Los veneros de petróleo

Para Álvaro Mutis, siempre en el corazón.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La discusión traída por la propuesta de reforma energética de Enrique Peña Nieto ha vuelto, como siempre que el tema del petróleo reaparece en el imaginario mexicano, a traer a la memoria los versos que Ramón López Velarde escribió en 1921 –el año de su muerte– en Suave Patria: “El niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros de petróleo el diablo”.

Los poetas suelen ser clarividentes. Sus imágenes revelan a veces el horror que nos aguarda. No son meras ocurrencias. Son visiones que el poeta padece y que, en el relámpago de su luminosidad, guardan revelaciones profundas que, por desgracia, pocos atienden y muchos reducen a anécdotas de sobremesa. Sin embargo, el verso, en su concisión, es terrible: el petróleo, que pocos cuestionan, que en la polémica que se ha vuelto a desatar es elogiado como fuente de riqueza y poder, en el poema de López Velarde es, si atendemos al sustantivo “diablo”, motivo de perdición. Independientemente de que en esta polémica –y en el orden de la vulgaridad del pragmatismo económico que quizá también el diablo escrituró– la propuesta de Cuauhtémoc Cárdenas es la mejor contra la de Peña Nieto, quiero entrar en la verdad que guardan los versos de López Velarde.

Si algo tiene el petróleo es su tremenda capacidad destructiva. Para comprenderlo habría que leer un libro fundamental, Energía y equidad, que Iván Illich escribió en 1973, 52 años después de los versos de López Velarde. No entraré en la parte sustantiva de la tesis, que es la crítica de la desproporción energética. Me centraré sólo en el petróleo y en una de sus monstruosidades, el automóvil.

El petróleo es, en primer lugar, el principal responsable de la tragedia atmosférica. Un coche compacto que transporta a un solo hombre sobre 500 kilómetros consume 175 kilogramos de oxígeno, es decir, lo que respira una persona en un año. Las plantas reproducen suficiente oxígeno para los más de 7 mil millones de personas que hay en el mundo. Pero no pueden hacerlo para un mundo cada vez más automovilizado. La inmensidad de CO2 que libera el coche está generando parte del calentamiento global, responsable de la virulencia de los huracanes que ha hecho más honda la tragedia que vive el país.

Esta es la parte evidente que la lucha por la riqueza económica del petróleo ha olvidado. Hay otra, no evidente, que, como lo demuestra Illich, genera una profunda inequidad y corrompe, al igual que la atmósfera, el ambiente social. El automóvil, cuya existencia depende ahora de la gasolina o del diésel –será igual con otro tipo de energías–, además de que es espantosamente caro –carburante, impuestos, seguro, estacionamientos, servicios, verificaciones, llantas y descomposturas–, causa desigualdades profundas: 1) consume tiempo inútil e inequitativamente: Mientras una clase privilegiada va al trabajo en su alfombra motorizada, la mayoría de la gente tiene que recorrer esas mismas y monótonas distancias en asfixiantes transportes cuyo tiempo de desplazamiento, perdido en estrés, tumultos y parálisis (la circulación en la Ciudad de México en el transporte es de 15 kilómetros por hora para distancias enormes), es mayor; 2) destruye tejido social: Las autopistas, los viaductos y los aeropuertos cortan los accesos de un lado a otro del campo y del barrio, “las ambulancias empujan las clínicas más allá de la corta distancia que se puede cubrir llevando a un niño enfermo”, y vuelven al hospital un privilegio de ricos; los camiones que llevan a los pueblos productos industriales destruyen los mercados locales y desplazan a poblaciones enteras hacia las ciudades en busca de trabajo.

Por obra del petróleo articulado en transportes, hombres y mujeres quedamos paralíticos, necesitados de prótesis operadas con energías que nos desposeen de nuestro entorno y nos someten a horarios cuyos costos en tiempo, vida humana, vida común y violencia nadie parece ver. Culiatornillados a los asientos de los transportes, que nos bambolean de aquí para allá como mercancías, olvidamos que el tejido social, que sólo puede darse en un territorio, lo creamos con nuestro cuerpo y nuestras piernas. Cada vez más sometidos por la energía del petróleo –metáfora de cualquier desmesura energética–, destruimos la vida social de las calles, de los parques, de los comercios locales, y dejamos el territorio de la vida social a los criminales. “La órbita puntual y diaria” del motor nos “enajena –dice Illich– de cualquier territorio libre”.

Por ello, privatizado o no, el petróleo es, como lo reveló hace casi 100 años López Velarde frente al entusiasmo de la modernidad, el venero del diablo que se agotará, que nos tiene, como tantos otros dolores de la Patria, enfrentados y asfixiados. Su horror debería hacernos pensar más en establecer límites energéticos y equitativos, como el uso de la bicicleta –símbolo de la equidad en el trasporte–, y el empleo de otro tipo de energías que privilegien la lentitud de la vida sobre la prisa y la desigualdad atroz del consumo. Recuerdo, en este sentido, a la India: Un ejército hiperindustrializado,­ que se movía con el poder del carburante, nunca pudo derrotar ni someter a un pueblo que se desplazaba al ritmo de las piernas, la bicicleta y la rueda de la charca.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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