Venezuela: Una mirada a Chávez, “el comandante rey”

MÉXICO, D.F. (apro).- Así era Chávez: “Una persona con talento político sumamente desarrollado, una resistencia sobrehumana, una energía fuera de este mundo; quería mejorar la condición de su país… pero perdió su camino en el poder: su narcisismo lo corrompió”, sostiene Rory Carroll.

A pesar de los seis años que pasó como corresponsal en Venezuela para el periódico británico The Guardian entre 2006 y 2012, Carroll admite ignorar lo que Hugo Chávez tenía en el corazón.

Mediante una dosis de humor negro, en el cual los británicos suelen brillar, Carroll, de origen irlandés, mantiene una distancia crítica en su libro Comandante, la Venezuela de Hugo Chávez para analizar un sistema que adoptó el nombre de su progenitor: el chavismo.

“El principal problema del chavismo, mayor aún que la corrupción, era la ineficiencia”, subraya Caroll en entrevista con Apro. Según él, la infraestructura del país se hundía por falta de mantenimiento y el sistema de salud, apoyado en las “misiones” —los médicos que trajo Cuba a cambio de barriles de crudo—, se colapsaba al tiempo que la nación se volvía cada vez más dependiente de los ingresos del petróleo.

“Cuando Chávez falleció, el petróleo representaba 96% de las exportaciones de Venezuela”, explica en su libro. Chávez, político astuto, había reunido a los jefes de los Estados miembros de la Organización de Países y Exportadores de Petróleo (OPEP) para reducir la producción de crudo y así aumentar su precio.

“El desperdicio del petróleo fue extremo en Venezuela. El país cuenta con un sistema atrapado en el populismo, ya desde antes de Chávez. Bajo su presidencia, el vicio se empeoró muchísimo: tenía más plata que nunca y un mayor control político”, precisa.

Carroll anota en su libro que además del presupuesto del Estado, el petróleo subvencionaba la comida, la electricidad, los teléfonos celulares, los automóviles, la gasolina —costaba menos de un dólar llenar el tanque de un vehículo 4X4—, así como los programas sociales.

Carroll desmitifica el líder de la “revolución bolivariana” y el instigador del “socialismo del siglo XXI” que triunfó en cada elección presidencial a la que se presentó desde 1999 hasta su muerte, el pasado 5 de marzo.

“Siempre me impactó la contradicción entre las palabras de la revolución como ‘el poder al pueblo’, ‘dignificación’, ‘solidaridad’ o ‘democracia’, mientras que el sistema cortesano convertía a Chávez en un rey”, analiza el periodista.

Toma como ejemplo el sistema de democracia interna en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que descansaba sobre una retórica de “voluntad del pueblo”.

Sin embargo, durante su estancia en el país Carroll observó que el propio Chávez ignoraba los deseos de los militantes durante las primarias a un cargo electoral y designaba a su propio candidato. “Aceptaban un sistema feudal a pesar de su retórica”, lamenta.

Reconoce que mediante los consejos comunales Chávez creó una nueva forma de poder popular; sin embargo, lamenta que éstos tenían que comunicarse casi directamente con el Palacio de Miraflores (sede del Ejecutivo) para conseguir financiamiento.

 

Aló, presidente

“La televisión fue absolutamente fundamental en la presidencia de Chávez. Sus eventos eran diseñados para la pantalla”, sostiene el irlandés. El comandante solía monopolizar la señal durante horas en su programa Aló, Presidente.

En este programa Chávez tomaba decisiones políticas; recibía llamadas de ciudadanos; visitaba granjas, fábricas o minas; platicaba con el pueblo y felicitaba a la gente —cuya emoción era sincera y el orgullo desbordaba en lágrimas— por su trabajo. Se preocupaba de sus problemas y ordenaba al ministro o al alcalde resolverlos.

Aprovechaba el tiempo de transmisión para agredir verbalmente a la oposición y al sector privado, que le contestaban con el mismo tono en los medios de comunicación privados. Más que una patología, los insultos vehementes, que acompañaba de gestos teatrales, reflejaban una estrategia eficaz para atraer el apoyo popular y enfurecer a la oposición, señala el periodista.

Carroll admira la espontaneidad, la capacidad de hablar, de hacer chistes y de improvisar de Chávez en la televisión. “No existe ningún otro presidente que uno pueda soportar cuatro horas”, piensa el irlandés.

“Chávez solía decir cosas ridículas a veces, pero tenía tanto carisma y sentido de humor que su credibilidad no sufría tanto” rememora. “Sabía actuar como payaso y dos minutos después convertirse en el gran líder que hablaba de temas geoestratégicos”, añade.

Rory Carroll asistió a una transmisión de Aló, Presidente en 2010. En esta ocasión, Chávez le dio la palabra en vivo. El periodista le preguntó la razón por la cual el comandante proponía cambiar la Constitución para autorizar la reelección del presidente, y no de las autoridades locales.

“Él fingió su indignación y convirtió su rabia sintética en una fuente de entretenimiento. Yo representaba el cinismo de los europeos. Lo hizo con talento. Cuando las cámaras se apagaron, se acercó de mí y estuvo muy simpático”, recuerda el irlandés.

 

Héroe

“(El expresidente estadunidense) Georges W. Bush representó un regalo para Chávez”, asevera Carroll. Cuando Bush invadió a Irak, y cuando luego se reveló la tortura en los campos de Guantánamo y de Abu Grhraib, “ningún gobierno occidental lo condenó formalmente”, recuerda el periodista… Ninguno salvo Chávez.

Al viajar fuera de Venezuela, Carroll escuchaba opiniones muy fuertes —sobre todo de los europeos— en contra o a favor de Chávez. Sin embargo, todas quedaban afuera de la realidad que él conocía y vivía en Caracas. “La gente tenía su propio Chávez en mente: un héroe de los pobres o un estalinista monstruoso”, relata.

—¿De dónde proviene la fascinación hacia Chávez en el ámbito internacional? —se le pregunta.

—En el extranjero existía mucho apetito por un héroe, alguien que enseñara los “cojones” a Bush durante la invasión a Irak —responde.

Además, “en Europa existía también mucha nostalgia hacia Fidel Castro y el romance de la revolución latinoamericana; del Che Guevara”.

Sus alianzas “simbólicas” con Irán, Rusia o Cuba le aportaron la imagen “antiestadunidense”, pero “en realidad las iniciativas económicas no funcionaron bien”, sentencia el periodista.

Comenta que muchos creyeron en el ideal que prometía Chávez. El propio Carroll se incluye dentro de ellos; un sueño de un mundo mejor, de un sistema que corrigiera los defectos de nuestras economías…

“Chávez protagonizó el papel de campeón de los pobres con una retórica de ‘nosotros contra los ricos’. Por supuesto, la situación era mucho más complicada”, recuerda Carroll.

Asevera que los miembros de la llamada “boligarquía” apoyaban con fervor a Chávez. Estos nuevos ricos ingresaban enormes cantidades de dinero aprovechándose de las distorsiones económicas y de las oportunidades de manipular al sistema, abunda. Para no dejar rastro, pagaban en efectivo.

En su libro, Carroll refiere que Chávez guardaba silencio ante la corrupción y castigaba a los que la denunciaban. Esa corrupción le permitía ejercer presión sobre sus cercanos, en el caso que éstos “pisaran fuera de la raya”.

En una entrevista con Guaicaipuro Lameda —compañero de Chávez en una primera etapa y expresidente de Petróleos De Venezuela S.A. (PDVSA) y quien desertó del chavismo para unirse a la oposición—, Carroll se dio cuenta que el “comandante presidente” no se preocupaba por la economía, sino por la política.

 

Corte chavista

Después del fallido golpe de Estado de marzo de 2002, Chávez se enfocó en mantener sólo ministros leales a su gobierno. Se acercó a Fidel y solicitó la ayuda de los servicios de inteligencia cubanos, el G2, para protegerse de los intrigantes.

En su libro, Carroll asegura que Chávez hacía intervenir los teléfonos de sus propios ministros, y que a veces los escuchaba para verificar su compromiso con la labor que les había confiado.

Durante su estancia en el poder, Chávez creó y suprimió muchos ministerios, asevera el irlandés, quien estima en más de 180 el número de ministros que oficiaron bajo el mando del comandante.

Ellos pasaban su vida en los eventos públicos con Chávez, pero sin hablar con él, sonríe Carroll. “Sólo estaban en el público aplaudiendo como focas, diariamente”. De no hacerlo ponían en riesgo su vida política, ya que las expulsiones del gobierno solían ser inmediatas.

Este sistema vertical generó una sumisión total de los ministros a Chávez. “Una mezcla entre el miedo de perder su puesto y la obligación de ser pelotilleros los paralizaba”, afirma Carroll.

Relata en su libro que los ministros evitaban dar entrevistas, temerosos de decir una palabra que desagradara a Chávez. Éste implementó un servicio —que llegó a concentrar unas 200 personas— para verificar y analizar minuciosamente cada título de prensa.

Entre los chavistas, Carroll distingue a los “oportunistas” —una tradición en Venezuela, según él—, quienes salían adelante en la economía siempre más estadista.

Para ellos, la palabra “socialismo” era vacía: “Trataban de conseguir una beca, un empleo o ser millonarios según su nivel”, dice el irlandés. Aprobaban todas las decisiones del presidente ciegamente.

Muchos de sus ministros no contaban con capacidades específicas para manejar los órganos administrativos, añade, por lo que se contentaban con seguir las consignas cambiantes de Chávez.

Los utopistas, en cambio, “querían cambiar el país de verdad. Unos eran marxistas y trataban de capturar la atención del presidente, porque de eso se trataba. Como ministro, podías crear un gran plan de algo, pero sin el apoyo de Chávez no pasaba nada”, explica Carroll.

La clave del poder descansaba en el acceso al comandante, repite: “En Caracas el juego consiste en agradar la atención de Miraflores por donde sea”.

A siete meses del fallecimiento de Chávez, constata el irlandés, “Venezuela es un país medio arruinado en términos de infraestructura, muy politizado y polarizado, lo que constituye un peligro por el número de armas en circulación”.

“El país, que sufre de una ola de violencia, cuenta además con sistemas disfuncionales, sobre todo en lo judicial, lo penitenciario, los ministerios y las fuerzas armadas”.

Admite en su libro que “nadie padece de hambre”.

El sucesor del comandante, Nicolás Maduro —a quien califica como un “oportunista” del chavismo— se ve obligado a seguir con el populismo de Chávez.

Sin embargo, el chavismo contribuyó a otorgar mayor espacio a los pobres. “Ahora cualquier gobierno en Venezuela y en Latinoamérica deben prestar mayor atención a la pobreza, a nivel retórico y, ¡ojalá!, a nivel real”, señala.

Puedes leer un adelanto del libro aquí:

Comandante, de Rory Carroll by Revista Proceso

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