua potable. Además comienzan a brotar enfermedades y los víveres son cada vez más escasos, pues sus campos de cultivo fueron arrasados.

Los caminos siguen destrozados; ello los obliga, dicen, a pernoctar en el monte y en poblados incomunicados. Tampoco tienen energía eléctrica. No obstante los hijos del fuego (mee pha) y de la lluvia (naa’savi) no dejan de ofrendar a sus dioses en este mes que, paradójicamente, representa el triunfo de la abundancia sobre El Mayantli, el hambre.

Para tlapanecos, mixtecos y nahuas la devastación representa un castigo, pues consideran que “la señora lluvia” se enojó. Si no le hacen su ofrenda, comentan, la muerte llegará para todos.

En contraste con la actitud asumida por los indígenas frente al desastre, la ayuda gubernamental fluye lentamente y los costos de insumos y transporte público se han incrementado en exceso, como en otras zonas de la entidad, ante la complacencia de las autoridades.

En un recorrido por comunidades de Tlacoapa y Malinaltepec, Proceso constató que en medio de la tempestad la vida se regenera de manera natural en La Montaña, donde las quejas son inútiles. Se trata de avanzar.

En la localidad de Totomixtlahuaca, municipio de Tlacoapa, Diasela Faustino Díaz, de 15 años, dio a luz a un niño la noche del miércoles 25 en una precaria casa de adobe y piso de tierra en las inmediaciones del punto conocido como Piedra Mula.

La joven fue asistida por su suegra, Eleuteria Velázquez, una de las parteras más reconocidas del lugar donde los alumbramientos son a la manera tradicional: las mujeres permanecen de pie y se sostienen con las manos de una cuerda fijada en una viga para hacer esfuerzo; terminan hincadas y el bebé es recibido prácticamente en el piso.

Es el tercer nacimiento en esta comunidad de poco más de 2 mil habitantes después de la tormenta Manuel, cuando el río Tamiaco devoró la cuarta parte del pueblo.

La corriente arrasó cultivos y 41 viviendas en la calle Cuauhtémoc, un tramo de aproximadamente 250 metros que desapareció dejando un impresionante acantilado de 50 metros sobre el cauce del río.

(Fragmento del reportaje que se publica en Proceso 1926, ya en circulación)

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