Enseñar a vivir

“La vida está loca por mí y yo por la vida”. Así resume el jesuita Héctor Garza la vida de Jorge Manzano, el destacado filósofo y maestro de la misma orden que falleció el 21 de septiembre a los 83 años.

Durante cuatro décadas Manzano se dedicó a enseñar la filosofía, en especial las de Platón y Hegel, a quienes llamaba los rudos como en la lucha libre, así como las obras de Kierkegaard y Nietzsche.

Manzano, nacido el 5 de septiembre de 1930 en Guadalajara, fue profesor del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y de la Universidad de Guadalajara. Ahí no sólo era profesor, sino que enseñaba a vivir.

En el homenaje a Manzano que se realizó el pasado 24 de septiembre, el también filósofo Garza contó que “no soportaba la injusticia pero comprendía al injusto. Se solidarizaba con todas las penalidades de los que sufren, pero también era capaz de acercarse al opresor”.

Apenas el 7 de mayo pasado Manzano recibió el Doctorado Honoris Causa del Sistema Universitario Jesuita (SUJ), que aglutina a las universidades confiadas a esta congregación en México, por su labor pedagógica durante más de 40 años, su compromiso con la formación de jesuitas y la promoción, tan necesaria, de la cultura y la filosofía.

El 11 de diciembre del año pasado Manzano fue condecorado con el Premio Jalisco y el 5 de junio del 2009 recibió un homenaje de la Dirección General de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara, en coordinación con el ITESO, por las 50 representaciones de su obra de teatro El eterno retorno.

Inicialmente Jorge Manzano se tituló como ingeniero químico por la UNAM. Ya ordenado, concluyó el doctorado en filosofía en la Universidad Gregoriana de Roma, y desde 1992 dirigió la revista Xipe Totek, especializada en filosofía.

También se le recuerda como capellán de refugiados centroamericanos y presos en las cárceles de Copenhague, Dinamarca, y acompañó a varios colectivos de homosexuales, lesbianas y prostitutas, entre otros sectores desprotegidos.

En 2008 publicó el libro Al rasgarse el arco iris. Relato de viajes, tras las huellas de filósofos; en 2006, Miniléxico. Términos escolásticos de referencia, y en 2002 Nietzsche, detective de bajos fondos.

Como difusor de la cultura, Jorge Manzano ofreció conferencias sobre el “diablo”, las supuestas “posesiones demoniacas” y fenómenos extraños. Él sostuvo que el 99 % de esos fenómenos tienen explicaciones científicas y que a menudo provenían de un estado de trance. De esa forma ayudó a muchas personas a liberase de estos miedos injustificados.

Asimismo, sobre la “angelología” o los “contactos angélicos” decía que no expresan sino la necesidad de las personas de dialogar consigo mismas.

A través de las redes sociales, el ITESO recopiló los recuerdos de algunos de sus amigos. Elías González escribió:

“El maestro pasó de escuchar la música a cantarla para que los demás siguiéramos escuchándola. El maestro, el de mochila de joven, el de cigarro en una mano y tequila en la otra; el de pantalón de mezclilla, el que iba de fiesta con los jóvenes, el que invitaba y organizaba fiesta para ellos; el escritor, el amigo, el filósofo, el poeta, el dionisiaco, el jesuita, el profesor, el hermano… ese, el ser humano de carne y hueso, ese que se veía más brillante que nunca a través del cristal de su ataúd, ese que tanto fue amado y tanto amó.”

El también jesuita Juan Pablo Gil lo recordaba así:

“Cuando me dio clases, en el curso de santo Tomás, me atreví a pensar lo que confirmaría dos años después, en la clase de Platón: que Jorge estaba preparando su funeral. Este pensamiento mío se peleaba muy a menudo con otro pensamiento, también mío, de que Jorge Manzano nunca iba a morir. Un jesuita viejo, fumador, aficionado de la bebida —‘corrientita pero sabrosa’—, medio chamán, muy filósofo, amigo de refugiados en Dinamarca y de indígenas en Chiapas, maestro de muchas generaciones de universitarios, amante de la vida y del Jesús de la vida: ‘Es Cristo quien seduce, no puede morir jamás’, decía.”

Y para Eduardo Anaya:

“Quizá una de las cosas por las que más recordaremos al maestro Manzano será esa facilidad que tenía para explicar las doctrinas más complejas de un filósofo, esa capacidad para aterrizar en cosas prácticas las abstracciones más terroríficas de algún pensador. Lo recordaremos mucho por ese interés que generaba en el grupo para seguir la pista de poderosas categorías y nociones filosóficas desde las experiencias más cotidianas de la vida.”

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